Un vídeo precioso para ellos, al que pone una voz maravillosa Elda Hidalgo C. Pincha el enlace
https://www.youtube.com/watch?v=Z9w6B_PpYjo&t=13s
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martes, 17 de marzo de 2020
LOS NIÑOS Y EL CORONAVIRUS
Un cuentecito en PDF para que los niños entiendan mejor. Pica en el cuadrado de la esquina derecha superior y se te abrirá el documento. En el propio cuento aparece la autoría del mismo.
viernes, 6 de marzo de 2020
NO DIGAS A LOS NIÑOS LO QUE NO VAYAS A CUMPLIR
O nunca más te harán caso.
Hablando ayer con una amiga, me comentaba, respecto a las horas de parque con su hija, que lo que llevaba peor era la hora de irse, porque le costaba repetidos y cansados intentos para moverla de allí, a pesar de las constantes advertencias de no dejarla ir al parque la próxima vez, o afirmaciones similares. Yo le dije: «Eso pasa porque no las cumples y ella lo sabe muy bien. Si le dices que no la llevarás al día siguiente, hazlo, o no te servirá de nada. Ni con esto ni con cualquier otro tema». Estuvo totalmente de acuerdo conmigo. Reconoció que le amenaza con castigos que luego no cumplía.
Hablando ayer con una amiga, me comentaba, respecto a las horas de parque con su hija, que lo que llevaba peor era la hora de irse, porque le costaba repetidos y cansados intentos para moverla de allí, a pesar de las constantes advertencias de no dejarla ir al parque la próxima vez, o afirmaciones similares. Yo le dije: «Eso pasa porque no las cumples y ella lo sabe muy bien. Si le dices que no la llevarás al día siguiente, hazlo, o no te servirá de nada. Ni con esto ni con cualquier otro tema». Estuvo totalmente de acuerdo conmigo. Reconoció que le amenaza con castigos que luego no cumplía.
domingo, 1 de marzo de 2020
EN LA PIEL DEL CORAZÓN
Un bonito libro, entrañable y tierno. Les tocará el corazón a los lectores. Leído en grupos de clase servirá para concienciar contra el acoso y ayudar a prevenirlo. Una lectura recomendada para chicos de entre 9 y 12 (13) años, pero que gusta a cualquier edad.
lunes, 17 de junio de 2019
NO LES HAGAS CARGAR CON TUS CULPAS
Hoy he salido pronto a
dar el paseo y he atravesado por delante de un colegio. Al sonar la sirena, todo
el alumnado que pululaba por el patio fue pasando al interior, las familias se marchaban y enseguida el patio quedó callado y solitario. Camino unos metros, y veo acercarse, con la lengua fuera, a
una madre que tiraba de la mano de su hija, de unos cinco años. Se dirigían a
la entrada. He tenido que contenerme para no echar en cara a la mujer su
falta de tacto y de consideración con la pequeña; su lamentable forma de educar.
Le iba soltando los siguientes reproches:
—¡Lo ves! Todos los días
llegas tarde a clase. La tutora debe de estar harta de ti. Así no puedes
seguir, tienes que darte más prisa con el desayuno. Cogerás fama de
tardona.
Ella sí que está
convirtiendo a su niña en tardona y le está grabando a fuego en la mente esa característica
para siempre. Yo miraba a la niña y me imaginaba su abatimiento y estado de
ánimo: primero, la regañina de mamá; luego, entrar en el colegio cuando todos
los alumnos están en clase, el mal trago de verse obligada a aparecer cuando sus compañeros ya se han sentado, e interrumpir; posiblemente, ser reprendida por la profesora, soportando
en su interior un insoportable sentimiento de culpabilidad.
Esta pequeña es sometida
a una tortura diaria. Su madre le recrimina el retraso y descarga
sobre ella su propia culpa y su falta de responsabilidad. Así se desahoga, y tranquiliza
su conciencia. Una niña de esa edad no está preparada para asumir la carga que
su madre deja caer sobre ella. No solo la daña, sino que le está haciendo
asumir e incorporar a su perfil la etiqueta de impuntual.
lunes, 15 de octubre de 2018
ENTUSIASMO POR ENSEÑAR A LEER
Incidiendo en este importante tema de aficionar a leer a nuestros hijos, del que ya he puesto otras entradas, he
de contaros un hecho que observé hace unos días, que me entusiasmó. Me pareció
una estrategia fabulosa para estimular el deseo de leer.
Dos
niñas, de seis y cuatro años, jugaban a secretaria y clienta. La mayor le
enseñaba cosas a la pequeña. La madre aprovechó la coyuntura y le dijo: «¿Por
qué no le lee usted un cuento a su clienta, señora secretaria?». Así lo hizo.
La madre, al ver tan entrañable escena, sacó el móvil y lo grabó. La mayor, cuando
se enteró casi al final, se sintió radiante, y se le iluminó la cara. Enseguida
fue a pedirle a su madre que le mostrara la grabación. Era una delicia contemplar
en la niña esa expresión de felicidad y autoestima al verse a sí misma tan
importante como para encargarse de leer a su hermana pequeña un libro, casi alcanzando
el puesto de los padres. Luego fue y le dijo a su madre: «Podía contarle un
cuento todas las noches, pero es que me parece como que me da un poco de
pereza, pero se lo voy a contar dos o tres días».
¿No
es una estrategia ideal para inculcar la lectura? La niña leía de verdad, pero
incluso, aunque no lo hicieran, siempre podríamos ofrecerles el libro y sugerir
que se lo inventaran. Eso también avivaría los deseos de aprender cuanto antes.
Etiquetas:
Aficionar a los niños a leer,
Aprender y enseñar,
Buenos lectores,
Fomento y estimulación de la lectura,
Inculcar la lectura
lunes, 7 de mayo de 2018
ACOSO
Pablo
caminaba ensimismado por la calle solitaria; con su mirada clavada y a la vez perdida
sobre el pavimento. La sombra apareció de pronto: quieta, acechando. Se paró en
seco, contuvo el aliento y levantó la cabeza despacio. Como se temía, allí
estaba su rival, y lo contemplaba desafiante, con su sonrisa burlona. La odiosa
pesadilla se repetía cada vez más a menudo, se le hacía casi imposible
soportarla. La maliciosa sonrisa de Alfredo comenzó a agrandarse; crecía tanto
que engullía todo a su alrededor: la luz, el aire, el sonido, el espacio... Lo
inundaba todo, incluso el interior de Pablo, quien se sujetaba el pecho para no
estallar; y que, por el contrario, menguaba y menguaba ante la descomunal
amenaza.
—¿Qué haces tú
aquí, imbécil? —soltó Alfredo—. Solo sabes estorbar, ¡sabandija! Como sigas así,
te desintegraré. Porque no eres nadie, ¿me oyes? ¡Nadie ni nada, ni una puta mierda!
Luego
soltó unas mordaces y estruendosas carcajadas y se acercó a Pablo retador. El
niño recibió un fuerte puñetazo en el tórax, que le cortó la respiración.
—Como vuelvas
a cruzarte en mi camino, te aplasto, rata asquerosa —dijo Alfredo,
y empezó a alejarse.
Una
rabia incontrolable se apoderó de Pablo, la cabeza le ardía, el corazón se le
salía. Algo se rebeló dentro de él, soltó un grito y se abalanzó contra Alfredo.
Lo embistió con la cabeza y lo tiró al suelo. Observó con desconcierto que la
pesadilla no acababa como siempre: despertando. Oyó voces a su alrededor,
varios brazos se aferraron a los suyos y lo inmovilizaron.
—¡Llevadlo al despacho de la directora! —indicó la voz
de un profesor.
Pablo
no salía de su asombro, sin ser capaz de explicarse si su pesadilla se había hecho
realidad o si la realidad empezaba a convertirse en pesadilla. No se hallaba en
su dormitorio, sino en el patio del colegio y Alfredo seguía tumbado en el
suelo. Los compañeros, apelotonados a su alrededor, contemplaban la escena, con
incrédulas exclamaciones. En el despacho comenzó un interrogatorio sin tregua:
—Pablo, ¿cómo
has podido hacer una cosa así? Ese comportamiento tan violento es muy, muy
reprochable, ¿no te das cuenta de ello? Me gustaría que te explicaras, aunque
ya te digo de antemano que para tratar así a un compañero no existe
justificación.
Pablo encajaba
las acusaciones sin rechistar. Le hubiera gustado hablar,
contar que Alfredo lo insultaba de continuo, que lo ridiculizaba delante de los
demás, que lo humillaba sin motivo; sin embargo, sabía que lo más acertado era
callar. Alfredo negaría todo y le llamaría mentiroso como hacía siempre. Si
hablaba se convertiría en el soplón acusica, la revancha sería terrible.
Además, quién iba a creer a alguien tan insignificante como él.
—Está bien, ya que te niegas a contestar, citaremos
a tus padres y decidiremos qué medidas tomar. Por el momento, estrecha la mano
de tu compañero y pídele perdón.
Alfredo
enarbolando su rozadura en el brazo derecho, asegurada desconocer la razón del
ataque y que estaba distraído cuando Pablo lo derribó. Su expresión se había
transformado de demoníaca en angelical, pero su mirada advertía a Pablo
encubiertamente de las consecuencias que traería delatarle. Pablo con los puños
apretados hasta clavarse las uñas en la carne, luchaba con todas sus fuerzas
para impedir que las lágrimas brotasen de sus ojos.
Cuando su
madre le recogió, le dieron la citación y el parte de disciplina. No se atrevía
a mirarla a los ojos.
—Cielo, yo te conozco muy
bien. Sé que jamás actuarías así si no fuera por una importante razón. ¿Quieres
contármelo?
Pablo
bajó la cabeza y mantuvo su mutismo.
—Está
bien, hijo. Comprendo que en este momento estás muy afectado. Lo dejaremos para
más tarde.
—¿Tienes
que decírselo a papá?
—Nos
han citado a los dos para la reunión. Además, no podemos engañarlo, no estaría
bien.
Al
llegar a casa encontraron a su padre tumbado en el sofá, medio borracho, como
siempre. Su madre le quitó importancia, pero Pablo distinguió perfectamente la
tristeza de sus ojos.
—Cariño,
vete a tu habitación y ponte con los deberes. Llámame si me necesitas.
Aún
con la puerta cerrada pudo oír los gruñidos e insultos de su padre cuando su
madre retiraba la bebida de su alcance. Era un buen hombre y siempre lo había
sido. Bebía desde que perdió el trabajo, nunca antes lo había hecho. Cuando
estaba en aquel estado los trataba con brusquedad y luego, cuando se le pasaba,
lloraba como un niño por haber perdido el control. Su madre tenía que
encargarse de todos y trabajar sin descanso para evitar que los embargasen.
Pablo la veía sufrir cada día, a pesar de lo mucho que disimulaba. «¡Cómo voy a
decirle que Alfredo roba las cosas de otros y me echa la culpa a mí, que los
pone en mi contra, que me estropea los trabajos, que me deja por mentiroso
delante de los compañeros, que se burlan de mí… Jamás haré nada que la haga
sufrir más. ¡Bastantes problemas tiene ya la pobre!»,
pensaba Pablo. Se acercó a la ventana y miró el exterior
para asegurarse de que estaba despierto. Todo le parecía tan negro... Antes o
después tendría que encontrar alguna solución, pero estaba muy confuso. Muy confuso.
En
casa de Alfredo:
—¿Quién
dices que te ha hecho eso?
—El
gilipollas de Pablo. Es insoportable. No deja de fastidiarme.
—¿Ese
que tiene un padre borrachín?
—Sí, ese.
—Con
un padre así, qué se puede esperar. Cualquier
día de estos iré a hablar con la directora. A mi hijo no le pone nadie la mano
encima, y mucho menos gentuza como esa. No sé a qué esperan para echarlo del
colegio.
—No,
papá, déjalo, no vayas, me las sé arreglar yo solo.
—Sí,
ya veo, dejando que te caliente. Está bien, pero no me seas un nenazas y aprende a defenderte. Si te
vuelve a tocar, tú le das el doble. Que reciba un buen escarmiento.
domingo, 6 de mayo de 2018
DÍA DE LA MADRE 2018
La MADRE para los hijos es letra mayúscula. Lo es TODO. su mundo
su universo, su tabla de salvación, su protectora, su referente, el alimento
del alma, su vida misma... La luz, el aire, el cielo, el agua. Si esta les falla,
el mundo de los pequeños se tambalea. Tenemos que darles todo nuestro cariño y atención; lo mejor de nosotras mismas, que
nunca les sepa a poco.
Uno de los terrores habituales y
frecuentes de los niños pequeños consiste en pensar en la posibilidad de que su
madre desaparezca de pronto y no vuelva a verla. Este mismo sentimiento también
se produce con el padre, por supuesto, pero la madre tiene, en general, un algo
especial y, además, HOY ES SU DÍA.
miércoles, 2 de mayo de 2018
DÍA INTERNACIONAL CONTRA EL ACOSO ESCOLAR
El acoso escolar, bullying, es
mezquino y deleznable. Nadie que no lo viva de cerca se hace una idea real del
sufrimiento que puede causar. A la víctima o sujeto del mismo le puede llegar a
destrozar la vida o, cuando menos, marcarle para siempre. Hay que luchar para
impedirlo y erradicarlo, con todos los medios a nuestro alcance.
Yo tengo
mucha tendencia a practicar la empatía. Nada mejor que imaginar un hecho
denigrante que suceda, después cambiar la cara de quien lo padece por la de un
ser querido, concentrarte y tratar de vivenciarlo en tus propias carnes. El
dolor que se siente nos aproxima bastante a la víctima.
Una llamada de atención
al respecto, fundamentada en mi dilatada experiencia con y entre escolares:
siempre que hablamos de acoso pensamos en iguales, cronológicamente hablando.
No es del todo cierto; aunque si lo más habitual. Los adultos también pueden
provocar y o incurrir en bullying, de forma indirecta y, lo que es peor, de
forma directa (he sido testigo en alguna ocasión). Hay determinados
gestos, palabras, actitudes que no solo no detienen el comportamiento
indeseado, sino que lo alientan en determinadas ocasiones. En otras, lo
generan, pues si ellos mismos "señalan" y muestran algún tipo de
rechazo hacia un alumno, dejan esta lectura en los demás: "Si ÉL/ ELLA lo
hace, no estará tan mal. Será que se lo merece". Y se sentirán
justificados a perpetuar esa actitud y las acciones que deriven de ella.
TODOS LOS ADULTOS DE UN CENTRO ESCOLAR
TENEMOS Y PODEMOS HACER MUCHO en esta delicada cuestión. En primer lugar, dando
ejemplo constante, y no contribuyendo a destruir esa frontera tan delicada que
se llama respeto.
Ilustración de Mireia Barberá Aranda. Libro: Hugo y la receta mágica, de Valle Pérez.
Aprovecharé la publicación para aconsejar algunos libros apropiados para prevenir y evitar el acoso. Comienzo por el de la ilustración: Hugo y la receta mágica. Este cuento infantil se basa en una historia. Está escrito por Valle Pérez, madre de un niño llamado Hugo, que sufrió acoso escolar con solo tres añitos. Trata de enseñar a los niños a enfrentarse a este tipo de situaciones y a intentar solucionarlas. Incluye también una guía con la que los padres pueden orientarse si sus hijos sufren bullying.
Otro libro que aborda el tema y enseña a evitar el acoso por
empatía con los protagonistas de la historia el "EN LA PIEL DEL
CORAZÓN", para niños de entre 8 y 12 años. Autora, Tina de Luis (yo misma, lo recomiendo). Si deseáis más
información sobre el mismo, podéis buscarla en el apartado: Libros publicados.
Seguiré buscando y añadiendo más
libros que ahonden en esta problemática, que conviene eliminar.
miércoles, 4 de abril de 2018
MUCHO CUIDADO CON ACUSAR
A veces se
desarrollan escenas delante de mí que me hacen reflexionar mucho. Hace tres
días, esperaba en la caja de un supermercado y oí un diálogo entre una madre y
su hija, de unos siete años. Fue más o menos así:
—¿Celia, has echado tú en el carro
este paquete de galletas?
—No. Yo no lo he echado.
—¿Estás segura? Antes no estaba aquí, y mamá no lo ha puesto.
—Yo no he sido.
—Pues coincide que estas galletas te
gustan mucho.
La niña se defendía en un plan tímido, sin demasiada pasión..., con
cierta inquietud en la mirada. La madre no le decía directamente: "Has
sido tú", pero con su actitud dejaba entrever que lo pensaba. En ese
preciso momento, la señora que iba a pagar echó algo de menos y comentó que
le faltaba un paquete de galletas en su compra. La cajera le dijo: "Se ha
caído de la cinta, dentro de ese otro carro, creí que lo había visto usted
también". El asunto quedó claro.
Si no llega a ser así, tal vez la madre hubiera acabado culpando a
la niña y presionándola para que confesara algo que no había hecho. Habría
cometido un gran error, pues hubiera generado en la pequeña una imagen de sí
misma muy negativa y humillante, hubiera sido un indicativo de la poca
confianza que su madre depositaba en ella, y su nivel de autoestima se habría resentido.
En determinados casos, incluso me atrevería a asegurar que el subconsciente de
una niña en esa situación, haría esta lectura:
«Mi mamá me cree capaz de robar algo y me acusa sin razón. Si
eso es lo que va a pensar, con razón o sin ella, mejor lo hago y saco algún beneficio».
Por favor no acuséis a nadie, y mucho menos a los niños, sin tener
una certeza total y absoluta de lo que afirmáis. No solo es triste, sino que
contribuye a que el acusado acabe por creérselo e incorpore esa característica
a su personalidad.
Voy a ir más
allá. Aunque un niño o niña mienta; quite o robe lo que no le pertenece, en
alguna ocasión, es mejor no acusarlos directamente del delito. Mejor darle otro
enfoque y hacerles creer que su falta se ha producido por desconocimiento, por
error, por no haberlo pensado... y transmitirles el mensaje: "Tú no eres
así; de ninguna manera". Seguro que no se repite.
domingo, 7 de enero de 2018
REGALOS DE REYES: ¿POCOS O MUCHOS? ¿CAROS O BARATOS?
Pasadas estas fechas, es hora de reflexionar sobre los regalos que les ponemos a los niños
por los Reyes Magos, Papá Noel, cumpleaños… ¿Qué número de regalos es el
conveniente y adecuado? En mi opinión, cuantos menos mejor. A lo largo de los
años he podido comprobar que no es más feliz el que recibe veinte que el que
recibe dos, por ejemplo. Es más, me atrevo a asegurar que el tener demasiados
puede llegar a provocar infelicidad. Lo que sí es seguro es que el niño que se
acostumbra a diez regalos, cuando tiene nueve se siente insatisfecho; si se acostumbra
a quince, cuando recibe catorce se siente insatisfecho. Quienes tienen dos o
tres habitualmente, esperan dos o tres; si, por casualidad, les llegan cuatro,
brincarán de gozo, y si siguen siendo los de siempre: tan felices, sin decepción
ninguna. Se da el caso, incluso, de que les
llega a resultar agobiante abrir tantos paquetes y concluyen: “Ya me he cansado”.
Esto he podido constatarlo; sé de un
niño que ha llegado a decir: “Ya no quiero más juguetes, por favor". Al haber
muchos, se limita a desenvolver e ir tirándolos a un lado, para seguir con la
tarea. Al final, solo jugará con sus dos o tres preferidos y se olvidará del
resto. Y, lo más seguro, valorará aquel o aquellos que más simples o
elementales nos parecieron, no los más caros, precisamente.
¿Qué
conseguimos entonces con dilapidar el dinero para atiborrarlos a
regalos? Nada de nada. Limitémonos a ser prudentes al respecto. En conclusión:
regalar mucho o caro no aporta mayor felicidad a los niños, les crea falsas
expectativas, malos hábitos, que arrastrarán a lo largo de su vida.
¿Por qué lo
hacemos?
La mayoría de
las veces por cariño. Es tanto lo que les queremos que todo nos parece poco a
ellos. Deseamos darles lo mejor, lo máximo… Todos caemos o hemos caído en la
tentación de demostrárselo con obsequios (yo no me salvo). Pero no es el mejor sistema, hay
muchos otros, como prestarles atención, apoyo, comprensión; darles nuestro
tiempo, amor; escucharlos y hablar con ellos; demostrarles, en definitiva, que
nos importan y son lo primero para nosotros.
En algunas ocasiones,
lamentablemente, lo que mueve es la rivalidad entre los diversos miembros de la
familia. Se quiere destacar, quedar por encima (padres separados, abuelos,
tíos…) y hay quien se enrola en la batalla de demostrar quién es el mejor; de
ganarse al niño.
No estropeemos
su ilusión con nuestros fantasmas, rencores, frustraciones… Si son muchos los
familiares y amigos que desean regalar, busquemos una forma coherente y
equilibrada de organizarlo. Si de verdad los queremos mucho, no se lo
demostremos con el dinero, sino con buena voluntad y primando su felicidad.
Otro problema
que se da es el de comprar a lo loco. Es un asunto delicado, que merece nuestra
atención; se debe dedicar un mínimo de tiempo para asegurar una acertada
elección: que tenga en cuenta los intereses de los niños, que aporte algún
beneficio, que ponga en juego la creatividad, los estímulos, que sea medianamente interactivo… Según qué personas, nos encontramos con dos tendencias
bastante diferentes y opuestas:
-La cómoda y
fácil: que lleve poco tiempo, que resulte llamativo, que cubra el compromiso…
-La meditada y
racional: dedicarle un tiempo a la selección, procurar que no se repita, que se
ajuste a las preferencias del niño, que sea la idónea para su edad, que no solo
le guste, si no que, además, resulte beneficiosa…
No es tarea
fácil, pero ELLOS lo merecen.
¿Qué opináis? Espero vuestros comentarios.
¿Qué opináis? Espero vuestros comentarios.
sábado, 25 de noviembre de 2017
LOS NIÑOS SON EL FUTURO
No somos del todo conscientes de lo que significa cada palabra, cada actitud, cada reacción, cada mensaje... de los adultos respecto a los niños. Son la materia más dúctil que existe en el universo, la esponja más absorbente, el espejo más fiel.
Incluso las personas más cuidadosas y concienciadas con lo que se les transmite, pueden o podemos patinar a veces en la enseñanza y la influencia ejercida en los pequeños. ¡A qué desatinos y crueldades se ve sometida la infancia por parte de los miles, millones que no prestan la menor atención ni ponen el menor cuidado en la educación del menor. Dónde, cómo y con quién caigan determinará sus vidas. Es la jugada a la lotería más grande del mundo.
viernes, 20 de octubre de 2017
DUELO PSICOLÓGICO
Ayer observé un pulso entre una madre y su hija, de
unos seis años, que me encantó por su forma de resolverse.
La niña le pedía a la madre una nuez a gritos y
llorando:
—¡Dame la
nuez!
—¿Por qué me gritas? Si no me la pides bien no te la
daré.
—¡Que me des la nuez!
—Sigues pidiéndomela con malos modos, así no la conseguirás.
Mírame y escúcha lo que te digo.
Entonces la
madre, con toda su santa paciencia le dio todo tipo de explicaciones. La niña
se mantenía firme en su berrinche:
Yo te hablo a ti con educación, te quiero y hago lo
que sea por ti, pero ¿has visto que te grite? Te estoy indicando una solución
muy simple, solo tienes que decirme: “Mamá, me das la almendra, por favor?”
Porque, además, sabes de sobra que es una almendra.
—¡Que me des la nuez!
—Has vuelto a equivocarte. Inténtalo de nuevo.
Este combate sicológico duró media hora exactamente.
Yo rogaba en mi interior que no cediera o no perdería solo esta batalla, sino
la guerra entera. Así lo hizo, hasta que la niña casi reprimió el llanto por
completo y fue capaz de decir con una voz tirando a normal.
—Quiero que me des la almendra.
—No lo has dicho bien del todo, pero sé que lo has
intentado. Esta vez te la daré, para que veas que mamá está deseando complacerte,
pero sobre todo tengo que educarte, porque es lo mejor para ti. Aprende a pedir
las cosas bien o no las conseguirás conmigo ni con nadie. Y ahora ya podemos ir
a jugar.
El cambio de actitud de la niña fue radical. Sonrió,
le dio la mano a su madre y se fueron a los columpios.
En realidad la niña ya no lloraba tanto por la
almendra que quería, sino por haber entrado en una espiral de la que no sabía
salir. No tenía la capacidad de dar su brazo a torcer, pero tampoco se sentía a
gusto con esa forma de portarse. Ni siquiera le dejaba su orgullo decir almendra, cuando sabía de sobra lo que era. Se hallaba en plena tozudez visceral. La madre actuó con mucha inteligencia y acierto, en mi
opinión. No se enfadó, pero no mostró debilidad y no cedió. Por otro lado aprovechó el momento idóneo para zanjar la polémica, si llega a esperar por la respuesta perfecta, dudo de que lo hubiera conseguido sin llegar a mayores. Le dio una buena
lección a su hija, con las palabras y con el ejemplo.
domingo, 20 de agosto de 2017
¿DEBO PERMITIR QUE MIS HIJOS ME PEGUEN?
Hay un gran problema y es que damos por hecho que todo el mundo está capacitado
para educar a los hijos. Lo que es difícil de entender es que no haya muchos más
niños que salgan con patologías de personalidad, conducta, afecto…, teniendo en
cuenta que no se pide ningún certificado ni prueba de actitud ni título para
enseñar a los hijos.
Esta entrada viene a raíz de una escena que observé ayer en un restaurante
entre un niño y sus padres. Cuando un niño llora, chilla, patalea… solemos prestar muy poca
atención porque es algo normal a nuestro alrededor. Sin embargo, esta vez me vi obligada a
mirar cuando oí decir al padre algo así:
—“No me lo digas de ese modo, vamos a dialogar”.
Me pareció una frase tan acertada y prudente que volví la cabeza. Sin embargo,
las palabras y los hechos caminaban por sendas opuestas. El niño de entre tres
y cuatro años empezó a pegar a su padre: golpes en el brazo, golpes en la
pierna, empujones, palma de la mano en la cara hasta hacérsela volver… Incluso
llegó a darle un mordisco en el brazo. Debo aclarar que todo ello se quedó en una
manifestación de su rabia sin llegar al punto máximo de agresión que podría
haber aplicado el nene. Los padres lo ignoraban y le dejaban hacer como si nada
ocurriese. El padre, cuando el niño cesó en sus ataques, exclamó:
—¡Qué! ¿Ya te has quedado tranquilo?
Yo miraba una y otra vez para ellos tratando de demostrarles mi incredulidad
y desacuerdo ante aquella muestra de educación tan equivocada, en mi opinión. Un niño no
puede asociar enfado con golpes y ataque bajo ningún concepto. Se debe evitar a
toda costa y hay que hacerle ver que esa actitud y comportamiento no son
correctos ni permisibles. Con el tiempo si no lo detienen ni corrigen aumentará,
y llegará el momento en que los golpes
tengan consecuencias irreparables. Al primero que hacemos daño es a él mismo.
sábado, 8 de abril de 2017
DESMOTIVACIÓN Y PÉRDIDA DE AUTOESTIMA
A más de un niño le rompemos el corazón
desde muy pequeño. Le vamos segando la autoestima sin ser muy conscientes de
ello. Me explico.
Los niños salen de la guardería o
colegio (lo he visto muchas veces) con algún trabajo hecho por ellos mismos, de
la mano: manualidades, dibujos, carpeta de fichas... En cuanto se acercan los
padres a recogerlos se van a ellos con su obra de arte y se la muestran. Su
sonrisa luce de oreja a oreja. Se sienten orgullosos, grandes, importantes.
Pero no siempre los adultos les prestan la atención que se merecen.
—¡Qué bonito, cariño! —Y siguen hablando con la amiga o
vecina, y así queda la cosa hasta que vuelven a acordarse (tal vez muy tarde).
—Sí, cielo, luego lo vemos. —No son capaces le echarle una ojeada
o/y un halago.
A veces llegan a casa y se les olvida o
lo aparcan porque entran las prisas de la cena, de las duchas...
Total que los niños experimentan un
desencanto total. Se les pone una carita de fracaso...
Si esta actitud persiste, llega un
momento que no sienten el menor interés ni motivación por sus creaciones. Y se
van acostumbrando a desestimarlas, a veces, incluso a despreciarlas, por lo que
implican. Acabarán por no enseñarlas siquiera. Harán sus trabajos sin ganas,
sin entusiasmo.... Se lo hemos cortado de cuajo. Seremos los responsables de su
gran desmotivación. Luego nos preguntaremos que a qué se debe.
Por favor, sus obras son muy
importantes y así debemos de atenderlas. No hay nada que tenga prioridad. Si no
se puede justo en el momento que lo muestran, podemos hablar de ello,
preguntar, soltar manifestaciones de contento y de ganas de llegar para
mirarlo.
Este consejo puede parecer un detalle nimio, de poca importancia, pero la tiene, y mucha.
martes, 8 de noviembre de 2016
TODO ALUMNO ES CAPAZ DE APRENDER
Hace unos días hablaba con una buena amiga y surgió un tema muy interesante, del que se podría hablar mucho. En este momento lo que me interesa es poner de manifiesto la idea fundamental que se deriva de la conversación.
Yo le pregunté a mi amiga acerca de un tema que domina bastante bien. Ella se explayó en la explicación, intentando darme una información exhaustiva.
—Espera, espera —le dije—. ¿Te importaría empezar de nuevo, como si no tuviera la menor idea de ello?
—Es que el tema no se puede explicar de otra forma, es lo que es.
—Así me pierdo, no te voy a entender casi nada.
—Pero déjame llegar hasta el final sin interrumpirme. Además, ¿quién es la profesora ahora? Pues seré yo la que sepa cómo tengo que enseñártelo. No se puede explicar de forma más sencilla.
—Entonces, demuestras no ser una buena profesora. Tu alumna te está diciendo que se pierde.
—Hay alumnos muy torpes, que no siempre son capaces de aprender y seguir al profesor. Tal vez tú seas ahora una de ellos.
—Es el profesor quien tiene que adaptarse a los alumnos, eso lo sé muy bien, precisamente, por experiencia. Lo de "la lección magistral y quien pueda seguirla bien y quien no, que se aguante" se acabó. No existe alumno tan torpe como para no ser capaz de aprender algo. El mejor profesor es aquel que sabe lo que su alumno es capaz de aprender y busca el modo de enseñárselo. Si solo es capaz de aprender el "1", empezará por el "1", luego seguirá con los demás números.
No cambió mucho el método, yo seguía sin entender y le pedí de nuevo que empezara por lo más elemental.
—También sabrás que no se puede interrumpir al profesor cuando explica, ¿no? ( enfado incipiente).
—En determinados momentos se puede.
—¿Ah, entonces cualquiera puede interrumpir?
—No siempre ni cualquiera, pero imagínate ahora que a un alumno le están dando la clase en ruso y no tiene la menor idea de ese idioma, ¿debe esperar una hora hasta que termine, sabiendo que será un tiempo perdido?
—Vale, tendremos en cuenta las reglas —se limitó a decir.
Al hilo de esta reflexión me viene a la mente este otro caso:
Más de una vez he rebatido a algunos compañeros, docentes, la arraigada convicción en ellos y algunos otros de que el mejor profesor es el que más dominio tiene de la materia y que el hecho de dominarla es garantía de impartirla mejor que nadie. No estoy de acuerdo. Mi creencia es que el mejor profesor es el que sabe CÓMO enseñar. Han existido y existen profesores capaces de hacer aprender a sus alumnos lo que ellos mismos no han sabido.
jueves, 18 de agosto de 2016
EVITAR EL BULLYING
He leído el artículo que aparece abajo y me ha parecido fantástico: un método para evitar el bullying, aplicado en Finlandia. Todos los pasos que se den para avanzar en la resolución de este gravísimo problema serán tesoros. Cuantos recursos se utilicen: personales, materiales, económicos... estarán muy bien empleados. Esta forma de acoso es una auténtica tortura para la víctima, hasta el punto de desear la muerte algunas veces; no nos gustaría en absoluto estar en su piel. Los padres, educadores y cuantos tengamos relación con el proceso educativo debemos hacer todo cuanto esté en nuestras manos para evitarlo.
Usad la empatía y cambiad el rostro del acosado por el de vuestros hijos, sobrinos, nietos..., veréis qué dolor produce. Yo suelo hacerlo para darle un toque más subjetivo y comprenderlo mejor.
Leed este enlace, merece la pena.
https://psicologiaymente.net/desarrollo/metodo-kiva-bullying
lunes, 7 de marzo de 2016
ENFADO SIN CAUSAS APARENTES
Dos niños, uno de 5 años y otro de tres y medio, juegan con un adulto y lo están pasando bien, se sienten satisfechos, pero de pronto el más pequeño se enfada, deja de jugar. No atiende ni escucha. Al hablarle se vuelve y se oculta. No sabemos qué le pasa y no nos lo va a decir. No a esa edad. ¿Cómo afrontarlo?
Algunas personas se enfadarán y alzarán la voz con amenazas: "¡Ya no vuelves a jugar, te fastidias...!".
Algunas personas se enfadarán y alzarán la voz con amenazas: "¡Ya no vuelves a jugar, te fastidias...!".
Otras adoptarán una actitud despreciativa y prepotente: "¡Qué se habrá creído el mocoso este!".
Eso es ponerse a su nivel; equipararse con él. El niño tiene tres años y medio y nosotros somos adultos, no podemos compararnos. Él no tiene aún madurez afectiva ni capacidad de razonamiento... Actúa por impulsos o pulsiones, sin intencionalidad ni premeditación.
Estas dos posturas refuerzan su actitud, la fijan. Con respuestas agresivas se sentirá injustamente atacado, pues él se considera ya agraviado y realimentaremos su convicción de victima.
Yo me diría a mí misma..., me digo a mí misma (he vivido situaciones muy similares en bastantes ocasiones): "Es un niño muy pequeño, no es capaz de analizar ni controlar su malestar ni conoce otra forma de manifestarlo, es pura espontaneidad. Tina, tú eres la adulta, la que tiene que enseñarle y darle ejemplo". Y entonces me armo de paciencia y procuro reconducir la situación.
Yo me diría a mí misma..., me digo a mí misma (he vivido situaciones muy similares en bastantes ocasiones): "Es un niño muy pequeño, no es capaz de analizar ni controlar su malestar ni conoce otra forma de manifestarlo, es pura espontaneidad. Tina, tú eres la adulta, la que tiene que enseñarle y darle ejemplo". Y entonces me armo de paciencia y procuro reconducir la situación.
Lo mejor es mantener la tranquilidad, actuar con serenidad. Hacerle ver que nos disgusta, que estamos en desacuerdo con él, pero sin resentimientos ni crispación. Seguiremos animándole de forma indirecta a retomar el juego con mensajes solapados de "No me harás enfadar" y "No me llevarás a tu terreno".
Debemos tener en cuenta que para portarse así es que se siente bastante mal, incluso consigo mismo, no escarbemos en su herida. Tenemos que ayudarle, no ponerle zancadillas; tampoco aplaudirle ni reírselo como si fuera una gracia. En el fondo está deseando reconciliarse, se encuentra frustrado, hay que encontrar la estrategia para que vuelva a conciliarse con honor; permitirle disfrazar la humillación de rendirse. Al final todo se disipará y ya habrá otro momento, sin prisas, en el que podamos hablar un poquito del tema y aclararlo en parte.
Recuerdo una ocasión cuando yo era pequeña en que me enfadé y me negué a comer unos pasteles que acababan de traer (algo que no se daba muy a menudo entonces). ¡Qué tonta fui! A la rabia que ya sentía por mi "cruzada particular" se sumó la frustración de privarme a mí misma de aquel dulzor tras el que se me iban los ojos. Y eso que me los seguían ofreciendo, pero yo ya estaba cegada por la ira. Lo curioso, como vengo diciendo, es que no tengo la más mínima idea del motivo de mi enfado, se esfumó, pero aprendí a que yo misma me castigaba, no los demás. En mi interior quedó grabado como una cabezonada mía.
Aunque este dicho no venga como anillo al dedo, habría que adaptarlo un poco, voy a escribirlo porque siempre me ha hecho mucha gracia y algún provecho podremos sacarle:
"Si discutes con un imbécil, ¡cuidado!, intentará llevarte a su terreno y allí llevas todas las de perder".
Debemos tener en cuenta que para portarse así es que se siente bastante mal, incluso consigo mismo, no escarbemos en su herida. Tenemos que ayudarle, no ponerle zancadillas; tampoco aplaudirle ni reírselo como si fuera una gracia. En el fondo está deseando reconciliarse, se encuentra frustrado, hay que encontrar la estrategia para que vuelva a conciliarse con honor; permitirle disfrazar la humillación de rendirse. Al final todo se disipará y ya habrá otro momento, sin prisas, en el que podamos hablar un poquito del tema y aclararlo en parte.
Recuerdo una ocasión cuando yo era pequeña en que me enfadé y me negué a comer unos pasteles que acababan de traer (algo que no se daba muy a menudo entonces). ¡Qué tonta fui! A la rabia que ya sentía por mi "cruzada particular" se sumó la frustración de privarme a mí misma de aquel dulzor tras el que se me iban los ojos. Y eso que me los seguían ofreciendo, pero yo ya estaba cegada por la ira. Lo curioso, como vengo diciendo, es que no tengo la más mínima idea del motivo de mi enfado, se esfumó, pero aprendí a que yo misma me castigaba, no los demás. En mi interior quedó grabado como una cabezonada mía.
Aunque este dicho no venga como anillo al dedo, habría que adaptarlo un poco, voy a escribirlo porque siempre me ha hecho mucha gracia y algún provecho podremos sacarle:
"Si discutes con un imbécil, ¡cuidado!, intentará llevarte a su terreno y allí llevas todas las de perder".
Lo dicho, no seamos los imbéciles que se dejan llevar por un niño o por una persona con poca capacidad intelectual(que no tienen nada de imbéciles) a su terreno infantil o inmaduro.
jueves, 3 de marzo de 2016
EL PEZ, EL PÁJARO Y EL NIÑO
Este bonito relato no es mío, pero me gustó mucho cuando me lo encontré en Internet, hace tiempo. Obliga a meditar y recapacitar sobre las consecuencias de nuestra acciones. No voy a decir más, basta con leerlo. Hacedlo vosotros, si lo deseáis, comentando algo en la entrada.
EL PEZ, EL PÁJARO, EL NIÑO
Mª Carmen Gil del Pino
Profesora dpto de Educación
Facultad Ciencias de la Educación
Universidad de Córdoba
Abril/03
Aquel pez era un recorte de cielo que plateaba el río como el sol platea el alba. Su cuerpo diminuto se agitaba con una rapidez innecesaria. Viajaba por el agua transparente explorando todos sus secretos. No había día que yo no fuese a visitarlo. Me había seducido, lo reconozco. Me preguntaba mirándolo por qué describiría piruetas espirales, qué le hacía ir y qué venir, qué le daba la fuerza, la gracia, el encanto, qué le hacía sentirse tan libre.
Un día el pececillo brillaba más que nunca. Parecía una luna llena recreándose en el inmenso cielo. De repente, sentí unos deseos incontenibles de poseerlo y, sin pensarlo, cuando más distraído estaba en sus investigaciones, lancé al agua mi red. Como el pez no temía nada, se enredó en ella rápidamente. Luego, satisfecha, lo dejé caer sobre el agua fría de mi estanque. Lo cuidé con toda mi ternura, con toda mi fragilidad, pero poco a poco se fue apagando como el fuego cuando le falta el aire, como los ojos de un resignado moribundo. Sus movimientos se fueron haciendo torpes, y sus piruetas, tristes. Una mañana –recuerdo que había bruma- su cuerpo dejó de piruetear. El agua quieta, el terrible silencio, mi constante vigilancia, las paredes que limitaban sus aventuras... acabaron con sus devaneos...
...Y sentí vergüenza de mis manos torpes. ¡Maldito estanque! ¡Maldita agua! ¡Maldita yo!
Aquel pájaro era bello y frágil como una franja crepuscular. Doraba el aire como el estío dora la vid, como la primavera los sembrados. Cada amanecer venía fiel a visitarme. Se posaba alegre sobre el alféizar de mi ventana y me cantaba sus más bellas canciones. Exhibía ante mí su vuelo jugueteando entre las ramas de los árboles. Luego se alejaba, a mi pesar, hasta hacerse un punto que se perdía en el horizonte, para reaparecer al instante devolviéndome la sonrisa.
La tenue luz de un alba me hizo descubrir la infinita belleza del pajarillo a la par que la extensión de mi soledad. Su cuerpo irradiaba un reflejo nácar que lo hacía misterioso. Una extraña espiral me envolvió y me llevó una y otra vez hacia la ventana. Sentí miedo porque mi corazón se agitó peligrosamente. Temía que el animal se alejase para siempre; temía que cualquier terrible peligro de los que mi mente fraguaba lo estuviese acechando...; temía perderlo. Atrapada en deseos y temores, lo cogí entre mis manos mientras él, confiado, me regalaba el más dulce de los cantos. Lo deposité con sumo cuidado en una hermosa jaula. Lo alimenté y cuidé lo mejor que pude y supe, pero el pájaro se fue debilitando como un día de invierno a las cinco de la tarde, como el sol cuando una nube gris le gana la batalla. Una mañana -recuerdo que la luz era quebradiza- su trino se apagó del todo. Aquellas rejas, aquel aire enrarecido, aquella penumbra, aquella soledad... acabaron con su alegría...
...Y sentí vergüenza de mis manos tristes. ¡Maldita jaula! ¡Maldito aire! ¡Maldita yo!
Aquel niño era suave y dulce como la miel. Aliviaba con su risa la monotonía que, definitivamente, se había instalado en mi vida. Me gustaba observarlo desde mi balcón cuando jugaba en la pequeña plaza. ¡Qué vitalidad tenía! Oír las canciones con las que acompañaba sus juegos era como volver a mi niñez. Ni la letra ni la música habían sufrido el deterioro del tiempo.Estaban casi intactas en su boca. Me gustaba sobre todo cuando el niño hacía fáciles las palabras más difíciles e incomprensibles. ¡Con qué gracia ultrajaba las que sobrepasaban los límites de su comprensión! Me preguntaba cómo aquel diminuto ser había podido aprender tantas canciones y cómo su pequeña memoria podía guardarlas tan fielmente. Cuando se cansaba de jugar, el niño exploraba todo lo que había a su alrededor: insectos, plantas, estrellas, nubes, ríos, arroyos, pozos, aves, grutas... Todo lo quería conocer y ponía sus cinco sentidos para conseguirlo. Era inquieto, curioso, alegre, inteligente...
Un día, queriendo encauzar el alocado trote de tan tierna criatura, decidí ponerle riendas, y lo llevé a la escuela. Dispuse y organicé lo que tenía que saber y cómo tenía que aprenderlo. Lo senté en una silla y le enseñé a escuchar en silencio. Le hablé de países, de guerras, de héroes, de vencidos, de cielos, de infiernos, de bosques, de desiertos, de ángulos, de rectas, de lluvias, de vientos, de cuentas, de árboles, de tormentas... Sólo tenía que escucharme. Pero su curiosidad fue desapareciendo como la pasión con la rutina, como el rescoldo con el tiempo. Su inteligencia se tornó torpeza y su memoria se negó a guardar cualquier dato. Una mañana –recuerdo que nevaba el niño dejó de aprender. Su actitud rebelde, su desinterés, su constante desobediencia... acabaron con sus inquietudes.
...Y sentí vergüenza de sus manos quietas. ¡Maldito niño! ¡Maldito niño! ¡Maldito niño!
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