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jueves, 23 de abril de 2020
miércoles, 26 de abril de 2017
EN UN LUGAR DE LA MANCHA. FINAL
Y todo tiene su fin. Al hidalgo Alonso Quijano o Don Quijote de la Mancha le llegó el suyo de la pluma de Don Miguel de Cervantes Saavedra, quien fallecería también un año después. Por tanto en esta publicación pongo tres postales más de la colección "En un lugar de la Mancha" de A. Bruzón, y el final de esta obra extraordinaria.
Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la
Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas
las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y
tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.
Déjanse de poner aquí los llantos de Sancho,
sobrina y ama de don Quijote, los nuevos epitafios de su sepultura, aunque
Sansón Carrasco le puso éste:
Yace aquí el Hidalgo fuerte
que a tanto estremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura,
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco.
Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su
pluma:
-Aquí quedarás, colgada desta espetera y deste
hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás
luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan
para profanarte. Pero, antes que a ti lleguen, les puedes advertir, y decirles
en el mejor modo que pudieres:
''¡Tate, tate, folloncicos!
De ninguno sea tocada;
porque esta impresa, buen rey,
para mí estaba guardada.
Para mí sola nació don Quijote, y yo para él;
él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y
pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever,
a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi
valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado
ingenio; a quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en
la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera
llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole
salir de la fuesa donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo,
imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva; que, para hacer burla
de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las dos que él hizo,
tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya noticia llegaron, así en éstos
como en los estraños reinos''. Y con esto cumplirás con tu cristiana profesión,
aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo quedaré satisfecho y ufano de
haber sido el primero que gozó el fruto de sus escritos enteramente, como
deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los
hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías,
que, por las de mi verdadero don Quijote, van ya tropezando, y han de caer del
todo, sin duda alguna. Vale.
EN UN LUGAR DE LA MANCHA. EL CABALLERO DE LOS LEONES
-Ahora, venga
lo que veniere, que aquí estoy con ánimo de tomarme con el mesmo Satanás en
persona.
Llegó en esto
el carro de las banderas, en el cual no venía otra gente que el carretero, en
las mulas, y un hombre sentado en la delantera. Púsose don Quijote delante y
dijo:
-¿Adónde vais,
hermanos? ¿Qué carro es éste, qué lleváis en él y qué banderas son aquéstas?
A lo que
respondió el carretero:
-El carro es
mío; lo que va en él son dos bravos leones enjaulados, que el general de Orán
envía a la corte, presentados a Su Majestad; las banderas son del rey nuestro
señor, en señal que aquí va cosa suya.
-Y ¿son
grandes los leones? -preguntó don Quijote.
-Tan grandes
-respondió el hombre que iba a la puerta del carro-, que no han pasado mayores,
ni tan grandes, de Africa a España jamás; y yo soy el leonero, y he pasado
otros, pero como éstos, ninguno. Son hembra y macho; el macho va en esta jaula
primera, y la hembra en la de atrás; y ahora van hambrientos porque no han
comido hoy; y así, vuesa merced se desvíe, que es menester llegar presto donde
les demos de comer.
A lo que dijo
don Quijote, sonriéndose un poco:
-¿Leoncitos a
mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas? Pues, ¡por Dios que han de ver esos
señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta de leones! Apeaos,
buen hombre, y, pues sois el leonero, abrid esas jaulas y echadme esas bestias fuera,
que en mitad desta campaña les daré a conocer quién es don Quijote de la
Mancha, a despecho y pesar de los encantadores que a mí los envían.
-¡Ta, ta!
-dijo a esta sazón entre sí el hidalgo-, dado ha señal de quién es nuestro buen
caballero: los requesones, sin duda, le han ablandado los cascos y madurado los
sesos.
Llegóse en
esto a él Sancho y díjole:
-Señor, por
quien Dios es, que vuesa merced haga de manera que mi señor don Quijote no se
tome con estos leones, que si se toma, aquí nos han de hacer pedazos a todos.
-Pues, ¿tan
loco es vuestro amo -respondió el hidalgo-, que teméis, y creéis que se ha de
tomar con tan fieros animales?
-No es loco
-respondió Sancho-, sino atrevido.
-Yo haré que
no lo sea -replicó el hidalgo.
Y, llegándose
a don Quijote, que estaba dando priesa al leonero que abriese las jaulas, le
dijo:
-Señor
caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras que prometen
esperanza de salir bien dellas, y no aquellas que de en todo la quitan; porque
la valentía que se entra en la juridición de la temeridad, más tiene de locura
que de fortaleza. Cuanto más, que estos leones no vienen contra vuesa merced,
ni lo sueñan: van presentados a Su Majestad, y no será bien detenerlos ni
impedirles su viaje.
-Váyase vuesa
merced, señor hidalgo -respondió don Quijote-, a entender con su perdigón manso
y con su hurón atrevido, y deje a cada uno hacer su oficio. Éste es el mío, y
yo sé si vienen a mí, o no, estos señores leones.
Y, volviéndose
al leonero, le dijo:
-¡Voto a tal,
don bellaco, que si no abrís luego luego las jaulas, que con esta lanza os he
de coser con el carro!
El carretero,
que vio la determinación de aquella armada fantasía, le dijo:
-Señor mío,
vuestra merced sea servido, por caridad, dejarme desuncir las mulas y ponerme
en salvo con ellas antes que se desenvainen los leones, porque si me las matan,
quedaré rematado para toda mi vida; que no tengo otra hacienda sino este carro
y estas mulas.
-¡Oh hombre de
poca fe! -respondió don Quijote-, apéate y desunce, y haz lo que quisieres, que
presto verás que trabajaste en vano y que pudieras ahorrar desta diligencia.
Apeóse el
carretero y desunció a gran priesa, y el leonero dijo a grandes voces:
-Séanme
testigos cuantos aquí están cómo contra mi voluntad y forzado abro las jaulas y
suelto los leones, y de que protesto a este señor que todo el mal y daño que
estas bestias hicieren corra y vaya por su cuenta, con más mis salarios y
derechos. Vuestras mercedes, señores, se pongan en cobro antes que abra, que yo
seguro estoy que no me han de hacer daño.
Otra vez le
persuadió el hidalgo que no hiciese locura semejante, que era tentar a Dios
acometer tal disparate. A lo que respondió don Quijote que él sabía lo que
hacía. Respondióle el hidalgo que lo mirase bien, que él entendía que se
engañaba.
-Ahora, señor
-replicó don Quijote-, si vuesa merced no quiere ser oyente desta que a su
parecer ha de ser tragedia, pique la tordilla y póngase en salvo.
Oído lo cual
por Sancho, con lágrimas en los ojos le suplicó desistiese de tal empresa, en
cuya comparación habían sido tortas y pan pintado la de los molinos de viento y
la temerosa de los batanes, y, finalmente, todas las hazañas que había
acometido en todo el discurso de su vida.
-Mire, señor
-decía Sancho-, que aquí no hay encanto ni cosa que lo valga; que yo he visto
por entre las verjas y resquicios de la jaula una uña de león verdadero, y saco
por ella que el tal león, cuya debe de ser la tal uña, es mayor que una
montaña.
-El miedo, a
lo menos -respondió don Quijote-, te le hará parecer mayor que la mitad del
mundo. Retírate, Sancho, y déjame; y si aquí muriere, ya sabes nuestro antiguo
concierto: acudirás a Dulcinea, y no te digo más.
A éstas añadió
otras razones, con que quitó las esperanzas de que no había de dejar de
proseguir su desvariado intento. Quisiera el del Verde Gabán oponérsele, pero
viose desigual en las armas, y no le pareció cordura tomarse con un loco, que
ya se lo había parecido de todo punto don Quijote; el cual, volviendo a dar
priesa al leonero y a reiterar las amenazas, dio ocasión al hidalgo a que
picase la yegua, y Sancho al rucio, y el carretero a sus mulas, procurando
todos apartarse del carro lo más que pudiesen, antes que los leones se
desembanastasen.
Lloraba Sancho
la muerte de su señor, que aquella vez sin duda creía que llegaba en las garras
de los leones; maldecía su ventura, y llamaba menguada la hora en que le vino
al pensamiento volver a servirle; pero no por llorar y lamentarse dejaba de
aporrear al rucio para que se alejase del carro. Viendo, pues, el leonero que
ya los que iban huyendo estaban bien desviados, tornó a requerir y a intimar a
don Quijote lo que ya le había requerido e intimado, el cual respondió que lo
oía, y que no se curase de más intimaciones y requirimientos, que todo sería de
poco fruto, y que se diese priesa.
En el espacio
que tardó el leonero en abrir la jaula primera, estuvo considerando don Quijote
si sería bien hacer la batalla antes a pie que a caballo; y, en fin, se
determinó de hacerla a pie, temiendo que Rocinante se espantaría con la vista
de los leones. Por esto saltó del caballo, arrojó la lanza y embrazó el escudo,
y, desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y corazón
valiente, se fue a poner delante del carro, encomendándose a Dios de todo
corazón, y luego a su señora Dulcinea.
Y es de saber
que, llegando a este paso, el autor de esta verdadera historia exclama y dice:
''¡Oh fuerte y, sobre todo encarecimiento, animoso don Quijote de la Mancha,
espejo donde se pueden mirar todos los valientes del mundo, segundo y nuevo don
Manuel de León, que fue gloria y honra de los españoles caballeros! ¿Con qué
palabras contaré esta tan espantosa hazaña, o con qué razones la haré creíble a
los siglos venideros, o qué alabanzas habrá que no te convengan y cuadren,
aunque sean hipérboles sobre todos los hipérboles? Tú a pie, tú solo, tú
intrépido, tú magnánimo, con sola una espada, y no de las del perrillo
cortadoras, con un escudo no de muy luciente y limpio acero, estás aguardando y
atendiendo los dos más fieros leones que jamás criaron las africanas selvas.
Tus mismos hechos sean los que te alaben, valeroso manchego, que yo los dejo
aquí en su punto por faltarme palabras con que encarecerlos''.
Aquí cesó la
referida exclamación del autor, y pasó adelante, anudando el hilo de la
historia, diciendo que, visto el leonero ya puesto en postura a don Quijote, y
que no podía dejar de soltar al león macho, so pena de caer en la desgracia del
indignado y atrevido caballero, abrió de par en par la primera jaula, donde
estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció de grandeza extraordinaria y
de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo fue revolverse en la jaula,
donde venía echado, y tender la garra, y desperezarse todo; abrió luego la boca
y bostezó muy despacio, y, con casi dos palmos de lengua que sacó fuera, se
despolvoreó los ojos y se lavó el rostro; hecho esto, sacó la cabeza fuera de
la jaula y miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y ademán para
poner espanto a la misma temeridad. Sólo don Quijote lo miraba atentamente,
deseando que saltase ya del carro y viniese con él a las manos, entre las
cuales pensaba hacerle pedazos.
Hasta aquí
llegó el estremo de su jamás vista locura. Pero el generoso león, más comedido
que arrogante, no haciendo caso de niñerías, ni de bravatas, después de haber
mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó sus
traseras partes a don Quijote, y con gran flema y remanso se volvió a echar en
la jaula. Viendo lo cual don Quijote, mandó al leonero que le diese de palos y
le irritase para echarle fuera.
-Eso no haré
yo -respondió el leonero-, porque si yo le instigo, el primero a quien hará
pedazos será a mí mismo. Vuesa merced, señor caballero, se contente con lo
hecho, que es todo lo que puede decirse en género de valentía, y no quiera
tentar segunda fortuna. El león tiene abierta la puerta: en su mano está salir,
o no salir; pero, pues no ha salido hasta ahora, no saldrá en todo el día. La
grandeza del corazón de vuesa merced ya está bien declarada: ningún bravo
peleante, según a mí se me alcanza, está obligado a más que a desafiar a su
enemigo y esperarle en campaña; y si el contrario no acude, en él se queda la
infamia, y el esperante gana la corona del vencimiento.
-Así es verdad
-respondió don Quijote-: cierra, amigo, la puerta, y dame por testimonio, en la
mejor forma que pudieres, lo que aquí me has visto hacer; conviene a saber:
cómo tú abriste al león, yo le esperé, él no salió; volvíle a esperar, volvió a
no salir y volvióse acostar. No debo más, y encantos afuera, y Dios ayude a la
razón y a la verdad, y a la verdadera caballería; y cierra, como he dicho, en
tanto que hago señas a los huidos y ausentes, para que sepan de tu boca esta
hazaña.
Hízolo así el
leonero, y don Quijote, poniendo en la punta de la lanza el lienzo con que se
había limpiado el rostro de la lluvia de los requesones, comenzó a llamar a los
que no dejaban de huir ni de volver la cabeza a cada paso, todos en tropa y
antecogidos del hidalgo; pero, alcanzando Sancho a ver la señal del blanco
paño, dijo:
-Que me maten
si mi señor no ha vencido a las fieras bestias, pues nos llama.
Detuviéronse
todos, y conocieron que el que hacía las señas era don Quijote; y, perdiendo
alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron acercando hasta donde
claramente oyeron las voces de don Quijote, que los llamaba. Finalmente,
volvieron al carro, y, en llegando, dijo don Quijote al carretero:
-Volved,
hermano, a uncir vuestras mulas y a proseguir vuestro viaje; y tú, Sancho, dale
dos escudos de oro, para él y para el leonero, en recompensa de lo que por mí
se han detenido.
-Ésos daré yo
de muy buena gana -respondió Sancho-; pero, ¿qué se han hecho los leones? ¿Son
muertos, o vivos?
Entonces el
leonero, menudamente y por sus pausas, contó el fin de la contienda,
exagerando, como él mejor pudo y supo, el valor de don Quijote, de cuya vista
el león, acobardado, no quiso ni osó salir de la jaula, puesto que había tenido
un buen espacio abierta la puerta de la jaula; y que, por haber él dicho a
aquel caballero que era tentar a Dios irritar al león para que por fuerza
saliese, como él quería que se irritase, mal de su grado y contra toda su
voluntad, había permitido que la puerta se cerrase.
-¿Qué te
parece desto, Sancho? -dijo don Quijote-. ¿Hay encantos que valgan contra la
verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el
esfuerzo y el ánimo, será imposible.
Dio los
escudos Sancho, unció el carretero, besó las manos el leonero a don Quijote por
la merced recebida, y prometióle de contar aquella valerosa hazaña al mismo
rey, cuando en la corte se viese.
-Pues, si
acaso Su Majestad preguntare quién la hizo, diréisle que el Caballero de los
Leones, que de aquí adelante quiero que en éste se trueque, cambie, vuelva y
mude el que hasta aquí he tenido del Caballero de la Triste Figura; y en esto
sigo la antigua usanza de los andantes caballeros, que se mudaban los nombres
cuando querían, o cuando les venía a cuento.
Siguió su
camino el carro, y don Quijote, Sancho y el del Verde Gabán prosiguieron el
suyo.
martes, 25 de abril de 2017
EN UN LUGAR DE LA MANCHA. ENCANTAMIENTO DE LA JAULA DE MADERA
Dos días eran ya pasados los que había
que toda aquella ilustre compañía estaba en la venta; y, pareciéndoles que ya
era tiempo de partirse, dieron orden para que, sin ponerse al trabajo de volver
Dorotea y don Fernando con don Quijote a su aldea, con la invención de la
libertad de la reina Micomicona, pudiesen el cura y el barbero llevársele, como
deseaban, y procurar la cura de su locura en su tierra. Y lo que ordenaron fue
que se concertaron con un carretero de bueyes que acaso acertó a pasar por
allí, para que lo llevase en esta forma: hicieron una como jaula de palos
enrejados, capaz que pudiese en ella caber holgadamente don Quijote; y luego
don Fernando y sus camaradas, con los criados de don Luis y los cuadrilleros,
juntamente con el ventero, todos por orden y parecer del cura, se cubrieron los
rostros y se disfrazaron, quién de una manera y quién de otra, de modo que a
don Quijote le pareciese ser otra gente de la que en aquel castillo había
visto.
Hecho esto, con grandísimo silencio se
entraron adonde él estaba durmiendo y descansando de las pasadas refriegas.
Llegáronse a él, que libre y seguro de tal acontecimiento dormía, y, asiéndole
fuertemente, le ataron muy bien las manos y los pies, de modo que, cuando él
despertó con sobresalto, no pudo menearse, ni hacer otra cosa más que admirarse
y suspenderse de ver delante de sí tan estraños visajes; y luego dio en la
cuenta de lo que su continua y desvariada imaginación le representaba, y se
creyó que todas aquellas figuras eran fantasmas de aquel encantado castillo, y
que, sin duda alguna, ya estaba encantado, pues no se podía menear ni defender:
todo a punto como había pensado que sucedería el cura, trazador desta máquina.
Sólo Sancho, de todos los presentes, estaba en su mesmo juicio y en su mesma
figura; el cual, aunque le faltaba bien poco para tener la mesma enfermedad de
su amo, no dejó de conocer quién eran todas aquellas contrahechas figuras; mas
no osó descoser su boca, hasta ver en qué paraba aquel asalto y prisión de su
amo, el cual tampoco hablaba palabra, atendiendo a ver el paradero de su
desgracia; que fue que, trayendo allí la jaula, le encerraron dentro, y le
clavaron los maderos tan fuertemente que no se pudieran romper a dos tirones.
Tomáronle luego en hombros, y, al salir
del aposento, se oyó una voz temerosa, todo cuanto la supo formar el barbero,
no el del albarda, sino el otro, que decía:
-¡Oh Caballero de la Triste Figura!, no
te dé afincamiento la prisión en que vas, porque así conviene para acabar más
presto la aventura en que tu gran esfuerzo te puso; la cual se acabará cuando
el furibundo león manchado con la blanca paloma tobosina yoguieren en uno, ya
después de humilladas las altas cervices al blando yugo matrimoñesco; de cuyo
inaudito consorcio saldrán a la luz del orbe los bravos cachorros, que imitarán
las rumpantes garras del valeroso padre. Y esto será antes que el seguidor de
la fugitiva ninfa faga dos vegadas la visita de las lucientes imágines con su
rápido y natural curso. Y tú, ¡oh, el más noble y obediente escudero que tuvo
espada en cinta, barbas en rostro y olfato en las narices!, no te desmaye ni
descontente ver llevar ansí delante de tus ojos mesmos a la flor de la
caballería andante; que presto, si al plasmador del mundo le place, te verás
tan alto y tan sublimado que no te conozcas, y no saldrán defraudadas las
promesas que te ha fecho tu buen señor. Y asegúrote, de parte de la sabia
Mentironiana, que tu salario te sea pagado, como lo verás por la obra; y sigue
las pisadas del valeroso y encantado caballero, que conviene que vayas donde
paréis entrambos. Y, porque no me es lícito decir otra cosa, a Dios quedad, que
yo me vuelvo adonde yo me sé.
Y, al acabar de la profecía, alzó la
voz de punto, y diminuyóla después, con tan tierno acento, que aun los
sabidores de la burla estuvieron por creer que era verdad lo que oían.
Quedó don Quijote consolado con la
escuchada profecía, porque luego coligió de todo en todo la significación de
ella; y vio que le prometían el verse ayuntados en santo y debido matrimonio
con su querida Dulcinea del Toboso, de cuyo felice vientre saldrían los
cachorros, que eran sus hijos, para gloria perpetua de la Mancha. Y, creyendo
esto bien y firmemente, alzó la voz, y, dando un gran suspiro, dijo:
-¡Oh tú, quienquiera que seas, que
tanto bien me has pronosticado!, ruégote que pidas de mi parte al sabio
encantador que mis cosas tiene a cargo, que no me deje perecer en esta prisión
donde agora me llevan, hasta ver cumplidas tan alegres e incomparables promesas
como son las que aquí se me han hecho; que, como esto sea, tendré por gloria
las penas de mi cárcel, y por alivio estas cadenas que me ciñen, y no por duro
campo de batalla este lecho en que me acuestan, sino por cama blanda y tálamo
dichoso. Y, en lo que toca a la consolación de Sancho Panza, mi escudero, yo
confío de su bondad y buen proceder que no me dejará en buena ni en mala
suerte; porque, cuando no suceda, por la suya o por mi corta ventura, el
poderle yo dar la ínsula, o otra cosa equivalente que le tengo prometida, por
lo menos su salario no podrá perderse; que en mi testamento, que ya está hecho,
dejo declarado lo que se le ha de dar, no conforme a sus muchos y buenos
servicios, sino a la posibilidad mía.
Sancho Panza se le inclinó con mucho
comedimiento, y le besó entrambas las manos, porque la una no pudiera, por
estar atadas entrambas.
Luego tomaron la jaula en hombros
aquellas visiones, y la acomodaron en el carro de los bueyes.
Capítulo
XLVII. Del estraño modo con que fue encantado don Quijote de la
Mancha, con otros famosos sucesos
Cuando don Quijote se vio de aquella
manera enjaulado y encima del carro, dijo:
-Muchas y muy graves historias he yo
leído de caballeros andantes, pero jamás he leído, ni visto, ni oído, que a los
caballeros encantados los lleven desta manera y con el espacio que prometen
estos perezosos y tardíos animales; porque siempre los suelen llevar por los
aires, con estraña ligereza, encerrados en alguna parda y escura nube, o en
algún carro de fuego, o ya sobre algún hipogrifo o otra bestia semejante; pero
que me lleven a mí agora sobre un carro de bueyes, ¡vive Dios que me pone en
confusión! Pero quizá la caballería y los encantos destos nuestros tiempos
deben de seguir otro camino que siguieron los antiguos. Y también podría ser
que, como yo soy nuevo caballero en el mundo, y el primero que ha resucitado el
ya olvidado ejercicio de la caballería aventurera, también nuevamente se hayan
inventado otros géneros de encantamentos y otros modos de llevar a los
encantados. ¿Qué te parece desto, Sancho hijo?
-No sé yo lo que me parece -respondió
Sancho-, por no ser tan leído como vuestra merced en las escrituras andantes;
pero, con todo eso, osaría afirmar y jurar que estas visiones que por aquí
andan, que no son del todo católicas.
-¿Católicas? ¡Mi padre! -respondió don
Quijote-. ¿Cómo han de ser católicas si son todos demonios que han tomado
cuerpos fantásticos para venir a hacer esto y a ponerme en este estado? Y si
quieres ver esta verdad, tócalos y pálpalos, y verás como no tienen cuerpo sino
de aire, y como no consiste más de en la apariencia.
-Par Dios, señor -replicó Sancho-, ya
yo los he tocado; y este diablo que aquí anda tan solícito es rollizo de
carnes, y tiene otra propiedad muy diferente de la que yo he oído decir que
tienen los demonios; porque, según se dice, todos huelen a piedra azufre y a
otros malos olores; pero éste huele a ámbar de media legua.
Decía esto Sancho por don Fernando,
que, como tan señor, debía de oler a lo que Sancho decía.
-No te maravilles deso, Sancho amigo
-respondió don Quijote-, porque te hago saber que los diablos saben mucho, y,
puesto que traigan olores consigo, ellos no huelen nada, porque son espíritus,
y si huelen, no pueden oler cosas buenas, sino malas y hidiondas. Y la razón es
que como ellos, dondequiera que están, traen el infierno consigo, y no pueden
recebir género de alivio alguno en sus tormentos, y el buen olor sea cosa que
deleita y contenta, no es posible que ellos huelan cosa buena. Y si a ti te
parece que ese demonio que dices huele a ámbar, o tú te engañas, o él quiere
engañarte con hacer que no le tengas por demonio.
Todos estos coloquios pasaron entre amo
y criado; y, temiendo don Fernando y Cardenio que Sancho no viniese a caer del
todo en la cuenta de su invención, a quien andaba ya muy en los alcances,
determinaron de abreviar con la partida; y, llamando aparte al ventero, le
ordenaron que ensillase a Rocinante y enalbardase el jumento de Sancho; el cual
lo hizo con mucha presteza.
Ya en esto, el cura se había concertado
con los cuadrilleros que le acompañasen hasta su lugar, dándoles un tanto cada
día. Colgó Cardenio del arzón de la silla de Rocinante, del un cabo la adarga y
del otro la bacía, y por señas mandó a Sancho que subiese en su asno y tomase
de las riendas a Rocinante, y puso a los dos lados del carro a los dos
cuadrilleros con sus escopetas. Pero, antes que se moviese el carro, salió la
ventera, su hija y Maritornes a despedirse de don Quijote, fingiendo que
lloraban de dolor de su desgracia; a quien don Quijote dijo:
-No lloréis, mis buenas señoras, que
todas estas desdichas son anexas a los que profesan lo que yo profeso; y si
estas calamidades no me acontecieran, no me tuviera yo por famoso caballero
andante; porque a los caballeros de poco nombre y fama nunca les suceden
semejantes casos, porque no hay en el mundo quien se acuerde dellos. A los
valerosos sí, que tienen envidiosos de su virtud y valentía a muchos príncipes
y a muchos otros caballeros, que procuran por malas vías destruir a los buenos.
Pero, con todo eso, la virtud es tan poderosa que, por sí sola, a pesar de toda
la nigromancia que supo su primer inventor, Zoroastes, saldrá vencedora de todo
trance, y dará de sí luz en el mundo, como la da el sol en el cielo.
Perdonadme, fermosas damas, si algún desaguisado, por descuido mío, os he
fecho, que, de voluntad y a sabiendas, jamás le di a nadie; y rogad a Dios me
saque destas prisiones, donde algún mal intencionado encantador me ha puesto;
que si de ellas me veo libre, no se me caerá de la memoria las mercedes que en
este castillo me habedes fecho, para gratificallas, servillas y recompensallas
como ellas merecen.
En tanto que las damas del castillo
esto pasaban con don Quijote, el cura y el barbero se despidieron de don
Fernando y sus camaradas, y del capitán y de su hermano y todas aquellas
contentas señoras, especialmente de Dorotea y Luscinda. Todos se abrazaron y
quedaron de darse noticia de sus sucesos, diciendo don Fernando al cura dónde
había de escribirle para avisarle en lo que paraba don Quijote, asegurándole
que no habría cosa que más gusto le diese que saberlo; y que él, asimesmo, le
avisaría de todo aquello que él viese que podría darle gusto, así de su
casamiento como del bautismo de Zoraida, y suceso de don Luis, y vuelta de
Luscinda a su casa. El cura ofreció de hacer cuanto se le mandaba, con toda
puntualidad. Tornaron a abrazarse otra vez, y otra vez tornaron a nuevos
ofrecimientos.
El ventero se llegó al cura y le dio
unos papeles, diciéndole que los había hallado en un aforro de la maleta donde
se halló la Novela del curioso impertinente, y que, pues su dueño no había
vuelto más por allí, que se los llevase todos; que, pues él no sabía leer, no
los quería. El cura se lo agradeció, y, abriéndolos luego, vio que al principio
de lo escrito decía: Novela de Rinconete y Cortadillo, por donde entendió ser
alguna novela y coligió que, pues la del Curioso impertinente había sido buena,
que también lo sería aquélla, pues podría ser fuesen todas de un mesmo autor; y
así, la guardó, con prosupuesto de leerla cuando tuviese comodidad.
Subió a caballo, y también su amigo el
barbero, con sus antifaces, porque no fuesen luego conocidos de don Quijote, y
pusiéronse a caminar tras el carro. Y la orden que llevaban era ésta: iba
primero el carro, guiándole su dueño; a los dos lados iban los cuadrilleros,
como se ha dicho, con sus escopetas; seguía luego Sancho Panza sobre su asno,
llevando de rienda a Rocinante. Detrás de todo esto iban el cura y el barbero
sobre sus poderosas mulas, cubiertos los rostros, como se ha dicho, con grave y
reposado continente, no caminando más de lo que permitía el paso tardo de los
bueyes. Don Quijote iba sentado en la jaula, las manos atadas, tendidos los
pies, y arrimado a las verjas, con tanto silencio y tanta paciencia como si no
fuera hombre de carne, sino estatua de piedra.
Y así, con aquel espacio y silencio
caminaron hasta dos leguas, que llegaron a un valle, donde le pareció al boyero
ser lugar acomodado para reposar y dar pasto a los bueyes; y, comunicándolo con
el cura, fue de parecer el barbero que caminasen un poco más, porque él sabía,
detrás de un recuesto que cerca de allí se mostraba, había un valle de más
yerba y mucho mejor que aquel donde parar querían. Tomóse el parecer del
barbero, y así, tornaron a proseguir su camino.
En esto, volvió el cura el rostro, y
vio que a sus espaldas venían hasta seis o siete hombres de a caballo, bien
puestos y aderezados, de los cuales fueron presto alcanzados, porque caminaban
no con la flema y reposo de los bueyes, sino como quien iba sobre mulas de
canónigos y con deseo de llegar presto a sestear a la venta, que menos de una
legua de allí se parecía. Llegaron los diligentes a los perezosos y saludáronse
cortésmente; y uno de los que venían, que, en resolución, era canónigo de
Toledo y señor de los demás que le acompañaban, viendo la concertada procesión
del carro, cuadrilleros, Sancho, Rocinante, cura y barbero, y más a don
Quijote, enjaulado y aprisionado, no pudo dejar de preguntar qué significaba
llevar aquel hombre de aquella manera; aunque ya se había dado a entender,
viendo las insignias de los cuadrilleros, que debía de ser algún facinoroso
salteador, o otro delincuente cuyo castigo tocase a la Santa Hermandad. Uno de
los cuadrilleros, a quien fue hecha la pregunta, respondió ansí:
-Señor, lo que significa ir este
caballero desta manera, dígalo él, porque nosotros no lo sabemos.
Oyó don Quijote la plática, y dijo:
-¿Por dicha vuestras mercedes, señores
caballeros, son versados y perictos en esto de la caballería andante? Porque si
lo son, comunicaré con ellos mis desgracias, y si no, no hay para qué me canse
en decillas.
Y, a este tiempo, habían ya llegado el
cura y el barbero, viendo que los caminantes estaban en pláticas con don
Quijote de la Mancha, para responder de modo que no fuese descubierto su
artificio.
El canónigo, a lo que don Quijote dijo,
respondió:
-En verdad, hermano, que sé más de
libros de caballerías que de las Súmulas de Villalpando. Ansí que, si no está
más que en esto, seguramente podéis comunicar conmigo lo que quisiéredes.
-A la mano de Dios -replicó don
Quijote-. Pues así es, quiero, señor caballero, que sepades que yo voy
encantado en esta jaula, por envidia y fraude de malos encantadores; que la
virtud más es perseguida de los malos que amada de los buenos. Caballero
andante soy, y no de aquellos de cuyos nombres jamás la Fama se acordó para
eternizarlos en su memoria, sino de aquellos que, a despecho y pesar de la
mesma envidia, y de cuantos magos crió Persia, bracmanes la India, ginosofistas
la Etiopía, ha de poner su nombre en el templo de la inmortalidad para que
sirva de ejemplo y dechado en los venideros siglos, donde los caballeros
andantes vean los pasos que han de seguir, si quisieren llegar a la cumbre y
alteza honrosa de las armas.
-Dice verdad el señor don Quijote de la
Mancha -dijo a esta sazón el cura-; que él va encantado en esta carreta, no por
sus culpas y pecados, sino por la mala intención de aquellos a quien la virtud
enfada y la valentía enoja. Éste es, señor, el Caballero de la Triste Figura,
si ya le oístes nombrar en algún tiempo, cuyas valerosas hazañas y grandes
hechos serán escritas en bronces duros y en eternos mármoles, por más que se
canse la envidia en escurecerlos y la malicia en ocultarlos.
Cuando el canónigo oyó hablar al preso
y al libre en semejante estilo, estuvo por hacerse la cruz, de admirado, y no
podía saber lo que le había acontencido; y en la mesma admiración cayeron todos
los que con él venían. En esto, Sancho Panza, que se había acercado a oír la plática,
para adobarlo todo, dijo:
-Ahora, señores, quiéranme bien o
quiéranme mal por lo que dijere, el caso de ello es que así va encantado mi
señor don Quijote como mi madre; él tiene su entero juicio, él come y bebe y
hace sus necesidades como los demás hombres, y como las hacía ayer, antes que
le enjaulasen. Siendo esto ansí, ¿cómo quieren hacerme a mí entender que va
encantado? Pues yo he oído decir a muchas personas que los encantados ni comen,
ni duermen, ni hablan, y mi amo, si no le van a la mano, hablará más que
treinta procuradores.
Y, volviéndose a mirar al cura,
prosiguió diciendo:
-¡Ah señor cura, señor cura! ¿Pensaba
vuestra merced que no le conozco, y pensará que yo no calo y adivino adónde se
encaminan estos nuevos encantamentos? Pues sepa que le conozco, por más que se
encubra el rostro, y sepa que le entiendo, por más que disimule sus embustes.
En fin, donde reina la envidia no puede vivir la virtud, ni adonde hay escaseza
la liberalidad. !Mal haya el diablo!; que, si por su reverencia no fuera, ésta
fuera ya la hora que mi señor estuviera casado con la infanta Micomicona, y yo
fuera conde, por lo menos, pues no se podía esperar otra cosa, así de la bondad
de mi señor el de la Triste Figura como de la grandeza de mis servicios. Pero
ya veo que es verdad lo que se dice por ahí: que la rueda de la Fortuna anda
más lista que una rueda de molino, y que los que ayer estaban en pinganitos hoy
están por el suelo. De mis hijos y de mi mujer me pesa, pues cuando podían y
debían esperar ver entrar a su padre por sus puertas hecho gobernador o
visorrey de alguna ínsula o reino, le verán entrar hecho mozo de caballos. Todo
esto que he dicho, señor cura, no es más de por encarecer a su paternidad haga
conciencia del mal tratamiento que a mi señor se le hace, y mire bien no le
pida Dios en la otra vida esta prisión de mi amo, y se le haga cargo de todos
aquellos socorros y bienes que mi señor don Quijote deja de hacer en este
tiempo que está preso.
-¡Adóbame esos candiles! -dijo a este
punto el barbero-. ¿También vos, Sancho, sois de la cofradía de vuestro amo?
¡Vive el Señor, que voy viendo que le habéis de tener compañía en la jaula, y
que habéis de quedar tan encantado como él, por lo que os toca de su humor y de
su caballería! En mal punto os empreñastes de sus promesas, y en mal hora se os
entró en los cascos la ínsula que tanto deseáis.
-Yo no estoy preñado de nadie
-respondió Sancho-, ni soy hombre que me dejaría empreñar, del rey que fuese;
y, aunque pobre, soy cristiano viejo, y no debo nada a nadie; y si ínsulas
deseo, otros desean otras cosas peores; y cada uno es hijo de sus obras; y,
debajo de ser hombre, puedo venir a ser papa, cuanto más gobernador de una
ínsula, y más pudiendo ganar tantas mi señor que le falte a quien dallas.
Vuestra merced mire cómo habla, señor barbero; que no es todo hacer barbas, y
algo va de Pedro a Pedro. Dígolo porque todos nos conocemos, y a mí no se me ha
de echar dado falso. Y en esto del encanto de mi amo, Dios sabe la verdad; y
quédese aquí, porque es peor meneallo.
No quiso responder el barbero a Sancho,
porque no descubriese con sus simplicidades lo que él y el cura tanto
procuraban encubrir; y, por este mesmo temor, había el cura dicho al canónigo
que caminasen un poco delante: que él le diría el misterio del enjaulado, con
otras cosas que le diesen gusto. Hízolo así el canónigo, y adelantóse con sus
criados y con él: estuvo atento a todo aquello que decirle quiso de la
condición, vida, locura y costumbres de don Quijote, contándole brevemente el
principio y causa de su desvarío, y todo el progreso de sus sucesos, hasta
haberlo puesto en aquella jaula, y el disignio que llevaban de llevarle a su
tierra, para ver si por algún medio hallaban remedio a su locura. Admiráronse
de nuevo los criados y el canónigo de oír la peregrina historia de don
Quijote...
Colección postales antiguas, cedidas por mi amiga Esperanza Rodríguez. Autor A. Bruzón.
EN UN LUGAR DE LA MANCHA. ATAQUE A LOS CARNEROS
-Señor, encomiendo al diablo hombre, ni gigante, ni caballero de cuantos vuestra merced dice parece por todo esto; a lo menos, yo no los veo; quizá todo debe ser encantamento, como las fantasmas de anoche.
-¿Cómo dices eso? -respondió don
Quijote-. ¿No oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el
ruido de los atambores?
-No oigo otra cosa -respondió Sancho-
sino muchos balidos de ovejas y carneros.
Y así era la verdad, porque ya llegaban
cerca los dos rebaños.
-El miedo que tienes -dijo don Quijote-
te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas; porque uno de los efectos del
miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si
es que tanto temes, retírate a una parte y déjame solo, que solo basto a dar la
victoria a la parte a quien yo diere mi ayuda. Y, diciendo esto, puso las
espuelas a Rocinante, y, puesta la lanza en el ristre, bajó de la costezuela
como un rayo. Diole voces Sancho, diciéndole:
-¡Vuélvase vuestra merced, señor don
Quijote, que voto a Dios que son carneros y ovejas las que va a embestir!
¡Vuélvase, desdichado del padre que me engendró! ¿Qué locura es ésta? Mire que
no hay gigante ni caballero alguno, ni gatos, ni armas, ni escudos partidos ni
enteros, ni veros azules ni endiablados. ¿Qué es lo que hace? ¡Pecador soy yo a
Dios!
Ni por ésas volvió don Quijote; antes,
en altas voces, iba diciendo:
-¡Ea, caballeros, los que seguís y
militáis debajo de las banderas del valeroso emperador Pentapolín del
Arremangado Brazo, seguidme todos: veréis cuán fácilmente le doy venganza de su
enemigo Alefanfarón de la Trapobana!
Esto diciendo, se entró por medio del
escuadrón de las ovejas, y comenzó de alanceallas con tanto coraje y denuedo
como si de veras alanceara a sus mortales enemigos. Los pastores y ganaderos
que con la manada venían dábanle voces que no hiciese aquello; pero, viendo que
no aprovechaban, desciñéronse las hondas y comenzaron a saludalle los oídos con
piedras como el puño. Don Quijote no se curaba de las piedras; antes,
discurriendo a todas partes, decía:
-¿Adónde estás, soberbio Alifanfuón?
Vente a mí; que un caballero solo soy, que desea, de solo a solo, probar tus
fuerzas y quitarte la vida, en pena de la que das al valeroso Pentapolín
Garamanta.
Llegó en esto una peladilla de arroyo,
y, dándole en un lado, le sepultó dos costillas en el cuerpo. Viéndose tan
maltrecho, creyó sin duda que estaba muerto o malferido, y, acordándose de su
licor, sacó su alcuza y púsosela a la boca, y comenzó a echar licor en el
estómago; mas, antes que acabase de envasar lo que a él le parecía que era
bastante, llegó otra almendra y diole en la mano y en el alcuza tan de lleno
que se la hizo pedazos, llevándole de camino tres o cuatro dientes y muelas de
la boca, y machucándole malamente dos dedos de la mano.
Tal fue el golpe primero, y tal el
segundo, que le fue forzoso al pobre caballero dar consigo del caballo abajo.
Llegáronse a él los pastores y creyeron que le habían muerto; y así, con mucha
priesa, recogieron su ganado, y cargaron de las reses muertas, que pasaban de
siete, y, sin averiguar otra cosa, se fueron.
Estábase todo este tiempo Sancho sobre
la cuesta, mirando las locuras que su amo hacía, y arrancábase las barbas,
maldiciendo la hora y el punto en que la fortuna se le había dado a conocer.
Viéndole, pues, caído en el suelo, y que ya los pastores se habían ido, bajó de
la cuesta y llegóse a él, y hallóle de muy mal arte, aunque no había perdido el
sentido, y díjole:
-¿No le decía yo, señor don Quijote,
que se volviese, que los que iba a acometer no eran ejércitos, sino manadas de
carneros?
Colección postales antiguas, cedidas por mi amiga Esperanza Rodríguez. Autor A. Bruzón.
EN UN LUGAR DE LA MANCHA. MANTEO DE SANCHO PANZA

El ventero, que le vio ir y que no le pagaba,
acudió a cobrar de Sancho Panza, el cual dijo que, pues su señor no había
querido pagar, que tampoco él pagaría; porque, siendo él escudero de caballero
andante, como era, la mesma regla y razón corría por él como por su amo en no
pagar cosa alguna en los mesones y ventas. Amohinóse mucho desto el ventero, y
amenazóle que si no le pagaba, que lo cobraría de modo que le pesase. A lo cual
Sancho respondió que, por la ley de caballería que su amo había recebido, no
pagaría un solo cornado, aunque le costase la vida; porque no había de perder
por él la buena y antigua usanza de los caballeros andantes, ni se habían de
quejar dél los escuderos de los tales que estaban por venir al mundo, reprochándole
el quebrantamiento de tan justo fuero.
Quiso la mala suerte del desdichado Sancho
que, entre la gente que estaba en la venta, se hallasen cuatro perailes de
Segovia, tres agujeros del Potro de Córdoba y dos vecinos de la Heria de
Sevilla, gente alegre, bien intencionada, maleante y juguetona, los cuales,
casi como instigados y movidos de un mesmo espíritu, se llegaron a Sancho, y,
apeándole del asno, uno dellos entró por la manta de la cama del huésped, y,
echándole en ella, alzaron los ojos y vieron que el techo era algo más bajo de
lo que habían menester para su obra, y determinaron salirse al corral, que
tenía por levantarle en alto y a holgarse con él como con perro por
carnestolendas.
Las voces que el mísero manteado daba fueron
tantas, que llegaron a los oídos de su amo; el cual, determinándose a escuchar
atentamente, creyó que alguna nueva aventura le venía, hasta que claramente
conoció que el que gritaba era su escudero; y, volviendo las riendas, con un
penado galope llegó a la venta, y, hallándola cerrada, la rodeó por ver si
hallaba por donde entrar; pero no hubo llegado a las paredes del corral, que no
eran muy altas, cuando vio el mal juego que se le hacía a su escudero. Viole
bajar y subir por el aire, con tanta gracia y presteza que, si la cólera le
dejara, tengo para mí que se riera. Probó a subir desde el caballo a las
bardas, pero estaba tan molido y quebrantado que aun apearse no pudo; y así,
desde encima del caballo, comenzó a decir tantos denuestos y baldones a los que
a Sancho manteaban, que no es posible acertar a escribillos; mas no por esto
cesaban ellos de su risa y de su obra, ni el volador Sancho dejaba sus quejas,
mezcladas ya con amenazas, ya con ruegos; mas todo aprovechaba poco, ni
aprovechó, hasta que de puro cansados le dejaron.
---------------------------------------
-Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y
digas que yo fui el que te saqué de tus casillas, sabiendo que yo no me quedé
en mis casas: juntos salimos, juntos fuimos y juntos peregrinamos; una misma
fortuna y una misma suerte ha corrido por los dos: si a ti te mantearon una
vez, a mí me han molido ciento, y esto es lo que te llevo de ventaja.
Colección postales antiguas, cedidas por mi amiga Esperanza Rodríguez. Autor A. Bruzón.
domingo, 23 de abril de 2017
EN UN LUGAR DE LA MANCHA. DON QUIJOTE CONTRA LOS MOLINOS DE VIENTO

Y, en diciendo esto, y encomendándose
de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le
socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a
todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba
delante; y, dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia
que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que
fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a
todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue
el golpe que dio con él Rocinante.
-¡Válame Dios! -dijo Sancho-. ¿No le
dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos
de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?
Colección postales antiguas, cedidas por mi amiga Esperanza Rodríguez. Autor A. Bruzón.
EN UN LUGAR DE LA MANCHA. EN BUSCA DE ESCUDERO
...determinó volver a su casa y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recebir a un labrador vecino suyo, que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería. Con este pensamiento guió a Rocinante hacia su aldea, el cual, casi conociendo la querencia, con tanta gana comenzó a caminar, que parecía que no ponía los pies en el suelo.
Colección postales antiguas, cedidas por mi amiga Esperanza Rodríguez. Autor A. Bruzón.
EN UN LUGAR DE LA MANCHA. ARMADO CABALLERO
No le parecieron bien al ventero las
burlas de su huésped, y determinó abreviar y darle la negra orden de caballería
luego, antes que otra desgracia sucediese. Y así, llegándose a él, se desculpó
de la insolencia que aquella gente baja con él había usado, sin que él supiese
cosa alguna; pero que bien castigados quedaban de su atrevimiento. Díjole como
ya le había dicho que en aquel castillo no había capilla, y para lo que restaba
de hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar armado caballero consistía
en la pescozada y en el espaldarazo, según él tenía noticia del ceremonial de
la orden, y que aquello en mitad de un campo se podía hacer, y que ya había
cumplido con lo que tocaba al velar de las armas, que con solas dos horas de
vela se cumplía, cuanto más, que él había estado más de cuatro. Todo se lo
creyó don Quijote, y dijo que él estaba allí pronto para obedecerle, y que
concluyese con la mayor brevedad que pudiese; porque si fuese otra vez
acometido y se viese armado caballero, no pensaba dejar persona viva en el
castillo, eceto aquellas que él le mandase, a quien por su respeto dejaría.
Advertido y medroso desto el
castellano, trujo luego un libro donde asentaba la paja y cebada que daba a los
arrieros, y con un cabo de vela que le traía un muchacho, y con las dos ya
dichas doncellas, se vino adonde don Quijote estaba, al cual mandó hincar de
rodillas; y, leyendo en su manual, como que decía alguna devota oración, en
mitad de la leyenda alzó la mano y diole sobre el cuello un buen golpe, y tras
él, con su mesma espada, un gentil espaldazaro, siempre murmurando entre
dientes, como que rezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le
ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción, porque
no fue menester poca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias;
pero las proezas que ya habían visto del novel caballero les tenía la risa a
raya. Al ceñirle la espada, dijo la buena señora:
-Dios haga a vuestra merced muy
venturoso caballero y le dé ventura en lides.
Don Quijote le preguntó cómo se
llamaba, porque él supiese de allí adelante a quién quedaba obligado por la
merced recebida; porque pensaba darle alguna parte de la honra que alcanzase
por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha humildad que se llamaba la
Tolosa, y que era hija de un remendón natural de Toledo que vivía a las
tendillas de Sancho Bienaya, y que dondequiera que ella estuviese le serviría y
le tendría por señor. Don Quijote le replicó que, por su amor, le hiciese
merced que de allí adelante se pusiese don y se llamase doña Tolosa. Ella se lo
prometió, y la otra le calzó la espuela, con la cual le pasó casi el mismo
coloquio que con la de la espada: preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba
la Molinera, y que era hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual
también rogó don Quijote que se pusiese don y se llamase doña Molinera,
ofreciéndole nuevos servicios y mercedes.
Hechas, pues, de galope y aprisa las
hasta allí nunca vistas ceremonias, no vio la hora don Quijote de verse a
caballo y salir buscando las aventuras; y, ensillando luego a Rocinante, subió
en él, y, abrazando a su huésped, le dijo cosas tan estrañas, agradeciéndole la
merced de haberle armado caballero, que no es posible acertar a referirlas. El
ventero, por verle ya fuera de la venta, con no menos retóricas, aunque con más
breves palabras, respondió a las suyas, y, sin pedirle la costa de la posada,
le dejó ir a la buen hora.
viernes, 21 de abril de 2017
EN UN LUGAR DE LA MANCHA. PRIMERA SALIDA
Capítulo II. Que trata de la primera salida que de
su tierra hizo el ingenioso don Quijote
Hechas, pues, estas prevenciones, no
quiso aguardar más tiempo a poner en efeto su pensamiento, apretándole a ello
la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los
agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que emendar, y
abusos que mejorar y deudas que satisfacer. Y así, sin dar parte a persona
alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día,
que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas,
subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó
su lanza, y, por la puerta falsa de un corral, salió al campo con grandísimo
contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen
deseo.
Postales antiguas, cedidas por mi amiga Esperanza Rodríguez. Autor: A. Bruzón
EN UN LUGAR DE LA MANCHA. PREPARANDO ARMADURA

Y lo primero que hizo fue limpiar unas
armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho,
luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y
aderezólas lo mejor que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era que no
tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria,
porque de cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el morrión,
hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte
y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes,
y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no
dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por
asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de
hierro por de dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza; y,
sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima
de encaje.
Colección postales antiguas, cedidas por mi amiga Esperanza Rodríguez. Autor A. Bruzón.
EN UN LUGAR DE LA MANCHA. LECTURAS DE CABALLERÍA
Capítulo
I. Que
trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha
Es, pues, de saber que este sobredicho
hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer
libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto
el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda. Y llegó a
tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de
sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su
casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien
como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su
prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba
a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba
escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón
enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando
leía: ...los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las
estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la
vuestra grandeza.
Con estas razones perdía el pobre
caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido,
que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para
sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía,
porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no
dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales.
Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de
aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y
dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo
hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no
se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar -que
era hombre docto, graduado en Sigüenza-, sobre cuál había sido mejor caballero:
Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo
pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le
podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy
acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón
como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en
su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días
de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el
celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo
aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias,
batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates
imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda
aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él
no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz
había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la
Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y
descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en
Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de
Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía
mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación
gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien
criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando
le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó
aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él,
por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía, y aun a su
sobrina de añadidura.
En efeto, rematado ya su juicio, vino a
dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo; y fue que le
pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el
servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo
con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello
que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo
género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos,
cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de
su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan
agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dio
priesa a poner en efeto lo que deseaba.
Postales antiguas, colección En un lugar de la Mancha, cedidas por mi amiga Esperanza Rodríguez. Autor: A. Bruzón
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