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domingo, 26 de agosto de 2018

VAYA LATA CON LA LATA


Playa del Mediterráneo - La narraTina
Voy a intentar redactar esta anécdota, real como la vida misma, con la mayor gracia posible, aunque es difícil transmitir el hecho con palabras. Grabado por la “cámara indiscreta” sería para partirse de risa. Tratad de representarlo mentalmente y veréis. Ahí va:

Caminaba por la playa, con el agua por encima de las rodillas. Mi pie topó con un objeto:
«¿Qué es esto? ¡Una lata de refresco! Lo que faltaba, ¡hasta en la playa! ¡Si está cerrada! Será que se le ha caído a alguien. ¡Mira que bañarse con ella…!», todo esto pasaba por mi cabeza.
Miré alrededor por si alguien daba muestras de ser el dueño. El más cercano era un hombre, de unos setenta años, sentado en una roca a pocos pasos de la orilla. No creí conveniente volver a dejar la lata en el mismo sitio y fui a colocarla sobre dicha roca, en lugar bien visible. El hombre ni se inmutó, como si no me viera.  Seguí mi paseo. Me alejé mirando cada poco hacia atrás. De pronto veo que el “Señor de la roca” se levanta y deja la lata otra vez en el agua, donde la encontré. Ya os podéis imaginar mi sorpresa.
«Discrepa de mí —me dije—. Pensará que el dueño la buscará en el lugar exacto donde la perdió».
Deshice el paseo por el mismo recorrido.
«¿Seguirá la lata en el mismo sitio?», me preguntaba.
El hombre, que me vio llegar, se levantó como alma que lleva el diablo, se apresuró a sacar la lata del agua y a ponerla sobre la roca de nuevo. Se sentó y puso cara de póker. Cuando yo pasé por delante, él miraba al infinito, fingía indiferencia, solo le faltó silbar. Mi desconcierto era total y absoluto.
«¿A qué vendrá esto? ¿Creerá que voy a enfadarme si no está el bote donde lo dejé y me lo encuentro de nuevo en el agua? ¿O temerá que esta vez me lo lleve conmigo?».
Seguí de largo, carcomida por la intriga y conteniendo mis ganas de sonsacarle. Por supuesto, no dejé de observarlo, de reojo. ¡¡¡Se repitió la escena!!!: volvió a dejar el bote en el agua. De pronto lo entendí todo:
«¡Pone el refresco `a refrescar´! ¡Es suyo! Vaya fresco».
Seguro que pensó: «Uy, esta… ¡Qué “rebote” va a pillar si se tropieza otra vez con el bote!». Pero ¿por qué se hizo el desentendido? Supongo que le daría vergüenza, o temería que la gente se tropezara y le echara la bronca.
Rebobiné toda la escena en mi mente, su trajín: que si pongo la lata en el agua, que si ahora me la quitan; que si la vuelvo a poner, que si la vuelvo a sacar… En fin, cosas raras tiene la vida (y seres).
Me dio la carcajada, y me sigue dando cada vez que lo recuerdo.

jueves, 16 de agosto de 2018

LOS MORADORES DE LAS PLAYAS

Tina de Luis -  La narraTina - Sombrillas

¿Quiénes son los más madrugadores en ambientes vacacionales?
Entre otros, los corredores, los ciclistas, los que pasean perros, una servidora  y… los moradores de la playa.
Dichos seres, a las ocho de la mañana o ¡aaantes!, se equipan con sus sillas y sombrillas, se posan en la arena y colocan estos enseres en los mejores puestos y en primera línea, eclipsando todo espacio. Este fenómeno es habitual en los últimos años. Tal vez antes, no tengo certeza. Es difícil desentrañar este misterio, ni los científicos más avezados logran descifrarlo. ¿Cuáles son los derechos adquiridos para gozar del privilegio de sus parcelas de playa particulares a las que otros no pueden acceder? ¿La edad? ¿Derechos auto-otorgados que los demás no sabemos o no nos parece propio otorgarnos? Tenemos censores que nos lo impiden: la lógica, el sentido común, el razonamiento, el respeto a los demás… ¿O tal vez el hecho de plantar en ellas estos elementos básicos? Y lo de plantar es casi, casi literal, pues cuando algunos van a retirar sus sillas, a avanzadas horas de la tarde, tienen que tirar con fuerza para extraer las raíces que han echado.
Hay algunos una pizca más considerados, que dejan a un representante en la orilla, custodiando las silla propia y la de otros quince o veinte. 
Estos entes moran en las playas (solo les falta pernoctar). ¡Hay que tener ganas! Como ya he dicho, se asentarían en ella con la salida del sol (lo hacen algo más tarde porque antes no les dejan) y se despiden con el ocaso. Durante todo ese tiempo, ocupan su puesto de honor, charlan, otean el horizonte (hacia atrás no miran, por si acaso) y se dan algunos chapuzones.
He visto llegar a familias con niños pequeños y no poder los pobres jugar apenas con la arena y hacer castillos, en la orilla, por falta de espacio. Los mejores puestos fueron reservados muy temprano por los impertérritos moradores de la playa.

         Para que os riáis (si ello es posible), como hice yo al ver una toallita de rafia sujeta por cuatro piedras en las esquinas, para asegurarse y reservar la sombra de dos palmeras. Obsérvese detalle

               








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