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Me diste lumbre, fuiste mi abrigo. Nunca cuando hizo frío. |
La noche en vela, se desahogó en mi lecho, y se ahogó en mi pena. |
Eres mi
cielo, y
cuando te entristeces, me
nublo y lluevo. |
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Tu aliento fue miel. Una miel derretida que endulzó mi sed. |
Da
igual si apagas la luz
de mi atardecer, yo te
amanezco. |
Llamé a la noche. Su puerta oscura me abrió. Cerró mi albura. |
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Tacto sedoso se
destila en mi boca. Néctar
de labios. |
Dicen
que olvide, que te
he de odiar. ¿No saben que ese
es mi mal? |
Si es mi remedio olvidar que la olvido, dejadme enfermo. |
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Allí. A
lo lejos, donde
el camino acaba, los
pasos tiemblan. |
Saltan
las ascuas de tu mirada
ardiente. ¡Cómo
me abrasan! |
Entre arrullos
de mar, engatusan
mi tiempo olas de
versos. |
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Llegó
la ausencia. Esperé a
verla partir desde
el olvido. |
Como un
riachuelo serpenteó
por mi piel. Nadé en
sus aguas. |
Saltó
en la espuma ser de
mirada húmeda, que me
rogaba. |
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Dentro
de mí fluyen
tus lágrimas. Empapan
mi alma. |
Verano
tórrido siega
nuestra primavera. Nos
marchitamos. |
Yo era
la roca, tú eras
el manantial que la colmaba. |
«Por una palabra, un mundo, por una poesía un cielo.
Por un puñado de haikus… ¡yo no sé qué te daría! Al menos un universo»
(inspirado en la rima XXIII de Bécquer).
Enlace a la revista: https://latorredelojo.com/2026/07/20/docena-y-media-de-haikus-y-una-rima-becqueriana/
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