—¡Muy buenas! No hay mucha
gente por aquí, ¿verdad?
—Cada vez menos.
Esteban, con la cabeza baja, volvía
furtivamente la mirada hacia el recién llegado, y al instante la clavaba,
obsesivo, en la ajada mesa de madera.
—Parece muy nervioso. ¿Puedo
ayudarle en algo? —preguntó el foráneo.
—No, no puedes, pero se
agradece. Solo espero la hora de marcharme.
—¿Va muy lejos?
—Lo más que pueda.
Esteban se apretaba una mano
con la otra, con evidente crispación.
—¿Tú también estás de viaje o
vienes a quedarte?
—Estoy de paso. Ahora aquí...,
ahora allá...
—Mejor. ¿Nos hemos visto antes?
Tu cara me resulta conocida.
—No es probable —contestó el
forastero.
—Bien. Pues, conocido o no, hazte
un favor y sigue mi consejo: yo que tú me largaría lo antes que pudiera.
—¿Por qué lo dice? Este sitio
parece muy tranquilo. Y acogedor.
—¿Tranquilo...? ¿Acogedor…? ¡Cómo
se ve que eres de fuera!
La agitación de Esteban iba en
aumento.
—¿Qué es lo que tanto le
preocupa?
—¡Qué me había de preocupar! ¿Acaso
no lo captas? ¿No lo sientes?
El nuevo contuvo el aliento y su
mirada hizo un barrido exhaustivo del local, preguntándose qué sería lo que tenía
que percibir.
—Se trata de los intrusos. Los
malditos intrusos. Nunca paran. Nunca descansan. Nos vuelven locos. Se cuelan
por cualquier resquicio. Se adhieren a nuestros sueños. Noche tras noche. Y
llega un día en que se te llevan. No vuelves más.
El forastero lo observaba cada
vez más confuso.
—¿Qué se te llevan? ¿Quiénes?
Esteban continuaba hablando.
Como para sí mismo.
—Ante todo, no los mires. No
los escuches. Si no…, estarás perdido.
—¿Y a dónde te llevan?
—¿Por qué nadie quiere creerme?
No me hacen caso. Me toman por loco, pero lo cierto es que la gente desaparece.
Poco a poco. Los incrédulos dicen que se van por voluntad propia; a otra parte,
que este pueblo está muerto. Yo sé que no es verdad; son ELLOS quienes los
secuestran. Son una horrible pesadilla, me están matando: penetran en mí y me poseen.
Y cada vez que salen, me extirpan y se llevan consigo un trozo de mi vida, de la
forma más atroz. No puedo imaginar mayor suplicio. Cuando la situación se
vuelve insoportable, despierto con convulsiones, en medio de un charco de
sudor. No lo aguanto más; por eso me largo.
Esteban parloteaba, desquiciado,
con la mirada errática. Se rascaba las manos, dejando surcos rojos a lo largo
de la piel.
—Hazme caso, vete de aquí
cuanto antes. Por ti mismo. No dejes que te atrapen.
El forastero se levantó y se
paseó por la estancia. Esteban no le quitaba la vista de encima.
—Lo peor de todo es mirarlos
fijamente, como a Medusa. Se infiltran por tus ojos, por tus oídos. Y es
entonces cuando te dominan. Anulan tu voluntad. Te convierten en su siervo. Se
vuelven imprescindibles y te arrastras a sus pies.
Mientras el desconocido seguía curioseándolo
todo. Esteban pegó un grito estremecedor:
—Pero... ¿qué estás haciendo? ¡¡¡No
toques eso!!! ¡No lo enciendas! Les estás abriendo el portal. ¡No has entendido
nada! ¡¡¡Corre!!! ¡Y no mires atrás!
Esteban salió a la calle como
alma que lleva el diablo.
El forastero se quedó paralizado.
Miró... Escuchó...
¡Entonces los vio!
El portal abierto se llenó de...
ELLOS.
Se movían. Gesticulaban.
Hablaban. Sonreían. Lo tentaban.
¡Entonces lo comprendió!
Ya no sería capaz de apartar la
vista. Ya era suyo para siempre.
Una premonición se dibujó en la gigantesca pantalla:
MAXFLICK, televisión a la carta.
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