sábado, 25 de noviembre de 2017

LOS NIÑOS SON EL FUTURO


No somos del todo conscientes de lo que significa cada palabra, cada actitud, cada reacción, cada mensaje... de los adultos respecto a los niños. Son la materia más dúctil que existe en el universo, la esponja más absorbente, el espejo más fiel.
Incluso las personas más cuidadosas y concienciadas con lo que se les transmite, pueden o podemos patinar a veces en la enseñanza y la influencia ejercida en los pequeños. ¡A qué desatinos y crueldades se ve sometida la infancia por parte de los miles, millones que no prestan la menor atención ni ponen el menor cuidado en la educación del menor. Dónde, cómo y con quién caigan determinará sus vidas. Es la jugada a la lotería más grande del mundo.

domingo, 12 de noviembre de 2017

EPITAFIO

       
       En un lúgubre y minúsculo cementerio de México, unos dedos escuálidos y consumidos retiraban las brozas que tapaban la inscripción de la cochambrosa y rancia lápida. Al fin pudo leer lo que le decía en esta ocasión el epitafio:


      «Déjate ya de tarugadas, maldito pendejo, y convéncete de que tú eres yo y yo soy tú. Eres mi espectro, así que métete de una santa vez en la tumba y fusiónate conmigo, o estaremos chingaos pa toda la eternidad».


RETORNO EN EL DÍA DE LOS MUERTOS

Magdalena despertó de un profundo sueño. Su día de gloria comenzaba. La calle, la vida, la luz… le producían un vértigo excitante. Al asomar al exterior, después de tanto tiempo, el reconfortante calor del sol la hizo revivir; un contraste abismal con su obligada e infinita reclusión, en que el frío le taladraba los huesos y le escarchaba el alma. De inmediato fue atrapada por una auténtica eclosión de estímulos, que reavivaban sus sentidos: la refrescante brisa; los penetrantes aromas de las especias (achiote, clavo, coriandro, cardamomo…), de los dulces (tortas, tejocote, pan de muerto…), la exquisita fragancia de las flores (cempasúchiles, nubes, terciopelos, rosas, claveles, crisantemos…), el bálsamo de las velas…; el arrebatador colorido y sus matices infinitos… Interiorizo sus sensaciones hasta rozar el éxtasis.

Celebraba la festividad año tras año, con renovada ilusión; ese día de recuerdos entrañables en que las familias se reunían y rememoraban a sus difuntos con cariño y entusiasmo. Ella era una extraña, a nadie conocía y para casi todos pasaba inadvertida, pero le encantaba entremezclarse con las personas e imaginar que se interesaban por ella, que la querían. Garbeaba a su alrededor y disfrutaba con ellas de la festividad. A través de las ventanas contemplaba con ternura el interior de los hogares, cuya calidez añoraba.
Cada noviembre retornaba por él, y solo por él, hasta aquel rincón de México, aderezado de embrujo. Por el hombre a quien amó y que la amó; porque su recuerdo era poderoso e indeleble y la mantenía encadenada. Lo llevaba impregnado en su esencia y en su espíritu. Se recordaba en sus brazos, en aquella memorable celebración del Día de los Muertos; en que se entregaron el uno al otro. Se dejaron mecer por la sensual melodía hasta perder el aliento. Bailaron hasta el delirio. Se internaron entre los flamboyanes que resplandecían más allá de las palapas. La hierba les brindó un dulce lecho. Miradas, caricias, suspiros, jadeos, promesas… Se amaron con frenesí y se poseyeron. Un juramento de amor eterno quedo grabado en sus venas.
Cuando Magdalena sufrió el trágico accidente, él la acompañó hasta el último respiro y hasta su última morada. Mientras la tierra caía, se mantenía estático, con el semblante demudado y la expresión errante.
Después desapareció. Nunca más lo vio. Se refugió en el olvido, con egoísmo, para asfixiar su propio sufrimiento, ignorándola, borrándola de su memoria. La dejó tirada como a una cháchara y buscó consuelo en otra. Magdalena quedó allí, abandonada, descorazonada, sepultada bajo la gélida losa de un desolado camposanto. Él nunca más se presentó para otorgarle atenciones: unas flores, unas lágrimas, unas palabras, un detalle de amor sobre su tumba... «¡Enamorado mezquino!».
Sin embargo, Magdalena jamás renunciaría a la esperanza de un reencuentro. Se aferraba al anhelo de verlo aparecer para reunirse con ella y compartir sus muertes.

La tarde se consumía, las horas expiraban, la libertad y el optimismo se evaporaban. Debía regresar a su fúnebre tálamo hasta que un nuevo Día de los Muertos la despertara y la trajera de vuelta a la vida.                           


Archivo del blog