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domingo, 16 de agosto de 2026

¿EL DESTINO O LO DIVINO? REVISTA LA TORRE DEL OJO Nº 12

Enlace a la revista: 

https://latorredelojo.com/

viernes, 26 de junio de 2026

POSESIÓN - LA TORRE DEL OJO, Nº 10


El extraño traspasó la puerta y se sentó en una mesa cercana a la de Esteban.

—¡Muy buenas! No hay mucha gente por aquí, ¿verdad?

—Cada vez menos.

Esteban, con la cabeza baja, volvía furtivamente la mirada hacia el recién llegado, y al instante la clavaba, obsesivo, en la ajada mesa de madera.

—Parece muy nervioso. ¿Puedo ayudarle en algo? —preguntó el foráneo.

—No, no puedes, pero se agradece. Solo espero la hora de marcharme.

—¿Va muy lejos?

—Lo más que pueda.

Esteban se apretaba una mano con la otra, con evidente crispación.

—¿Tú también estás de viaje o vienes a quedarte?

—Estoy de paso. Ahora aquí..., ahora allá...

—Mejor. ¿Nos hemos visto antes? Tu cara me resulta conocida.

—No es probable —contestó el forastero.

—Bien. Pues, conocido o no, hazte un favor y sigue mi consejo: yo que tú me largaría lo antes que pudiera.

—¿Por qué lo dice? Este sitio parece muy tranquilo. Y acogedor.

—¿Tranquilo...? ¿Acogedor…? ¡Cómo se ve que eres de fuera!

La agitación de Esteban iba en aumento.

—¿Qué es lo que tanto le preocupa?

—¡Qué me había de preocupar! ¿Acaso no lo captas? ¿No lo sientes?

El nuevo contuvo el aliento y su mirada hizo un barrido exhaustivo del local, preguntándose qué sería lo que tenía que percibir.

—Se trata de los intrusos. Los malditos intrusos. Nunca paran. Nunca descansan. Nos vuelven locos. Se cuelan por cualquier resquicio. Se adhieren a nuestros sueños. Noche tras noche. Y llega un día en que se te llevan. No vuelves más.

El forastero lo observaba cada vez más confuso.

—¿Qué se te llevan? ¿Quiénes?

Esteban continuaba hablando. Como para sí mismo.

—Ante todo, no los mires. No los escuches. Si no…, estarás perdido.

—¿Y a dónde te llevan?

—¿Por qué nadie quiere creerme? No me hacen caso. Me toman por loco, pero lo cierto es que la gente desaparece. Poco a poco. Los incrédulos dicen que se van por voluntad propia; a otra parte, que este pueblo está muerto. Yo sé que no es verdad; son ELLOS quienes los secuestran. Son una horrible pesadilla, me están matando: penetran en mí y me poseen. Y cada vez que salen, me extirpan y se llevan consigo un trozo de mi vida, de la forma más atroz. No puedo imaginar mayor suplicio. Cuando la situación se vuelve insoportable, despierto con convulsiones, en medio de un charco de sudor. No lo aguanto más; por eso me largo.

Esteban parloteaba, desquiciado, con la mirada errática. Se rascaba las manos, dejando surcos rojos a lo largo de la piel.

—Hazme caso, vete de aquí cuanto antes. Por ti mismo. No dejes que te atrapen.

El forastero se levantó y se paseó por la estancia. Esteban no le quitaba la vista de encima.

—Lo peor de todo es mirarlos fijamente, como a Medusa. Se infiltran por tus ojos, por tus oídos. Y es entonces cuando te dominan. Anulan tu voluntad. Te convierten en su siervo. Se vuelven imprescindibles y te arrastras a sus pies.

Mientras el desconocido seguía curioseándolo todo. Esteban pegó un grito estremecedor:

—Pero... ¿qué estás haciendo? ¡¡¡No toques eso!!! ¡No lo enciendas! Les estás abriendo el portal. ¡No has entendido nada! ¡¡¡Corre!!! ¡Y no mires atrás!

Esteban salió a la calle como alma que lleva el diablo.

El forastero se quedó paralizado. Miró... Escuchó...

¡Entonces los vio!

El portal abierto se llenó de... ELLOS.

Se movían. Gesticulaban. Hablaban. Sonreían. Lo tentaban.

¡Entonces lo comprendió!

Ya no sería capaz de apartar la vista. Ya era suyo para siempre.

Una premonición se dibujó en la gigantesca pantalla:

MAXFLICK, televisión a la carta.

 Enlace al relato:  https://latorredelojo.com/2026/06/23/posesion/

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miércoles, 11 de marzo de 2026

LOS RETOS DEL ENJAMBRE - LA TORRE DEL OJO, Nº 6

                                        

   Relato de Tina de Luis en la revista La Torre del Ojo - Año II - Número 6


La trampilla se abrió, los músculos se me tensaron como las cuerdas de una ballesta a punto de lanzar la saeta. Tras varias horas de espera, afloraba en mí el gladiador que irrumpe en la arena a ciegas, dispuesto a machacar a un rival sin rostro. Y, al igual que en él, la consigna de vencer o perecer luchando pendía de mi aliento. El primer axioma establecía el distanciamiento con la oleada del enjambre. Por suerte, me hallaba muy bien posicionada; una suerte fraguada por mí misma, claro está. A partir de esa premisa, la consecución del éxito dependería de una perspicaz gestión del tiempo, de la agilidad y de la astucia; lo ideal, una acertada combinación de los tres factores. Preferí dejar a un lado el raciocinio y actuar con el instinto y el coraje de un depredador acorralado. Sin apenas darme cuenta, me encontré en el centro de un inmenso círculo, del que arrancaban no pocos caminos. ¿Por cuál de ellos optar? Cabía la posibilidad de que todos condujeran a la meta, pero… ¿y si no era el caso? Pese a que la confusión y la perplejidad me perturbaban, no podía permitirme demoras ni para elegir. Eché un vistazo fugaz a los senderos, buscando un signo, distintivo o señal, que, lamentablemente, no hallé. Me lancé hacia el más cercano y galopé. Nada, absolutamente nada en el trayecto parecía relevante. Mi intuición me reiteraba que por allí no llegaría a los Trofeos.

Los Trofeos lo eran todo, razón más que suficiente por la que inmolarnos. Significaban honra, gloria y laureles. Tenía que conseguir el mayor número de ellos para alcanzar la victoria. Y eso… no resultaría sencillo. Dudé, me detuve, me di la vuelta, casi choqué con otro cazador. Por unos instantes, permanecimos el uno frente al otro: rígidos, expectantes, midiéndonos con la mirada. Me embalé de nuevo, me golpeé con dos ojeadores que corrían en dirección opuesta (la descartada por mí). Nos tambaleamos. Dolió. Retomé la frenética marcha sin mirar atrás. Me introduje como el rayo en un nuevo camino, pero mi inconsciente protestaba, o mi instinto, o mi “Pepito Grillo”… ¡A saber! Tales eran mis ansias de acortar distancias que ignoré sus advertencias. Tres intentos: tres fracasos. Las perspectivas en penumbra, la moral en declive y mi mente obnubilada y errática en un laberinto de desánimo. La intrepidez de mis piernas me llevó a una tercera vía. El reloj, implacable, no daba respiro.

En la nueva senda mi situación no mejoró, me vi atrapada por una avalancha de fanáticos impetuosos. La marabunta me arrastraba, yo me resistía. Me desplazaba, sin remedio, adherida a la desenfrenada horda. Los esfuerzos por zafarme de la masa me desestabilizaron; tuve que aferrarme al cazador más próximo. Me fulminó con la mirada y arrancó, iracundo, mi mano de su ropa. Por primera vez tuve conciencia plena de la impiedad del enjambre. El zarpazo de la depresión me desgarró, y lo más deprimente era que yo misma formaba parte de esa turba, no me diferenciaba de ella en absoluto. Todos, sin excepción, soltamos al monstruo que nos habita cuando las conveniencias nos embaucan. Me atropellaron, me pisotearon, me magullaron… Piernas impasibles y automatizadas deambularon sobre mi cuerpo. Me revolví, busqué un asidero. ¡Me icé!

Puesto que retroceder no era una opción viable, sino peligrosa, decidí avanzar junto a los cazadores. Después de todo, las tendencias populares son muy sabias y, puesto que la tendencia del momento fluía en esa dirección, seguro que era la correcta. No obstante, ¿qué Trofeos quedarían para mí cuando llegase al destino? Demasiada ansiedad, demasiados rivales, demasiada presión… Entre la dificultad de la batalla y mis previsiones mediaba un universo, lo que me obligó a considerar el triunfo pleno una utopía, pero no me hizo renunciar a mi entusiasmo ni a mi empeño.

Llegué a la antesala del Edén; que nadie me pregunte cómo, porque no sé lo que hice (desgarrones, arañazos, contusiones). Los muros de Jericó se derrumbaron ante mis pupilas, al son de trompetas delirantes. Al fondo estaban Ellos. Palpitantes y espléndidos Trofeos, reluciendo en sus anaqueles; enmarcados por rótulos y luces resplandecientes. La tentación en bandeja. Me abalancé hacia el primero en deslumbrarme. Mis manos se volvieron seda para tocarlo. Lo contemplé con embeleso. A punto de estrecharlo contra mi pecho, una garra peluda (que no mano) lo enganchó. Lo apreté con ahínco: «¡Es mío! ¡El me eligió!», grité. Unos ojos hundidos, pérfidos, burlones y amenazantes se clavaron en los míos. Los dos tirábamos con frenesí. El Trofeo se me escurría de las manos, me lo arrebataba. Se lo apropió y corrió más rápido que Usain Bolt en los cien metros lisos, en Berlín. La nada se lo tragó. Enrojecí de ira y aprendí lo que no estaba escrito: el combate desleal. Desterré los lamentos y endurecí mi estrategia. No solo participaba yo, también mi honor y mi reputación formaban parte del juego. Me precipité hacia un nuevo Trofeo. Otra disputa, otra melange de pisotones, patadas en la espinilla, pellizcos y golpes bajos, pero esta vez me lo quedé.

La lucha se desinfló cuando los Trofeos se extinguieron. El gozo me desbordó y sonreí triunfal; me hallaba en posesión de tres. Nadie me tildaría ya de fracasada. Exuberante y con mi orgullo enhiesto, volví a mi hogar. A falta de resuello, me tocó subir a gatas el último tramo de escaleras; no sin antes permitirme un breve descansó para recrearme en mis espléndidos Trofeos:

—Una resistente cuerda de alpinismo, tirada de precio. Todavía no se me había ocurrido una aplicación para ella, habida cuenta de que yo no había practicado la escalada en mi vida, ni creía que a mis cincuenta y siete años me apeteciera iniciarme. Seguro que me venía bien para improvisar algún regalo; conste que no encontrarían otra de calidad superior.

—Un chollo de bañera retro, divina de la muerte —que tendría que camuflar en alguna esquinita del apartamento—, por si algún día decidía remodelar el minicuarto de baño. Es que era tan mona…

—Por último, ¡dos docenas de calzoncillos de algodón! Estaban, nada más y nada menos, al ochenta por ciento de descuento. De la talla XL, eso sí, pero como en mi intención estaba echarme un novio bien fornido…

 Como balance final, fue una inmersión en las rebajas, en plena cuesta de enero, medianamente aprovechada. Lo primordial es que no volví con las manos vacías. Además, aprendí una lección magistral: tengo que entrenar con más método y constancia porque, antes de que queramos darnos cuenta, llegarán las Mid season sales y entonces… Entonces será otra cosa.


Enlace al relato: LOS RETOS DEL ENJAMBRE
Enlace a la revista: La Torre del Ojo

 

 

viernes, 30 de enero de 2026

EL MEJOR REGALO - Cuento Histórico, basado en la vida de Charles Dickens

Cuento publicado en la revista cultural "La Torre del Ojo" por Tina de Luis

***

 Londres, 1824

Llegar a la fábrica cada mañana suponía un auténtico suplicio para Charlie. Aquel trabajo y aquel ambiente, en su opinión inmerecidos, carcomían los cimientos de su mundo. Un mundo que se desmoronaba. La rebeldía contra el infortunio que lo había sumido en la injusticia golpeaba con saña su corazón. En cuanto se acercó a la entrada, algunos de los empleados comenzaron a hostigarlo, como venía siendo habitual.

—¡Eh, tú, caballerito!, que te se va a estropiar el ropaje.

—Mirad qué bombo se da el señoritingo del pimpampum.

Las estruendosas carcajadas lo mortificaban, pero hacía oídos sordos y aguantaba inmutable el chaparrón. Uno de los provocadores se chocó con él a propósito. La paciencia de Charlie reventó y alzó el puño. Con qué ganas habría golpeado al fanfarrón, si otro de los chicos no se hubiera interpuesto. Charlie lo miró con rabia.

—No hagas caso —dijo este—, no vale la pena. Cuanto más te enfades, más te chincharán. Anda, ven conmigo. Me llamo Fran, ¿y tú?

Charlie farfulló su nombre con desgana y pasó al interior. Con apenas doce años, le esperaba una interminable y tediosa jornada de trabajo: diez largas horas de pegar etiquetas en botes de betún. Fran, el mediador en el acoso, se sentó a su lado. Charlie reparó en sus botas desgastadas, con enormes agujeros taponados con cartón. Aunque hasta ese momento no se hubiera percatado de ello, advirtió que el calzado de los demás no se hallaba en mejores condiciones. Le resultaba irónico que los trabajadores del betún fueran justo los que no podían permitirse usarlo. «Tanta crema, tantos botes… ¡Ni que la fábrica Warren’s boot-blacking suministrase betún al mundo entero! Demasiados zapatos por lustrar y demasiada gente sin zapatos», lamentó.

Terminar el trabajo y salir del pequeño taller, mal ventilado y húmedo, con ventanas que daban directamente al Támesis, generaba tal satisfacción que la densa bruma de la calle parecía una caricia. Se alejó deprisa para distanciarse de los demás. Sus pensamientos saltaron del betún a su propia realidad: se sentía solo, muy solo; insignificante y desatendido incluso por su propia familia. Su infancia, hasta entonces medianamente feliz, se había vuelto tan negra como el betún por culpa de su padre, asfixiado por las deudas, al no saber ceñirse a sus posibilidades económicas. A su hermana mayor, Fanny, aun en tan desesperadas circunstancias, le permitieron continuar con sus estudios. A él, en cambio, le habían robado la oportunidad de estudiar, que tanto anhelaba. Sentía envidia del trato preferencial que recibía su hermana. Apretó los puños hasta clavarse las uñas en la carne. El ruido de unos pasos interrumpió sus reflexiones. Fran caminaba detrás de él.

—¿Te importa si te acompaño? —preguntó el chico.

Fran no esperó respuesta, se pegó a Charlie y entabló conversación.

—No estés disgustado con los chicos, solo bromean contigo porque eres diferente, más… distinguido, mejor hablado; pero lo hacen sin mala idea, no se lo tengas en cuenta. Con tan pocas ocasiones para divertirse, no es cuestión de desaprovechar las que se presentan.

Charlie lo observó de reojo: vestía una camisa raída y llena de remiendos, que se adentraba en unos enormes pantalones, sujetos a la cintura con un cordel. Le sorprendió tan poca ropa para un abril más frío de lo debido y una niebla que calaba hasta los huesos. Sin embargo, este se mostraba feliz y satisfecho.

—Gracias por ayudarme —contestó Charlie—, a veces me siento tan humillado que me cuesta controlarme.

—No te preocupes, yo me encargaré de que no te molesten más. ¿Dónde vives?

—En Little College Street.  ¿Tú también vas en esa misma dirección?

—¿Yo? —Fran se echó a reír— ¡Ya me gustaría! Vivo en la zona sur del Támesis, pero te acompañaré un rato; no tengo nada mejor que hacer. Comparto con cuatro camaradas una cabaña abandonada, bastante alejada del río. Ni siquiera conocí a mis padres, me crie en un orfanato hasta que me echaron a la calle. Tenían muchas bocas a las que alimentar y poca manduca. Ya sabes, corren tiempos difíciles. Desde entonces me las arreglo por mi cuenta. Este trabajo es importante para mí, ya no tengo que hurtar ni mendigar, me permite vivir decentemente.

—¡Vaya! ¡Lo siento!

—¡Qué va!, no lo sientas. Si estoy en racha: tengo comida, un techo, y hasta voy ahorrando algunas libras. Tal vez, algún día consiga una vivienda digna. Comparado contigo no es gran cosa, pero cuando se ha vivido en la pobreza más absoluta…

—¿Comparado conmigo? Mi vida es un asco, una horrible pesadilla. ¿Por qué, si no, iba a trabajar en la fábrica? Mi padre está… Bueno, dejémoslo, quizás te cuente mi historia más adelante.

Fran no se atrevió a seguir preguntando y Charlie no añadió nada más. ¡Cómo decirle a ese chico que su padre estaba en la prisión de Marshalsea por deudor! Que su madre y sus hermanos malvivían con él en la cárcel y en la más absoluta miseria, que dependían de sus seis chelines semanales, o de lo que quedaba de ellos después de pagar a la señora Roylance el hospedaje en su pensión. Fran, muy animado, continuó con la plática. El corazón de Charlie se ablandó al darse cuenta de que el chico se conformaba y valoraba lo poco que tenía. Comprendió que bajo aquellos andrajos se escondía un alma noble. A partir de aquel día Fran no se apartaba de su lado, lo trataba casi como a un hermano. Gracias a él las burlas se terminaron.

Hasta en prisión enarbolaba John Dickens su elegancia y distinción ante los otros presos. Ni un solo domingo, en las visitas de su hijo, dejaba de repetirle: «¡Las deudas son solo temporales,  hijo mío! ¡Los caballeros siempre vuelven a levantarse!». Charlie llegó a odiar la frase, porque él iba aprendiendo que los niños pobres pocas veces se levantan. Si su padre no hubiera pretendido equipararse, precisamente, a un caballero y no hubiera despilfarrado el dinero, con el salario de oficinista en la Pagaduría de la Armada habrían vivido al menos, si no como caballeros, con dignidad y la suficiente holgura económica.

Gracias al pequeño legado de la abuela paterna, su padre quedó libre en el mes de mayo. Alquilaron una habitación en Bayham Street (Camden Town), una calle mísera y tomada por las ratas. Charlie no encajaba en aquel lugar descarnado y mísero, en el que la incultura preocupaba poco. A pesar de la herencia y del paso de los meses, la madre de Charlie no le permitió dejar la fábrica. Charlie recibía lecciones de Fran acerca de la vida, y él se las compensaba con clases de lectura y escritura. El invierno, con su frío implacable, con sus copiosas nevadas y sus hielos, endureció las condiciones de vida y de trabajo. Los termómetros se obstinaban en no traspasar los cero grados ni de día ni de noche. El Támesis comenzó a congelarse parcialmente. Las chimeneas exhalaban su denso vaho gris sobre las calles blancas, y el aire lo expandía, silencioso. La nieve había cortado los caminos principales, los carruajes se veían obligados a desviarse por rutas secundarias, el comercio y el transporte fluvial quedaron bloqueados. Si ya en días normales, los dieciséis kilómetros que Charlie recorría entre ida y vuelta suponían toda una odisea para un niño de doce años, con temperaturas tan extremas, el trayecto se volvió infernal. Caminar tantos kilómetros con varios grados bajo cero, con viento del este y nieve hasta las espinillas, con resbalones, caídas y calles cortadas o intransitables que obligaban a dar rodeos y alargaban el itinerario hasta lo imposible, era desmesurado incluso para un chico tan resistente como él. Los que vivían al otro lado del río ni siquiera podían cruzarlo. Ese era el caso de Fran. A Charlie le deprimía la ausencia de su amigo. Algunos días solo se presentaron en la fábrica cuatro o cinco chicos; otros días, incluso tuvieron que cerrarla. El veinticuatro de diciembre, el dueño les permitió trabajar solo hasta el mediodía y les pidió que no volvieran hasta estar bien despejados los caminos y los puentes.

Fueron unas navidades desoladoras: la familia sentada alrededor de una chimenea de brasas, que languidecían tanto como el padre, al presuponer que no le fiarían más carbón. Unos villancicos, que se desvanecían en el filo de los labios porque las voces se quebraban. No hubo árboles ni luces ni regalos. Como único manjar, un pudín con pasas prestadas y sabor a rancio. Charlie se tuvo que quedar en casa, sin paga, sin comida caliente, viendo a su familia hundirse en la miseria, releyendo una y otra vez aquellos libros viejos que consiguió prestados. Solo con un libro entre las manos se evadía de sus penas.

Para regocijo de Charlie, cuando tres días después de Navidad llegó al taller, se encontró a Fran esperándolo. Este lo abrazó, lleno de entusiasmo, y le entregó una libreta de regalo.

—No es gran cosa, pero es lo mejor que ha podido conseguirte Father Christmas. Sé que tú sabrás llenarla.

—No puedo aceptarla, Fran —mientras lo decía, pasaba ya las páginas con diligencia—.

—Por supuesto que la aceptarás. ¿O prefieres romperme el corazón? He volcado en ella todo mi cariño.

—¡Es un libro precioso!

—¡¿Un libro?! Si no es más que una simple libreta en blanco, pero me encanta tu emoción —Charlie la contemplaba extasiado—.

—¡Qué maravilla! Fíjate. Fíjate bien: aquí dentro hay fantasmas, espíritus, familias pobres y ricas, escenas navideñas, hombres codiciosos y egoístas, niños maltratados, indiferencia, amor…

Fran se rascó la cabeza. «A este chico, a veces… se le desboca la inventiva», pensó. Charlie se pasó la tarde entera cavilando sobre algún posible regalo para su amigo. Deseaba corresponder a tan buen gesto de amistad. Cuando por fin encontró algo, Fran no apareció por la fábrica, ni ese día ni los siguientes. Nunca más. Charlie indagó, preguntó… No consiguió ni el menor indicio sobre su paradero. Sin su amigo el taller se volvió más húmedo, más frío, más oscuro… Igual que su propio mundo. Su dolor era tan intenso que amortiguaba el que habitualmente sentía al romper la capa cristalizada del cubo de agua en que se lavaba las manos para seguir pegando etiquetas. Cuando los grandes bloques de hielo pasaban rozando las ventanas de la fábrica, se imaginaba en ellos a Fran, alejándose río abajo para no regresar. Su alma se congelaba. No volvió a saber de él.

Navidad, 1843

Las tenues luces de las farolas y de los hogares, salpicadas por la calle y ganándole el pulso a la niebla, personas que iban y venían animosas, niños corriendo detrás de sus aros… creaban una estampa navideña entrañable. Un hombre contemplaba el exterior desde su butaca, mientras se relajaba con el chisporroteo de las brasas. Qué poco tenía que ver esta navidad con aquella otra, cruda y gélida, que nunca abandonaría sus recuerdos. Su mente rasgó el tiempo y lo transportó a mil ochocientos veinticuatro, un año en que su suerte aún rodaba por el hielo y por el lodo. Sin embargo, como si un azar con albedrío o alguna entidad recóndita y caritativa hubieran puesto su mirada en él,  el mil ochocientos veinticinco lo obsequió con cambios que transformaron e iluminaron su vida; aunque, lamentablemente, también lo alejaron de muy buenos amigos. Tres aldabonazos lo sacaron de su ensimismamiento. Al abrir la puerta, se encontró con un elegante caballero. El hombre se sorprendió.

—Buenas tardes. Usted dirá en qué puedo servirle.

—¡Mucho me ha costado encontrarte!, pero aquí estás. Delante de mis ojos. He venido a traerte un regalo. Un regalo postergado muchos años, ya que no tuve ocasión de corresponder al tuyo en su momento.

—Con todos mis respetos, yo creo que se equivoca de persona, señor.

—No. No me equivoco, Fran. ¿Tanto he cambiado que no me reconoces?

Fran, sin salir aún de su asombro, tomó el libro que le tendía el desconocido y leyó su título: «A Christmas Carol».

—Esta historia —prosiguió el recién llegado—, así como la de Oliver Twist y muchas otras que vendrán, se hallan entre las páginas de la libreta que me regalaste, ¿lo recuerdas?, y en las preciadas lecciones de la vida que aprendí gracias a ti. Lee la dedicatoria, por favor.

A ti, mi buen amigo Fran, la extraordinaria persona que tanto me ayudó. Tú me enseñaste a resistir, me hiciste ver la esencia y los auténticos valores de la vida. Te dedico este libro, junto a mi eterna gratitud, desde el más sincero y profundo cariño. CHARLES DICKENS

—¿Charlie? ¡¡Charlie!! ¡Eres tú! ¡El famoso escritor! Debí suponerlo. Pasa dentro y siéntate, amigo mío. Tenemos tanto de que hablar. Todo nos lo contaremos.

Se fundieron en un caluroso abrazo, mientras las lágrimas que humedecían sus mejillas derretían la distancia.


Enlace a la revista:  El mejor regalo - La Torre del Ojo






 

viernes, 24 de octubre de 2025

RELATO "POR UNA VIDA MEJOR" - REVISTA "LA TORRE DEL OJO" Nº 2

                        

  
 El primer contacto con la realidad fue traumático: sus sienes, a punto de reventar; una inmensidad de púas gélidas acuchillaba sus huesos; su cuerpo, más pesado que un bloque de granito. Lo sentía ajeno, inconexo, excepto… el estómago. Ese sí clamaba a voz en grito. Una masa amarga y viscosa ascendió por su garganta. Vomitó. «Pero ¡qué leches! ¡Cómo puedo vomitar si tengo el pobre buche más vacío que el bolsillo de mi ex!». Se fue incorporando con extrema lentitud, hasta golpearse la cabeza. «¡Oh, Dios! ¡La tapa!». Entonces recordó, y el pánico la fustigó con saña. Se asfixiaba. El aire regresó a sus pulmones y el alivio, a su ser cuando la cubierta se abrió sin oponer resistencia. Estaba rota. Se contorsionó y reptó hasta salir de aquel cubículo metálico. Solo el caos, la mugre, el abandono… imperaban en aquellas instalaciones de supuesta tecnología puntera. Su moral se despeñó por los abismos de la frustración.


¡Maldita suerte la mía y maldito el día en que me encontré con el cartel de Mejore usted su vida. Asegure su futuro! En vez de eso, debió decir: Pase usted a mejor vida. Yo caí en la gilipollez de hacerle caso, sin tener en cuenta que una siempre acaba del mismo modo en que nace; es decir, fatal. ¡Todo esto es de coña! Me está bien empleado por ilusa, por meterme en una hibernación de saldo. ¡Porca miseria! Como no encuentre algo para llevarme a la boca, me moriré de hambre. Claro que… nunca se muere dos veces. ¿O sí? Por aquí no hay nada. Nada de nada. Sería muy capaz de zamparme alguna rata; pero, por lo visto, hasta los roedores aborrecen este estercolero».

sábado, 4 de octubre de 2025

PARCELAS EN LA ARENA - REVISTA LA TORRE DEL OJO - Nº 1

 Tina de Luis

martes, 29 de octubre de 2024

EL EFECTO AVESTRUZ - FINALISTA EN EL PRIMER CERTAMEN DE RELATO "BREVERÍAS"

 

TINA DE LUIS

Apenas un parpadeo. Su mirada, anclada en el nostálgico paisaje de invierno que mostraba el ventanal, añoraba aquel camino de recuerdos que se recortaba entre el verdor. Su abstracción en el paraje virtual solo era interrumpida por obsesivas e inquietas ojeadas al reloj. El somnoliento silencio espabilaba a veces, debido a los lamentos de la paciente y dolorida mecedora y a los rugidos gástricos, por inanición, de su fiel ocupante y compañero.

Ni en Navidad ni en Año Nuevo sus hijos dieron señales de vida; sin embargo, aún alimentaba la ilusión de que se presentaran en su cumpleaños. La mesa, ataviada con el mejor menaje y con el único mantel decente que quedaba, bostezaba de apatía. El anciano reparó con desagrado en los cercos que dejaba, al derretirse, la cera de las velas, apagadas. El tiempo se esfumaba y la desazón lo consumía. Aunque con conciencia plena de su insensatez, abrió la puerta de la casa. Un fogonazo de viento ardiente y terroso azotó su cara y se coló en la vivienda. El exterior abrasaba. Con las manos de visera, y a pesar del escozor de sus pupilas, escudriñó la lejanía. No quedaba ni la menor muestra de la estampa que debiera contemplarse en esa época del año: ni mantos de nieve, ni plantas cristalizadas, ni guirnaldas de carámbanos adornando los aleros del tejado. Solo ramas desgajadas de árboles chamuscados y despojos putrefactos de animales. Volvió adentro con un fugaz y escueto movimiento para minimizar las infiltraciones de la atmósfera. Enjugó con un paño las copiosas gotas de sudor que le licuaban el rostro. Recargó el tanque del generador con las últimas reservas de gasóleo, para refrescar la casa. Se recriminaba la imprudencia de no haber instalado paneles solares. En la situación extrema en que se hallaba, hubieran resuelto con holgura la carencia de energía eléctrica, pero cómo imaginar... Comprobó las reservas de agua. Gracias a la parquedad con que la administraba, duraría dos o tres meses más. Para entonces tal vez lo hubieran rescatado.

Volvió a la mecedora y se abandonó a su abrazo. «Llegarán. Sé que llegarán, aunque sea en el último momento. Algún asunto importante debe de haberlos retenido». Las agujas del destino avanzaban implacables. Harto del quimérico paisaje, lo sustituyó por una nueva proyección: dos gemelos, niña y niño, correteaban por una pradera de verde inmaculado. Las imágenes hurgaron en su alma, hasta robarle sus postreras lágrimas. Agarró el atizador de la chimenea y golpeó la pantalla con toda la fuerza de su debilidad. Una y otra vez. Una y otra vez.

«No más ficciones. Lo que debí destrozar hace mucho tiempo, en vez de esta ventana virtual, fue mi acomodo. No quise ver, no quise saber. ¡Como la inmensa mayoría! Ocultábamos la cabeza, mirábamos hacia otro lado. Nuestro autoinsuflado peso institucional nos impidió alzar el vuelo y remontar nuestra miseria humana. Siempre guarecidos en nuestro particular recinto, rodeados de bienestar y arrasando su hábitat e incluso... el recinto mismo. Aferrados a un carpe diem de egoísmo e indolencia. ¡Cómo renunciar al confort y a la riqueza! Víctimas de una ceguera postiza, nos creímos acorazados, todopoderosos para contener lo incontenible. Preferíamos obviar augurios y previsiones. Blanqueábamos nuestras manos, las únicas manos capaces de pulsar el stop de la hecatombe. Pensábamos que nuestro mundo, que nuestro futuro estaban garantizados. También para nuestros hijos. O... ¿tal vez no? Y ahora... ¿qué? Mis hijos me advirtieron con insistencia del peligro, pero mi mente se negó a escucharlos. A fin de proteger mi posición, mi fortuna, mi estabilidad, no me convenía dejarme convencer. Me consideraba el cáliz del conocimiento y no hice nada para evitar que me dejaran, o para unirme a ellos y caminar su misma senda. Cuando llegó lo irremediable, fui incapaz de dar la cara, abandoné todo y corrí a esconder mi vergüenza y mi descrédito en este apartado y paradisíaco rincón del mundo».

Miró con desaliento el reloj. Puso música ambiental, se sirvió una primera copa de la última botella de licor y se recostó en la cama. Antes de que la bebida enturbiara sus sentidos, marcó los números de teléfono de sus hijos. Como siempre, mutismo al otro lado de la línea. Sin wifis, sin redes, la comunicación estaba rota. Pese a todo, les escribió un nuevo mensaje. No se rendía: tal vez un día…, un milagro...

«Hijos míos, estoy seguro de vuestro perdón por no dejaros el mundo que os merecéis. Mi vida ha sido una carrera de equívocos y falsedades, ahora lo comprendo. Ya es muy tarde para mí; ruego por que no lo sea también para vosotros. Sé muy bien que vuestra ausencia en fechas tan señaladas se debe a que alguna urgencia os requiere. Deseo que sepáis que nunca me cansaré de esperaros. Os quiero mucho y os echo ¡tanto! de menos. No dejéis de venir cuando podáis».

Aún seguía engañándose. En realidad, la auténtica esperanza para él consistía en que sus hijos la tuvieran. Se sirvió otra y varias copas más. Su mente retrocedió al dos mil veintisiete, parque de Cabárceno: los gemelos disfrutaban de aquella explosión de naturaleza, vegetación y fauna. Su hija se entusiasmó con un avestruz, que se la quedó mirando con sus enormes ojos y carita zalamera, se empeñaba en cabalgarlo y echar a volar sobre él.

El aire acondicionado dejó de funcionar, pero el anciano ya no se enteraba. Se fue quedando profundamente dormido, arrullado por voces de chiquillos y sueños acariciantes, sobre su charco de sudor.

—Papá, ¿por qué no vuela el avestruz?



LATIDOS - «CUENTOS DE NAVIDAD» - REVISTA DE VALDEMORO


LATIDOS

 No sabes disimular, ¡robot testarudo! Ese ha sido siempre tu problema. Aunque ni ellos mismos sepan la razón, no te convierten en chatarra por antiguo o inservible. Te desarticulan porque tienen miedo. Captan tu sensibilidad, tus emociones, tus afectos... Les asusta percibir en ti aquello que la humanidad se empeñó en erradicar. Pese al dolor que me causa, me he ofrecido a desmontarte. Es preciso conservar de tu estructura esta pieza única y excepcional, que yo misma protegeré. No se enterarán ni la echarán de menos, porque ya nadie sabe lo que es un corazón ni lo que siente.

domingo, 27 de octubre de 2024

CORAZÓN DE PICO

Relato ganador del Segundo Premio en el Concurso Literario de la Federación Espigas

TINA DE LUIS

Tina de Luis

Atrincherado en una profunda zanja, esperaba Mario el asalto; convencido de que ocurriría a lo largo de la noche, cuando las sombras de los bandidos se diluyeran en la negrura. Tan solo una escopeta, su látigo y su palabra para defenderse. «No me dejaré matar, se decía, ni es mi sitio ni es mi hora. La suerte la forja uno mismo». A ratos, un sudor frío le nublaba la visión. «¡Que no se diga, “Corazón de pico”! —retumbaron las palabras de Pedro en su cabeza—. Siempre le echaste agallas, no vas a acojonarte ahora. Con la de andanzas y peligros que hemos corrido juntos». «¡Cuánta razón tiene, padre! No me acobardé en España y no lo haré en México».

Malos tiempos fueron aquellos de la guerra y los que prosiguieron, pero ni las adversidades ni lo abrupto del terreno frenaron sus pasos. Se movían por andurriales y atajos para evitar multas, incautación de los productos, la cárcel y, ante todo, la muerte. Con un carro y una mula recorría Pedro pueblos, ferias y mercados. De todo compraba y de todo vendía, o intercambiaba. Cuando estuvo a su alcance, adquirió una segunda mula en la Plaza de San Agustín de Toro.

Algunas veces, cuando sus salidas entrañaban poco riesgo, se llevaba a Mario. El chico era capaz de sacar agua a una piedra y desde el primer momento mostró talento para comerciar. A los catorce años se convirtió en acompañante habitual. Mario no conocía el miedo, y viajar junto a su padre le hacía sentirse un hombre. Su primer viaje largo, a Verín y La Gudiña, era para él como una prueba de madurez. No cabía en sí de gozo, pese a saber que desde Villagarcía de Campos la distancia amedrentaba; muchas horas, costosos sacrificios y demasiadas dificultades. El carro disponía de un doble fondo, en el que escondieron dos sacos de legumbres, tres docenas de huevos, dos pollos recién sacrificados y despiezados, y algunas de las partes más sabrosas de la matanza. Lo venderían sobre la marcha. Para los de casa reservaban lo imprescindible y de menor calidad; más que nada, la manteca. Encima del doble fondo colocaron varios costales de cal muerta, se vendía muy bien. Y, por si venían mal dadas, una pequeña saca de garbanzos, otra de harina y cuatro chorizos. Con esto y dos botellas de vino casero podían salvar situaciones comprometidas con la autoridad y obtener un «hacer la vista gorda». Colgaron los látigos en los varales del carro y escondieron la pistola en la trampilla oculta. Nadie que transitara los caminos viajaba sin un arma, si es que podía permitírsela. Aparte de prófugos de buen corazón, en las veredas y montes merodeaban salteadores y maleantes. Tampoco en pueblos y ciudades convenía bajar la guardia. El hambre, una bestia devoradora, engendraba ladrones desesperados, que se aferraban a la vida, aun a costa de la de otros. Mario se había convertido en el guardaespaldas de su padre, siempre atento a cualquier movimiento sospechoso. Procuraban viajar de noche y descansar de día, a la obrigada de árboles y matorrales. 

A Mario, con el alma en un hilo, cualquier ruido lo sobresaltaba. Escudriñó la distancia hasta donde le alcanzaba la vista. Aún no eran ellos, sino un conejo husmeando en la hierba. Estiró las piernas, respiro hondo y volvió a otro tiempo.

—Nos detendremos aquí. Es un buen sitio, no nos verá nadie. Mejor no jugársela, si no queremos que nos agujereen el pellejo.

—Padre, ¿por qué dice algunas veces que, si usted va pal otro barrio, nos aseguremos de que está bien muerto?

—Por lo de tu abuela. Apenas lo miento porque me pone mal cuerpo. Se la llevó la gripe del dieciocho. Dándola por fallecida, la dejaron sobre una camilla de un depósito improvisao. Al día siguiente la encontraron, acurrucada y muerta de verdad, en un rincón. Qué terror pasaría al verse viva aún, entre difuntos. Tu abuelo, a pesar de que caían como moscas, no se apartó de su lado, salvo en ese penúltimo lugar, donde solo entraban los cadáveres. El entró a los tres días.

—Padre, en realidad…, ellos no eran mis abuelos. Aunque yo solo tuviera cuatro días, ustedes me sacaron de la inclusa de Valladolid.  

—Ten esto bien presente: yo soy tu padre y ellos tus abuelos. También yo fui adoptao por los tíos Paco y Julia y para mí han sido y son auténticos padres.

—¿Ninguno de los tíos quiso hacerse cargo de los cuatro hermanos para no tener que separarlos?

—Velay. Bastante hicieron ya. Cuatro chiguitos, de golpe, no es moco de pavo; nos repartieron. Los tíos de Urueña, sin hijos y con posibles, acogieron a los dos menores, los tíos de Villalpando se llevaron a la niña. Y yo, el mayor, me quedé con mi tío Paco, una gran suerte. Fui un hijo más, ni la menor diferencia con los propios. Cuando me casé, me dieron una dote muy generosa: un carro, una mula y cien pesetas. Otros marchan con las manos en los bolsillos. Mi tío ha trajinao siempre. Yo seguí sus pasos y bien que me enseñó el negocio. En el fondo, son cuatro reglas: andar a la que salta, aguzar ojos y oídos, mirar en quién confías y saber dónde feriar. Como, por ejemplo, cal en Carucedo, jabón barato en Aspariegos, aceite en Salamanca y Sierra de Gata. En Fermosell y la Raya, tabaco, café, azúcar… En Vezdemarbán y Valladolid, el textil. Tejas de calidad, en Pobladura de Sotiedra. En Toro y en Benafarces se trapichea con casi todo.

—Padre, hay quien dice que somos unos ensinvergüenzas, que andamos al estraperlo.

—¡Hay que joderse! Malas lenguas y mucha envidia. ¿Pero de qué? Siete bocas que alimentar: dos abuelos, nosotros, cuatro hijos, otro en camino y uno con tuberculosis. La medicina para José cuesta cien pesetas al día y un jornal corriente unas treinta y cinco, así que andamos a tres menos cuartillo y endeudaos. Pero le voy a sacar adelante como sea. No sientas vergüenza, yo la sentiría por no ocuparme de mi familia. No buscamos riquezas, solo sobrevivir, y se beneficia mucha gente humilde, que no encuentra qué llevarse a la boca. El racionamiento llega tarde, mal y nunca. Abusan los más pudientes, que tienen buenas aldabas y abultadas las faltriqueras. Esta hambruna engulle la dignidad. ¡Bueno, vamos a lo que importa! Engancha las mulas, que marchamos.

Brillaba una enorme luna llena y avanzaban rápido. Mario se puso en alerta. «¿Los ha oído, padre?». Los aullidos se intensificaron.

—Estos también quieren comer. Enciende las antorchas y coge el látigo. No dejes que se acerquen. ¡Arre! Mulitas, a correr, que ya habéis descansao.

Pronto tuvieron encima la manada de lobos. Mario, en la parte de atrás, agitaba las antorchas sin descanso y descargaba imponentes latigazos. Pedro, además de sujetar las riendas, manejaba el látigo con maestría. Entre ambos los mantuvieron a raya, hasta que los fueron dejando atrás. Con las primeras luces llegaron a Puebla de Sanabria. Llevaron las mulas a un establo de alquiler. Pagaron el forraje en especie y por anticipado. «Voy a ver si sonsaco información —dijo Pedro—. No pierdas de vista el carro y las mulas, hay mucho mangante». Mario paseaba la calle y miraba la cuadra a intervalos. En uno de ellos, descubrió a un hombre robando la cebada de las mulas. Cogió la tranca del carro y se fue a él. El bribón le disparó y huyó. La bala hirió a Mario en un brazo. Se vendó con un trapo como pudo. Se lo calló por temor a demorar el viaje, la penicilina para José urgía. Siguiendo consejo, en Lubián tuvieron que alquilar dos bueyes. Los puertos de Padornelo y la Canda estaban helados. Complicado para las mulas.

Mario se removió en la trinchera. Ahora sí se aproximaban. Se movían con sigilo, pero él tenía el oído adiestrado. Rosales indicaba a sus hombres, mediante señas, que rodearan la casa.

—Hey, compadre, asome y explíqueme por qué sigue difamándome y asegurando que le vacié el almacén. —Una ráfaga de disparos cortó el aire—. No nos obligue a esto. —Mario les sorprendió por la retaguardia. Se volvieron.

—Rosales, di a tus esbirros que arrojen las armas. No cometas la estupidez de matarme o no verás más a tu hijo. Jamás lo encontrarías.

Uno de los hombres lo encañonó. Mario hizo saltar el arma con el látigo.

—¿¡Quién le dio la orden de disparar, pendejo!? —gritó Rosales al tirador y lo golpeó. Luego se dirigió a Mario—. ¿Se burla de mí, compadre?

—Yo nunca miento. Si te queda un ápice de inteligencia, escucha con atención. Lo que te llevaste de mi almacén, y yo mismo lo presencié, ya no me pertenecía. Acababa de venderlo. El comprador es una persona poderosa y se siente agraviado. Para él eres insignificante. Tiene a tu vástago, yo mismo se lo llevé, y ha cantado. Si no devuelves lo robado, su vida no será la única que peligre. Te diré donde tienes que entregarlo. Allí mismo recuperarás a tu retoño.

Distribuyeron bien la compra en el doble fondo del carro: las dosis de penicilina, varios kilos de castañas, dos odres de aceite, equivalentes a unos cien cuartillos; jabón, queso, azúcar, café, sardinas en salazón y harina de Manitoba, que les quitarían de las manos. Como siempre, dejaron a la vista una parte poco comprometedora e iniciaron el regreso. Varios kilómetros antes de Colinas de Trasmonte, de entre un espeso arbolado, salió un grupo de personas harapientas y descalzas. Nada más verlas, Pedro metió la pistola en un bolsillo de la pelliza y echó mano al látigo. Mario cogió el suyo y lo mostró.

—No teman, somos buena gente. No vamos a hacerles daño, ni a robarles. Nos morimos de hambre. Por piedad, ¿podrían darnos algo de comer?

Cuando se les acercaron, a Pedro y a Mario se les erizó el vello. Los ojos hundidos en las cuencas, los rostros cadavéricos. Pedro les dio un saco mediano de garbanzos. Se tiraron a él con ansia, se los comían crudos. Las encías les sangraban. Se conmovió y les dio los dos almuerzos del día, y una parte de la mercancía. Algunos, de gratitud, lloraban como niños.

—Esto es muy triste, padre, ¿pero no les ha dao mucho? ¿Y las deudas?

—Nos las apañaremos, hijo. Acabarán muriendo los desdichaos, pero no haberles ayudao me hubiera quitao el sueño. Me recuerdan al suegro de Fausta. Cuando le hicieron la autopsia, tenía el estómago abarrotao de hierbas.

—Padre, me gustaría hacer las Américas. Me dolerá irme, pero la mili no me va. Y, si la hago, tampoco podría acompañarle en mucho tiempo. Mandaré dinero, y, en cuanto junte para vivir holgaos, volveré. Se lo juro. Les debo todo.

—Claro, vete a probar suerte. Lo tuyo es luchar y subir. ¿Recuerdas el día que te di el título de «Corazón de pico»? Urgía la penicilina y te empeñastes en ir por ella en plena riada. Al cruzar el puente con el caballo, os arrastró la corriente, pero salistes a flote y volvistes con ella. ¿Te encuentras mal, hijo?

Mario se mareó. Su frente ardía. Pedro vio sangre en la camisa. La remangó y descubrió la herida. «¿Qué ha pasao? ¡Aguanta hasta Villalpando!».

—No, padre, no arriesgue la carga. Si he aguantao hasta aquí, podré llegar hasta el pueblo. Don Andrés me atenderá. Pedro Azuzó las mulas.

A las once de la mañana, Rosales llegaba al puerto de Veracruz con el camión. El comprador, sus hombres, y agentes de policía lo esperaban. Mario, después de revisar la carga, le devolvió a su hijo. Un trasatlántico zarpó, Mario iba a bordo. Comparada con la exaltación de su ánimo, la bravura del mar era leve. Al divisar las costas españolas, su corazón de pico se ablandó. José venció a la peste blanca y se liberó de cuatro años de confinamiento, le daría ese abrazo que tanto se hizo esperar. No edificaría una casona de indiano como la que tanto le encandiló al contemplarla: Villa María, en La Pola de Gordón; pero tendría su casa y el calor de una familia. Su padre dejaría de rodar por caminos de hambre.




































































































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