De muy pequeña, su aspecto me provocaba escalofríos. Al mirar la imagen de ese Señor, serio y barbudo, que todo lo sabía, que dictaminaba lo correcto y lo incorrecto, me aferraba con fuerza a la mano de mi madre. Me atemorizaba no poder esconderme de su mirada implacable. Puesto que todo lo veía y que, por tanto, ni mi desnudez podía ocultarle, me vestía y desvestía debajo de la cama, con la cándida convicción de pasar inadvertida ante sus ojos.
Si me dejaba algún resto de comida en el plato: «Te va a castigar Dios. ¡Con tantos niños como hay sin nada que llevarse a la boca!» Si llegaba tarde a misa, faltaba a las procesiones, desobedecía un poquitín o soltaba alguna mentirijilla: «Te va a castigar Dios». Tanto sacarme a colación la cargante coletilla me originaba pesadillas, en las cuales el intransigente Señor me apuntaba con su dedo acusador y me castigaba por pecados tan pueriles. ¡Vaya si me castigaba! Aquel día soñado en que me correspondió preparar y llevar a la escuela la leche en polvo de la ayuda americana —fruto de los Pactos de Madrid de 1953—, esta se me derramó por el camino. Mi ilusión y mi sosiego se derramaron con ella. Parte de mis compañeros me gruñeron como felinos iracundos, otros se mofaron hasta desencajárseles las costillas por la risa. En la época de los carámbanos, resbalé en un charco helado y me rompí dos dientes. ¡Qué pintas tendría yo, que Paquito, el monaguillo, mi casi novio, me cambió por mi mejor amiga! Dios no perdonaba.
Para reconciliarme con el Señor, me pasé al bando de los bienaventurados; tremendo sacrificio que soporté con estoicismo. Con todo y con eso, no obtuve el resultado pretendido: se me cubrió el cutis de espinillas, saqué varios suspensos, mi Paquito seguía sin prestarme la más mínima atención… Derrotada por la frustración, opté por pedir consejo al cura. Me arrodillé con toda humildad en el confesionario y le expuse mis pesares. Él, con pomposa benevolencia, escuchó mis quejas y luego, sin venir a cuento, me soltó una prédica moralizante: que si actos impuros, que si tropezones, que si la debilidad de la carne… y otras cuantas advertencias muy inquietantes. Negué rotundamente cualquier tipo de impudicia. Tanto le desagradó mi refutación que perdió la compostura. «Hija mía, yo soy la voz de Dios y a Dios no se le cuestiona. Indaga en tu conciencia, pues algo sucio alberga», me recriminó sin consideración alguna. Repliqué, le contradije y me echó de allí con cajas destempladas. Incluso se le escapó un improperio, consustancial a mi género, que prefiero obviar.
Me esmeré en pensamientos, palabras, obras y omisiones, sin que mejorasen mis problemas. Enfermó mi potrillo, regalo del abuelo. Solo un milagro podía salvarlo. Me despojé de todo atisbo de rencor y recurrí a Dios. Me postré ante Él, le rogué con toda mi alma, prendí velas al santoral completo, le prometí ejemplaridad… Pese a mis súplicas y a mis ofrendas, el potrillo la palmó. Renegué de ese Señor despiadado, ajeno a mi entendimiento y empeñado en afligirme. Así pasó lo que tenía que pasar, que me asqueé y resolví dar un rotundo giro a mis creencias. Subí al monte más alto de mi pueblo (poca cosa, la verdad), invoqué al Señor, lo puse a caldo y lo reté a bajar y a dar la cara. Las horas transcurrían bajo un sol abrasador. Él no se dignaba a presentarse. Yo no me movía, tampoco un ápice de brisa. Con acierto o desacierto, pasó por el lugar un cazador furtivo, que, si no llega a obligarme a bajar a punta de escopeta, hubiera fenecido por insolación.
Mi vida empeoró, crecí en años y en penas. Perdí varios trabajos, no tenía donde caer muerta… ¡Ni las ratas me aceptaban! En un arrebato de desesperación, me rebajé de nuevo y acudí con recato y sumisión al sacerdote para sonsacarle la fórmula del favor Divino. Paquito (más bien Paco a esas alturas), me siguió hasta la sacristía. Yo no podía dar crédito a mi efímera fortuna. Recuperé por un instante esperanza y fe. Es posible que, cegada por mis ansias de saber y empoderada por la presencia de mi ex medio novio, me propasase con el párroco, quien, intimidado, se protegía de mi presunto asedio. Paquito-Paco lo malinterpretó y salió en defensa de su más que venerado sacerdote. Se lanzó con furia hacia mí. Yo, estupefacta, al verlo venir hecho un torbellino, me hice a un lado. Mi ex casi novio no pudo frenar y arrolló al clérigo, cuya cabeza se golpeó contra una pila bautismal. A Paco le cayeron diez años de prisión. Y yo no me libré de varios meses, debido a la artera narrativa del perpetuo monaguillo; el muy traidor pretendía endilgarme al muerto. Y ahora, entre las rejas, me pregunto y le pregunto al cura —a quien imagino ya en la Santa Gloria— qué pude hacerle yo a ese Señor adusto para que me tratase así. Le he cogido tirria. Una tirria enorme.
TINA DE LUIS
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