sábado, 22 de abril de 2017

EL LIBRO SIN NOMBRE


            El libro Sin Nombre se consumía de tristeza y desconsuelo. No había otro en todo aquel recinto de libros más incomprendido e ignorado. Por otro lado, se sentía inútil y avergonzado. Algo debía de estar haciendo mal para que nadie quisiera leerlo.
            Era el único entre tantos que no había sido leído. Ni un solo humano le daba la oportunidad de estrenarse. De demostrar que valía para su empeño. A veces los lectores se acercaban a su puesto en la estantería y lo tomaban en sus manos; a veces… incluso lo abrían, pero nunca, nunca, seguían adelante. Le echaban un rápido vistazo, lo cerraban y lo devolvían a su triste hueco.
            ¡Qué decepción! ¡Qué fracaso!
            «¿Por qué?, se preguntaba. ¿Qué misterio se cierne en torno a mí? Y mi autor… ¿por qué no se preocupa?»
            En sus primeros tiempos allí siempre estaba alerta y preparado. Dispuesto a lucirse con aquel que lo leyera. Poco a poco su entusiasmo se fue disipando, como el humo de una fogata apagada. ¡Mira que era triste tener que llamarse “Sin Nombre”; y tener que aceptar tanta derrota!
            En la biblioteca los libros brillaban por su inteligencia. Pero ninguno de ellos había sido capaz de resolver la incógnita de Sin Nombre.
            Cuando el último humano abandonaba la biblioteca empezaba para ellos su tiempo libre; el esparcimiento y la distracción. En la sala se trataba cualquier tema que existiera en el mundo. Allí habitaban libros expertos en todos los conocimientos: arte, historia, música, pintura, geografía, astrología, mitología, literatura, naturaleza…
            Todos, todos sus compañeros, sin excepción, habían intentado averiguar el título y el autor de Sin Nombre. Ninguno lo descifró. Cuando lo hojeaban con detenimiento, en lugar de aportar soluciones, salían a relucir sus múltiples defectos: que si carecía de ilustraciones, que si no tenía coherencia, que si su color eran apagado, que si su rigidez lo hacía inmanejable; que si…, que si… que si… Por no tener, ¡ni letras tenía! O estas eran muy extrañas.
            Y así transcurrían los días, sumido en la apatía. Dormitando y dando cabezadas en horas de trabajo. Empezaba a abandonarse y a descuidar su tarea; pero, total, ¡para qué molestarse! ¿Y para quién? Al principio todo era ilusión, entusiasmo. En cuanto sentía el cálido tacto de un humano, esponjaba sus hojas, aclaraba su silenciosa voz y se disponía a contar sus historias de la forma más bella que sabía. Ahora… nada… Como se descuidase un poco más acabaría olvidándolas.
            Un buen día vio acercarse a un lector que manifestaba mucho interés. No solo miraba, sacaba los libros y los hojeaba a fondo. Desde luego, era distinto. Tal vez, más exigente que otros.
            Sin Nombre tuvo una corazonada y se preparó para declamar. El hombre lo sacó del estante y lo miró. Después comenzó a pasar las hojas con tanto ímpetu, que nuestro amigo se atragantaba, se confundía, lo embarullaba… ¡No le daba tiempo ni ocasión!
            «¡Oh, no. Qué desastre», se lamentó!
            El humano lo cerró, pero ante la estupefacción de Sin Nombre, no lo devolvió al estante. Acarició varias veces su cubierta y se lo llevó con él.
            Nadie, absolutamente nadie, es capaz de imaginar la satisfacción que sentía Sin Nombre. Fuera de sí, exaltado y excitado. Miraba a los lados de continuo para asegurarse de si sus compañeros lo veían. Y gritaba en su interior:
«¡¡¡Bieeeen!!! ¡Me sacan a la calle. Me llevan prestado!».
            El humano llegó con Sin Nombre a una casa y, con la mayor diligencia y entusiasmo, fue a mostrárselo a su sobrino. Este lo tomó, pasó su mano con delicadeza por el lomo. Sin Nombre se derretía al sentir el tacto de la piel humana. De pronto, como si ocurriera un milagro, escuchó:
—Un título precioso: “Los ojos de la imaginación”.
            Sin Nombre no daba crédito a lo que oía. Aquel joven entendía su título. Lo acababa de pronunciar. No lloró en ese preciso momento porque los libros no pueden lloran, se deteriorarían; pero le costó un gran esfuerzo reprimirse.
            —Algo me decía en mi interior que este libro iba a gustarte, Jaime. Lo que no entiendo es que hacía un libro en braille en una biblioteca que carece de ellos. Tendré que informarme y ver si tiene solución.
            El tío se retiró discretamente al ver que su sobrino se ensimismaba con la lectura de aquel libro. Hacía tiempo que no mostraba tanto entusiasmo por nada. Desde el accidente que lo dejó ciego, su moral no se había repuesto por completo.
            Sin Nombre, o mejor dicho, “Los ojos de la imaginación”, se derretía con el calor humano de los dedos del joven sobre sus páginas. La experiencia era sublime, el humano no solo lo miraba y lo leía, lo acariciaba sin cesar. Tal vez la larga espera y su sufrimiento había merecido la pena.
            Transcurrido un largo tiempo, el joven acarició la última página y lo cerró con suavidad.
            —Este libro de poemas es maravilloso, tío. Con esta lectura mi ceguera queda compensada. Consigue que mi mente vea lo que mis ojos no pueden; con tanta claridad y tanta hermosura… Las descripciones son tan bellas que puedo sentirlo y hasta parece que lo viera.
            —Este libro he de devolverlo a la biblioteca, pero antes me he propuesto conseguir dos cosas: que tú tengas tu propio ejemplar antes de que caduque el préstamo y que a esta joya se le asigne el lugar que le corresponde.

            —Muchas gracias tío, cuánto te debo. Hoy he comenzado a ver de otra manera. —Luego, incluso fue capaz de bromear—. Tú me has abierto los ojos.

4 comentarios:

  1. Me encanta este relato, Tina. Lo narras genial. Besos.

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  2. Gracias, Sonia. Me alegra tanto que te guste... Tienes otros, vete leyendo; también te gustarán. Besos para ti.

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  3. Tina, el relato me ha parecido de lujo. Muy bien contado y el final me ha arrebatado el corazón. Saludos.

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    1. A mí le llenan de ilusión tus palabras. Cuando se escribe, lo que se persigue, precisamente, es llegar al lector. Si tocas su corazón y su fibra, es una felicidad total. Un abrazo, Lucía.

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