jueves, 10 de agosto de 2017
sábado, 5 de agosto de 2017
LOS TRES COLORES DEL MAR
Todo empieza con el
recuerdo de un día de mi niñez; uno de esos que dejan una huella imborrable en
nuestro ser; con ese… y con todos los que se sucedieron hasta el cierre de
aquel periodo agridulce. Desde los ojos de un adulto pudo tratarse de un episodio
como tantos otros, pero para mis nueve años supuso un universo entero; un
acontecimiento desafortunado y de inmensas magnitudes.
La casa
madrugó. Mi madre salía de viaje para reunirse con mi padre, que llevaba
ausente varios meses. Mi abuela la acompañaba hasta el barco y yo me empeñé en `escoltar´ a ambas. Al
principio todo resultaba divertido: un viaje, una novedad, una aventura… Me lo
habían explicado y lo comprendía, pero cuando me enfrenté al momento en que el barco
debía zarpar, y mi abuela y yo abandonarlo, el corazón se me rompió en trocitos.
La idea de apearme y de que mi madre se marchara en él no había alcanzado hasta
el momento mi corto entendimiento. Fui incapaz de asimilarlo y, desprovista de
control sobre la impetuosa fuerza que me gobernaba, decidí seguir aferrada al
brazo del asiento que ocupaba y no moverme de allí, si ella no lo hacía. Conseguí
desazonar a mi abuela, que tiraba de mí con desespero; partir en dos el corazón
de mi madre, que se debatía entre la necesidad de irse y el desgarrador deseo de
quedarse. Se excusaba y lamentaba sin cesar por tener que alejarse de sus hijos,
mientras contenía con ahínco unas lágrimas pujantes, para no empeorar la
situación. Mi abuela se puso afónica por mi culpa, sin encontrar más argumentos
para meterme en juicio. Las miradas impacientes de los sobrecogidos pasajeros y
el apremio y exasperación del capitán les hizo experimentar un bochorno
desconocido hasta entonces.
Mi abuela acopió toda su fortaleza y logró desincrustarme del asiento, me levantó en volandas y en un suspiro me bajó del barco. Ante tan irremediable evidencia, un mar de lágrimas abarrotó mis ojos, lo que evitó que contemplara a mi madre tragándose su llanto y volviendo la cabeza para observar el doloroso espectáculo que yo solita había improvisado. El estallido de mi sonora corajina a punto estuvo de reventar mis pulmones y la templanza de mi abuela. Con pies de plomo, la barbilla colgándome hasta el suelo y entre sacudidas de hipidos disonantes, me encontré de nuevo en casa. No articulé palabra. No quise saber de nadie ni atender a explicaciones.
Cuando mi zozobra alcanzó el sosiego, me deslicé como una sombra hacia el exterior y corrí. Corrí para encontrarme con mi gran amigo el mar. En esa ocasión deseaba reprocharle su traición de no impedir la partida de mi madre. Cuando alcancé mi peñasco favorito, me refugié en mi minúscula gruta desde la que lo divisaba en todo su esplendor. Clavé mis ojos en el agua y lo miré enojada. Le solté cuanto bullía en mi interior. Él callaba. ¡Qué podía decir que yo deseara escuchar! Lamentaba mi estado de ánimo y me hacía saberlo a su manera: con su color, con su calma, con su mutismo…
Mi abuela acopió toda su fortaleza y logró desincrustarme del asiento, me levantó en volandas y en un suspiro me bajó del barco. Ante tan irremediable evidencia, un mar de lágrimas abarrotó mis ojos, lo que evitó que contemplara a mi madre tragándose su llanto y volviendo la cabeza para observar el doloroso espectáculo que yo solita había improvisado. El estallido de mi sonora corajina a punto estuvo de reventar mis pulmones y la templanza de mi abuela. Con pies de plomo, la barbilla colgándome hasta el suelo y entre sacudidas de hipidos disonantes, me encontré de nuevo en casa. No articulé palabra. No quise saber de nadie ni atender a explicaciones.
Cuando mi zozobra alcanzó el sosiego, me deslicé como una sombra hacia el exterior y corrí. Corrí para encontrarme con mi gran amigo el mar. En esa ocasión deseaba reprocharle su traición de no impedir la partida de mi madre. Cuando alcancé mi peñasco favorito, me refugié en mi minúscula gruta desde la que lo divisaba en todo su esplendor. Clavé mis ojos en el agua y lo miré enojada. Le solté cuanto bullía en mi interior. Él callaba. ¡Qué podía decir que yo deseara escuchar! Lamentaba mi estado de ánimo y me hacía saberlo a su manera: con su color, con su calma, con su mutismo…
Vestía
un gris plata indefinido, sin brillo, sin emociones. Por entonces, yo estaba
absolutamente convencida de que el mar entendía mis sentimientos y los
compartía por completo.
El trabajo escaseaba en la isla. Mis padres
tuvieron que irse al otro lado del océano para sacarnos de la miseria. «Sólo
serán unos meses», me dijeron; pero los niños pesan el tiempo en una balanza muy
particular, y la mía marcó toda una eternidad. La época que siguió se me antojó
sombría. Mi abuela endulzaba nuestras vidas, prodigándonos todo su cariño y
atenciones. ¡Era una mujer excepcional!
Se
socarró el verano, se deshojó el otoño, se congeló el invierno… No existió un
día en que el mar no recibiera mis mensajes para entregárselos a mis padres, en
su otra orilla. Las respuestas me las devolvía el cartero dentro de un sobre.
Este se convirtió en mi segundo mejor amigo. No existían dos personas más felices
que nosotros en nuestros momentos mágicos: él cuando me entregaba las cartas y yo,
al recibirlas. Mi felicidad lo salpicaba. Me sentía eufórica y corría al mar
para leérselas una y otra vez, hasta acabar aprendiéndolas de memoria.
Brotó
la primavera y afloró la misiva con el anuncio de su regreso.
El mar se
tiñó del verde de mi esperanza. Los esperé sin descanso, sin pausa. Tras un
tiempo desmedido para mí, asomó un barquito por el horizonte y eché a correr a
su encuentro.
Llegó
el día de partir de nuevo. Esta vez nos íbamos los cuatro: mis padres, mi
hermano y yo. Mi abuela nos acompañó hasta el muelle. El momento no resultó tan
grato como yo esperaba, ella se quedaba en la isla, no se sentía capaz de cercenar
las raíces de toda una vida. Separarme de nuestra segunda madre también me hacía mucho daño. Vi cómo
lloraba cuando el barco soltó amarras. Yo también lloré; con todas mis ganas,
hasta que mis lágrimas se fueron diluyendo entre las aguas. No dejé de mirar al
mar y de conversar con él durante toda la travesía. Sería el vínculo que me
mantendría unida a mi abuela, y le enviaría mis mensajes como antes se los envié
a mis padres.
Pletórica
de dicha, he vuelto en repetidas ocasiones al pueblo que me arropó en mi
infancia y forma parte de mí. Hoy regreso, sumergida en la tristeza, para dar un último adiós a mi
abuela; esa mujer adorable y generosa, que nos quiso con toda su alma. La llevo
en el corazón y jamás la olvidaré. Verteré parte de sus cenizas en la isla,
después las iré esparciendo por el agua hasta llegar a la otra orilla. Ahora
podrá repartirse entre su pueblo y su familia. El mar nos mantendrá unidas. Miro
fijamente el agua y en él contemplo su rostro bondadoso.
El mar
luce un azul malva, es el espejo del cielo.
miércoles, 26 de julio de 2017
CÓMO DAR FORMA A LAS CROQUETAS Y FREÍR LA LECHE FRITA SIN PROBLEMAS
A veces nos gusta que la masa de las croquetas y de la leche frita tire a blanda, pero así se maneja mal para darle forma y/o freír. Desespera un poco.
Hay un truco que nos lo facilita: se mete la masa en el congelador hasta que se endurezca lo suficiente para poder manipularla, pero sin llegar a congelarse por completo.
A las croquetas les daremos forma mucho mejor, también os recomiendo un método de hacerlas que resulta muy sencillo y que explico en otra entrada del blog. Aquí os pongo el enlace:
"Croquetas muy fáciles de hacer"
La leche frita, puesto que ya está hecha y no necesita más cocción, solo la fritura para el revestimiento externo, es una gozada freír las porciones casi congeladas; no salpican en el aceite, se mantienen enteritas, sin levantarse o romperse la cobertura y se pueden comer casi al instante.
viernes, 14 de julio de 2017
EMBELESO
Carantoñas ambarinas y guiños tiernos
prendieron en los jazmines del embeleso.
Los sones y melodías que canta el viento
son tus requiebros.
Aunaste sendas y andares,
enlazándolos con sueños,
que se adhieren como anclajes
al sentimiento.
Tú pintaste, amado mío,
del amanecer el beso
que endulzó abrazos de infancia,
suspiros de amantes nuevos.
Desecha los frutos vanos.
acopia aromas e inciensos,
carantoñas vespertinas,
venturosos sortilegios.
Una eternidad colmada de gratitudes,
para ti, mi bien, deseo.
miércoles, 5 de julio de 2017
ENSALADA DE APIO Y NUECES
Una
buena y fresca solución para unas prisas.
INGREDIENTES:
§ *Un
tarro de 250 g (peso escurrido) de apio rallado. Los de Mercadona, agridulces salen buenos.
§ *Una
manzana de buen tamaño
*una rodaja gruesa de melón
§ *Nueces
peladas (un puñado, al gusto de cada cual)
§ *Mahonesa
En realidad, las cantidades son
orientativas. También puedes eliminar el melón y usar solo manzana. Adáptala a
tu gusto: más o menos manzana y
nueces... Melón optativo...
PREPARACIÓN:
¡Bien fácil!
Escurre bien el apio. Trocea la manzana y
el melón en cuadraditos pequeños.
Mezcla estos ingredientes. Añade mahonesa
a tu gusto. Incorpora las nueces al final para que no se reblandezcan.
Sírvelo bien frío en una fuente alargada
y échale imaginación para adornarlo (una tira de nueces en el medio, una hebra
de bálsamo de módena, un pequeño salpicado de perejil, unas rodajitas de limón,
unas láminas de aceitunas negras...).
Esta ración da para 3/4 comensales; para más doblad la cantidad.
Siempre la he hecho solo con manzana,
pero la última vez solo tenía una manzana para 500 gm de apio y añadí dos
rodajas grandes de melón. Me ha gustado mucho el resultado.
¡Que aproveche!
La foto queda pendiente de subir para
cuando vuelva a hacerla.
Y aquí tenéis el enlace de descarga de la
receta.
martes, 4 de julio de 2017
¡AY, AMOR! TE PERTENEZCO
Te miré. Me devolviste la mirada.
¡Ay, Amor! ¡Cómo lo
hicieras!,
que me embrujaste con tu
savia.
Y desde entonces...
no pude más que anhelar
el tránsito por tu
vereda.
Prendido en tu amor quedé
y usurpaste mi sentir,
sintiendo.
Ahora soy tuyo, igual
que el aire
fundido en el aliento.
Vivo en tu vivir y vuelo
con tus alas.
Inmerso en tu pasión
estoy,
retenido en ardoroso
hechizo eterno.
¡Ay, amor! Te pertenezco.
Susurra en mis oídos tus
deseos.
Ya no concibo otro
estado ni vivencia,
que navegar y diluirme
en tu universo.
Complacerte, amada, cada
día es reto.
No me conformo con tan
poco,
ser tuyo quiero por el resto de los
tiempos.
sábado, 1 de julio de 2017
DE UNA HIJA... QUE NO LO FUE.
«Hoy he podido decirle
adiós porque no reconocía a nadie y no pudo o supo echarme de allí. Aunque, cuando
sus ojos se cruzaron con los míos, su mirada se volvió arisca. Tal como vivió, murió; respecto a mí. Con los
labios vacíos de palabras y los ojos repletos de censura. Junto a su último
suspiro expiró mi última esperanza de hallar en él un mínimo atisbo de
comprensión, aunque solo hubiera sido de forzado fingimiento, en la hora de su
muerte.
Veinte años esperando una
llamada suya, que nunca llegó. Y tú, madre, me repetías sin cesar que no sufriera,
que antes o después me perdonaría. ¡Él a mí! ¿Qué es lo que tenía que
perdonarme? ¿Avergonzarlo delante de la gente porque su hijo no era como él hubiera
deseado? Su hijo… ¡una nenaza!, como decía de continuo, envenenado por la rabia
y el resentimiento. Me extirpó de su vida como quien se quita un grano. Me dejó
tirado. Nos dejó a los dos; según tú, por culpa mía. ¡Loable amor el suyo!
Tal vez me haya perdonado,
sí; por todos sus desprecios y agresiones, por desgarrarme de impotencia y asco
en aquellas viles encerronas con mujeres que me preparaba en mi adolescencia. O
cuando me llevó a la playa de nudistas para humillarme, exhibiendo ante todos
mi miembro, mientras se burlaba de él. Estas y ¡tantas otras vejaciones…! Cuántas
veces lo vi con las tijeras en la mano, mirándome de soslayo con oscuras
intenciones… Pero… he tratado de olvidar.
Mírame, madre, ni lágrimas
me quedan ya. Algo sí que consiguió: me endureció, después de todo. Y tú… Tú, en
el fondo, lo justificabas; con tus silencios, con tu aptitud, con tu
recriminación pasiva. Porque, al final, me reprochabas internamente el fracaso
de vuestra convivencia, de vuestras vidas. No os he perdido recientemente, me quedé
sin padres desde muy pequeña. Yo sola, con mi estigma y mi deshonra, que jamás
deberían haberlo sido.
Deseaba contártelo y decirte,
además, que ya me habéis liberado, porque al fin puedo mirar hacia delante. Que
tengo padres, hermanos y amigos en el mundo, que me quieren y me valoran.
Y lo digo con orgullo. Un
orgullo que nunca antes conocí. Gracias a vosotros dos, yo solo conocí la
culpa, el error de haber nacido. La naturaleza se equivocó con mi físico, pero
también lo hizo con vuestros corazones. Y puesto que el mío es limpio, generoso
y no sabe de venganza: os perdono…, e intento comprenderos».
Antes de irse, echó una
última mirada a la lápida y releyó el epitafio:
«De una hija… que no lo fue».
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