sábado, 5 de agosto de 2017

LOS TRES COLORES DEL MAR

El mar-Tina de Luis- La narraTina

             Todo empieza con el recuerdo de un día de mi niñez; uno de esos que dejan una huella imborrable en nuestro ser; con ese… y con todos los que se sucedieron hasta el cierre de aquel periodo agridulce. Desde los ojos de un adulto pudo tratarse de un episodio como tantos otros, pero para mis nueve años supuso un universo entero; un acontecimiento desafortunado y de inmensas magnitudes.
La casa madrugó. Mi madre salía de viaje para reunirse con mi padre, que llevaba ausente varios meses. Mi abuela la acompañaba hasta el barco y yo me empeñé en `escoltar´ a ambas. Al principio todo resultaba divertido: un viaje, una novedad, una aventura… Me lo habían explicado y lo comprendía, pero cuando me enfrenté al momento en que el barco debía zarpar, y mi abuela y yo abandonarlo, el corazón se me rompió en trocitos. La idea de apearme y de que mi madre se marchara en él no había alcanzado hasta el momento mi corto entendimiento. Fui incapaz de asimilarlo y, desprovista de control sobre la impetuosa fuerza que me gobernaba, decidí seguir aferrada al brazo del asiento que ocupaba y no moverme de allí, si ella no lo hacía. Conseguí desazonar a mi abuela, que tiraba de mí con desespero; partir en dos el corazón de mi madre, que se debatía entre la necesidad de irse y el desgarrador deseo de quedarse. Se excusaba y lamentaba sin cesar por tener que alejarse de sus hijos, mientras contenía con ahínco unas lágrimas pujantes, para no empeorar la situación. Mi abuela se puso afónica por mi culpa, sin encontrar más argumentos para meterme en juicio. Las miradas impacientes de los sobrecogidos pasajeros y el apremio y exasperación del capitán les hizo experimentar un bochorno desconocido hasta entonces. 
             Mi abuela acopió toda su fortaleza y logró desincrustarme del asiento, me levantó en volandas y en un suspiro me bajó del barco. Ante tan irremediable evidencia, un mar de lágrimas abarrotó mis ojos, lo que evitó que contemplara a mi madre tragándose su llanto y volviendo la cabeza para observar el doloroso espectáculo que yo solita había improvisado. El estallido de mi sonora corajina a punto estuvo de reventar mis pulmones y la templanza de mi abuela. Con pies de plomo, la barbilla colgándome hasta el suelo y entre sacudidas de hipidos disonantes, me encontré de nuevo en casa. No articulé palabra. No quise saber de nadie ni atender a explicaciones. 
             Cuando mi zozobra alcanzó el sosiego, me deslicé como una sombra hacia el exterior y corrí. Corrí para encontrarme con mi gran amigo el mar. En esa ocasión deseaba reprocharle su traición de no impedir la partida de mi madre. Cuando alcancé mi peñasco favorito, me refugié en mi minúscula gruta desde la que lo divisaba en todo su esplendor. Clavé mis ojos en el agua y lo miré enojada. Le solté cuanto bullía en mi interior. Él callaba. ¡Qué podía decir que yo deseara escuchar! Lamentaba mi estado de ánimo y me hacía saberlo a su manera: con su color, con su calma, con su mutismo…
Vestía un gris plata indefinido, sin brillo, sin emociones. Por entonces, yo estaba absolutamente convencida de que el mar entendía mis sentimientos y los compartía por completo.
 El trabajo escaseaba en la isla. Mis padres tuvieron que irse al otro lado del océano para sacarnos de la miseria. «Sólo serán unos meses», me dijeron; pero los niños pesan el tiempo en una balanza muy particular, y la mía marcó toda una eternidad. La época que siguió se me antojó sombría. Mi abuela endulzaba nuestras vidas, prodigándonos todo su cariño y atenciones. ¡Era una mujer excepcional!
Se socarró el verano, se deshojó el otoño, se congeló el invierno… No existió un día en que el mar no recibiera mis mensajes para entregárselos a mis padres, en su otra orilla. Las respuestas me las devolvía el cartero dentro de un sobre. Este se convirtió en mi segundo mejor amigo. No existían dos personas más felices que nosotros en nuestros momentos mágicos: él cuando me entregaba las cartas y yo, al recibirlas. Mi felicidad lo salpicaba. Me sentía eufórica y corría al mar para leérselas una y otra vez, hasta acabar aprendiéndolas de memoria.
Brotó la primavera y afloró la misiva con el anuncio de su regreso.
El mar se tiñó del verde de mi esperanza. Los esperé sin descanso, sin pausa. Tras un tiempo desmedido para mí, asomó un barquito por el horizonte y eché a correr a su encuentro.
Llegó el día de partir de nuevo. Esta vez nos íbamos los cuatro: mis padres, mi hermano y yo. Mi abuela nos acompañó hasta el muelle. El momento no resultó tan grato como yo esperaba, ella se quedaba en la isla, no se sentía capaz de cercenar las raíces de toda una vida. Separarme de nuestra segunda madre también me hacía mucho daño. Vi cómo lloraba cuando el barco soltó amarras. Yo también lloré; con todas mis ganas, hasta que mis lágrimas se fueron diluyendo entre las aguas. No dejé de mirar al mar y de conversar con él durante toda la travesía. Sería el vínculo que me mantendría unida a mi abuela, y le enviaría mis mensajes como antes se los envié a mis padres.
Pletórica de dicha, he vuelto en repetidas ocasiones al pueblo que me arropó en mi infancia y forma parte de mí. Hoy regreso, sumergida en la tristeza, para dar un último adiós a mi abuela; esa mujer adorable y generosa, que nos quiso con toda su alma. La llevo en el corazón y jamás la olvidaré. Verteré parte de sus cenizas en la isla, después las iré esparciendo por el agua hasta llegar a la otra orilla. Ahora podrá repartirse entre su pueblo y su familia. El mar nos mantendrá unidas. Miro fijamente el agua y en él contemplo su rostro bondadoso.
El mar luce un azul malva, es el espejo del cielo.

7 comentarios:

  1. Tina!!! Otro relato que me cautiva el corazón. Escribe más, por favor, me encantaaaan. Besos.

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  2. Es un relato precioso, lleno de emotividad y con una sensibilidad exquisita. Haces de una tierna historia una obra literaria. Saludos.

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  3. Hermoso relato Tina, se deja ver esa eterna conexión entre el mar y los sentimientos más íntimos e inolvidables... emoción y palabra en completa armonía, un abrazo: )

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  4. Hermoso, Tina. Me ha emocionado.

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  5. Muchísimas gracias a todos vosotros: Sonia, Lucía, Leomaris y Cecilio. Es muy gratificante saber que nuestros escritos llegan a los demás y contactan con sus sentimientos. Me siento muy halagada, sobre todo, cuando las opiniones y valoraciones proceden de escritores de tan buen nivel como vosotros. Un fuerte abrazo.

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  6. Felicidades Tina
    Me recuerda mi infancia cuando viajábamos de una a otra isla
    Emocionante.

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  7. Gracias, Edu. Me encanta haberte refrescado algunos recuerdos. ¡Quién lo va a sentir mejor que tú el mar y las islas! Tenemos que quedar un día. Besazos.

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