viernes, 29 de marzo de 2019

MI NUEVO LIBRO


No te pierdas esta obra, tal vez te descubras a ti misma. De hecho, aunque no te encuentres entera, es seguro que alguna parte tuya hallarás.

Lee despacio porque esconde mucho más de lo que aparenta.
¿Tienes más de 45 años? Esta obra es para ti. Y si no los tienes..., también: grandes reflexiones sobre pequeñas cosas; y grandes temas para reflexionar. Impregnado en todo momento  por el humor y la ironía.
Protagonistas: cenicientas anónimas, y ni siquiera eso: sin hada que las proteja y las atavíe de modelos, ni príncipe que dé su reino por ellas, ni belleza que cautive a primera vista.
Mujeres que viven la vida, luchan y avanzan: sin hacer ruido, sin laureles, sin aplausos.

¿A QUÉ ESPERAS? ¿TE LO ESTÁS PENSANDO? 

SINOPSIS
¿Las mujeres somos personas corrientes y simples? ¿Somos débiles, o de segunda clase? ¿Tenemos una vida fácil? Todas sabemos que no. Somos luchadoras, supervivientes, nos enfrentamos a un mundo hostil y sembrado de obstáculos: las garras de la moda, las cadenas del aspecto, los cánones de la belleza y de la estética, los convencionalismos, la presión social, las exequias a la juventud, la desestima por la edad... Sin embargo, los sorteamos, los combatimos con valentía y seguimos adelante. Os invito a introduciros en la piel de las protagonistas de esta entretenida novela, a dejaros atrapar por el humor. Su ironía y sus divertidos episodios suscitarán sonrisas y risas; mejorarán el estado de ánimo. Aprendamos de estas heroínas del «día a día» a renacer en cada nueva experiencia.
Amalia tiene problemas, Berta tiene problemas, y Caroli, Diana, Emi, Felisa, Gloria... Como todas las mujeres. El azar las hace coincidir, sus caminos se entrecruzan. Esos encuentros fortuitos darán lugar a situaciones y coyunturas amenas, que influyen en su futuro y en sus decisiones. Compartirán anhelos, deseos, frustraciones..., la realidad de sus vidas. Entre ellas nace una sincera amistad, que dará un nuevo sentido a su rutina.

viernes, 8 de marzo de 2019

SERÉ INVISIBLE


Marcela permanece absorta, con la vista clavada en la ventana, pero sin ver nada. Su mirada no se detiene en aquella celosía ni en la tapia que hay detrás. Se pierde, se remonta más allá de todo tiempo y espacio. De pronto sus ojos oscilan levemente y se posan sobre un gato que se detiene en el alféizar. Lo contempla. Él la contempla. Ambos se miran fijamente a los ojos. Marcela lo envidia. ¡Cuánto lo envidia! Quisiera ser como él: libre. Como el viento. Como los pájaros, para poder volar.
Lucha por ser invisible. Aún no lo es del todo, pero lo conseguirá. Cada vez está más cerca de ello. Puede permanecer estática muchas horas; sin parpadear, sin inmutarse, sin llorar, sin respirar apenas, y vaciarse de sentimientos. Cuando detiene el pensamiento, lo hace libre, lo dirige y lo controla. Logra que traspase esos muros y se aleje de allí. Muy lejos. Cada vez más lejos.
Sin embargo cuando aparece ese diablo; esa fiera que tiene por marido, la invisibilidad se desvanece. Él sí la ve. Por suerte, no siempre. Pero hay dos cosas para las que jamás le pasa desapercibida: para violarla; para descargar y desfogar en ella, con saña, toda la ira y despecho acumulados durante el día.
Marcela ha perdido la cuenta del tiempo que lleva sin ver a un ser humano. Sin considerarse un ser humano. Porque aquello con lo que está forzada a vivir, no lo es. La retiene, encerrada, secuestrada; deshumanizada.
De vez en cuando alguna mujer la visita. Solo mujeres, que no le sirven de nada: no la comprenden. La enjuician. La tratan con desdén, incapaces de aceptar lo diferente. Solo es una occidental libertina, una perdida y desvergonzada, una hereje —como su «ejemplar» esposo ha  difundido—. Lejos de compadecerse, le dan consejos para que sepa agradar a su marido:
 «No lo obligues a portarse mal. Respétalo. ¡Pobre hombre! No le dejas más remedio que actuar así. No puede permitirse que salgas a la calle».
Y se van rumiando para sí:
«¡Impúdica! ¡Bastante suerte tiene con que no la repudie y la lapide!».
Prefiere estar sola. ¡Sola! Sin él y sin nadie, en aquel micromundo hostil. Por eso, cada día, cuando finaliza las escasas rutinas de la casa, practica la inmovilidad, la inexistencia. Desea ser invisible, callejear como los animales, aunque el hambre y la miseria la consuman. Todo menos el entierro en vida. Pero llega la bestia y la descubre, aunque esté paralizada…, dormida. La insulta, la pega, la escupe… Si habla porque lo agravia; si calla, porque lo ofende. La golpea sin piedad y después la fuerza y derrama en ella el obsceno fluido que la degrada y envilece. Incluso a ella la suerte la sonríe algunos días y ello (él) la ignora.
Al principio pidió ayuda, en las casi inexistentes ocasiones en que transitaba un presunto ser por la calleja; también echó algunas notas escritas por la ventana. Pero, aquellos que, por casualidad, encontraban y entendían su mensaje se apremiaban, escandalizados, a informar a su marido.
En esas ocasiones las palizas y torturas fueron, si eso cabe, más terribles y crueles. Su cerebro clama por la muerte, pero su corazón se resiste. Su hijito la espera, él no sabe que  tal vez no vuelva a verla. Seguramente la ha olvidado ya. Hace cinco años que lo dejó al cuidado de los abuelos. Él acababa de cumplir tres. ¡Maldita la hora en que ese malnacido se cruzó en su camino! ¡Maldita la hora en que no escuchó las advertencias!: «No vayas. Tendrás problemas… Todos cambian cuando retoman sus raíces…».
Se dejó convencer para visitar su país, era tan tierno por entonces… Nunca regresaron. La encerró en ese antro, del que no volvió a salir. Se siente tan sucia y asqueada, tan rota de sufrimiento, que el alma y el corazón le duelen más que su cuerpo. Llega la noche y con ella las humillaciones, los insultos, las amenazas, los golpes…  «¡Zorra! Cualquier día te mato». Lo conseguirá, ella sabe que lo conseguirá. Cada vez es más violento. Por eso ha de volverse pronto invisible, para huir, para no volverse loca.
El día se le ha dado bien; las prácticas, magistrales. Cree estar a punto. Ha llegado el momento de demostrárselo. Él entra. Ella no se inmuta. La mira. Grita. Primer bofetón: la tira al suelo. Trata de aguantar impasible incluso la paliza; pero al no quejarse, al no chillar, él se irrita más, odia más, se endemonia.  Cree que daña poco y golpea con más fuerza. Le patea el vientre, el pecho, la cabeza… Casi prefiere que la mate de una vez y así poder descansar de todo aquello.
Y casi es así: la deja medio muerta. Se detiene, la contempla y observa que no reacciona. Incluso se asusta. No tiene buen aspecto. La tumba en la cama.
Ella sonríe con la mente. La felicidad la embriaga. Al fin se ha salido con la suya. Ya no siente molestias. Nada duele. Se eleva. Contempla su cuerpo inerte sobre la cama. Lo observa a él. Toda su hombría rodando por el suelo. Allí, y solo, no es nadie.
Marcela echa una última mirada a su envoltura y se va. De vacío. No necesita nada. Puede cruzar por delante de la gente sin que se enteren. Al fin es invisible.
Comienza su viaje astral. Viajará hasta su hijo. Debe darse prisa, mientras su cuerpo aguante en ese estado. Preferiría llevárselo consigo, para que su chiquitín la viera, pero eso es imposible; el monstruo ni muerta la dejaría escapar de aquellas cuatro paredes. Además, a su hijito no le iba a gustar, está tan estropeada... Sería incapaz de reconocerla. Sin embargo…, aunque su pequeño no advierta su presencia, ella sí lo verá, lo abrazará y velará por él. Desea tanto acariciarlo.
Flota, levita, vuela. Nada puede detenerla ni controlarla. La libertad la vuelve loca; eso que antes siempre tuvo y tan poco valoró.
Ya es invisible. Ya es libre.

lunes, 4 de marzo de 2019

PERO... ¿YA NO TE ACUERDAS?


Casi siempre ocurría lo mismo: en mitad del paseo, los caminos jugaban a confundirlo, y las calles y espacios se convertían en laberintos. En aquellos momentos sentía un enorme desasosiego y desamparo.  La última vez que se perdió, se sentó en las escaleras de un portal y el conserje le prestó su ayuda. Sin embargo, cuando este le pedía información, era incapaz de recordar su dirección o de encender el móvil o de aportar ni el más mínimo detalle. La mente se le emborronó y las repetitivas advertencias de sus hijos resonaban en su cabeza como ecos muy lejanos y difusos:
«¡Papá, si estabas a dos pasos de casa!».
«Te he dicho que lleves el teléfono siempre encendido».
 «Solo tienes que marcar un número del uno al cinco».
«Llevas todos los datos anotados en la cartera, ¡sácala y los miras!».
«¿Por qué no avisas de que vas a salir?».
.................................................
Cuando al fin se encontraba relajado en su sillón, y las penumbras del pensamiento comenzaban a disiparse, se hacía la firme promesa de no salir más para evitar la vergüenza y la agonía; pero una y otra vez se le olvidaba.

TIERRA, SOLO TENEMOS UNA



Seres mutables planean sobre nosotros,
se desprenden de su fulgor y su esencia
y la prodigan.
Infinitas veces se desvanecen
y otras tantas se recomponen,
adquiriendo formas híbridas
entre centauros, fénix, tritones,
unicornios, grifos, esfinges, elfos,
pegasos, gigantes, valquirias, dragones...
y demás especies de vaho y aura,
de afecto y alma.
Caprichosas figuras que protegen
a la madre Tierra y sus elementos
desde el comienzo de las eras.
No desfallecen, infatigables combaten,
pero las fuerzas humanas interfieren su labor,
se empeñan en destrozarla.
No la valoran, solo viven el momento: su momento;
el de los demás no importa.
Y el poder de estos seres
no basta para regenerar el equilibrio.
Seguirán persistentes, aunque muchos
de los suyos caigan y se debiliten.
Perseverarán en regenerarla,
mientras puedan y los dejen.
No es de extrañar que algún día,
no distante..., su misión pierda el sentido
y mute, al igual que muta el ser. 
Tal vez muy pronto su cometido en la Tierra
consista solo en hacerla renacer.

jueves, 31 de enero de 2019

POR LA BOCA MUERE EL PEZ




Aquella cotilla irrefrenable, con su lengua viperina y su verborrea incontinente los volvía locos a todos. Las insoportables monsergas de esa mujer conseguían sacarlos de quicio. No les quedó más remedio que cortarle la lengua. Y al paso que va, me temo que no tardará mucho en perder también las manos, aprende muy deprisa el lenguaje de los signos.

martes, 29 de enero de 2019

PIE DE LOTO, una tortura más para las mujeres



Es TERRIBLE el grado de tortura que se llega a aplicar en algunas personas, de forma establecida y convencional. Acabo de leer el libro “El abanico de seda” y se me parte el alma pensando en el sufrimiento que la propia familia provocaba en unas inocentes niñas. Y tenían la valentía de vivenciarlo. Me resulta tan difícil entender que no mueras al ver a tu hija de unos seis años pasando por ese trance... Me refiero a la tradición del “PIE DE LOTO”, costumbre ancestral china, que en su grado máximo conseguía, no ya atrofiar el crecimiento de los pies sino reducirlos. Lo ideal eran 7 cm. ¿Os lo podéis imaginar? Los vendaban pillando los dedos, salvo el pulgar, y forzándolos hacia atrás. Quedaban doblados por debajo del pie. La venda la sujetaban con mucha fuerza en el talón, que se iba juntando poco a poco con la planta del pie. Cada cuatro días apretaban el vendaje (otra vuelta de tuerca). Las niñas eran obligadas a caminar entre gritos, llantos y dolores, pisando y cargando el peso sobre sus propios dedos. Llegaba un momento en que los huesos de los cuatro dedos doblados y el del empeine se rompían. Los lavaban, pero seguían estrechando el vendaje, a pesar de los picos de hueso clavados en la carne, del sangrado, supuración, etc. El proceso completo duraba aproximadamente dos años, para las que llegaban, porque algunas morían de cangrena o infección.
Aquí os dejo un enlace, pero podéis ver muchos más poniendo tan solo en Google “pie de loto”. La fotografía pertenece a este mismo enlace.

viernes, 4 de enero de 2019

EL TESORO DE LA ABUELA


Dos de enero:
Dejan a la abuela en casa de su mejor amiga, para que pasen varios días juntas, como viene siendo tradición.
De regreso:
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Qué pena! La abuela empieza a tener algunos despistes.
—¿Qué te hace pensar eso, hijo?
—Me habló de su tesoro escondido sin darse cuenta.
—¿Y qué te contó? —saltó casi a coro el matrimonio.
—No puedo decíroslo. Abuelita me hizo prometer que le guardaría el secreto.
—Cariño, somos tus padres, a nosotros puedes contárnoslo.
—Insistió en que a vosotros menos que a nadie.
—¡Lo ves, cielo! La abuela desvaría. Debemos conocer todos sus secretos porque tal vez un día se le olviden. Podría darse el caso de que lo perdiera todo. Sufriría ella y sufriríamos nosotros por no conservar nada que nos la recordase —Lucas guardó silencio. Está bien, está bien. Si prefieres callar, respetaremos tu voluntad.

Tres de enero:
La madre muestra un escaparate a Lucas en el que luce un dron de última generación.
—¿No es precioso, hijo? Mira lo que pone: “Vuelo inmersivo gracias al mando Skycontroller 2 y a las gafas FPV”.
—¡Me encanta! —exclama el chico.
—Es una lástima no poder comprártelo. ¡Lo que podríamos permitirnos con el tesoro de la abuela!

Cuatro de enero:
El padre lleva a Lucas a ver una tienda de vídeojuegos.
—¡Caramba, chico!, ¡qué pasada de consola! ¡A que molaría tenerla para Reyes!
—¡Wow! Sería bárbaro.
—Aunque... con ese precio, mejor no hacerse ilusiones. Una pena que el tesoro de la abuela se pudra en algún rincón sin beneficiar a nadie.

Cinco de enero:
Lucas no puede resistir las tentaciones y canta. Esa misma tarde los padres revuelven todos y cada uno de los cajones de la casa de su madre. Los vacían, golpean la madera con los nudillos para localizar el escondite mencionado. Empiezan a desesperarse, cuando..., justo en el último que abren, detectan el falso fondo. Carcomidos por la impaciencia, fuerzan la tabla para acabar cuanto antes. Allí estaba, un flamante joyero. Al abrirlo, lo primero que encuentran es una carta dirigida a ellos. Por debajo asoman abundantes joyas y varios billetes. Se abrazan entre júbilos y saltos. ¡Por fin lo descubrimos!

En casa de la amiga:
—¡En qué estarás pensando para que te rías tú sola!
—Me río porque estoy imaginando la cara que pondrá, o que habrá puesto ya, mi familia. Dos veces al año me ponen la vivienda patas arriba. ¡Me tienen harta! Cuando paso unos días en tu casa o en el balneario, buscan y rebuscan mi dinero y mis alhajas, aprovechando mi ausencia. Son insaciables, les doy cuanto me piden y más, si cabe. No dejo de invitarlos y de tener todo tipo de mimos y detalles con ellos, pero lo quieren todo. Si lo permitiera, me dejarían desplumada. Esta vez como regalo de Reyes se llevarán un buen chasco, quedarán escarmentados. Le he dado pistas a mi nieto para que descubran el tesoro. Él es un ángel, pero esos dos demonios le sonsacarán el secreto, no me cabe duda. Lo que encontrarán será un joyero atiborrado de baratijas y bisutería. De lo peor que encontré. Y, para que se crean mi argucia, he tenido la generosidad de dejar dentro mil euros. Todo lo que tiene valor está a buen recaudo. Esos jodidos no se ríen más de esta pobre anciana.
—¡Qué tunanta estás hecha, querida amiga! ¡Y qué lista!

En casa de la abuela:
A medida que leen la carta, la piel se les vuelve de color cetrino.
«... He tenido que irme desprendiendo de todas mis joyas y pasarme a la bisutería para mantener la casa, es mi deseo que la disfrutéis vosotros. Me hubiera gustado dejaros una gran herencia, pero esto es todo cuanto tengo, querida familia. Si estáis leyendo estas letras es porque yo he pasado a mejor vida. No sufráis por mí, estoy en la Gloria. Os quiero mucho y velaré por vosotros desde aquí arriba. La abuela».

Seis de enero. Día de reyes:
Lucas se queda sin regalo de Reyes porque a sus padres el disgusto les ha trastornado y porque se les hizo demasiado tarde.
 Todavía les falta recogerlo todo y dejar la casa de la abuela como estaba, antes de ir a buscarla. No conviene que note la intromisión.

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