domingo, 18 de junio de 2017

EL VIENTO Y EL EXTRAÑO

Viento-TinadeLuis-La narraTina

El extraño apareció de pronto y se sentó en el banco, al lado de Joaquín.
—Buenas. No hay mucha gente por aquí, ¿verdad?
—Cada vez menos. No hace bien en visitarnos, forastero.
Se levantó una ligera brisa.
Joaquín, con la cabeza baja, le echaba furtivas miradas y enseguida volvía la vista al Norte.

—Pareces muy nervioso. ¿Puedo ayudarte en algo?
—No. No, no, se agradece. Solo espero el autobús.
Empezó a soplar el bóreas.

—¿Vas muy lejos?
—Lo más que pueda.
Joaquín se apretaba una mano con la otra, con crispación.

—¿Usted también viaja?
—En esta ocasión no, aunque lo hago con frecuencia.

—¿Nos hemos visto antes? Su cara me resulta conocida.
—Es posible —contestó el recién llegado. 

—¿Qué le ha traído hasta este perdido y olvidado rincón del mundo? 
—¿Por qué lo dices? Este sitio parece muy tranquilo. Y agradable.
—Tranquilo... Agradable… ¡Cómo se nota que es de fuera!

El nerviosismo de Joaquín iba en aumento.
—¿Qué es lo que tanto te preocupa?
—¡Qué me había de preocupar! ¿Acaso no lo oye? ¿No lo siente?
El forastero se quedó estático, a la escucha. Joaquín seguía hablando.
Empezaba a formarse un remolino.

—Es el viento. El maldito viento. Nunca para. Nunca descansa. Nos vuelve locos. Se cuela por cualquier resquicio. Se clava en nuestros sueños. Noche tras noche. Y llega un día en que te lleva. No vuelves más.
El forastero lo taladraba con la mirada.
—¿En que… te lleva?
—¿Por qué nadie quiere creerme? Nunca me escuchan. Me toman por loco, pero la gente desaparece. Poco a poco. Los demás dicen que se marchan, que esto está muerto. Yo sé que eso no es cierto; es él quien se los lleva. Mis pesadillas me están matando: el viento penetra en mí y me posee. Y cada vez que sale, me arranca un trozo de vida de forma atroz. No puedo imaginar mayor suplicio. Cuando la situación se vuelve insoportable, despierto con convulsiones, en medio de un charco de sudor. No lo aguanto más; me largo.
Joaquín se expresaba desquiciado, con la mirada errática. Se rascaba las manos y marcaba en ellas las huellas de las uñas.
Un fuerte ventarrón lo obligó a volver la cara.

—Mire, ahí llega el autobús. Hágame caso, váyase de aquí cuanto antes. Por sí mismo. No deje que lo atrape.
Echó a correr. El forastero le gritaba algo, pero Joaquín ya no lo oía. Apenas hubo puesto el pie en el vehículo, un tornado lo envolvió y elevó al autobús por los aires. Joaquín, desesperado, se aferró a la puerta con ahínco.
No pudo sostenerse. Cayó. Sentía el cuerpo magullado. Miró a su alrededor. Se hallaba en las afueras del pueblo. El vendaval lo zarandeaba y lo hacía rodar por el suelo. No daba crédito: estaba en mitad de un sueño. Logró levantarse y avanzar un tramo con la cabeza agachada, para embestir al viento. Topó con alguien. Lo miró fijamente, perplejo.

—¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¡¡No es posible!! Lo dejé en la parada. Ahora caigo, lo conozco de mis sueños. Siempre está en ellos.
El torbellino lo arrastraba. Se sujetó a un árbol. Observó mejor al forastero. Este se mantenía impertérrito, con la expresión torva. El huracán no lo afectaba. Joaquín le gritó:
—¿Qué hace usted en mi pesadilla? ¿Y qué trataba de decirme cuando tomé el autobús?
—Trataba de avisarte de que no merecía la pena precipitarse, que todo era un sueño del que despertarías en cualquier momento. Y así ha sido. Yo no formo parte de tus pesadillas, sino de tu realidad. Y es esta. Lo de antes ha sido una excepción.
Joaquín lo miraba con las facciones desencajadas. El forastero añadió:

—Créetelo. Sé muy bien lo que digo.

sábado, 17 de junio de 2017

domingo, 14 de mayo de 2017

VIVO CON TU VIDA

                     
Mírame de frente, amor,
porque el penar no ha de velar tus ojos.
Eres para mí esencia y ambrosía.
Ver tu aflicción oprime mis entrañas.
Y aunque me apliquen hortigas junto a espinas,
convertiré mi dolor en bálsamo
de cura, para sanarte. Ufano. 
No existe ya consuelo que me aquiete 
si no  es lograr sumirte en alegría.
Si yo soy tuyo y tú eres mía,
por fuerza he de cuidarte.
Para cuidarme a mí, que vivo con tu vida.

jueves, 11 de mayo de 2017

REDES: LA METAMORFOSIS DE LA LITERATURA

EL ESCRITOR "INFUSO" Y EL LECTOR CÓMODO  

Leí este chiste en Facebook hace varios días:

"Recibo este mensaje en mi buzón de FB:
Remitente: Hola como se publica un libro en amazon quieto escribir uno
Ebook.
Yo: Bueno, primero tendrás que escribirlo, supongo. Luego entras en KDP y sigues las instrucciones.
Remitente: Gracias si claro escribirlo !! Uff que palo Muchas gracias Y perdone las disculpas".

En un principio te hace reír, pero en realidad es patético y no tan distante de la realidad. 
El chiste junto con un artículo que acabo de leer (adjunto abajo el enlace), han removido en mí el deseo de expresarme sobre el tema. Me han recordado una idea que llevo ya tiempo madurando acerca de una evidencia que también llevo tiempo constatando:
Entre los adolescentes, y algo menos que adolescentes, podemos diferenciar entre dos sectores bastante definidos, en cuanto a la lectura y a la escritura se refiere:
.Jóvenes que leen mucho y aman la buena literatura. Y si tienen pasión por escribir, lo hacen con calma y corrección.
.Jóvenes cuyo único objetivo es hacerse ver en las redes, que no leen ni han leído; incluso algunos alardean de ello. Buscan el estrellato de forma rápida y arrolladora. Se sientan a escribir sin haber leído en su vida. Plasman sus pensamientos tal como les viene a la cabeza y se ríen del estilo, de la pulcritud, de la ortografía y de la estética. A este segundo grupo me refiero en lo que sigue.

LAS REDES ESTÁN TRANSFORMANDO LA LITERATURA

Hay una numerosa tropa de adolescentes, gente joven, que busca la fama rápida a través de la escritura. Se creen excepcionales, con dones y poderes. Ser buen escritor es duro, exige sacrificio, preparación y dedicación, así que para qué se van a complicar la vida. Su filosofía: «Poquito, que no hace daño ni espanta al lector, y eso del estilo, gramática, ortografía..., tonterías que se han inventado para hacernos perder el tiempo. Si a la gente le gusta y entiende lo que escribo...» Y razón no les falta, precisamente poco es lo que quiere otra enorme tropa de lectores que cuanto menos esfuerzo les exija la lectura, mucho mejor.  Forman una simbiosis perfecta el lector comodón, con el gran novelista relámpago. Los temas tratan, generalmente, de los intereses de la edad: nada que roce la historia, ni la política ni el arte, ni la filosofía., ni... ni... El amor en todas sus formas y colores conforma el contenido. 
Por último la condición y estrategia para que unos y otros se encuentren y estalle el idilio son las redes.
No tienen que pasar por el filtro de los expertos, no necesitan mendigar a las editoriales, no necesitan poner dinero. Lo único que necesitan es encontrar el modo, lugar y/o la página donde la gente los visite y los conozca. Le dedican un ratillo a escribir todos aquellos temas que  interesan a los jóvenes y hacen que se sientan muy unidos. Lo sirven en entregas de pocas líneas, mejor si no pasa de tres, que igual se cansan y no leen. Les hacen sentir lectores sin complicarse la vida. Si, además, les ofrecen likes en sus publicaciones, ya sean de motos, mascotas, diversiones, fotos...ellos los devuelven fielmente y comparten sus temas e intereses.Esto se ramifica, extiende sus tentáculos y llega a cientos, a miles de personas. 
Por último, algunas Editoriales que siempre han esgrimido la bandera de la calidad y son consideradas intocables e inaccesibles, descubren en ello la gallina de los huevos de oro. No quieren perder la oportunidad de incrementar sus beneficios, así que se ponen en contacto con dichos escritores, que, inexplicablemente, VENDEN, a sus incontables acólitos. ¿Que más se puede pedir para sembrar esta literatura por toda la geografía mundial? Una lectura que aliena y empobrece.


Es una pena. ¿Quién no sabe del gran influjo de la lectura en el conocimiento, la cultura, la educación...? Los libros son la mejor fuente de aprendizaje  y forman el pensamiento. Se debe leer, y leer de todo. En los libros se encuentran las opiniones, experiencias, vivencias, descubrimientos... de millones de personas de todas las épocas, que nos hablan y nos enseñan. La falta de lectura embrutece. Al entorpecimiento e impedimento de la lectura recurre, precisamente, los gobiernos que no quieren ciudadanos preparados e inteligentes. Así no les dan problemas; se someten fácilmente.

¡Cuántos conocimientos del pasado y de culturas arcaicas se han perdido por no haberse plasmado en la escritura! O por pérdida de los escritos, como es el caso de la gran Biblioteca de Alejandría.
 A mí me asusta pensar a dónde nos irá conduciendo todo esto. Tal vez un día el panorama literario pegue un vuelco y volvamos a elevar a la escritura/lectura al rango que le corresponde.
Tal vez. La vida son ciclos que van y vienen.

http://elcomercio.pe/eldominical/actualidad/repente-poetas-noticia-1845922

lunes, 1 de mayo de 2017

LA MINA DE ARNAO. ¡QUÉ VIDA LA DEL MINERO!


         

 De la luz 

a la oscuridad

  más profunda.

   Con desaliento.   
        
      Con hastío.       

Con temor.







          En  la vacaciones de Semana Santa estuve en Salinas (Asturias). Me encantó toda la zona y sus alrededores: Avilés, Oviedo, Faro Vidio, La playa del Silencio y otros maravillosos rincones.
Pero hubo una visita que me impresionó mucho: la mina de Arnao. Pocas veces nos ponemos en el lugar de esas personas —hombres, niños y algunas mujeres—, mineros que se jugaban la vida en cada momento de sus interminables jornadas de trabajo. Pasaban de la luz a las tinieblas en unos minutos, y permanecían largas horas inmersos en la oscuridad. En los primeros tiempos, se cubrían la cabeza tan solo con boinas , alumbrados por la débil luz de unos candiles colgados en la pared. Enterrados bajo tierra y bajo mar. Oliendo el desagradable olor del mineral mezclado con la humedad. Con escasa ventilación. Teniendo que defecar todos ellos en pequeños recovecos, habilitados de forma provisional. A veces tenían que trabajar tumbados o agachados todo el día, cuando los túneles eran excesivamente bajos.
Me impresionó también saber: 

 · Que algunos de esos hombres, generalmente los más ancianos (ahora sabréis por qué) estaban encargados de probar la seguridad de galerías nuevas; se adentraban en ellas portando una tea encendida para, en el caso de que existieran bolsas de grisú,  estas se inflamaran y explotaran antes de que costaran la vida a un numeroso grupo de mineros; pero el que las probaba... ¿cómo se sentiría al ver tan de cerca la muerte?
 · Que se volvían viejos prematuramente y se daba un alto índice de alcoholismo para poder soportar esas condiciones de vida tan infrahumanas.
  · Que las mulas utilizadas para el acarreo del carbón, una vez que bajaban a los profundos túneles, no volvían a subir a la superficie, permanecían en en esas tenebrosas galerías hasta su muerte. 
 · Que, a veces, algunos mineros recibían castigos y uno de ellos consistía en permanecer allí, bajo la tierra,  hasta tres días enteros... 
¡Para volverse locos! Eso no era vivir.

     Estremece pensar en un empleo que, salvo la paga, no se diferenciaba tanto de los trabajos forzados, teniendo que sobrellevar dignamente la certeza que eran muchos los que allí perdían sus vidas.

La mina de Arnao abrió sus entrañas en 1833 promovida por la Real Compañía Asturiana de Minas (RCAM) y se cerró en 1915 por las filtraciones del agua del mar. Tras el cierre de la mina la RCAM siguió en Arnao con la producción metalúrgica y hasta que en 1959 se abrió la factoría de San Juan de Nieva, muchos antiguos trabajadores de la mina siguieron trabajando en Arnao, en la fábrica, y otros se trasladaron a las nueva factoría, pero la relación con la localidad ha seguido viva en sus descendientes. La mina de Arnao abrió sus entrañas en 1833 promovida por la Real Compañía Asturiana de Minas (RCAM) y se cerró en 1915 por las filtraciones del agua del mar. Tras el cierre de la mina la RCAM siguió en Arnao con la producción metalúrgica y hasta que en 1959 se abrió la factoría de San Juan de Nieva, muchos antiguos trabajadores de la mina siguieron trabajando en Arnao, en la fábrica, y otros se trasladaron a las nueva factoría, pero la relación con la localidad ha seguido viva en sus descendientes.

Aquí os dejo varios enlaces, por si os apetece profundizar en el tema.

Se identifica en ella la línea férrea más antigua de España. Los viejos raíles, localizados gracias a un vecino en un acantilado, han sido datados entre 1820 y 1830, con lo que son anteriores a los del trazado Barcelona-Mataró.


miércoles, 26 de abril de 2017

EN UN LUGAR DE LA MANCHA. FINAL


Y todo tiene su fin. Al hidalgo Alonso Quijano o Don Quijote de la Mancha le llegó el suyo de la pluma de Don Miguel de Cervantes Saavedra, quien fallecería también un año después. Por tanto en esta publicación pongo tres postales más de la colección "En un lugar de la Mancha" de A. Bruzón, y el final de esta obra extraordinaria.


Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.

Déjanse de poner aquí los llantos de Sancho, sobrina y ama de don Quijote, los nuevos epitafios de su sepultura, aunque Sansón Carrasco le puso éste:

Yace aquí el Hidalgo fuerte

que a tanto estremo llegó

de valiente, que se advierte

que la muerte no triunfó

de su vida con su muerte.

Tuvo a todo el mundo en poco;

fue el espantajo y el coco

del mundo, en tal coyuntura,

que acreditó su ventura

morir cuerdo y vivir loco.

Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma:

-Aquí quedarás, colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero, antes que a ti lleguen, les puedes advertir, y decirles en el mejor modo que pudieres:

''¡Tate, tate, folloncicos!

De ninguno sea tocada;

porque esta impresa, buen rey,

para mí estaba guardada.

Para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio; a quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fuesa donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva; que, para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las dos que él hizo, tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya noticia llegaron, así en éstos como en los estraños reinos''. Y con esto cumplirás con tu cristiana profesión, aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo quedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó el fruto de sus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que, por las de mi verdadero don Quijote, van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale.



                  

EN UN LUGAR DE LA MANCHA. EL CABALLERO DE LOS LEONES



-Ahora, venga lo que veniere, que aquí estoy con ánimo de tomarme con el mesmo Satanás en persona.

Llegó en esto el carro de las banderas, en el cual no venía otra gente que el carretero, en las mulas, y un hombre sentado en la delantera. Púsose don Quijote delante y dijo:

-¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es éste, qué lleváis en él y qué banderas son aquéstas?

A lo que respondió el carretero:

-El carro es mío; lo que va en él son dos bravos leones enjaulados, que el general de Orán envía a la corte, presentados a Su Majestad; las banderas son del rey nuestro señor, en señal que aquí va cosa suya.

-Y ¿son grandes los leones? -preguntó don Quijote.

-Tan grandes -respondió el hombre que iba a la puerta del carro-, que no han pasado mayores, ni tan grandes, de Africa a España jamás; y yo soy el leonero, y he pasado otros, pero como éstos, ninguno. Son hembra y macho; el macho va en esta jaula primera, y la hembra en la de atrás; y ahora van hambrientos porque no han comido hoy; y así, vuesa merced se desvíe, que es menester llegar presto donde les demos de comer.

A lo que dijo don Quijote, sonriéndose un poco:

-¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas? Pues, ¡por Dios que han de ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta de leones! Apeaos, buen hombre, y, pues sois el leonero, abrid esas jaulas y echadme esas bestias fuera, que en mitad desta campaña les daré a conocer quién es don Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los encantadores que a mí los envían.

-¡Ta, ta! -dijo a esta sazón entre sí el hidalgo-, dado ha señal de quién es nuestro buen caballero: los requesones, sin duda, le han ablandado los cascos y madurado los sesos.

Llegóse en esto a él Sancho y díjole:

-Señor, por quien Dios es, que vuesa merced haga de manera que mi señor don Quijote no se tome con estos leones, que si se toma, aquí nos han de hacer pedazos a todos.

-Pues, ¿tan loco es vuestro amo -respondió el hidalgo-, que teméis, y creéis que se ha de tomar con tan fieros animales?

-No es loco -respondió Sancho-, sino atrevido.

-Yo haré que no lo sea -replicó el hidalgo.

Y, llegándose a don Quijote, que estaba dando priesa al leonero que abriese las jaulas, le dijo:

-Señor caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras que prometen esperanza de salir bien dellas, y no aquellas que de en todo la quitan; porque la valentía que se entra en la juridición de la temeridad, más tiene de locura que de fortaleza. Cuanto más, que estos leones no vienen contra vuesa merced, ni lo sueñan: van presentados a Su Majestad, y no será bien detenerlos ni impedirles su viaje.

-Váyase vuesa merced, señor hidalgo -respondió don Quijote-, a entender con su perdigón manso y con su hurón atrevido, y deje a cada uno hacer su oficio. Éste es el mío, y yo sé si vienen a mí, o no, estos señores leones.

Y, volviéndose al leonero, le dijo:

-¡Voto a tal, don bellaco, que si no abrís luego luego las jaulas, que con esta lanza os he de coser con el carro!

El carretero, que vio la determinación de aquella armada fantasía, le dijo:

-Señor mío, vuestra merced sea servido, por caridad, dejarme desuncir las mulas y ponerme en salvo con ellas antes que se desenvainen los leones, porque si me las matan, quedaré rematado para toda mi vida; que no tengo otra hacienda sino este carro y estas mulas.

-¡Oh hombre de poca fe! -respondió don Quijote-, apéate y desunce, y haz lo que quisieres, que presto verás que trabajaste en vano y que pudieras ahorrar desta diligencia.

Apeóse el carretero y desunció a gran priesa, y el leonero dijo a grandes voces:

-Séanme testigos cuantos aquí están cómo contra mi voluntad y forzado abro las jaulas y suelto los leones, y de que protesto a este señor que todo el mal y daño que estas bestias hicieren corra y vaya por su cuenta, con más mis salarios y derechos. Vuestras mercedes, señores, se pongan en cobro antes que abra, que yo seguro estoy que no me han de hacer daño.

Otra vez le persuadió el hidalgo que no hiciese locura semejante, que era tentar a Dios acometer tal disparate. A lo que respondió don Quijote que él sabía lo que hacía. Respondióle el hidalgo que lo mirase bien, que él entendía que se engañaba.

-Ahora, señor -replicó don Quijote-, si vuesa merced no quiere ser oyente desta que a su parecer ha de ser tragedia, pique la tordilla y póngase en salvo.

Oído lo cual por Sancho, con lágrimas en los ojos le suplicó desistiese de tal empresa, en cuya comparación habían sido tortas y pan pintado la de los molinos de viento y la temerosa de los batanes, y, finalmente, todas las hazañas que había acometido en todo el discurso de su vida.

-Mire, señor -decía Sancho-, que aquí no hay encanto ni cosa que lo valga; que yo he visto por entre las verjas y resquicios de la jaula una uña de león verdadero, y saco por ella que el tal león, cuya debe de ser la tal uña, es mayor que una montaña.

-El miedo, a lo menos -respondió don Quijote-, te le hará parecer mayor que la mitad del mundo. Retírate, Sancho, y déjame; y si aquí muriere, ya sabes nuestro antiguo concierto: acudirás a Dulcinea, y no te digo más.

A éstas añadió otras razones, con que quitó las esperanzas de que no había de dejar de proseguir su desvariado intento. Quisiera el del Verde Gabán oponérsele, pero viose desigual en las armas, y no le pareció cordura tomarse con un loco, que ya se lo había parecido de todo punto don Quijote; el cual, volviendo a dar priesa al leonero y a reiterar las amenazas, dio ocasión al hidalgo a que picase la yegua, y Sancho al rucio, y el carretero a sus mulas, procurando todos apartarse del carro lo más que pudiesen, antes que los leones se desembanastasen.

Lloraba Sancho la muerte de su señor, que aquella vez sin duda creía que llegaba en las garras de los leones; maldecía su ventura, y llamaba menguada la hora en que le vino al pensamiento volver a servirle; pero no por llorar y lamentarse dejaba de aporrear al rucio para que se alejase del carro. Viendo, pues, el leonero que ya los que iban huyendo estaban bien desviados, tornó a requerir y a intimar a don Quijote lo que ya le había requerido e intimado, el cual respondió que lo oía, y que no se curase de más intimaciones y requirimientos, que todo sería de poco fruto, y que se diese priesa.

En el espacio que tardó el leonero en abrir la jaula primera, estuvo considerando don Quijote si sería bien hacer la batalla antes a pie que a caballo; y, en fin, se determinó de hacerla a pie, temiendo que Rocinante se espantaría con la vista de los leones. Por esto saltó del caballo, arrojó la lanza y embrazó el escudo, y, desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue a poner delante del carro, encomendándose a Dios de todo corazón, y luego a su señora Dulcinea.

Y es de saber que, llegando a este paso, el autor de esta verdadera historia exclama y dice: ''¡Oh fuerte y, sobre todo encarecimiento, animoso don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los valientes del mundo, segundo y nuevo don Manuel de León, que fue gloria y honra de los españoles caballeros! ¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa hazaña, o con qué razones la haré creíble a los siglos venideros, o qué alabanzas habrá que no te convengan y cuadren, aunque sean hipérboles sobre todos los hipérboles? Tú a pie, tú solo, tú intrépido, tú magnánimo, con sola una espada, y no de las del perrillo cortadoras, con un escudo no de muy luciente y limpio acero, estás aguardando y atendiendo los dos más fieros leones que jamás criaron las africanas selvas. Tus mismos hechos sean los que te alaben, valeroso manchego, que yo los dejo aquí en su punto por faltarme palabras con que encarecerlos''.

Aquí cesó la referida exclamación del autor, y pasó adelante, anudando el hilo de la historia, diciendo que, visto el leonero ya puesto en postura a don Quijote, y que no podía dejar de soltar al león macho, so pena de caer en la desgracia del indignado y atrevido caballero, abrió de par en par la primera jaula, donde estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció de grandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo fue revolverse en la jaula, donde venía echado, y tender la garra, y desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y, con casi dos palmos de lengua que sacó fuera, se despolvoreó los ojos y se lavó el rostro; hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad. Sólo don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya del carro y viniese con él a las manos, entre las cuales pensaba hacerle pedazos.

Hasta aquí llegó el estremo de su jamás vista locura. Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías, ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula. Viendo lo cual don Quijote, mandó al leonero que le diese de palos y le irritase para echarle fuera.

-Eso no haré yo -respondió el leonero-, porque si yo le instigo, el primero a quien hará pedazos será a mí mismo. Vuesa merced, señor caballero, se contente con lo hecho, que es todo lo que puede decirse en género de valentía, y no quiera tentar segunda fortuna. El león tiene abierta la puerta: en su mano está salir, o no salir; pero, pues no ha salido hasta ahora, no saldrá en todo el día. La grandeza del corazón de vuesa merced ya está bien declarada: ningún bravo peleante, según a mí se me alcanza, está obligado a más que a desafiar a su enemigo y esperarle en campaña; y si el contrario no acude, en él se queda la infamia, y el esperante gana la corona del vencimiento.

-Así es verdad -respondió don Quijote-: cierra, amigo, la puerta, y dame por testimonio, en la mejor forma que pudieres, lo que aquí me has visto hacer; conviene a saber: cómo tú abriste al león, yo le esperé, él no salió; volvíle a esperar, volvió a no salir y volvióse acostar. No debo más, y encantos afuera, y Dios ayude a la razón y a la verdad, y a la verdadera caballería; y cierra, como he dicho, en tanto que hago señas a los huidos y ausentes, para que sepan de tu boca esta hazaña.

Hízolo así el leonero, y don Quijote, poniendo en la punta de la lanza el lienzo con que se había limpiado el rostro de la lluvia de los requesones, comenzó a llamar a los que no dejaban de huir ni de volver la cabeza a cada paso, todos en tropa y antecogidos del hidalgo; pero, alcanzando Sancho a ver la señal del blanco paño, dijo:

-Que me maten si mi señor no ha vencido a las fieras bestias, pues nos llama.

Detuviéronse todos, y conocieron que el que hacía las señas era don Quijote; y, perdiendo alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron acercando hasta donde claramente oyeron las voces de don Quijote, que los llamaba. Finalmente, volvieron al carro, y, en llegando, dijo don Quijote al carretero:

-Volved, hermano, a uncir vuestras mulas y a proseguir vuestro viaje; y tú, Sancho, dale dos escudos de oro, para él y para el leonero, en recompensa de lo que por mí se han detenido.

-Ésos daré yo de muy buena gana -respondió Sancho-; pero, ¿qué se han hecho los leones? ¿Son muertos, o vivos?

Entonces el leonero, menudamente y por sus pausas, contó el fin de la contienda, exagerando, como él mejor pudo y supo, el valor de don Quijote, de cuya vista el león, acobardado, no quiso ni osó salir de la jaula, puesto que había tenido un buen espacio abierta la puerta de la jaula; y que, por haber él dicho a aquel caballero que era tentar a Dios irritar al león para que por fuerza saliese, como él quería que se irritase, mal de su grado y contra toda su voluntad, había permitido que la puerta se cerrase.

-¿Qué te parece desto, Sancho? -dijo don Quijote-. ¿Hay encantos que valgan contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible.

Dio los escudos Sancho, unció el carretero, besó las manos el leonero a don Quijote por la merced recebida, y prometióle de contar aquella valerosa hazaña al mismo rey, cuando en la corte se viese.

-Pues, si acaso Su Majestad preguntare quién la hizo, diréisle que el Caballero de los Leones, que de aquí adelante quiero que en éste se trueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aquí he tenido del Caballero de la Triste Figura; y en esto sigo la antigua usanza de los andantes caballeros, que se mudaban los nombres cuando querían, o cuando les venía a cuento.

Siguió su camino el carro, y don Quijote, Sancho y el del Verde Gabán prosiguieron el suyo.


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