viernes, 8 de marzo de 2019

SERÉ INVISIBLE


Marcela permanece absorta, con la vista clavada en la ventana, pero sin ver nada. Su mirada no se detiene en aquella celosía ni en la tapia que hay detrás. Se pierde, se remonta más allá de todo tiempo y espacio. De pronto sus ojos oscilan levemente y se posan sobre un gato que se detiene en el alféizar. Lo contempla. Él la contempla. Ambos se miran fijamente a los ojos. Marcela lo envidia. ¡Cuánto lo envidia! Quisiera ser como él: libre. Como el viento. Como los pájaros, para poder volar.
Lucha por ser invisible. Aún no lo es del todo, pero lo conseguirá. Cada vez está más cerca de ello. Puede permanecer estática muchas horas; sin parpadear, sin inmutarse, sin llorar, sin respirar apenas, y vaciarse de sentimientos. Cuando detiene el pensamiento, lo hace libre, lo dirige y lo controla. Logra que traspase esos muros y se aleje de allí. Muy lejos. Cada vez más lejos.
Sin embargo cuando aparece ese diablo; esa fiera que tiene por marido, la invisibilidad se desvanece. Él sí la ve. Por suerte, no siempre. Pero hay dos cosas para las que jamás le pasa desapercibida: para violarla; para descargar y desfogar en ella, con saña, toda la ira y despecho acumulados durante el día.
Marcela ha perdido la cuenta del tiempo que lleva sin ver a un ser humano. Sin considerarse un ser humano. Porque aquello con lo que está forzada a vivir, no lo es. La retiene, encerrada, secuestrada; deshumanizada.
De vez en cuando alguna mujer la visita. Solo mujeres, que no le sirven de nada: no la comprenden. La enjuician. La tratan con desdén, incapaces de aceptar lo diferente. Solo es una occidental libertina, una perdida y desvergonzada, una hereje —como su «ejemplar» esposo ha  difundido—. Lejos de compadecerse, le dan consejos para que sepa agradar a su marido:
 «No lo obligues a portarse mal. Respétalo. ¡Pobre hombre! No le dejas más remedio que actuar así. No puede permitirse que salgas a la calle».
Y se van rumiando para sí:
«¡Impúdica! ¡Bastante suerte tiene con que no la repudie y la lapide!».
Prefiere estar sola. ¡Sola! Sin él y sin nadie, en aquel micromundo hostil. Por eso, cada día, cuando finaliza las escasas rutinas de la casa, practica la inmovilidad, la inexistencia. Desea ser invisible, callejear como los animales, aunque el hambre y la miseria la consuman. Todo menos el entierro en vida. Pero llega la bestia y la descubre, aunque esté paralizada…, dormida. La insulta, la pega, la escupe… Si habla porque lo agravia; si calla, porque lo ofende. La golpea sin piedad y después la fuerza y derrama en ella el obsceno fluido que la degrada y envilece. Incluso a ella la suerte la sonríe algunos días y ello (él) la ignora.
Al principio pidió ayuda, en las casi inexistentes ocasiones en que transitaba un presunto ser por la calleja; también echó algunas notas escritas por la ventana. Pero, aquellos que, por casualidad, encontraban y entendían su mensaje se apremiaban, escandalizados, a informar a su marido.
En esas ocasiones las palizas y torturas fueron, si eso cabe, más terribles y crueles. Su cerebro clama por la muerte, pero su corazón se resiste. Su hijito la espera, él no sabe que  tal vez no vuelva a verla. Seguramente la ha olvidado ya. Hace cinco años que lo dejó al cuidado de los abuelos. Él acababa de cumplir tres. ¡Maldita la hora en que ese malnacido se cruzó en su camino! ¡Maldita la hora en que no escuchó las advertencias!: «No vayas. Tendrás problemas… Todos cambian cuando retoman sus raíces…».
Se dejó convencer para visitar su país, era tan tierno por entonces… Nunca regresaron. La encerró en ese antro, del que no volvió a salir. Se siente tan sucia y asqueada, tan rota de sufrimiento, que el alma y el corazón le duelen más que su cuerpo. Llega la noche y con ella las humillaciones, los insultos, las amenazas, los golpes…  «¡Zorra! Cualquier día te mato». Lo conseguirá, ella sabe que lo conseguirá. Cada vez es más violento. Por eso ha de volverse pronto invisible, para huir, para no volverse loca.
El día se le ha dado bien; las prácticas, magistrales. Cree estar a punto. Ha llegado el momento de demostrárselo. Él entra. Ella no se inmuta. La mira. Grita. Primer bofetón: la tira al suelo. Trata de aguantar impasible incluso la paliza; pero al no quejarse, al no chillar, él se irrita más, odia más, se endemonia.  Cree que daña poco y golpea con más fuerza. Le patea el vientre, el pecho, la cabeza… Casi prefiere que la mate de una vez y así poder descansar de todo aquello.
Y casi es así: la deja medio muerta. Se detiene, la contempla y observa que no reacciona. Incluso se asusta. No tiene buen aspecto. La tumba en la cama.
Ella sonríe con la mente. La felicidad la embriaga. Al fin se ha salido con la suya. Ya no siente molestias. Nada duele. Se eleva. Contempla su cuerpo inerte sobre la cama. Lo observa a él. Toda su hombría rodando por el suelo. Allí, y solo, no es nadie.
Marcela echa una última mirada a su envoltura y se va. De vacío. No necesita nada. Puede cruzar por delante de la gente sin que se enteren. Al fin es invisible.
Comienza su viaje astral. Viajará hasta su hijo. Debe darse prisa, mientras su cuerpo aguante en ese estado. Preferiría llevárselo consigo, para que su chiquitín la viera, pero eso es imposible; el monstruo ni muerta la dejaría escapar de aquellas cuatro paredes. Además, a su hijito no le iba a gustar, está tan estropeada... Sería incapaz de reconocerla. Sin embargo…, aunque su pequeño no advierta su presencia, ella sí lo verá, lo abrazará y velará por él. Desea tanto acariciarlo.
Flota, levita, vuela. Nada puede detenerla ni controlarla. La libertad la vuelve loca; eso que antes siempre tuvo y tan poco valoró.
Ya es invisible. Ya es libre.

lunes, 4 de marzo de 2019

PERO... ¿YA NO TE ACUERDAS?


Casi siempre ocurría lo mismo: en mitad del paseo, los caminos jugaban a confundirlo, y las calles y espacios se convertían en laberintos. En aquellos momentos sentía un enorme desasosiego y desamparo.  La última vez que se perdió, se sentó en las escaleras de un portal y el conserje le prestó su ayuda. Sin embargo, cuando este le pedía información, era incapaz de recordar su dirección o de encender el móvil o de aportar ni el más mínimo detalle. La mente se le emborronó y las repetitivas advertencias de sus hijos resonaban en su cabeza como ecos muy lejanos y difusos:
«¡Papá, si estabas a dos pasos de casa!».
«Te he dicho que lleves el teléfono siempre encendido».
 «Solo tienes que marcar un número del uno al cinco».
«Llevas todos los datos anotados en la cartera, ¡sácala y los miras!».
«¿Por qué no avisas de que vas a salir?».
.................................................
Cuando al fin se encontraba relajado en su sillón, y las penumbras del pensamiento comenzaban a disiparse, se hacía la firme promesa de no salir más para evitar la vergüenza y la agonía; pero una y otra vez se le olvidaba.

TIERRA, SOLO TENEMOS UNA



Seres mutables planean sobre nosotros,
se desprenden de su fulgor y su esencia
y la prodigan.
Infinitas veces se desvanecen
y otras tantas se recomponen,
adquiriendo formas híbridas
entre centauros, fénix, tritones,
unicornios, grifos, esfinges, elfos,
pegasos, gigantes, valquirias, dragones...
y demás especies de vaho y aura,
de afecto y alma.
Caprichosas figuras que protegen
a la madre Tierra y sus elementos
desde el comienzo de las eras.
No desfallecen, infatigables combaten,
pero las fuerzas humanas interfieren su labor,
se empeñan en destrozarla.
No la valoran, solo viven el momento: su momento;
el de los demás no importa.
Y el poder de estos seres
no basta para regenerar el equilibrio.
Seguirán persistentes, aunque muchos
de los suyos caigan y se debiliten.
Perseverarán en regenerarla,
mientras puedan y los dejen.
No es de extrañar que algún día,
no distante..., su misión pierda el sentido
y mute, al igual que muta el ser. 
Tal vez muy pronto su cometido en la Tierra
consista solo en hacerla renacer.

jueves, 31 de enero de 2019

POR LA BOCA MUERE EL PEZ




Aquella cotilla irrefrenable, con su lengua viperina y su verborrea incontinente los volvía locos a todos. Las insoportables monsergas de esa mujer conseguían sacarlos de quicio. No les quedó más remedio que cortarle la lengua. Y al paso que va, me temo que no tardará mucho en perder también las manos, aprende muy deprisa el lenguaje de los signos.

martes, 29 de enero de 2019

PIE DE LOTO, una tortura más para las mujeres



Es TERRIBLE el grado de tortura que se llega a aplicar en algunas personas, de forma establecida y convencional. Acabo de leer el libro “El abanico de seda” y se me parte el alma pensando en el sufrimiento que la propia familia provocaba en unas inocentes niñas. Y tenían la valentía de vivenciarlo. Me resulta tan difícil entender que no mueras al ver a tu hija de unos seis años pasando por ese trance... Me refiero a la tradición del “PIE DE LOTO”, costumbre ancestral china, que en su grado máximo conseguía, no ya atrofiar el crecimiento de los pies sino reducirlos. Lo ideal eran 7 cm. ¿Os lo podéis imaginar? Los vendaban pillando los dedos, salvo el pulgar, y forzándolos hacia atrás. Quedaban doblados por debajo del pie. La venda la sujetaban con mucha fuerza en el talón, que se iba juntando poco a poco con la planta del pie. Cada cuatro días apretaban el vendaje (otra vuelta de tuerca). Las niñas eran obligadas a caminar entre gritos, llantos y dolores, pisando y cargando el peso sobre sus propios dedos. Llegaba un momento en que los huesos de los cuatro dedos doblados y el del empeine se rompían. Los lavaban, pero seguían estrechando el vendaje, a pesar de los picos de hueso clavados en la carne, del sangrado, supuración, etc. El proceso completo duraba aproximadamente dos años, para las que llegaban, porque algunas morían de cangrena o infección.
Aquí os dejo un enlace, pero podéis ver muchos más poniendo tan solo en Google “pie de loto”. La fotografía pertenece a este mismo enlace.

viernes, 4 de enero de 2019

EL TESORO DE LA ABUELA


Dos de enero:
Dejan a la abuela en casa de su mejor amiga, para que pasen varios días juntas, como viene siendo tradición.
De regreso:
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Qué pena! La abuela empieza a tener algunos despistes.
—¿Qué te hace pensar eso, hijo?
—Me habló de su tesoro escondido sin darse cuenta.
—¿Y qué te contó? —saltó casi a coro el matrimonio.
—No puedo decíroslo. Abuelita me hizo prometer que le guardaría el secreto.
—Cariño, somos tus padres, a nosotros puedes contárnoslo.
—Insistió en que a vosotros menos que a nadie.
—¡Lo ves, cielo! La abuela desvaría. Debemos conocer todos sus secretos porque tal vez un día se le olviden. Podría darse el caso de que lo perdiera todo. Sufriría ella y sufriríamos nosotros por no conservar nada que nos la recordase —Lucas guardó silencio. Está bien, está bien. Si prefieres callar, respetaremos tu voluntad.

Tres de enero:
La madre muestra un escaparate a Lucas en el que luce un dron de última generación.
—¿No es precioso, hijo? Mira lo que pone: “Vuelo inmersivo gracias al mando Skycontroller 2 y a las gafas FPV”.
—¡Me encanta! —exclama el chico.
—Es una lástima no poder comprártelo. ¡Lo que podríamos permitirnos con el tesoro de la abuela!

Cuatro de enero:
El padre lleva a Lucas a ver una tienda de vídeojuegos.
—¡Caramba, chico!, ¡qué pasada de consola! ¡A que molaría tenerla para Reyes!
—¡Wow! Sería bárbaro.
—Aunque... con ese precio, mejor no hacerse ilusiones. Una pena que el tesoro de la abuela se pudra en algún rincón sin beneficiar a nadie.

Cinco de enero:
Lucas no puede resistir las tentaciones y canta. Esa misma tarde los padres revuelven todos y cada uno de los cajones de la casa de su madre. Los vacían, golpean la madera con los nudillos para localizar el escondite mencionado. Empiezan a desesperarse, cuando..., justo en el último que abren, detectan el falso fondo. Carcomidos por la impaciencia, fuerzan la tabla para acabar cuanto antes. Allí estaba, un flamante joyero. Al abrirlo, lo primero que encuentran es una carta dirigida a ellos. Por debajo asoman abundantes joyas y varios billetes. Se abrazan entre júbilos y saltos. ¡Por fin lo descubrimos!

En casa de la amiga:
—¡En qué estarás pensando para que te rías tú sola!
—Me río porque estoy imaginando la cara que pondrá, o que habrá puesto ya, mi familia. Dos veces al año me ponen la vivienda patas arriba. ¡Me tienen harta! Cuando paso unos días en tu casa o en el balneario, buscan y rebuscan mi dinero y mis alhajas, aprovechando mi ausencia. Son insaciables, les doy cuanto me piden y más, si cabe. No dejo de invitarlos y de tener todo tipo de mimos y detalles con ellos, pero lo quieren todo. Si lo permitiera, me dejarían desplumada. Esta vez como regalo de Reyes se llevarán un buen chasco, quedarán escarmentados. Le he dado pistas a mi nieto para que descubran el tesoro. Él es un ángel, pero esos dos demonios le sonsacarán el secreto, no me cabe duda. Lo que encontrarán será un joyero atiborrado de baratijas y bisutería. De lo peor que encontré. Y, para que se crean mi argucia, he tenido la generosidad de dejar dentro mil euros. Todo lo que tiene valor está a buen recaudo. Esos jodidos no se ríen más de esta pobre anciana.
—¡Qué tunanta estás hecha, querida amiga! ¡Y qué lista!

En casa de la abuela:
A medida que leen la carta, la piel se les vuelve de color cetrino.
«... He tenido que irme desprendiendo de todas mis joyas y pasarme a la bisutería para mantener la casa, es mi deseo que la disfrutéis vosotros. Me hubiera gustado dejaros una gran herencia, pero esto es todo cuanto tengo, querida familia. Si estáis leyendo estas letras es porque yo he pasado a mejor vida. No sufráis por mí, estoy en la Gloria. Os quiero mucho y velaré por vosotros desde aquí arriba. La abuela».

Seis de enero. Día de reyes:
Lucas se queda sin regalo de Reyes porque a sus padres el disgusto les ha trastornado y porque se les hizo demasiado tarde.
 Todavía les falta recogerlo todo y dejar la casa de la abuela como estaba, antes de ir a buscarla. No conviene que note la intromisión.

domingo, 30 de diciembre de 2018

ÁLBUM DE FAMILIA


Adriana puso el mantel navideño, un camino de mesa dorado, el menaje reservado para las ocasiones especiales y unas velas. Distribuyó los canapés por el centro y apagó el horno. La cena de Noche Buena estaba lista. Se puso el abrigo, tomó la bolsa con el álbum y se encaminó al centro de la ciudad. Las calles bullían, los transeúntes caminaban entusiasmados en todas las direcciones, los rezagados ultimaban sus demoradas compras navideñas.... Echó un vistazo a los bancos y seleccionó el más apropiado. Colocó el álbum sobre sus piernas y esperó. Enseguida se sentó a su lado un hombre de mediana edad. Adriana le felicitó las fiestas y entabló conversación.
 —Bonita época, ¿no le parece?
—Sí, sí, muy bonita.
—¿La pasará usted en familia? ¡Vaya! Perdone mi indiscreción, no tiene por qué responder. Yo la celebraré con los míos. Desde hace muchos años nos reunimos en fechas tan señaladas. Aquí tengo precisamente las fotos de todos. ¿Desea que le muestre alguna?  —Sin arriesgarse a un no por respuesta, abrió con premura el álbum y comenzó a enseñárselas.
Repitió la táctica cuantas veces pudo. Algunas personas lo ojeaban con desgana y de soslayo; por inercia, más que otra cosa. Los menos manifestaban cierto interés e incluso preguntaban, tal vez por compasión hacia la anciana. La mayoría se levantaba y se iba, sirviéndose de pretextos banales. No obstante, tan poca cosa bastaba para que Adriana regresara a casa ufana y contenta, satisfecha la necesidad de presumir de familia.  
Guardó el álbum y se levantó. El frío, inclemente, comenzaba a clavarle gélidas agujas en sus frágiles huesos. Por el camino hizo balance de la jornada. No se había dado mal: alrededor de una docena de personas, mal que bien, miraron las fotos familiares. Apenas traspasó el umbral, se fue derecha a calentar sus ateridas manos en la estufa; ni siquiera las sentía. Cuando el reloj dio las nueve, abrió el álbum y lo colocó de canto, en un extremo de la mesa.
—Poneos cómodos, ha llegado la hora de cenar. No sin antes deciros, querida familia, lo mucho que agradezco que un año más nos encontremos juntos, ya sabéis que vuestra compañía lo es todo para mí.
Sirvió los entrantes y, al acabar, retiró los platos. Lo mismo hizo con la crema de almendras, con el asado y con el postre. Cuando llegaron los turrones, descorchó una botella de champagne y llenó las dos copas.
—Brindemos por todos nosotros y por nuestros entrañables momentos. ¡A vuestra salud, queridos!
Se acercó a la copa junto al álbum y entrechocó ambos cristales. Puso música navideña, bebió y habló hasta la media noche. El ritual se repitió con exactitud en los días festivos que sucedieron. El Día del Año, su brindis fue el siguiente:
—Lamentablemente, esta será la última comida que celebremos juntos, tengo demasiados años y mi corazón va dando avisos de cansancio. No ha existido mejor familia que vosotros. Nunca me habéis fallado y habéis colmado de felicidad mis vacíos y mis eternas horas de soledad. No debéis entristeceros, la próxima Navidad la disfrutaremos con un nuevo miembro, que pronto conoceremos. No tiene a nadie a quien recordar. Nos necesita tanto como yo os he necesitado.
El día de Reyes, acarició con cariño, repetidas veces, la cubierta del álbum y lo envolvió con un bonito papel de regalo. Pegó en el anverso un lazo y una tarjeta, y sin más dilación, se dirigió al orfanato.
—Pase, Adriana, nuestra preciosa Sara y yo la esperábamos —dijo una simpática monja.
Adriana le dio dos besos a la pequeña de doce años, cuyos ojos eran la expresividad misma.
—Las voy a dejar solas para que conversen a gusto y cuanto quieran.
Después de una amena charla y algunas explicaciones, Adriana entregó el regalo a la pequeña Sara. Se despidieron con un fuerte abrazo y con los ojos vidriosos por la emoción. La niña, con el álbum apretado contra su pecho, no apartó los ojos de la mujer hasta perderla de vista. Adriana prefirió no mirar atrás. Vagó por las calles tan perdida y solitaria como su alma. Al entrar en casa le cayó el vacío encima, se enjugó las lágrimas con un revés de mano. «¡Qué más da! —se dijo—. Me reuniré con ellos enseguida y definitivamente». Se acomodó en el sofá y ancló la memoria en un punto muy lejano del pasado. Solo tenía once añitos, cuando una anciana se presentó en el orfanato donde residía y le regaló un álbum de fotos:
No la conoces todavía,  pero esta es tu familia. Nunca la abandones, te necesita para seguir viviendo en el recuerdo. Mi vida se va apagando, ya solo nos quedarás tú. Siempre estaremos a tu lado. Mira estas dos fotos, soy yo: de joven y como me ves ahora. La primera página está libre, reservada para ti. En las siguientes se encuentran los demás, con su nombre rotulado al pie.
Mientras la desconocida desaparecía Adriana abrazó el álbum. Jamás olvidaría a la afectuosa mujer que le había regalado a su familia.

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