lunes, 13 de febrero de 2017

ENTRE DOS MUNDOS

           Andrea se afanaba en controlar el galope que su corazón, desbocado, iniciaba hacia la adolescencia. Se sentó en el borde del estanque, en la misma piedra de la primera vez. Paladeó la tarde, condimentada con cálidos matices otoñales. El horizonte, en plena madurez, igual que ella, quedó cubierto de rubor por los jirones que el sol  perdía al retirarse.
El alma se le derretía con la proximidad de  aquel momento. Soñaba con él, vivía para él. Era el pilar que sostenía los insoportables vacíos de su vida y los cincelaba de sentido. La eternidad de esas, ya casi habituales,  esperas siempre merecía la pena.
El hombre al que amaba procedía de otro mundo, de un mundo paralelo. Un amor secreto, cuya existencia no podía confesar a nadie. ¡Quién iba a creerla! Parecía inverosímil, pero aquel hombre existía. No era ninguna ficción ni invento. De no haber sido aquello auténtico, todo el mundo de Andrea se habría balanceado en una pompa de jabón.
        Y se amaban con todas las fuerzas de su ser, como dos niños que descubren juntos el amor. Pero, por desgracia, ambos mundos eran infranqueables entre sí; el contacto físico entre ellos: una quimera. Disponían de un inmenso campo visual, que quedaba restringido a  los demás sentidos. Su relación se limitaba  a la contemplación, pero sabrían mantenerla viva, disfrutarla con pasión. 
           Andrea se preguntaba qué fenómeno los habría reunido, y quería responderse: “La fuerza del amor; fuerza misteriosa que se anticipa  al destino y lo dispone”. Esta vez, precisamente por insólito y oculto, nadie le arrebataría su regalo.
 El cielo resplandeció y se encendió la tarde. La naturaleza se impregnó de vetas luminosas. Por medio de aquellos signos constataba Andrea que ÉL se aproximaba, aunque no lo divisara aún. Aunque sólo constituyera un trazo más en la lejanía. Se acercaba radiante, feliz, esperanzado. Ella, agitada, se puso en pie para recibirlo. 
 Como tantas veces, ÉL le ofreció una flor. Lamentablemente, sabían de antemano que no podría cogerla; la barrera invisible que se alzaba entre ambos lo impedía. Seguidamente, el hombre ancló en Andrea una mirada ardiente que lo decía todo, que pregonaba un amor ilimitado. Andrea sentía la emoción derramarse de su cuerpo. Se acercaron uno al otro, sorbiendo el tiempo y el deseo refrenados. Aunaron sus manos sobre la pantalla invisible, casando lentamente las yemas de sus dedos. Después dieron alas a sus sueños, para fundirse en un beso etéreo y prolongado. No sentía el contacto ni el calor de la otra piel, pero la enajenaba.  Andrea podía imaginar el placer indescriptible que supondría disfrutar de las sensaciones usurpadas.

          Se zambulleron embriagados en el éxtasis que generaban juntos. Más tarde se sentaron, pegados uno al otro, hasta casi olvidarse de la banda divisoria. Se contemplaban; intercambiaban deseos, sonrisas, ademanes… para confabularse luego en un juego íntimo y particular:
Andrea coqueteaba con los pétalos de una flor: me amas, no me amas… Se lanzaban agua del estanque, que resbalaba como un abanico de gotas suspendidas en el aire. Se adoraban con los gestos, se embarcaban en interminables recorridos a lo largo de la línea divisoria. Deslizaban sobre ella las palmas de sus manos, emparejadas. Se acariciaban las mejillas, intocables tras ese gélido campo magnético, que se burlaba de los dos.
Y así, en sus distanciadas citas, entre detalles simples y complicidades desmenuzaban las tardes, hasta que las horas palidecían, ajadas y desnudas.
Cuando oscurecía, era inevitable la hostil separación. El tiempo se les consumía como un breve lamento. Se miraron con el alma y se emplazaron para una nueva cita.
Se alejaban rotos, con la hiel en la garganta. Heridos de despedida. No volvían sus cabezas hasta que el paisaje de ambas zonas se hermanaba, hasta que el mundo al otro lado se desvanecía por completo. 
Llegaría un nuevo día.
        En su eternidad de ausencias, el ánimo de Andrea flaqueaba, y meditaba a fondo sobre ese amor mutilado, pero… qué pocos amores conocía que no fueran incompletos. El hastío de pensar en amores desteñidos por el roce, por la hipocresía y el engaño, por las intromisiones ajenas…, enaltecía el suyo. Su amor se mantendría, al menos, impecable y fresco como el primer día. Su sabor prohibido lo convertía en  un sentir sublime, en una entrega libre y desinteresada. En su forzada renuncia ambos se anulaban a sí mismos hasta generar un solo ser.
 Andrea no podía escuchar los suspiros de su amado, ni sentir sobre su piel la caricia de sus manos, 

la seda de sus labios, pero se estremecía con sólo imaginarlo. 

Aceptaba lo que tenía, y era infinitamente superior a cualquier otra opción que su mundo le ofreciera. Pensaba en algunas parejas de enamorados cuya felicidad se anquilosaba. Parecían sumirse en la apatía, se palpaba el fingimiento. Eso sí era lastimoso. Ella vivía feliz con aquellos ratos. Su esplendor e intensidad bastaban para compensar los infinitos vacíos, soportables sólo por el recuerdo de Tristán.
No lograba descifrarlo, pero al recapacitar en todo aquello, arribaban a su memoria retazos de un amor baldío, que conformaban en su cabeza un entramado oscuro, que por alguna razón se le escondía. Desterradas de su pensamiento, no recordaba —ni deseaba hacerlo— las vivencias de un amor añejo, que agonizó por alguna causa arrinconada, y cuya evocación dejaba un poso amargo.
Andrea no faltaba a sus citas ni una sola tarde, a pesar de que los encuentros distaban mucho unos de otros. Al principio vivía horrorizada ante la idea de perderlo, pero acabó tranquilizándose. Él manifestaba tanto o más anhelo que ella.
Las ausencias la herían más que nada. Sentarse a mirar la lejanía infecunda y desolada, el sitio de su amor, desierto. Un dolor punzante le incitaba a gritar a los cuatro vientos: ¡Ven, no me falles, sólo estos ratos me sostienen! Luego rebuscaba en su interior para encontrar las fuerzas con que seguir luchando.
No obstante, a pesar de todos sus esfuerzos, una sombra aviesa hostigaba su cabeza: un terror irracional a que todo fuera un espejismo y la magia se quebrara. La posibilidad de que algún día esas ausencias se perpetuaran. Para resistir, se aferraba a la irreductible convicción de que lo suyo era inmutable. Para qué habría de comprometerse el destino en trastocar las leyes naturales de forma caprichosa ni de implicarse en aquel fenómeno excéntrico, sin una causa concluyente. Lo más seguro es que tratara de enmendar algún error en el orden de las cosas.
La primera vez que se encontraron Andrea se sobresaltó. Removía el agua con su mano, cuando fue invadida por una turbadora percepción. Una intensa claridad se anunció a su espalda. El estanque resplandeció, salpicando de destellos el verdor. Se volvió de repente y lo encontró detrás. Sus miradas se cruzaron, profunda y pausadamente, silenciosas; se anudaron con firmeza hasta trascender el universo. Se vertieron uno en otro; fusionaron sus corazones en un único latido. Cuando regresaron de su éxtasis supieron que se pertenecían, que quedaban vinculados para siempre.
Él se anticipó y le tendió una mano para que se aproximara. Ella intentó aferrarla, pero un obstáculo invisible se lo impidió, una fuerza cósmica gravitaba entre los dos imposibilitándoles algún contacto. Quisieron dialogar y no se oían. Elevaron sus voces hasta desgañitarse, pero aquella infranqueable barrera las enmudecía. Atónitos, perplejos, se creyeron víctimas de alguna despiadada broma. Intentaron encontrar una apertura que les permitiera unirse. Recorrieron tanto tramo del muro transparente como les fue posible. En vano. Aquella situación iba más allá de su entendimiento. Tuvieron que admitir que se encontraban en dos mundos diferentes, incomunicados entre sí.
Se observaron consternados. Andrea advirtió detalles que hasta ese momento la proximidad del joven había empañado. El paisaje, unos pasos más allá, nada tenía que ver con el suyo: pigmentos violáceos reposaban sobre mantos anaranjados y platinos, adornando una vegetación armoniosamente repartida.
Se preguntaban qué causa había producido aquel inusual fenómeno, qué motivo les había hecho encontrarse. Una fuerza oculta, ajena al tiempo y al espacio, los conectaba sin contar con ellos.
Pese a que todo apuntaba a un desvarío, se encontraban allí; uno frente al otro, sin saber qué hacer ni qué pensar. Se miraban embobados, confusos, humillados. Atrapados en aquel juego del azar; apresados para siempre con sólidas cadenas de amor y de renuncia.
Un pespunte de esperanza mantuvo entera a Andrea. Siempre existe alguna puerta,  alguna unión. El amor la encontraría. No se rendirían jamás mientras el fenómeno se produjera. Y se produciría, una certidumbre interna le decía que aquel amor no emergía de la casualidad, obedecía a alguna causa superior que desconocían.

            Andrea regresaba temerosa a cada encuentro. Las noches apagaban su optimismo, pero la luz del día lo reponía. Lo podía ver aproximándose a ella con el corazón en su sonrisa. El amor brotaba y avanzaba como un fuego arrollador. En el lenguaje del amor se comprendían.
            Lo llamó Tristán por llamarlo de algún modo, y por la similitud de ambas historias. Tristán, el enamorado de Isolda, que alentaba un amor prohibido. Desafiaban al destino,  a merced de un oleaje de ansia y de pasión que les devoraba el ser. Encadenados a su suerte por un filtro amoroso, que los empujaba antes a la muerte que a la privación. Al igual que esa pareja, qué pasión los consumía cuando estaban cerca; qué desazón, cuando estaban separados.
Cada día, Andrea cavilaba la manera de seguir ahondando en él. Deseaba hacerle partícipe de su vida, de su mundo y sus deseos. Anhelaba adentrarse en sus vivencias, en sus sueños, en su intimidad. Incorporar la esencia de Tristán a su propia esencia.
Así pues, para facilitar un mejor entendimiento, decidió enseñarle su lengua, por escrito. Cada día dibujaba objetos y anotaba  el nombre, mostrándoselos a continuación. Confiaba en que la comunicación profundizase.
 En lo que más empeño puso fue en su nombre. Para que Tristán lo hiciera suyo. Escribía ANDREA y se lo mostraba. ¡AN-DRE-A!, deletreaba, al tiempo que señalaba alternativamente a sí misma y al vocablo. AN-DRE-A, una y otra vez. Le veía repetirlo en el movimiento de sus labios, mientras asentía y le mostraba la sonrisa más cálida.
Sin embargo, algo en la conducta de Tristán la desconcertaba y le producía una tenue decepción. Él nunca tomaba ninguna iniciativa por enseñarle su lenguaje. Irradiaba amor; eso era evidente, se volcaba en detalles y ternuras, pero no tomaba un lápiz y anotaba, a pesar de las interminables sugerencias de ella. Incluso parecía sorprenderse cuando Andrea le mostraba las grafías y dibujos. Andrea se preguntaba si la civilización de Tristán no practicaría la escritura. Tal vez estuviera en desuso o, quizás, hubieran desarrollado modos diferentes de expresión. Pero por qué no se lo hacía saber de alguna forma. No quiso preocuparse sin necesidad, alguna explicación habría. Aquella duda era insignificante para malograr su dicha.

            Lo vio acercarse a un nuevo encuentro. Tristán estaba encantador, aunque ligeramente taciturno, como si presagiara algo diferente; o, quizá, solo fueran conjeturas de ella que siempre deseaba poseerlo un poco más.
La relación entre ambos fluía tiernamente, cuando comenzó a llover. Al principio solo una llovizna grata y refrescante. Luego arreció y Andrea se afligió. Allí no tenía dónde cobijarse ni objeto alguno para protegerse de la lluvia. Y, con toda certeza, vendrían a buscarla.
Tristán  hizo un intento de cubrirla con su chaqueta. ¡Pobre!, alguna vez se le olvidaba que no podía llegar a ella.
Andrea reparó que al otro lado, en el mundo de Tristán, no llovía. El atardecer se mantenía intacto y soleado. Sólo ella se mojaba. Como se temía, una persona acudió con un paraguas para resguardarla de la lluvia, apremiándola a retirarse. Desconsolada se pegó a la línea divisoria, el agua recorría sus facciones disimulando los gruesos lagrimones que vertían sus pupilas.
Al suplicio de la despedida nunca se acostumbraría, pero así…, de aquel modo tan abrupto... De nada valía insistir en que se olvidaran de ella, de la lluvia, del frío o de las inclemencias…, que la dejaran con su amor a solas. Podía delatarse y desvelar su relación. Tratarían de arrancarle su dulce locura.
Se alejó contrariada, aunque, al final, se iluminó su rostro: quizá la próxima vez fuera la señalada para descubrir la puerta oculta entre los dos mundos. Se lo anunció a Tristán con la mirada; sabía que la entendería. Le dedicó una sonrisa de despedida amplia y clara como la luz del día que dejaba al otro lado. Su cara denotaba triunfo: poseía un amor por encima de todos y de todo. Nunca se lo arrebatarían porque nadie más sabía de él, porque para nadie más era accesible.
Él la contemplaba pesaroso mientras ella se alejaba con su porte de princesa. Erguida, segura de sí misma, con la expresión radiante y victoriosa. Su remordimiento se aplacaba, en parte, al ver cómo Andrea recreaba aquel paraíso de dicha en medio de su desgracia. Un trastorno pasajero, le dijeron al principio, un choque emocional. Un trastorno pasajero que se prolongaba demasiado y que a él le minaba la moral.
La enfermera tiraba de Andrea, que se hacía la remolona, sin dejar de mirar atrás. La dirigía impaciente hacia la entrada para evitar que el agua las calara.
Alberto —y no Tristán, como ella se empeñaba en llamarlo— no se movió del sitio hasta que Andrea, su mujer, hubo traspasado el umbral de la Clínica para Trastornos Mentales. Aún esperó un poco más. Hasta que la perdió de vista. Durante unos instantes clavó su mirada en las rosas, que ella nunca quería aceptar, las recogió y las colocó en el borde de la fuente. El gesto triste, hundido. Observó los papeles en el suelo, mojados.
Caminó hacia la salida, encendió un cigarrillo y dejó volar el pensamiento. Su corazón se desgarraba entre dos sentimientos encontrados. Y ante la incertidumbre.
“Si no la hubiera traicionado —pensó—, no se hallaría en este estado. Y si no hubiera caído en este estado, ¿habría sido yo capaz de abandonarla para siempre? ¿Realmente lo hubiera deseado? Yo sí que estoy loco”.
Todavía se estremecía al recordar la mirada incrédula de Andrea, horrorizada por la evidencia, y haciéndole preguntas para las que carecía de respuesta.
—Dos años de mentiras, Alberto, ¿alguna vez te hice daño o te fallé? ¡¡DÍMELO!! ¿Por qué me engañaste? Jamás me lo hubiera esperado de ti. Todo el mundo murmuraba en secreto. ¿Nos merecemos esto? ¿Yo. O tus hijos? Te he adorado, Alberto. Sabes que te he adorado con todo mi ser; desde los dieciséis años. Aún lo hago. Tú eres toda mi vida, si te vas me la arrebatas.
¿Qué podía argumentar a eso? ¿Que su ansia de emociones fuertes, su renovada eclosión sexual, aquel oasis en la edad madura… constituían para él una necesidad vital —justificación que en realidad usaba para engañarse a sí mismo—. Que su ego y su felicidad particulares pesaban mucho más en la balanza que los de su familia? ¿Pedirle a Andrea que sacrificara con entusiasmo veintitrés años de relación, de vivencias compartidas, de hogar, de vida familiar estable...? ¿Y todo para complacerlo a él?

“Pero… la dejé. Y me fui”

A los pocos días de ingresarla en el nuevo Centro de Salud Mental, el psiquiatra que se ocupó del expediente de Andrea, le dejó bien claro su diagnóstico:
—Su mujer se ha protegido con un mecanismo de defensa: la Regresión. Cuando un paciente sufre un traumatismo psicológico que no es capaz de asimilar o de afrontar, se defiende, abandona esa realidad que tanto le daña, ese estado que no puede soportar. Se refugia en etapas anteriores, generalmente la niñez, un retroceso a la infancia. Se encapsulan en este estadio, en el que se sienten amparados y ajenos a cualquier responsabilidad o sufrimiento. Andrea se ha fugado hacia la adolescencia, es la perpetua enamorada; esa etapa le resulta gratificante, debió significar mucho para ella.
Alberto, allí, en frío, dudaba de que aquello hubiera merecido la pena. Pero es que entre los brazos de Silvia, su actual pareja, todo lo veía distinto. Le anulaba el ánimo, se le embotaban los sentidos y se dejaba arrollar por una pasión que le estrellaba contra el caos. Además de astuta, Silvia conocía bien sus debilidades y sabía cómo manejarlas. Y él permanecía así, paralizado entre el “querer y no querer”, entre el “poder y no poder”.
Se sentía sucio, cobarde. A punto de asestar la segunda cuchillada.
Otra cuchillada más, sí. Habían sido ya tantas… Silvia lo había convencido de un traslado en su trabajo. Con ello pretendía debilitar al máximo el cordón umbilical que aún lo unía a su mujer, a sus recuerdos. Sabía que llevándoselo lejos conseguiría reducir las visitas; como mucho una al mes, o… menos, con un poco de suerte para ella.
Arrojó el cigarrillo al suelo y lo aplastó con rabia.   
Subió al coche, donde su actual pareja lo esperaba. Se abrochó el cinturón. Retraído. Luchaba por apagar la voz que aullaba en su interior recriminándole su falta de fidelidad; su ingratitud.
A la joven le asustaba romper el silencio, sabía de sobra lo afectado que le dejaban las visitas a su mujer. Temía que los sentimientos de Alberto fueran más intensos de lo que dejaba translucir, y de lo que él mismo suponía.
Tras un largo y premeditado silencio, Silvia se atrevió a intervenir:
—¿Cómo la has encontrado hoy?
—Cada día más eufórica, pero a la vez más alejada de la realidad. No permite que la toque, se aparta de mí como del fuego. Su mente se niega a regresar.
—¿Ha dicho algo?
—No, continúa sin hablar. Escribe interminables listas de nombres, que me enseña una y otra vez. Sobre todo el suyo: An-dre-a. No me reconoce, me toma por otro hombre.
Medió un espeso y enrarecido mutismo.
—¿Será posible que aún se acuerde de… lo nuestro? —aventuró Alberto, indiferente a una respuesta—. O, por el contrario, ¿lo habrá olvidado todo? ¿Me habrá perdonado?
—No debes torturarte más, cariño. —La joven endulzó la voz, pero esquivó su mirada—. La vida impone sus circunstancias y las personas somos marionetas gesticulando a su antojo. Nuestra pasión estaba escrita en alguna parte. Todo el mundo sufre decepciones, tu mujer no es ningún ser especial.
—Le hicimos mucho daño. La traicioné. Ella…
—¿Ella…? ¡Como tantas otras! —atajó la joven, con un atisbo de crispación en la voz—. Ya te tuvo en exclusiva durante muchos años; los vínculos no son eternos. Hay personas que se anquilosan, que no evolucionan ni se adaptan a los cambios. Es estúpido pensar que puedes guardar los sentimientos en un cofre. No te empeñes en culparte a ti mismo o a nuestra relación de lo que provocó un carácter débil y el ansia de posesión. Es de buen gusto saber retirarse a tiempo. Debió dejarte el camino libre; sin dramatismos.
—Se aferró a lo que amaba —musitó Alberto con la voz ahogada, dejando que las palabras de la joven resbalaran; sin intentar retenerlas.
Silvia deseaba que Alberto finalizase los trámites del divorcio de una vez por todas, pero no creyó acertado sacar el tema en esos momentos. En aquel instante solo ansiaba extirparle a su mujer del pensamiento. Depositó un seductor beso en la mejilla de Alberto y puso el motor en marcha.
El beso llegó a él resbaladizo y frío.
Como el agua de la lluvia.
Esa imagen de una Andrea adolescente, y locamente enamorada, le había removido los recuerdos.
          


sábado, 11 de febrero de 2017

NORMAS DE URBANIDAD DE ANTAÑO MARICASTAÑO

Me he encontrado con este cartel de "Normas de Urbanidad", que compré hace mucho tiempo en una Feria del Libro, y me resultó muy curioso el salto que hemos dado al respecto, Os lo pongo por si queréis sorprenderos un buen rato.
Me llama mucho la atención, entre otras cosas, el realce que tienen en las normas de comportamiento propuestas en la época, el aspecto religioso, Seguiré buscando curiosidades. Observad por vosotros mismos.



AHORA POR PARTES

La narraTina

La narraTina

Tina de Luis

Tina de Luis

miércoles, 8 de febrero de 2017

LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

Esa "pequeña" incomprendida.
Cuando se habla de Literatura existe una marcada tendencia a subestimar la literatura infantil. Si preguntas a los adultos por autores de libros infantiles, muy pocos son capaces de decir dos nombres de entre los miles que hay. Y, posiblemente, la mayoría de los mencionados sean los clásicos.
Si hablas de escribir una novela infantil, te miran con cara de sorpresa porque cuesta concebir y asociar  género infantil con novela. "¡Ah! ¿Un cuento, no?
Otra expresión frecuente es: "¡Uy, qué bien!, has publicado un librito infantil... ´De lo que tengo ya ganas es de que escribas una novela de adultos".
¿Por qué este desprestigio de lo infantil frente a la obra para adultos? Escribir para niños es lo más grande que hay. Debería anunciarse con letras de oro. Esos libros infantiles a los que tan poca importancia se da entre el público en general, esos grandes pequeños ignorados son los que forman y templan el alma adulta. De ellos se nutre la fantasía que nos acompañará siempre. Tienen una importancia capital en la formación de los niños. Los absorben como esponjas y se impregnan de magia. Una magia con la que luego tapizarán sus sueños, aspiraciones, ilusiones.
Se debería potenciar y mimar la literatura infantil, que en cualquier ámbito, incluya o no niños, se conozcan y se hable de sus creaciones y obras. Que los autores de infantil sean mucho más considerados y publicitados. 
En el programa televisivo "Negro sobre blanco", presentado y conducido por Sánchez Dragó, oí decir a Mercedes Salisach, si no recuerdo mal, que le habían propuesto escribir una obra para niños, ya que su nombre era conocido... Explicaba que no lo había aceptado porque nunca había tocado ese género y que no se sentía preparada. Que consideraba la literatura infantil una tarea difícil.

Ya, de paso, aprovecho para enlazar este interesante artículo sobre la Literatura Infantil, escrito por José María Plaza.

lunes, 6 de febrero de 2017

CREPES MUY FÁCILES


Unas crepes bastante fáciles de preparar y muy ricas. Llevan una salsa, pero yo la mayoría de las veces las hago con otros rellenos, en dulce o en salado, que abajo indico.

MIRA EN ESTE VÍDEO CÓMO SE HACEN:

CREPES FÁCILES

NECESITAS

Masa:  
100 de harina.  
2 huevos.
Cuarto de litro de leche.  
2 cucharadas de aceite.  
1 pizca sal

Salsa:
 40 g de mantequilla.  
2 cucharadas azúcar en polvo.  
2 naranjas.  
4 cucharadas de Cointreau. 
Flambeado: 4 cucharadas de Ron (54% en volumen).


ELABORACIÓN
Preparar una masa fina con la harina,  los huevos, la leche y la sal. Se deja dos horas reposo (si hay prisa no hace falta).  Calentar al máximo una sartén. Untar con poco de aceite o mantequilla.  Con un cucharón, ir vertiendo la masa dejando que dore ligeramente por ambos lados. Cuando se vea que calienta demasiado bajar el calor.  Con estas cantidades se obtienen unas 6 piezas. 

SALSA:
Batir la mantequilla y el azúcar, calentarla a una temperatura media, añadir simultáneamente la corteza de las naranjas y el zumo: finalmente,  añadir el Cointreau.  Mojar los crepes en la,  salsa, enrollarlos y meterlos en el recipiente rociar con ron y flambear.

En dulce:
Más fácil aún. Si no deseáis esta salsa, con que los echéis nata; nata y chocolate; nata y caramelo o simplemente azúcar, ya estarán bien ricos. Luego los enrolláis y a degustar.

En salado:

Son múltiples las posibilidades. Poned unas lonchas de jamón y queso. Vegetales, con ensalada y pollo troceado. Con una masa estilo croquetas, de jamón o carme. Y con cualquier cosa que se os ocurra, quedarán riquísimos.

Yo suelo hacer el doble de las cantidades y así me salen unas 12.

Enlace para descargar la receta:

                     

domingo, 5 de febrero de 2017

¿Y SI DIOS FUERA MUJER... O ASEXUAL?

En los tiempos actuales, ¿a nadie se le ha ocurrido nunca esta opción? ¿O tan siquiera le ha pasado por la cabeza?
A más de una mujer seguro que sí.
En la antigüedad, en culturas clásicas y arcaicas, no es que lo pensaran o se les ocurriera, es que tenían diosas y las veneraban.
¿Qué ha motivado que se hayan ido perdiendo en los tiempos modernos? Reflexiona.
Algo que es muy triste:el área más humana de la inteligencia no avanza, retrocede, involuciona. 
La imagen no es mía, pero me gusta mucho y como circula libremente en las redes... la exhibo. ¡Enhorabuena a la ¿CREADORA?, ¿CREADOR?!
Los negadores/as de esta posibilidad, que lleven cuidado. ¿Se imaginan que al llegar al "Más allá" se den de narices con una Diosa? Vaya chasco se van a llevar.
También puede suceder que Dios no tenga sexo (yo me inclino más por esto). El grupo de l@s que se empeñan en ponérselo, que se vayan preparando. Es de esperar que a ese "DIES", asexual, no le haya complacido mucho el empeño de sus pequeñas creaciones humanas en ponerle un género.

         

La verdad es que me gustaría, si alguien conoce la autoría de la viñeta, me lo dijera, para poder felicitarl@. Gracias.
La expresión: "¿Qué habré hecho mal que todos allá abajo piensan que soy hombre?"

miércoles, 1 de febrero de 2017

BÚSCAME EN EL AGUA

        Así comenzaba el epitafio que mandó grabar, cuando tuvo edad, en la tumba de su madre. Lo recitaba despacio y repasaba sus palabras con la mente:
              
                    “Búscame en el agua, dulce Náyade, afloraré junto al vaho
                      de la tierra.  Me encontrarás en el rocío de los pétalos del
                      alba, en los guiños de la  bruma, en la tez de la calima, y
                      en la más pequeña brizna mecida por  la brisa”.
       
            Azucena dejó escapar unas lágrimas, las recogió de sus mejillas y acarició la lápida con las yemas húmedas.
        Visitaba la tumba de su madre cuanto le era posible, la regaba con agua de lluvia, y siempre repetía aquel íntimo ritual. Este día era especial pues estaba a punto de cumplir la promesa que le susurró al oído cuando falleció.
Se marchitó como una flor. Sólo con treinta y tres años dejó a su pequeña de once.
De ella lo aprehendió: amor al agua. Tal vez porque conoció el mar a los treinta, y tanta hermosura indómita se le quedó engastada en la pupila, y en el corazón. Su madre, engendrada por Castilla, “Tierra de Campos”, donde el agua es incierta, quedó cautivada por aquel acuoso oasis.
Por eso la lluvia… La lluvia era la predilecta de ambas. Quizás la amaban tanto, porque se hacía de rogar. Cuando caía, Azucena y su madre se pegaban al cristal, embelesadas hasta que la última gota se evaporaba en el adobe.
     —La lluvia, hija mía, es lo más hermoso de esta tierra. El elixir que la fecunda. La vida misma. El ser humano la ignora y la descuida con frecuencia.
     Azucena rememoraba de continuo los deliciosos e intensos momentos que vivieron juntas. Su madre, artesana de los cuentos y de los refranes, ¡se llevó tantos con ella! Aún dormitaban bajo tierra.
     —Lluvia estancada, teje sus alas.
     —¡Cuéntamela, madre! La historia de la lluvia, cuéntamela otra vez.

     «La lluvia es la hija de las aguas. Llegó al mundo con una excepcional misión: regar y fecundar la tierra. Extraer de su interior los frutos que atesora. Así, cada día se levantaba y emprendía su peregrinaje hasta el último rincón. El mundo en su totalidad se beneficiaba de sus dones.
     Cierto día, cuando se ocupaba de lloviznar encima de unos prados, atrajo su atención una hermosa huerta colmada de colores. “El arco iris terrenal”, pensó. De entre las plantas se irguió quien debía ser el creador de aquella maravilla. Al ver los ojos de aquel hombre, verdes como la hierba, y su piel bronceada como la cresta del horizonte, le entregó su corazón.
    A partir de ese momento la lluvia se presentaba en aquel lugar a menudo. Exhibía ante el hombre su atractivo, coqueteaba con él y anhelaba su atención...
Al principio, el hortelano la recibía entusiasmado y agradecía su presencia. Luego, con la costumbre, la lluvia le resultó monótona y por último…, molesta, dañina.
Cuanto más desdén brotaba de él, más pasión ponía ella. El exceso de agua comenzó a encharcar la huerta. El hombre la miraba enojado y la exhortaba a retirarse.
La lluvia se retiró teñida de decepción, pero no encontraba forma de olvidarlo. Regresó otra vez, con sus mejores galas de blanco, para impresionarlo. Se paseó ante él y sacudió su manto de plumas sobre la tierra, y la tapizó de nieve. El hombre se desesperó, le dio la espalda y se alejó insultándola.  Herida por el desprecio, se refugió en el viento y escapó con él. Por donde pasaban, sus lágrimas perladas se pulverizaban y enfundaban el paisaje de cristal. Guante de escarcha.
Sacrificó las visitas a su amado largo tiempo, pero el amor es indomable y, aun exponiéndose a la humillación, retornó a su lado. Mas… el creador de colorines ya no estaba allí. Sus tierras yacían resquebrajadas; los colores, apagados, y su casa, derruida. Nunca más supo encontrarlo.
El corazón de la lluvia, desolado y frío, se convirtió en hielo. Un suspiro lo fragmentó en minúsculos cristales que esparcieron por los campos una alfombra de granizo.
Desde entonces la lluvia vaga, confusa y desorientada. Se pasea por la tierra con el dolor a cuestas y no reparte por igual sus atenciones. Prefiere visitar con más frecuencia los lugares verdes y frondosos, de abundante arbolado y cuidadas huertas. Nunca repudia la esperanza de encontrar a su amor  entre ellas».

—Por eso, hija mía, debemos esforzarnos por plantar y hacer verdear nuestro terreno, para que la lluvia desee visitarnos. De otro modo seguirá reseco y olvidado.”
Los días de lluvia llenaban el patio de recipientes para recoger el agua y aprovecharla después.  Le daban múltiples usos; entre ellos, regar  las flores del minúsculo jardín, el lilo y la higuera. Salían un rato al exterior y disfrutaban de las gotas de  lluvia sobre la piel. Aspiraban con deleite el olor sublime de la tierra humedecida.
¡Maldita enfermedad que usurpó a su madre los favores de la lluvia! Azucena la sabía enferma, muy enferma, abatida por el mal que todo el mundo pronunciaba en baja voz: cáncer.
A ella trataban de ocultárselo, pero no lo conseguían. Lo captaba en el ambiente, en las expresiones y actitudes, en las facciones fruncidas. Su madre se debilitaba y apagaba paulatinamente. El manantial de alegría que constantemente derrochara su mirada se acurrucaba ahora al final del corredor de sus pupilas, medio extinguido; apretujado por la pena, por el dolor, por la renuncia… Para no desvanecerse por completo y que la niña lo encontrara, se aferraba con ahínco a la tela de esos ojos, que luchaban para mantenerse abiertos.
Cuando sucedió, Azucena se encontraba fuera. Su madrina tuvo que comunicarle la trágica noticia. Azucena se agachó, cobijó la cabeza entre los puños, mientras repetía una y otra vez: “¡No es verdad! ¡No es verdad! ¡No es verdad! ¡No puede ser verdad! Desconectó su corazón de la existencia.
Durante el regreso, la madrina trataba de aliviar su pena, pero aquella pena era inconsolable. Las palabras patinaban sobre ella, como el llanto patinaba en sus entrañas.
—Escúchame, Azucena —proseguía la madrina—, hay quien dice que los que acaban de fallecer aún contemplan unas horas cuanto sucede a su alrededor. Muestra ánimo, que tu amargura no aumente el desconsuelo de tu madre por tener que abandonarte.
Aquella afirmación, que siempre retendría en su memoria, convulsionó a la niña y la sacó de su clausura. Comprendió que, si eso cierto, aún tendría la oportunidad de despedirse, de ofrecer algo a su madre. Entonces consiguió tomar las riendas de su llanto y desanudar su encierro.
Cuando entraron en el pueblo la lluvia ya se había anticipado. Acudió al entierro la primera, para rendir homenaje a la mujer que tanto la quería. Se anunció con un trueno aterrador, herida por el dolor y la tristeza, y no quiso retirarse hasta el último momento.
—¡Lo que faltaba, esta lluvia…!
"Claro, madrina, no podría haber sido de otro modo", pensó.
Encontró a su madre como si la esperase, adormecida en el féretro. En sus labios se esbozaba una sonrisa de trazos imprecisos: resignación, alivio, decepción… El más nítido de todos lo dedicaba a su hija: fortaleza. Con él le estaba diciendo:
—Cariño, sé valiente. Remonta el remolino de la vida. Una gran parte de mí queda contigo.
Azucena tomó ese trazo de sonrisa, dedicado a ella, y se lo prendió en el alma. Intencionadamente dejó escapar algunas de sus lágrimas. Las recogió de sus mejillas y pasó las manos por el rostro de su madre, humedeciéndolo con una enternecedora caricia. Luego acercó su rostro al de ella y le susurró una promesa.
Para volcar el resto de las lágrimas, que oprimía su retina, Azucena se retiró sigilosa de la sala. Salió a mezclar las gotas de su llanto con las lágrimas del cielo. De pronto, atrapó una idea que no se hizo esperar: buscó un frasco de cristal y lo llenó de agua de lluvia.
Volvió al velatorio y depositó el frasco en el ataúd. Miró a su madre con ternura y le dijo: “Para ti, Dama del agua, tú siempre estarás en ella porque el agua nunca muere. Ahora, madre, cuéntame un cuento de esos que tú sabes.”
Cerró los ojos y escuchó por dentro:
—¿Y el mar, madre? ¿Por qué se enfurece el mar?
—No se enfurece, hija, está cargado de vitalidad y de energía, que le cuesta controlar. 

«Hace mucho, mucho tiempo, el mar vivía tranquilo y sosegado, la gente se miraba en él y eso le agradaba. De entre tantos rostros, solo uno lo hechizó, el de una dama blanca, pálida y resplandeciente, que siempre acudía a él al llegar la oscuridad. Tanto la observaba que acabó profundamente enamorado. La dama no siempre le mostraba su rostro entero, muchas veces lo ocultaba, quizá mirando a otro. Y algunas noches ni siquiera acudía a mirarlo.
Cuando relucía entera, esplendorosa, el mar se emocionaba: crecía y crecía para acercarse a ella, para poder tocarla. Cuando le volvía el rostro, el mar menguaba desalentado.
Tan enamorado se sentía, que le dedicaba preciosas canciones, que repetían los marineros, el viento, las caracolas… Le ofrecía la plata de su lomo y se vestía de espumas que regalaba a la orilla de las playas. Se desvivía porque la dama lo atendiera y le dedicase algún cumplido. Pero ni una sola palabra ni una sola respuesta brotaban de sus sellados labios. Siempre permanecía impasible, indiferente a todas las atenciones prodigadas por el mar.
—¡Tal vez no me oiga, está tan lejos! Tendré que hablar más alto —Se desazonaba el mar.
Y entonces, bramaba con toda su fuerza, con toda su potencia. Se ondulaba y se arqueaba presa de la agitación, golpeando rocas y acantilados. La dama, sin embargo, desairaba sus adulaciones. Nunca consiguió de ella una sonrisa.
 Y continúa así, desde entonces, pretendiendo un amor que no le corresponde, o que le corresponde a su manera. Año tras año, siglo tras siglo, se inquieta y se agita por ese amor negado; agujerea las entrañas de la piedra, arrancándoselas a pedazos. Cuando piensa en su dama blanca se embravece, irrumpe en las playas, azota las costas y zarandea cuantos elementos se hallan en sus aguas».
Con su madre los cuentos nunca faltaban. Cuentos maravillosos en los que el agua era el principal protagonista y con los que aprendía mucho. Oceánides, sirenas, tritones, ondinas… y otros muchos seres y personajes fantásticos tomaban vida para ellas. Su madre los convertía en singulares y exclusivos para las dos, y les divertía dirigirse una a la otra con nombres de diosas mitológicas.
Alimentaban la ilusión de emprender algún viaje a un país lejano. Algún día. Mientras tanto coleccionaban dibujos, láminas, fotografías… de cuantos paisajes de agua caían en sus manos: playas, acantilados, lagos, cataratas, ríos… y los clasificaban en un álbum.
—Paciencia, gentil Frouida, surcaremos los océanos en busca del Nautilus.
Con motivo de un regalo muy especial viajaron una vez al Monasterio de Piedra. Azucena creyó haber llegado al paraíso mismo. Cayó cautiva ante las cascadas de espuma bulliciosa, jugando a transfigurarse; espejos de agua que daban cobijo al cielo y a la vegetación. Allí, junto a los cascabeles de las aguas, los relatos de su madre parecían pura magia:

«Los seres del agua viven en ella desde el principio. No son visibles para los seres terrestres. Visten del color del agua en la que habitan y se confunden con ella. Sólo son vistos cuando ellos lo permiten y desean. Su nombre no sabría pronunciarlo, pues es escurridizo y húmedo, difícil para nuestra lengua.

Se mueven al ritmo de las ondas de los arroyos y ríos con su cuerpo elástico y flexible. Su sensibilidad es extraordinaria. Amaestran y educan a los delfines, por eso son criaturas tan dóciles e inteligentes; parece que hablan, y entienden a otros seres.
Un día, un pequeño ser del agua vio a una humana sentada a la orilla del río. Le fascinaron los colores que lucía: el cabello como las ondas de las playas; los ojos, como el abrazo del cielo y el mar, y la piel brillante, dorada por el sol de media tarde. Se acercó a ella para observarla mejor y presenció una maravilla: de los ojos de la joven brotaban gotas de agua. Le parecía milagroso porque los seres del agua nunca habían echado tierra por sus ojos. Pero comprobó entristecido que, además del agua, de los ojos se escurría una gran pena.
El ser del agua no se cansaba de contemplarla.
La terrestre oyó voces que la asustaron, se levantó y caminó unos pasos. Un ser de tierra fuerte y grande se acercaba a ella y le gritaba de una forma insoportable para el ser del agua. Cuando estuvo a su lado la golpeó, la humana se encogía y se curvaba temblando de terror. El terrestre la pegaba sin piedad y se la llevó a la fuerza, tirando de su cabello.
El ser del agua se sentía horrorizado, no podía soportar tanto dolor...
   Lo sucedido era incomprensible para su pensamiento. Jamás se hubiera imaginado que aquellos seres se maltrataran entre sí.
     Regresaba cada día con la esperanza de volver a verla. Al fin apareció; otra vez echaba agua por los ojos y tenía el rostro desfigurado. Decidió mostrarse y hablar con ella; por suerte, sabía entender y reproducir sus sonidos. Al principio la asustó y esta se apartó de él, pero enseguida se ganó su confianza.
    Se hicieron amigos, se veían cuando ella estaba libre. Le contó sus penas, su desdicha. No tenía con quien desahogarse. Le explicó que el terrestre grande era su padre y que cuando bebía y se emborrachaba, la maltrataba por todo. La pegaba sin sentido ni razón: por hablar, por callar; por moverse, por estar parada; incluso por respirar.
   El ser del agua decidió salvarla del tormento. Normalmente, los suyos no interferían en el mundo de los terrestres, los respetaban y a la vez los temían, pues algunos maltrataban las aguas y a los seres que las habitaban. Sin embargo, el sufrimiento de esa joven merecía una excepción y fue a rogar a los Sabios que le permitiesen rescatarla.
    El ser de agua la ayudó a llegar al mar, y luego lo surcaron a lomos de un gran delfín, hasta arribar a la isla más bonita que la naturaleza había creado; tan hermosa, que la joven quedó maravillada. Abundaban en ella fragantes flores, aves exóticas, frutas exquisitas, fuentes termales... y sus bondadosos amigos se preocupaban por ella. Se sentía feliz, muy feliz. Durante el día, conversaba con los seres de agua, y le contaban prodigios de los que nunca oyó hablar. Por la noche la paseaban por el mar a la luz de la luna.
    Aun así, la joven sentía melancolía y añoraba a sus semejantes. A los seres del agua se les ocurrió una idea fabulosa y fueron de nuevo con un ruego a sus Sabios: que les permitieran rescatar a otros seres de tierra en peligro o que sufrieran demasiado. Protegerían sus vidas, y compartirían la libertad junto a la joven. De ese modo, se formó un pequeño grupo que convivía en armonía. Vivían colmados de felicidad.
    Un mal día desembarcó en la isla un numeroso grupo de seres de tierra. Se establecieron en ella, arrancaban las plantas, talaban los árboles, lo arrasaban todo a su paso… Nuestros amigos se refugiaron en el corazón de la isla, pero los terrestres la devastaban con un ritmo frenético, hasta casi convertirla en un desierto.
    Nuestros amigos tuvieron que abandonarla. Construyeron balsas y salieron de aquella tierra, ya suya, sumidos en la tristeza. Los seres del agua los guiaron hasta un recóndito lugar, mucho más alejado del mundo humano. Era muy diferente a la isla pero no menos hermoso. Se hallaba entre una vegetación exuberante, atravesada por un caudaloso río, bifurcado en dos una grandiosa catarata. Se adaptaron pronto a su nueva vida y recuperaron la alegría.
    Entre los seres del agua y los seres de tierra fue creciendo un gran afecto. A veces, un gran amor. Algunas parejas se unieron y tuvieron descendencia. De su unión, nacieron los seres más increíbles que la imaginación pueda concebir. No eran ni de agua ni de tierra, sino de luz y de aire. Ahijados del cielo, translúcidos y etéreos. Poseían cualidades portentosas: una sensibilidad excepcional, amor y comprensión sin límites. Recorrían el espacio con solo el deseo o el pensamiento… Fueron llamados “los seres celestes”.
    Como broche de oro, poseían dones y poderes extraordinarios. Con su energía podían controlar y modificar la materia, solo en parte.
Por desdicha, una de sus virtudes los fortalecía y debilitaba al mismo tiempo: su extrema interrelación con la naturaleza. Podían fusionarse en ella hasta no ser nada y serlo todo. Sentían con cada ser vivo que sentía. Gozaban con el bienestar de la Tierra, pero el sufrimiento de esta les destrozaba el alma.
    Llenaban de dicha y de satisfacción a todos. A medida que crecían, se desplazaban hasta cualquier rincón del mundo. La generosidad los obligaba a compartir sus dones y a prestar su ayuda a cualquier ser vivo que la necesitase.
Aquella comunidad de la armonía creció, se estabilizó y sembró sus bienes por el mundo. La fatalidad, no obstante, llamó de nuevo a sus puertas: el río empezó a enturbiarse. Algunos seres del agua remontaron la corriente para averiguar la causa. Regresaron consternados, con fatídicas noticias:
     —El ser de tierra ha envenenado el río. Una inmensa mancha negra avanza sin piedad, engullendo cuanto encuentra en su camino. Nosotros, así, no podemos utilizar el río para desplazaros. Recogedlo todo y marchaos pronto. No podréis beber y vuestras tierras se contaminarán. Pero, sobre todo, apartad de aquí inmediatamente a los celestes. Tan acusado dolor pondrá en peligro sus vidas. Distraedlos, no permitáis que presencien lo que se aproxima.
    Lo intentaron todo para apartarlos de allí, pero sus cuerpos se resentían ya por el desastre. Los celestes no podían ignorar ni dar la espalda a los problemas del mundo. Nadie lo pudo impedir: se desplazaron al instante hasta el origen de la mancha. Se encontraron con un panorama aterrador: cientos…, miles de seres y animales acuáticos, muertos, flotaban sobre las aguas corrompidas. Siguieron ascendiendo, cada vez más desolados. La hecatombe no tenía límite. El luminoso río se había convertido en una ciénaga de desolación y de exterminio.
    Los celestes emplearon toda su energía y todo su poder para ayudar y salvar a las víctimas. Fue una labor intensa y dura, que algunos la pagaron con sus vidas. Cuando ya no pudo hacerse más, los celestes volvieron con los suyos, para acompañarlos hasta algún lugar propicio.
    El mundo era inmenso, pero… no lo parecía. El ser de tierra lo invadía todo, pronto no quedaría un rincón a salvo. No muy avanzado el éxodo, los celestes comenzaron a enfermar. Se debilitaban, languidecían y nadie conocía cura alguna. La naturaleza, herida, embebía su energía. Se agravaban sin remedio. Uno tras otro, se fueron desvaneciendo por completo.
    El tormento y la desesperación se aposentaron en los corazones de ese reducido grupo de humanos. Se sintieron derrotados y destrozados con tanta adversidad, las víctimas inocentes, la pérdida de los celestes, la ausencia de los seres de agua... Antes o después encontrarían nuevos cauces, pero ¿cuánto tiempo habría de pasar?¿Y quién les devolvería lo perdido? Caminaban errantes en busca de un lugar que no perteneciera a nadie, que el ser de tierra no fuera capaz de encontrar».

   La voz de los sepultureros, acercándose, devolvió a Azucena a la realidad. Venían a remover la tumba para un nuevo enterramiento. Por dicho motivo, ella podría retirar los restos de su madre de la fosa que le había dado albergue tanto tiempo. No permitiría, en modo alguno, que continuara bajo tierra, y mucho menos que reposara eternamente bajo el cadáver de otro fallecido. Había llegado el momento de cumplir la promesa que le susurró al oído el día de su muerte.
Cuando su madre murió, Azucena no pudo darle lo que hubiera deseado. Era demasiado pequeña y nadie prestó atención a sus demandas, excesivamente extrañas para la mentalidad de los adultos.
En cuanto tuvo solvencia económica compró un pequeño terreno, lo más cerca que pudo del recodo del río donde acostumbraban a sentarse las dos. Donde escuchaban el murmullo amodorrado de las aguas del otoño. Año tras año fue plantando en él una considerable cantidad de árboles, frutales y no frutales; cuantas variedades permitía el clima. Instaló a su alrededor una canalización de recogida y aprovechamiento de la lluvia; no en vano había estudiado Hidrología y Ciencias Ambientales.
De paso, alimentaba la esperanza de que, antes o después, los demás fueran siguiendo su ejemplo, para que la zona prosperase.
Azucena regresó del crematorio. Los ojos anegados por el llanto, esta vez de dicha. Se aproximó a la orilla del río portando el recipiente que contenía las escasas cenizas de su madre. Con solemnidad y delicadeza las fue vertiendo en la corriente. Contempló gozosa como se diluían en el río. Se agachó y musitó con júbilo:
—Ya eres libre, tierna Eudora. Remóntate por el torrente de este río hasta las fuentes de la vida. Súmate a la eterna melodía que modula el universo de las aguas. Regresarás a mí con los primeros efluvios del crepúsculo. Te hallaré en cada perla del orvallo, me acariciarás con cada aerosol de nuestra acequia.
Hacía años que no se sentía tan pletórica, que su conciencia no era realmente libre. Volvió la vista hacia su modesto arbolado, luego contempló el curso de la corriente. Acudieron a sus oídos, retozones, los ecos del pasado:
—¿Madre, qué fue de los bondadosos seres de la luz? ¿Desaparecieron para siempre?
—No, hija mía, no desaparecieron en ningún momento. Están aquí, a tu lado, y al mío, y junto a todas aquellas personas que protegen las tierras y las aguas de sus padres. Siguen ayudando al mundo.

«En el momento del desastre pasaron a integrarse con la naturaleza, para servirse de su sabiduría y asegurar su existencia. Después eclosionaron a una nueva apariencia, como la ninfa o la crisálida, a un nuevo estado que les dio vida infinita. Volvieron a los suyos, y estos disfrutaron de ellos. Cuando a sus padres la edad los reclamó, se repartieron por el mundo, cercanos a los seres vivos. Se pegaron a los corazones bondadosos.
Son visibles únicamente para seres de elevada sensibilidad. Los humanos solo pueden percibir a los celestes si ellos lo desean, o si implica beneficio. Para poder materializarse y tomar forma, se sirven de elementos de la madre naturaleza: alas de nube, pétalos de brisa, polvo de estrellas, tules de coral, brillos de luciérnaga, astas de unicornio… Se dice que algunas personas han tenido la fortuna de verlos en raras ocasiones».
—Alerta tus sentidos, querida Nereida, quizá algún día estén ante tus ojos, anhelando que los veas.
Azucena derramó unas lágrimas de añoranza, que esta vez dejó fluir: las de ayer, las de hoy, las de mañana, porque el agua...
                                                                                               nunca muere ni envejece.

  

Archivo del blog