Ecuador.
Provincia de Manabí.
Cantón de Bolívar. Poblaciones de Calceta y Quiroga.
Cantón de Pichincha. Pueblo de SOLANO.
Cantón de Bolívar. Poblaciones de Calceta y Quiroga.
Cantón de Pichincha. Pueblo de SOLANO.
Esta historia se inicia con las
vidas de mis abuelos y de mis padres.
Y acabará con mi nacimiento. En
ella podréis saber cuál es la razón de que me llame... Adelaida.
Principios del siglo XX, en la
ciudad de Calceta y en el seno de una familia adinerada, llegó al mundo un
precioso niño, al que los caprichos de la vida o, para estar más en lo cierto,
de la muerte, le privaron de uno de los mayores privilegios: conocer a su
padre. Padre e hijo no llegaron a encontrarse, al menos en esta tierra. La
muerte reclamó a Santiago Vélez cuando su mujer estaba embarazada, y el niño al
que esta alumbró heredó el nombre de su padre, en memoria suya.
Los Vélez eran personas admiradas
y respetadas, propietarios de abundantes tierras. Así, el pequeño Santiago
Vélez fue creciendo sano y fuerte, en un ambiente acomodado. El niño era el
centro de atenciones de su madre y de sus siete hermanos mayores, cuatro chicas
y tres chicos, bajo cuyo amparo y cobijo se sentía protegido; como un polluelo
que siempre cuenta con unas alas entre las que acurrucarse. El pequeñín de la
casa acabó convirtiéndose en un apuesto joven de ojos azules, alto, rubio,
delgado… Llamaba la atención de la gente; sobre todo de las jóvenes, que
soñaban con su mirada y con ser agasajadas con una sonrisa de las suyas;
seductora y espontánea.
Se caracterizaba por su carácter
alegre, decidido y, sobre todo, por la nobleza de su corazón. Desde muy niño,
de forma innata, demostró gran generosidad y desprendimiento hacia la gente,
sin hacer distinción ni tener en cuenta la condición social de las personas;
aquella fue su principal virtud. Tal vez esa carencia del amor paterno que la
vida le negó, fue compensada por esa gran facultad de intercambiar amor y afecto
con los demás; repartiendo y recibiendo.
Antes de su desdichado final,
Santiago Vélez, el padre, tenía por costumbre frecuentar su finca de Quiroga,
localidad que dista de Calceta unos doce kilómetros, para supervisar y
controlar el trabajo de los obreros y asegurarse de la buena marcha de los
algodonales y cultivos de cacao. De paso, aprovechaba siempre para hacerse las
barbas y cortarse el pelo en la casa de Agustín Morales. Este barbero era un
hombre espabilado y diligente. Se las apañaba bien para sacar adelante a su
familia, formada por tres chicas y tres varones. El oficio de barbero
proporcionaba modestos beneficios; pero con ello y el aporte de algunos otros
ingresos añadidos, la economía familiar salía a flote. Las hijas de Agustín
elaboraban jabones; recogían el achiote, extraían y machacaban sus semillas
para hacerlo polvo. Lo vendían muy bien como condimento de cocina. La familia
fabricaba, además, ollas, cuencos, cántaros y otros enseres, aprovechando el
barro de un terreno próximo, que un vecino les permitía utilizar. Entre unas
cosas y otras, la familia tiraba para adelante con dignidad.
Santiago y sus hermanos,
continuaron con la costumbre de hacerse las barbas y arreglarse el pelo en la
casa de Agustín.
Cuando acudían a Quiroga, su
madre insistía en que vistieran con buenas ropas y que enjaezaran los caballos
con los mejores aderezos.
—Ustedes, mis hijos, tienen que
ir flamantes. Que todo el mundo se entere de que han pasado los Vélez.
En el recorrido de Calceta hasta
Quiroga se asentaban varias fincas señoriales. En una de ellas vivían tres jóvenes
hermanas en edad de merecer.
Las tres se desvivían por ver a
los apuestos jóvenes, no podían apartarlos del pensamiento. Además de guapos y
de buena posición, representaban, tal vez, la única alternativa a una condena a
la que estaban sentenciadas.
Dos de ellas, las pobres
desdichadas, pese a su disgusto y desacuerdo, habían sido ya comprometidas con
dos jóvenes muy “convenientes” del cantón. Pero para las jóvenes las esperanzas
de encontrar el verdadero amor se mantendrían vivas hasta el último momento.
“Es posible que aparezcan otros
jóvenes mucho más convenientes aún que los ya apalabrados y tengamos alguna
oportunidad…”, comentaban entre sí, con un rayito de optimismo.
Tal era su fervor de remediar lo
irremediable, que aseguraban las lenguas próximas a ellas que durante sus
largas sentadas en el porche se les oía repetir muy a menudo, y con doliente
melancolía, estas dos cantinelas, de las que tan solo ellas conocían la
intencionalidad y significado:
—Venga o no venga, seguro lo
tengo.
—¿Sí vendrá o no vendrá? ¿Sí
vendrá o no vendrá? ¿Sí vendrá o no vendrá?
Una sirvienta de la casa era
novia de un jornalero de los Vélez. Este se encargaba de poner en su
conocimiento el día en que se desplazarían los hermanos a Quiroga. La mujer, a
su vez, se ocupaba con especial interés de mantener informadas a las tres
hermanas; ellas sabían recompensárselo generosamente.
En la fecha señalada, las jóvenes
madrugaban como nunca, se emperifollaban y probaban sus vestidos, sin saber por
cuál de ellos decidirse. Se peinaban y repeinaban, se contemplaban en el espejo
y cambiaban de abalorios unas cuantas veces antes de encontrarse a gusto.
Cuando, al fin, se sentían conformes con su aspecto, revoloteaban exaltadas por
la casa en espera del acontecimiento que les endulzaría el día. Se sentaban en
el porche, con los abanicos en la mano, colocaban bien sus prendas y
permanecían a la espera, como flor en primavera, deseosas de recibir los
saludos… las miradas… y los requiebros de los galanes de sus sueños.
Una espléndida mañana de
primavera, Santiago y su hermano Daniel se encaminaron hacia Quiroga. Partieron
felices y satisfechos, prometía ser un día relajado y entretenido. Además, se
celebraba una buena farra por la noche. Cabalgaban airosos y gallardos en sus
monturas, conversando y bromeando. Al percatarse de que se hallaban a poca
distancia de la hacienda de las hermanas, comenzaron a silbar, a elevar la voz,
a reír a carcajadas… Empleaban cualquier argucia para hacerse oír y alertar a
las dos muchachas de que se aproximaban a la casa; los entretenimientos y
enredos propios de la edad.
Ellas, al oírlos, comenzaban a
abanicarse y se aprestaban a no perderse el espectáculo de ver pasar a los
hermanos Vélez sobre sus caballos blancos, ataviados con sus flamantes trajes
claros y con su elegante galanura. Suspiraban y se les iban los ojos detrás de
ellos. Se saludaron…, se sonrieron…, se despidieron… Los abanicos bamboleándose
en el aire. Y se quedaban prendadas de sus cálidas sonrisas.
Llegados a Quiroga, en cuanto
Agustín los avistó cerca de la casa, se desvivió en recibirlos y agasajarlos,
eran generosos con el pago y con las propinas. Enseguida dio aviso a la
familia:
—Poned el agua a templar que hoy
tenemos caballeros muy distinguidos que atender.
Para ayudar a su padre, apareció
aquel día en el salón Cecilia, la quinta hija de Agustín. Traía el agua en un
matiancho (hecho de un mate). Cuando Santiago la vio aparecer, se quedó
embobado. La joven giró su cara hacia él y sus miradas se cruzaron. Una mutua
fascinación prendió al instante en ellos.
Cecilia disimuló enseguida para
que no se notara. Agustín Morales, era persona muy observadora, tal vez por el
afán y conveniencia de agradar en el negocio. Cecilia, chica avispada, sabía
muy bien que no convenía en absoluto que su padre sospechara de esa mutua
atracción, pues con su extremada rectitud, no consentiría que ambos jóvenes se
acercasen lo más mínimo. Cecilia se compinchó con su hermana.
—Mire, Mariana, usted tiene que
ayudarme a convencer a papá de que me atrae Daniel; así, para evitar que me
aproxime a él, me pondrá a ayudar a Santiago y yo podré estar cerquita de él.
¡Me gusta tanto!
Tal como Cecilia había previsto,
su padre para evitar las tentaciones entre Daniel y su hija, y sus posibles
consecuencias, le encomendaba encargarse de ayudar con Santiago. Y complacía de
forma involuntaria los deseos de ambos jóvenes. Se dedicaban miradas y sonrisas
furtivas y, según pasaba el tiempo, algún que otro cuchicheo. Sin embargo no se
olvidaba de mirar y sonreír con poco disimulo a Daniel. Agustín la amonestaba
con la mirada y entonces ella se volvía hacia su amor sin temor alguno.
Santiago perdió el sueño por la
joven, no la podía apartar de su cabeza, ni lo deseaba, era la visión más dulce
y grata de su vida. Su larga melena negra, brillante como la patena… Sus ojos
rasgados, oscuros y penetrantes… La alegría y viveza de su rostro. Allá donde
mirase la veía dibujada.
El joven no perdía la menor
ocasión de frecuentar Quiroga. Inventaba mil excusas para ello. Se paseaba por
delante de la casa de Cecilia y ojeaba por entre el ramaje de los árboles a la
chica. Un simple saludo, una mueca, unas sonrisas… hacían las delicias de los
dos.
Agustín acostumbraba a tocar la
guitarra en las farras y, cuando lo hacía, dejaba que sus hijas lo acompañaran,
para que tuvieran la oportunidad de divertirse de vez en cuando. En uno de
aquellos bailes, aparecieron de pronto los hermanos Vélez. Todos los ojos se
volvieron hacia ellos; los de Cecilia brillaron como luceros, el corazón le dio
un bote. Agustín, en cuanto los vio aparecer, se acercó a sus hijas y les dijo:
—Tengan ojito, muchachas, que
acaban de llegar los Vélez, no quiero tontadas ni devaneos, que estos son
caballeros de mucho vuelo. Se mueven de farra en farra y comprometen a las
chicas. Cuídenme su buena fama y su honra.
Santiago pidió baile a Cecilia.
Agustín no despegaba el ojo de ellos, pero al ver que su hija no bailaba con
Daniel, por quien creía que esta sentía debilidad y suspiraba, se tranquilizó.
Mientras, los dos auténticos enamorados flotaron, soñaron y se aislaron del
mundo que los rodeaba. Un sentimiento irrefrenable crecía entre los dos.
María Vélez cada día se extrañaba
más del desmedido interés de Santiago por acudir a Quiroga. Un día, durante la
cena, aprovechó para hablar con él:
—Santiago, sus visitas a Quiroga
aumentan cada vez más. ¿Hay algo en aquel lugar que yo debiera conocer?
—Hay una joven, mami. Estoy
enamorado de ella.
—¿Y quién ha tenido la fortuna de
conquistar su corazón, hijo mío?
—Se trata de Cecilia, la hija de
Agustín Morales, el barbero.
—Mira, mi hijo, como madre, es
mucho el cariño que le tengo. Pero yo he de hacer las veces de padre y madre y
me veo en la obligación de aconsejarlos y de procurar lo mejor para ustedes. ¡A
su edad el amor es un fuego que lo abrasa y lo consume todo! Sin embargo…, hay
muchas formas de llegar a él; lo que importa es ser capaces de encontrar la más
apropiada. Usted es aún muy joven, mi niño, dispone de lindas muchachitas a quien
elegir. Algunas muy recomendables y primorosas. ¿Por qué no intenta conocerlas?
—Es que… yo ya no querré a
ninguna más. En mi corazón solo cabe ella. Es buena, alegre, trabajadora y la
quiero. ¿Podría encontrar una mujer mejor, mamá?
—Por supuesto que sí, mi hijo,
aunque ahora no se dé cuenta de ello. Yo tengo a otra en el pensamiento. Y sus
padres estarían encantados de que ustedes dos formaran pareja, tanto o más que
yo misma. Usted tómese primero un tiempo para divertirse, es joven, y luego
hablaremos con la cabeza asentada.
—Lo tengo decidido, mami. Y
quiero vivir con ella.
—Tiene que recapacitar con calma,
mi cielo. Usted puede aspirar a mucho más. Es un buen partido, muy guapo y
solicitado.
Las hermanas de Santiago, confabuladas con su madre, le insistían y convencían de asistir a convites y parrandas sin descanso y se ajetreaban en presentarle chicas guapas, de envidiable situación. Se divertía, pero, a pesar de todo, él no era capaz de encontrar en ninguna las cualidades de Cecilia. Al cabo de unos meses se presentó en Quiroga y le propuso que compartiera con él su vida. Cecilia no lo dudo, lo deseaba con toda el alma. Decidió seguirlo y unirse para siempre a él.
Cecilia se fue a vivir a Calceta
con Santiago. Se instalaron en la casa familiar, dispuestos a compartir sus
vidas. Se amaron con pasión y con dulzura. Se prometieron un amor eterno.
Forjaron lazos indivisibles. Al mirarse se les derretía el corazón.
Santiago quería labrarse un
porvenir con el sudor de su frente; por sus propios medios. Conocía al dedillo
los pueblos y los caminos que los unían entre sí; los había recorrido infinidad
de veces a caballo. Por tal razón, y sus muchas cualidades, fue contratado por
la empresa Dragados, que construía por aquel entonces el trazado de carreteras
que uniría unas poblaciones con otras. Esa energía y disposición de Santiago
para la faena motivó un rápido ascenso. El Ingeniero de Caminos que dirigía las
obras le tomó un gran afecto; pasó a ser su hombre de confianza y delegaba en
él una buena parte del trabajo. Cobraba un buen salario y podían permitirse
ahorrar.
Cecilia y Santiago vivían muy
felices juntos. Se necesitaban y se entendían. Sin embargo una sombra empañaba
su convivencia: ella no encajaba en le casa de los Vélez. Le hacían sentirse
extraña, fuera de lugar. Santiago advertía que día a día iba languideciendo su
alegría.
No se lo pensó más. La quería
demasiado para verla apagarse de ese modo. Tenía echado el ojo a una
altiplanicie donde deseaba establecerse y donde podría comenzar por cuenta
propia. La ubicación gozaba de una espléndida y privilegiada panorámica, a la
vez que otras ventajas. Construyó una casita pequeña en secreto y cuando estuvo
terminada, llevó a Cecilia y se le mostró, mientras le decía con pasión y
entusiasmo.
—¿Qué te parece Cecilia. ¿No es
hermoso este lugar? Unas espléndidas montañas, con abundancia de agua. Tierras
vírgenes, sin conocer aún la mano del hombre.
—Es precioso, Santiago! ¿Por qué
me lo preguntas?
—Porque esta es nuestra tierra, y
nuestra casa; un hogar tuyo y mío. Aquí nuestro amor echará raíces y… dará
retoños. Verá crecer a nuestros hijos y ellos lo heredarán.
Cecilia saltó de alegría y se
colgó a su cuello. Santiago la estrechó con pasión y con ternura. Un largo beso
los fundió en un solo ser.
—Lo llamaremos Solano, en honor a
la soledad que reina en él, aunque no tardaremos mucho en llenarlo de vida.
La sombra de sus siluetas
entrelazadas se perfiló en la ladera de la colina y se integró en ella.
Los terrenos en ese lugar valían
poco. Los ahorros que había reunido hasta el momento bastaron para comprar una
nada desdeñable cantidad de cuadras de terreno y algún ganado: vacas, caballos…
Comenzó desbordante de entusiasmo la construcción de la casa, para lo cual
aprovechó la madera de los abundantes árboles, que poblaban toda la zona. No
esperó ni a concluirla, en cuanto la vivienda estuvo medianamente habitable se
trasladaron a ella. Su felicidad era indescriptible. Aquella tierra los arropó
desde el primer momento y en ella comenzaron a prosperar y a echar raíces.
A pesar de ser tan valorado y
respetado en su empleo, Santiago iba sintiéndose desalentado; el cargo cada vez
le resultaba más duro y agotador, le exigía mucha dedicación y le robaba un
valioso tiempo, durante el que tenía que ausentarse de su casa. Implicaba, así
mismo, una batalla diaria contra las inclemencias del clima: un calor
abrasador, vientos, lluvias torrenciales y desbordamientos que se llevaban
todo. Santiago tomó la decisión irreversible de trabajar para sí mismo y
emprender su propio negocio.
Santiago era un hombre
emprendedor, que no perdía el tiempo ni las oportunidades; la zona estaba
repleta de enormes balsas o boyas y comenzó con la venta de madera,
principalmente para la construcción de embarcaciones. Adquirió mucho ganado,
plantó, además, café, cacao, maíz y semilla de paja. La semilla de paja se sembraba o esparcía en los potreros (equivalente a prados) para que allí pastaran las vacas, caballos, mulares, potrancas, burros y yeguas. De carácter luchador y con
tesón, Santiago no se dejaba amedrentar por el cansancio, el agotamiento, las
adversidades... Con entusiasmo y vitalidad lo iba sacando todo adelante. Al
principio, casi todo el dinero que iba entrando lo invertía en nuevos terrenos.
Toda la familia de Cecilia se
trasladó también a Solano. La pareja les regaló varias cuadras de tierra y la
madera necesaria para construirse la casa. En aquellos cerros había barro en
abundancia, así que se dedicaron a la fabricación de todo tipo de vasijas y
cacharros, que luego se vendían muy bien.
Santiago fue ampliando la casa
inicial, aumentando considerablemente el número de dependencias y habitaciones.
Daniel vivió con ellos unos años, hasta que se enamoró y trasladó su residencia
a una ciudad.
Los negocios prosperaban; cada
vez se necesitaban más personas para trabajar la madera, el ganado y los
cultivos. En algunas épocas del año llegaban a juntarse ochenta o noventa
trabajadores. Estos trabajadores llegaban muy temprano, alrededor de las seis
de la mañana, desayunaban y almorzaban en la finca. Al acabar la jornada, unos
se quedaban a merendar; los de más lejos, o según las preferencias, se llevaban
un pequeño fardo con los productos básicos: arroz, leche, queso, cuajada, maíz,
maní… Los que vivían demasiado lejos se quedaban a dormir en una enorme bodega
que Santiago tenía habilitada. Algunas familias, al ver que allí nunca les iba
a faltar trabajo, decidían quedarse permanentemente a vivir en esas tierras. Santiago,
siempre generoso y desprendido, les cedía entre tres y diez cuadras de terreno
y la madera que necesitaran para construir sus propias casas.
Cecilia no daba abasto a preparar
tanta comida y contrataba mujeres para que la ayudaran con los guisos.
Pronto se formó en Solano una
pequeña comunidad de personas, que crecía poco a poco. Santiago consideró que
ya era momento de bautizar el poblado oficialmente. Se fue a buscar al
sacerdote de Pichincha, quien lo bendijo y le dio el nombre elegido, con el que
ya lo nombraban: Solano.
Cecilia quedó embarazada. Cuando
se lo comunicó a Santiago, este se puso loco de contento, la tomó por la
cintura y la levantó, le dio unas cuantas vueltas en el aire. La abrazó, la
besó. Se sintió el hombre más feliz.
Vélez tenía que viajar para
tratar la venta y compra de sus productos, que también exportaba a otros
países. Una vez en ello, se dedicó a comerciar al por mayor con todo tipo de
género; más adelante al por menor, también. Cuando se desplazaba a una ciudad a
vender, aprovechaba para comprar lo que se le pusiera a mano. Por ejemplo, si
iba a Manta, volvía con unas tandas de pescado. Edificó una nave enorme, que
llenó con los más variados artículos: alimentos, relojes, herramientas, menaje,
máquinas de coser, tejidos… Allí mismo montó una botica con las medicinas más
básicas; se vendía mucho el Mertiolate o Merthiolate (parecido al Betadine).
En muchas ocasiones las personas
de Solano y de las localidades cercanas solo necesitaban comprar pequeñas
cantidades para no tener que desplazarse a otros lugares. Él le decía a su
mujer.
—Mira, Cecilia, ¡qué más nos da a
nosotros! Sí estas personas necesitan comprar sola una sola libra de cualquier
mercancía, una sola libra les venderemos. Si sólo pueden pagar media, ¡por qué
no! Incluso unas onzas, si eso es cuanto precisan. Y, más aún, si alguno no
puede pagar, se lo daremos igual; nosotros no nos vamos a poner más pobres, y
aquí nadie pasará miserias.
Tan conocida era la grandeza de
corazón que tenían Cecilia y Santiago que un buen día acudió a ellos uno de los
trabajadores para suplicarles que se hicieran cargo de su hijo pequeño, pues
así, al menos, estaría bien alimentado y tomaría la leche que necesitara;
necesidades indispensables que los padres no podían garantizar. No fueron
capaces de negarse y lo acogieron en la casa. Este niño fue solo el primero,
porque, con el tiempo y el ejemplo, otros padres con apuros económicos fueron
rogándoles el mismo favor. A nadie se lo podían negar. Hubo un momento en que
llegaron a vivir diecisiete protegidos en la vivienda.
Entre los primeros, tres de ellos
eran hermanos. Fueron los mayorcitos de la cuadrilla, con edades que oscilaban
en torno a los ocho años, cuando se incorporaron a la vivienda.
Santiago se ocupaba de que estos
niños aprendieran a leer y escribir. A quienes querían estudiar los mandaba a
aprender algún oficio. Otros preferían trabajar en la finca, con el ganado o en
el campo. Los que decidían quedarse en Solano, cuando tenían edad suficiente
para independizarse, o cuando formaban una familia, se construían su propia
casa. Otros decidían irse a la ciudad, a trabajar en los oficios que habían
aprendido.
Además de todos estos chicos
acogidos, fueron naciendo los trece hijos que Cecilia y Santiago trajeron al
mundo. La algarabía, el bullicio, el regocijo… animaban todos los rincones de
la casa. Nunca faltaba distracción.
Pero por desgracia, no todo son
alegrías, las penas y tristezas también nos exigen e imponen su presencia. Tres
de los primeros hijos de Cecilia y Santiago, dos niños y una niña, fallecieron
de corta edad. No llegaron ni a los dos añitos. Aquellos fueron tragos muy
dolorosos, que supieron sobrellevar con resignación.
En Solano el trabajo era inmenso,
sin embargo, se buscaban momentos para disfrutar. No todo consistía en laborar.
Con cualquier excusa se organizaban farras, en las que todos bailaban y se
divertían.
Santiago y Cecilia lamentaban que
la gente tuviera que recorrer una distancia excesiva, para celebrar los Oficios
religiosos y para los entierros, generalmente hasta Calceta; y soportar a veces
las lluvias o el sol abrasador. Decidieron, pues, donar terreno para una
iglesia, un cementerio y una sala de velación. De este modo evitaban a la
personas el sacrificio de desplazarse tantos kilómetros. El cementerio y la
sala de velación se hicieron, pero las Autoridades ni siquiera llegaron a
emprender la obra de la iglesia. Más tarde se construyó una en El Lobo.
Algunas de las tierras donde se
establecían los trabajadores y algunos de los chicos acogidos se ubicaban en la
parte baja de la colina, en las faldas de Solano poblado. Se fueron formando
dos poblados El Lobo y El Mono. El Lobo, hoy día, cuenta incluso con más
población que Solano.
Un buen día, se presentó en la
finca un joven de veintitantos años, en busca de trabajo. Fue admitido como
empleado fijo. No tenía a nadie ni familia con quien regresar, así que se
integró perfectamente en Solano, donde vivía satisfecho y feliz. Se sentía tan
a gusto en la casa de los Vélez que pasaba en ella todo el tiempo que podía. Su
nombre era Talledo, aunque habitualmente le llamaban el Patita Coja.
Le dieron ese apodo porque un
problema en una pierna lo hacía cojear. Este hombre era trabajador, agradable y
considerado. Además, tenía un don: tocaba la guitarra como los propios ángeles.
Algunos más, en la casa, tocaban la guitarra, era costumbre aprender, pero como
la tañía él, ninguno. La guitarra había sido su única familia, su amiga y
compañera, creció con ella; el único eslabón que lo unía a su pasado. En los periodos
de descanso el Patita Coja cantaba y tocaba. Pronto se formaba un corro en
torno suyo para escucharlo.
Cecilia tenía como ayudante en la
cocina a una simpática joven llamada Adelaida, que vivía a unos dos kilómetros
de distancia y que llevaba pocos días en la casa. Por las tardes, cuando
acababa el trabajo, se llevaba su saquito con la cena para ella y su familia,
además de suero, maní, maíz, queso, leche... Cecilia cada tarde preguntaba
quién iba en su dirección para que la llevara hasta su casa y no tuviera que
hacer sola el recorrido, solo tenía diecisiete años.
Esta, en una de las ocasiones en
que Talledo tocaba la guitarra, se acercó al corro y se quedó clavada en el
sitio contemplándolo. La música y la canción la deleitaron.
Al acabar la sonata, el Patita
Coja levantó la vista y la vio absorta, contemplándolo. Le pareció preciosa, el
ser más bonito de este mundo. Le costó retirar la mirada de ella. La
satisfacción lo inundó. Desde aquel momento, no había día que no hubiera
recital, y ella hacía lo imposible por acercarse a verlo.
Talledo, desde ese día, trabajaba
como nadie, acelerando el ritmo como si así acortara la jornada. Solo esperaba
el momento de encontrarse con la chica. Le compuso una preciosa canción que
tocaba cada día para ella.
“Adelaida es una joven tan
bella…”
Al principio Adelaida enrojecía,
después empezó a sentirse como una dama cortejada por su juglar.
Cuando llegaba la época de
recolección del café, los camiones venían con la cosecha y volcaban la carga,
formando enormes montañas, que se distribuían por el suelo. El siguiente paso
consistía en separar y clasificar el café, agrupándolo en verde, maduro y seco.
Era una faena dura y farragosa. Por entre las hojas solían aparecer todo tipo
de bichos; entre otros, culebrillas. Cecilia confeccionaba unos rústicos
guantes para las mujeres que tuvieran temor a esos animales cuando metían los
brazos entre los inmensos montones de hojas y café. El Patita Coja no se
apartaba de Adelaida durante toda la tarea. Se desvivía, estaba pendiente, le
conseguía unos guantes… La trataba como a su reina.
El café, una vez clasificado, se
cargaba en los camiones y se llevaba a Calderón, donde se hallaban las máquinas
despulpadoras. Cuando llegaban los camiones de Santiago Vélez no se les hacía
esperar.
Cecilia y Santiago veían con muy
buenos ojos la relación entre Adelaida y Talledo, y cómo esta crecía con los
días. Decidieron, por tanto, darles un empujoncito con sus consejos,
convencidos de que formarían muy buena pareja. Les parecían dos jóvenes tan
buenos y cumplidores… A cada uno hablaron en favor del otro:
—Mire, Talledo, usted está solo y
por aquí hay una jovencita que casi con seguridad desea su compañía para
siempre. Anímese cuanto antes a formalizar esta relación. ¡A qué esperar! No
habrá nada que se lo impida.
—Mire, Adelaida, Talledo está
loco por usted. Si a usted le gusta, y él le propone compromiso, acéptelo. Es
una gran persona y bien se ve que está muy interesado. Coméntelo en casa, con
sus papás. Y no se lo ande pensando mucho, bien se ve cómo la mira.
Talledo no se lo pensó más. El
hombre lo estaba deseando, era el sueño de su vida. Adelaida le dio el sí con
la ilusión pintada en el rostro. Se prometieron. Nunca se ha visto un ser más
dichoso sobre la faz de la tierra. Tocaba y cantaba con euforia. Sembró tanta
felicidad por el lugar, que la cosecha de alegría fue la más abundante. A todos
los contagiaba ese estado de ánimo, y derrochaban dicha. Él por donde pasaba
derramaba sus canciones, sobre todo la de Adelaida.
“Adelaida es usted una joven tan
bella
que se nos queda prendida en la
mirada.
Las florecitas suspiran por ser
la más linda entre ellas.
En sus mejillas de nácar lleva
una rosa bordada.”
…
Pasaron unos meses y tomaron la
decisión: se casarían. Talledo pidió el favor a los Vélez de que apadrinaran la
boda.
Cecilia estaba entusiasmada. La llenaba de felicidad ver un amor tan
intenso. Se recordaba a sí misma de joven enamorada.
—Santiago, vas a traerme la mejor
pieza de lino que tengas en el almacén, voy a coserle un traje a Talledo que
llame la atención. ¡Que se entere todo Solano de lo guapo que se casa!
Llegó el gran día que todos
esperaban. Varias mujeres trajinaban para preparar el banquete, que se
celebraría por todo lo alto en el patio de los Vélez. Santiago atavió y enjaezó
un hermoso caballo para el novio. Ahí se le viera a Talledo, encima de aquel
corcel blanco, con su traje claro inmaculado, erguido y orgulloso en su
montura. Resaltaba sobre el verdor de los campos... Le costaba reconocerse a sí
mismo cuando se contemplaba. Junto a una pequeña comitiva de acompañamiento,
partió en busca de la novia. El camino se le hacía eterno; no veía llegar el
momento de reunirse con su adorada. Al fin se divisó a lo lejos la casita. Su
corazón se anticipó a la marcha del caballo. Y no se puso al galope por guardar
las formas.
Saltó a tierra y fue directo a
interesarse por su prometida.
—Favor, señor Talledo. Un poco de
paciencia, ella se fue al monte a unas necesidades. No tardará. Y le tocará
esperar otro poquito más…, porque aún ha de ponerse su vestido de novia.
Adelaida se demoraba. El Patita
Coja se impacientaba y daba vueltas de un lado para otro.
Adelaida no llegaba.
—Tranquilícenseme todos. Ahora
mismito voy a buscar a mi hermana, a ver si se agiliza.
Los gritos que se oyeron
estremecieron a todos.
—¡Vengan acá, por favor. Ayuda!
Echaron a correr, despavoridos.
Lo que encontraron los horrorizó.
Adelaida, tendida sobre el suelo;
como dormida, pero sin vida.
Su hermana, agachada al lado de
ella con la cara desfigurada por el llanto.
—Ha sido una serpiente. Una serpiente
venenosa la mordió en sus intimidades.
Talledo soltó tal alarido, que
desgarraba las entrañas.
—¡¡¡Noooooo!!!
Cayó de rodillas al lado de
Adelaida, apoyó cabeza y torso de la joven sobre su regazo y la mecía, a la vez
que gemía y sollozaba como un niño.
Santiago la tomó en brazos para
llevarla a la casa. Cecilia, envuelta en lágrimas, ayudó a Talledo a levantarse
y lo sujetó, para alentarlo a caminar.
En la vivienda, llantos, lamentos
y quejidos. Agitación, congoja y desconsuelo.
La boda se tornó en amargo duelo.
En una auténtica tragedia.
El vestido de novia se convirtió
en mortaja.
Talledo ya no decía nada, se
había quedado hueco, ausente; con el alma desahuciada. Dejando que el llanto se
le derramara a borbotones.
Rompía el corazón verla en la
caja, con su blanco y refulgente vestido. Como un ángel.
Aquel aciago día, en lugar de
enlazarse con Talledo, la tierra la desposó. El dolor sacudió todo Solano.
Al Patita Coja se le escaparon la
vida y la alegría. Aquella canción que tanto repetía, la entonaba ahora con tal
pena y sentimiento que las propias tierras se afligían.
Cecilia, cada vez que oía aquel
armonioso desgarro, no podía contener el llanto.
Según pasaba el tiempo, algunos
animaban al joven en suplicio:
—¡Vale ya, Talledo! Tiene que
superarlo. Usted es joven aún, encontrará a otra joven que lo quiera.
Y él contestaba con melancolía:
—No, mi amigo. Para mí ya no
habrá otra.
Y seguía su penar día tras día.
Cecilia estaba embarazada y se le
ocurrió una buena idea. La comentó con Santiago.
—A ver qué te parece, mi vida. Si
esta criatura que está a punto de llegar fuera una niña, podríamos llamarla
Adelaida; en recuerdo de esa pobre. Y supondría tanto consuelo para el Patita
Coja…
—Por supuesto, así la llamaremos.
Es una excelente idea.
Y esta es la razón por la que se
me llamó Adelaida. Yo era muy niña y no consigo recordarlo, pero me cuentan que
Talledo se encariñó conmigo, como si de una hija se tratara. No había día en
que no pasara a visitarme. Incluso llegó un momento en que fue capaz de esbozar
una sonrisa. Siguió cantando su canción para Adelaida; nos la dedicaba a las
dos. Fui creciendo y este hombre no se cansaba de mirarme y de jugar conmigo.
Mi pelo salió rubio como el de mi padre. El Patita coja me llamaba Ricitos de
Oro con todo su cariño.
Más a pesar de su mejoría de
ánimo, su corazón no se desprendió nunca de su amor. Un día nos dejó. Su pierna
se gangrenó. Todos quedaron convencidos de que su cuerpo, fiel a sus
sentimientos, se lo llevó a reunirse con su amada.
Cuántas veces, sentada en estos
parajes, he contemplado las estrellas, recordando esta triste, pero tan bella,
historia de amor.
Enamorada de la tierra que me vio
nacer.
Sintiendo que yo formo parte de
ella, como ella forma parte de mí.