viernes, 4 de enero de 2019

EL TESORO DE LA ABUELA


Dos de enero:
Dejan a la abuela en casa de su mejor amiga, para que pasen varios días juntas, como viene siendo tradición.
De regreso:
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Qué pena! La abuela empieza a tener algunos despistes.
—¿Qué te hace pensar eso, hijo?
—Me habló de su tesoro escondido sin darse cuenta.
—¿Y qué te contó? —saltó casi a coro el matrimonio.
—No puedo decíroslo. Abuelita me hizo prometer que le guardaría el secreto.
—Cariño, somos tus padres, a nosotros puedes contárnoslo.
—Insistió en que a vosotros menos que a nadie.
—¡Lo ves, cielo! La abuela desvaría. Debemos conocer todos sus secretos porque tal vez un día se le olviden. Podría darse el caso de que lo perdiera todo. Sufriría ella y sufriríamos nosotros por no conservar nada que nos la recordase —Lucas guardó silencio. Está bien, está bien. Si prefieres callar, respetaremos tu voluntad.

Tres de enero:
La madre muestra un escaparate a Lucas en el que luce un dron de última generación.
—¿No es precioso, hijo? Mira lo que pone: “Vuelo inmersivo gracias al mando Skycontroller 2 y a las gafas FPV”.
—¡Me encanta! —exclama el chico.
—Es una lástima no poder comprártelo. ¡Lo que podríamos permitirnos con el tesoro de la abuela!

Cuatro de enero:
El padre lleva a Lucas a ver una tienda de vídeojuegos.
—¡Caramba, chico!, ¡qué pasada de consola! ¡A que molaría tenerla para Reyes!
—¡Wow! Sería bárbaro.
—Aunque... con ese precio, mejor no hacerse ilusiones. Una pena que el tesoro de la abuela se pudra en algún rincón sin beneficiar a nadie.

Cinco de enero:
Lucas no puede resistir las tentaciones y canta. Esa misma tarde los padres revuelven todos y cada uno de los cajones de la casa de su madre. Los vacían, golpean la madera con los nudillos para localizar el escondite mencionado. Empiezan a desesperarse, cuando..., justo en el último que abren, detectan el falso fondo. Carcomidos por la impaciencia, fuerzan la tabla para acabar cuanto antes. Allí estaba, un flamante joyero. Al abrirlo, lo primero que encuentran es una carta dirigida a ellos. Por debajo asoman abundantes joyas y varios billetes. Se abrazan entre júbilos y saltos. ¡Por fin lo descubrimos!

En casa de la amiga:
—¡En qué estarás pensando para que te rías tú sola!
—Me río porque estoy imaginando la cara que pondrá, o que habrá puesto ya, mi familia. Dos veces al año me ponen la vivienda patas arriba. ¡Me tienen harta! Cuando paso unos días en tu casa o en el balneario, buscan y rebuscan mi dinero y mis alhajas, aprovechando mi ausencia. Son insaciables, les doy cuanto me piden y más, si cabe. No dejo de invitarlos y de tener todo tipo de mimos y detalles con ellos, pero lo quieren todo. Si lo permitiera, me dejarían desplumada. Esta vez como regalo de Reyes se llevarán un buen chasco, quedarán escarmentados. Le he dado pistas a mi nieto para que descubran el tesoro. Él es un ángel, pero esos dos demonios le sonsacarán el secreto, no me cabe duda. Lo que encontrarán será un joyero atiborrado de baratijas y bisutería. De lo peor que encontré. Y, para que se crean mi argucia, he tenido la generosidad de dejar dentro mil euros. Todo lo que tiene valor está a buen recaudo. Esos jodidos no se ríen más de esta pobre anciana.
—¡Qué tunanta estás hecha, querida amiga! ¡Y qué lista!

En casa de la abuela:
A medida que leen la carta, la piel se les vuelve de color cetrino.
«... He tenido que irme desprendiendo de todas mis joyas y pasarme a la bisutería para mantener la casa, es mi deseo que la disfrutéis vosotros. Me hubiera gustado dejaros una gran herencia, pero esto es todo cuanto tengo, querida familia. Si estáis leyendo estas letras es porque yo he pasado a mejor vida. No sufráis por mí, estoy en la Gloria. Os quiero mucho y velaré por vosotros desde aquí arriba. La abuela».

Seis de enero. Día de reyes:
Lucas se queda sin regalo de Reyes porque a sus padres el disgusto les ha trastornado y porque se les hizo demasiado tarde.
 Todavía les falta recogerlo todo y dejar la casa de la abuela como estaba, antes de ir a buscarla. No conviene que note la intromisión.

domingo, 30 de diciembre de 2018

ÁLBUM DE FAMILIA


Adriana puso el mantel navideño, un camino de mesa dorado, el menaje reservado para las ocasiones especiales y unas velas. Distribuyó los canapés por el centro y apagó el horno. La cena de Noche Buena estaba lista. Se puso el abrigo, tomó la bolsa con el álbum y se encaminó al centro de la ciudad. Las calles bullían, los transeúntes caminaban entusiasmados en todas las direcciones, los rezagados ultimaban sus demoradas compras navideñas.... Echó un vistazo a los bancos y seleccionó el más apropiado. Colocó el álbum sobre sus piernas y esperó. Enseguida se sentó a su lado un hombre de mediana edad. Adriana le felicitó las fiestas y entabló conversación.
 —Bonita época, ¿no le parece?
—Sí, sí, muy bonita.
—¿La pasará usted en familia? ¡Vaya! Perdone mi indiscreción, no tiene por qué responder. Yo la celebraré con los míos. Desde hace muchos años nos reunimos en fechas tan señaladas. Aquí tengo precisamente las fotos de todos. ¿Desea que le muestre alguna?  —Sin arriesgarse a un no por respuesta, abrió con premura el álbum y comenzó a enseñárselas.
Repitió la táctica cuantas veces pudo. Algunas personas lo ojeaban con desgana y de soslayo; por inercia, más que otra cosa. Los menos manifestaban cierto interés e incluso preguntaban, tal vez por compasión hacia la anciana. La mayoría se levantaba y se iba, sirviéndose de pretextos banales. No obstante, tan poca cosa bastaba para que Adriana regresara a casa ufana y contenta, satisfecha la necesidad de presumir de familia.  
Guardó el álbum y se levantó. El frío, inclemente, comenzaba a clavarle gélidas agujas en sus frágiles huesos. Por el camino hizo balance de la jornada. No se había dado mal: alrededor de una docena de personas, mal que bien, miraron las fotos familiares. Apenas traspasó el umbral, se fue derecha a calentar sus ateridas manos en la estufa; ni siquiera las sentía. Cuando el reloj dio las nueve, abrió el álbum y lo colocó de canto, en un extremo de la mesa.
—Poneos cómodos, ha llegado la hora de cenar. No sin antes deciros, querida familia, lo mucho que agradezco que un año más nos encontremos juntos, ya sabéis que vuestra compañía lo es todo para mí.
Sirvió los entrantes y, al acabar, retiró los platos. Lo mismo hizo con la crema de almendras, con el asado y con el postre. Cuando llegaron los turrones, descorchó una botella de champagne y llenó las dos copas.
—Brindemos por todos nosotros y por nuestros entrañables momentos. ¡A vuestra salud, queridos!
Se acercó a la copa junto al álbum y entrechocó ambos cristales. Puso música navideña, bebió y habló hasta la media noche. El ritual se repitió con exactitud en los días festivos que sucedieron. El Día del Año, su brindis fue el siguiente:
—Lamentablemente, esta será la última comida que celebremos juntos, tengo demasiados años y mi corazón va dando avisos de cansancio. No ha existido mejor familia que vosotros. Nunca me habéis fallado y habéis colmado de felicidad mis vacíos y mis eternas horas de soledad. No debéis entristeceros, la próxima Navidad la disfrutaremos con un nuevo miembro, que pronto conoceremos. No tiene a nadie a quien recordar. Nos necesita tanto como yo os he necesitado.
El día de Reyes, acarició con cariño, repetidas veces, la cubierta del álbum y lo envolvió con un bonito papel de regalo. Pegó en el anverso un lazo y una tarjeta, y sin más dilación, se dirigió al orfanato.
—Pase, Adriana, nuestra preciosa Sara y yo la esperábamos —dijo una simpática monja.
Adriana le dio dos besos a la pequeña de doce años, cuyos ojos eran la expresividad misma.
—Las voy a dejar solas para que conversen a gusto y cuanto quieran.
Después de una amena charla y algunas explicaciones, Adriana entregó el regalo a la pequeña Sara. Se despidieron con un fuerte abrazo y con los ojos vidriosos por la emoción. La niña, con el álbum apretado contra su pecho, no apartó los ojos de la mujer hasta perderla de vista. Adriana prefirió no mirar atrás. Vagó por las calles tan perdida y solitaria como su alma. Al entrar en casa le cayó el vacío encima, se enjugó las lágrimas con un revés de mano. «¡Qué más da! —se dijo—. Me reuniré con ellos enseguida y definitivamente». Se acomodó en el sofá y ancló la memoria en un punto muy lejano del pasado. Solo tenía once añitos, cuando una anciana se presentó en el orfanato donde residía y le regaló un álbum de fotos:
No la conoces todavía,  pero esta es tu familia. Nunca la abandones, te necesita para seguir viviendo en el recuerdo. Mi vida se va apagando, ya solo nos quedarás tú. Siempre estaremos a tu lado. Mira estas dos fotos, soy yo: de joven y como me ves ahora. La primera página está libre, reservada para ti. En las siguientes se encuentran los demás, con su nombre rotulado al pie.
Mientras la desconocida desaparecía Adriana abrazó el álbum. Jamás olvidaría a la afectuosa mujer que le había regalado a su familia.

domingo, 25 de noviembre de 2018

INTERACCIÓN


Se deslizó la sombra por mi blancura, se alimentó de nata, y amamantó mi cuerpo
de lujuria. Goce diáfano que traspasó mis brillos, y ardí en la llama
que apaga la cordura.
Corté la brida.
Desmenucé
roces lascivos.
Yo le exigía más, cuanto más daba.
Me prodigó de noches y de orgías hasta que rebosé, saciada.
Identidades yermas; y entre permutas de plenos y vacíos, devení umbría y ella... fue flama.

sábado, 3 de noviembre de 2018

REGRESO AL CAMPOSANTO

                  Ni aun en pleno vuelo, Mercedes acababa de creerse que el viaje fuera real y no un sueño. La excitación la embargaba. Después de tanto tiempo y de los múltiples intentos truncados, volvía para reencontrarse con Sergio. Partió para México poco después del entierro, porque debía romper con sus recuerdos antes de que los recuerdos la fragmentaran a ella. Ahora, al cabo de los años, se sentía preparada para enfrentarse a la angustia. Sus ansias de visitarlo, de conversar con intimidad y depositar unas flores en su tumba eran irrefrenables. 
        Al adentrarse en el cementerio y pensar en los pocos metros que los separaban, se le encogió el alma. Le costaba localizar la tumba, pues la ubicación se extinguió en su memoria. Hubiera pedido información, pero ¿a quién? Nadie existía ya que tuviera algo que ver con Sergio. ¡Qué solo se quedó el pobre…! Ni un alma para llorarlo, ni un alma para visitarlo; salvo ella, que lo abandonó. Por eso, ahora, por su amor, debía ocuparse de él.   
        ¡La halló! A sus pies: la tumba, su nombre, aquel que tanto amó. Latió su corazón, colmado de reencuentro. «¡Hola, mi amor! Al fin juntos tú y yo». Las lágrimas fluyeron. Se acuclilló junto a la lápida y colocó las flores. Posó su mano sobre ella y suspiró. Mientras acariciaba el nombre y el epitafio, inició un entrañable diálogo, en el que le musitaba, mientras infería las respuestas de él. El sol caía, pero los plomizos nublos impedían el resplandor de su nimbo. La lluvia amenazaba. 
        «Es la hora de dejarte, amor, pero aún me restan varios días para acompañarte. Después… volveré a mi tierra. Sin embargo, no tienes de qué preocuparte, la vida es muy breve y la muerte cierta. Nuestro reencuentro definitivo no tardará. Cierto es que a mí el distanciamiento se me antojará infinito, pero para ti, allí donde te encuentras, supongo que consistirá en un lapso efímero. Hasta mañana, vida mía».
        La tarde se agriaba, tanta soledad y silencio la intimidaban. Deseaba verse fuera cuanto antes. Desorientada, concentrada en hallar la salida, no afianzó los pasos. Resbaló, el terreno se desmoronó bajo sus pies, perdió el equilibró y cayó. El golpe y el dolor fueron inmensos, pero fue mayor el pánico de verse atrapada dentro de una fosa vacía, recién removida. Al observar tan reducido espacio, un terror visceral la paralizó. Nada. Ni un solo objeto del que servirse para trepar. Incluso con los brazos estirados, no alcanzaba el borde. Su respiración se volvió dificultosa, jadeante. La voz se le asfixiaba al querer gritar; cuando la recuperó, explotó en súplicas de auxilio. Solo el silencio respondía. Examinó y palpó las paredes del enterramiento, buscó grietas a las que sujetarse. Luchó por encaramarse, pero pies y manos se le deslizaban y se escurría de nuevo hacia el fondo. Se descalzó, golpeó frenética las paredes con los tacones, para abrirles mellas. Acometió conatos de escalada una y otra vez. Sin descanso. Con desasosiego. Sin éxito... En un desesperado intento, consiguió alcanzar el borde y apoyar los brazos. Paseó la vista por entre las tumbas. Sintió alivio cuando divisó a una mujer, postrada ante una lápida. Sin embargo, las consumidas voces no la inmutaban. Mercedes desgarró el tono.
            «¡Socorro! ¡Ayúdeme a salir de este hoyo, por favor!».
         La mujer, al oírla, volvió la cabeza y la observó atentamente. Palideció: aquellos brazos, aquella cabeza asomando de una sepultura… Se levantó de un salto y corrió espantada. Las fuerzas de Mercedes flaquearon, tanto ella como su ánimo se precipitaron al vacío. Volvió a caer. Oscurecía. Desamparada y sentada en la fría tierra, hundió la cabeza entre los brazos y lloró desconsoladamente.
         Unas gotas de lluvia en la cabeza la alarmaron. Desquiciada, frenética clavaba las uñas en la tierra y escarbaba. Introducía las puntas de los pies incluso donde no existían huecos. Las uñas se le rompían, la piel se le desollaba; sangraba. Su resistencia se agotaba. Llegaron hasta ella ruidos y rumores desde el exterior. Gritó y chilló hasta casi reventarse los pulmones. Se desgañitó. Luego…, el silencio. La desesperación y la ansiedad le dieron el coraje suficiente para no rendirse, para seguir peleando contra la gravedad y la inconsistencia del barro. Inexplicablemente, logró apoyar un codo en suelo firme, después el otro. Los pies arremetían contra la pared para impulsarse. Pegó el tronco a la superficie, estiró los brazos y reptó. Cuando vio todo su cuerpo liberado, creyó en los prodigios.
          Una silueta caminaba en su dirección, pero casi no la distinguía. Mercedes apenas se mantenía en pie, así que avanzó hacia ella pausadamente, medio doblada, haciendo señas con la mano. 
              «Me ha visto. ¡Gracias a Dios estoy salvada!».
           A partir de ese momento su mente se desconectó. No fue consciente de lo que siguió después, salvo que llegó al hostal hecha un despojo: cubierta de lodo, con magulladuras y moratones, brazos y piernas ensangrentados, demacrada... Le sorprendió que el recepcionista no saliera corriendo al ver su apariencia casi espectral. En primer lugar, se relajó con una ducha larga y caliente. Luego rebuscó en el botiquín y se desinfectó a conciencia las heridas. Por fin, dolorida y exhausta, se tumbó en la cama y encendió la televisión. Los párpados se le caían, una súbita paz interior se apoderaba de ella. Casi vencida por el sueño, reaccionó ante una noticia de última hora:
         «Un cadáver, en un estado lamentable, ha sido hallado en el cementerio del Oeste. Lo descubrió el encargado del cierre, quien, tras escuchar unos extraños alaridos, inspeccionó el camposanto. Solo alcanzó a ver cómo alguien arrastraba un cuerpo y salía huyendo al detectar su presencia. La policía que investiga el caso aún desconoce los hechos, lo único que se puede adelantar es que se trata de un crimen».
          A Mercedes se le desencajaron los ojos. Se levantó y se pegó al televisor. Era incapaz de apartar la vista de la imagen que mostraba la pantalla:
           «Pero… esto…, no… ¡No lo creo! ¡¡Es imposible!!», se repetía, descompuesta y lívida.     

     

viernes, 19 de octubre de 2018

EL MUNDO DE LOS SUEÑOS ALCANZABLES


Las preciosas estrellas de papel se van amontonando en la maqueta que mi pequeña y yo hicimos juntas. A ella se le ocurrió construir ese gran pequeño universo de esperanza para depositar una estrella por cada angelito de la Unidad de Oncología Pediátrica que… “partía”. Tengo que agrandarla; apenas me caben ya, pues me he saltado las reglas. ¡Mi hija sabrá entenderlo, lo sé! Desde que emprendió el mágico viaje, por cada lágrima derramaba añado una con su nombre. Y junto a su nombre anoto un deseo, en nuestro particular mundo de ilusión se cumplen todos.

lunes, 15 de octubre de 2018

ENTUSIASMO POR ENSEÑAR A LEER


Incidiendo en este importante tema de aficionar a leer a nuestros hijos, del que ya he puesto otras entradas, he de contaros un hecho que observé hace unos días, que me entusiasmó. Me pareció una estrategia fabulosa para estimular el deseo de leer.
Dos niñas, de seis y cuatro años, jugaban a secretaria y clienta. La mayor le enseñaba cosas a la pequeña. La madre aprovechó la coyuntura y le dijo: «¿Por qué no le lee usted un cuento a su clienta, señora secretaria?». Así lo hizo. La madre, al ver tan entrañable escena, sacó el móvil y lo grabó. La mayor, cuando se enteró casi al final, se sintió radiante, y se le iluminó la cara. Enseguida fue a pedirle a su madre que le mostrara la grabación. Era una delicia contemplar en la niña esa expresión de felicidad y autoestima al verse a sí misma tan importante como para encargarse de leer a su hermana pequeña un libro, casi alcanzando el puesto de los padres. Luego fue y le dijo a su madre: «Podía contarle un cuento todas las noches, pero es que me parece como que me da un poco de pereza, pero se lo voy a contar dos o tres días».
¿No es una estrategia ideal para inculcar la lectura? La niña leía de verdad, pero incluso, aunque no lo hicieran, siempre podríamos ofrecerles el libro y sugerir que se lo inventaran. Eso también avivaría los deseos de aprender cuanto antes.

domingo, 26 de agosto de 2018

VAYA LATA CON LA LATA


Playa del Mediterráneo - La narraTina
Voy a intentar redactar esta anécdota, real como la vida misma, con la mayor gracia posible, aunque es difícil transmitir el hecho con palabras. Grabado por la “cámara indiscreta” sería para partirse de risa. Tratad de representarlo mentalmente y veréis. Ahí va:

Caminaba por la playa, con el agua por encima de las rodillas. Mi pie topó con un objeto:
«¿Qué es esto? ¡Una lata de refresco! Lo que faltaba, ¡hasta en la playa! ¡Si está cerrada! Será que se le ha caído a alguien. ¡Mira que bañarse con ella…!», todo esto pasaba por mi cabeza.
Miré alrededor por si alguien daba muestras de ser el dueño. El más cercano era un hombre, de unos setenta años, sentado en una roca a pocos pasos de la orilla. No creí conveniente volver a dejar la lata en el mismo sitio y fui a colocarla sobre dicha roca, en lugar bien visible. El hombre ni se inmutó, como si no me viera.  Seguí mi paseo. Me alejé mirando cada poco hacia atrás. De pronto veo que el “Señor de la roca” se levanta y deja la lata otra vez en el agua, donde la encontré. Ya os podéis imaginar mi sorpresa.
«Discrepa de mí —me dije—. Pensará que el dueño la buscará en el lugar exacto donde la perdió».
Deshice el paseo por el mismo recorrido.
«¿Seguirá la lata en el mismo sitio?», me preguntaba.
El hombre, que me vio llegar, se levantó como alma que lleva el diablo, se apresuró a sacar la lata del agua y a ponerla sobre la roca de nuevo. Se sentó y puso cara de póker. Cuando yo pasé por delante, él miraba al infinito, fingía indiferencia, solo le faltó silbar. Mi desconcierto era total y absoluto.
«¿A qué vendrá esto? ¿Creerá que voy a enfadarme si no está el bote donde lo dejé y me lo encuentro de nuevo en el agua? ¿O temerá que esta vez me lo lleve conmigo?».
Seguí de largo, carcomida por la intriga y conteniendo mis ganas de sonsacarle. Por supuesto, no dejé de observarlo, de reojo. ¡¡¡Se repitió la escena!!!: volvió a dejar el bote en el agua. De pronto lo entendí todo:
«¡Pone el refresco `a refrescar´! ¡Es suyo! Vaya fresco».
Seguro que pensó: «Uy, esta… ¡Qué “rebote” va a pillar si se tropieza otra vez con el bote!». Pero ¿por qué se hizo el desentendido? Supongo que le daría vergüenza, o temería que la gente se tropezara y le echara la bronca.
Rebobiné toda la escena en mi mente, su trajín: que si pongo la lata en el agua, que si ahora me la quitan; que si la vuelvo a poner, que si la vuelvo a sacar… En fin, cosas raras tiene la vida (y seres).
Me dio la carcajada, y me sigue dando cada vez que lo recuerdo.

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