martes, 17 de octubre de 2017

EN BUSCA DEL EXTRAÑO

Para Juan Pérez García los días se descolgaban unos de otros con cansina monotonía. Él dejaba correr las horas, con su pensamiento puesto en el más allá. En el más allá de este mundo, pues no concebía la idea de considerar el más allá de la otra vida hasta no conocer el de la presente.
Juan Pérez García era pastor, a eso lo metió su padre siendo un mocoso. Por tanto, si algo le sobraba era tiempo para pensar mientras contemplaba las montañas que se alineaban tras el valle donde pastoreaba su rebaño. Largas eran las jornadas en que se devanaba los sesos, embelesado por esas historias maravillosas que había oído contar a los indianos, enriquecidos en tierras misteriosas sembradas de abundancia. Sólo que a él las riquezas le traían sin cuidado. Gran cuidado le ocasionaría el acertar a usarlas. Lo que le agitaba el alma y le prendía la curiosidad eran las portentosas diferencias entre las gentes, que oía relatar.
Al último que escuchó fue a El Cubano, que marchó de joven a labrarse un porvenir por esas tierras de Dios y había vuelto, cargado de fortuna hasta las cejas, para envejecer tranquilo en la opulenta casona que le estaban construyendo en las afueras del pueblo. En las concurridas tertulias de la tasca, El Cubano cincelaba escenas de personas y parajes idílicos. «Y eso —repetía— que lo que yo sé no es de la misa la media».
A Juan Pérez García se le mudaba el juicio, y la razón se le torcía cuando oía al indiano referir estas historias paradisíacas. Un día, no menos monótono que tantos otros, le dio por la tremenda y resolvió dar gusto a sus sentidos y a sus sentimientos. Se echó el morral al hombro y se despidió, envanecido, del medio puñado de personas que aunaban su interés. Despuntaba el sol por detrás de aquellas montañas que nunca antes se atreviera a traspasar, enfiló el camino y echó una última mirada a las manos que, tras de sí, orgullosas y apenadas, agitaban sus pañuelos en señal de despedida.
Juan Pérez García atravesó tres hileras de montañas de un tirón. Ni que decir tiene que hubo un momento en que le asaltó la duda y reposó sus pasos. Ni que decir tiene que, al llegar la noche, lo acosó el terror y las tripas se le anudaron. Ni que decir tiene que, al abrirse el nuevo día, la inseguridad se cebó en sus carnes. Mirando indeciso ni adelante ni hacia atrás sino en la dirección del hombro. Vaciló profundamente, pero enfocó el frente y tiró para adelante. Franqueó montañas y macizos, cañadas, ríos y llanuras. Sol tras sol, pertinaces rayos lo abrasaron. Un cuarto de mundo mediaba de distancia hasta su pueblo. Decidió probar su suerte y buscar alguna aldea. A lo lejos, por debajo de donde se encontraba, divisó seres moviéndose. Observó con entusiasmo y con paciencia: ¡¡Sí, parecían los extraños!! Después de echarle un pulso a su temor, encarriló los pasos en aquella dirección. A medida que bajaba tuvo tiempo para comprobar que, tal como presuponía, eran tremendamente diferentes. Llegó hasta ellos y observó.
Espigados y enjutos, su piel tomaba el color del café tostado. Los ojos les brillaban como luciérnagas en la noche. Las barbas, bien pobladas, se ensortijaban como zarcillos. Adornaban sus cabezas con abalorios de colores. El sonido de sus palabras recordaba el de la lluvia. ¡Qué suerte la suya!, había descubierto los primeros seres diferentes. ¡Y qué diferentes eran! Sus viviendas ni siquiera parecían casas: estaban asentadas sobre el follaje de tupidos árboles.
Juan Pérez García se sintió desconcertado cuando varias de aquellas personas se aproximaron a él, lo condujeron hasta el centro del poblado y le ofrecieron su comida. Continuó atónito porque nadie preguntó su nombre, de dónde venía o qué buscaba allí. Su perplejidad fue aún mayor cuando, al caer la noche, dos niños lo tomaron de la mano y le ofrecieron un lecho junto a ellos en la copa de un gran árbol. Aquellos extraños lo vieron agotado y lo ayudaron. No existían muros ni fronteras en el corazón de aquellas gentes.
Amanecía. Tan pronto como la luz del sol cosquilleó sus ojos, se asomó excitado al exterior y descendió del árbol, desbordado por las ansias de contemplarlos. Vivió entre ellos satisfecho y apreciado, estudiando con ahínco las preciadas diferencias.
A medida que los días transcurrían una decepción indescriptible derruía sus anhelos. Los extraños ya casi no lo parecían; tenían un par de ojos alegres y vivarachos, cinco dedos en cada mano, dos piernas los sostenían, y no andaban de forma inusual ni a cuatro patas. No poseían ningún rasgo excepcional que los diferenciase de la idea de persona que él traía. Sus gestos y ademanes eran clavados a los de sus paisanos. Sonreían como siempre había visto hacerlo. Las mujeres alumbraban a sus hijos como su madre lo había alumbrado a él. Envejecían, enfermaban, sentían el dolor... Allí no concluía su búsqueda. A pesar de ello, dejó transcurrir algunos días; su estancia en el poblado era feliz. De haber sido un personaje destacado no hubiera recibido mejor trato. Nada le pidieron y le dieron todo.
Llegó el momento de decir adiós. Lo aprovisionaron de alimentos y de útiles para el viaje. Se fue del lugar mientras muchas manos, tras de sí, agitaban ramas en el aire en señal de despedida.
Reanudó el viaje, cruzando valles y llanos, pantanos, ciénagas y lagos. Luna tras luna; muchos astros arrullaron la desazón de sus noches, hasta que intuyó haber corrido medio mundo. Buscó algún pueblo. Divisó casas guarecidas en el corazón de una montaña. Se sentó a observar y a meditar. Antes de caer la noche ascendió el camino, dirigiéndose al lugar. Los desconocidos lo vieron acercarse y salieron a su encuentro en espontánea procesión. Juan permanecía inmóvil. Lo rodearon y condujeron hasta el mismo centro de la aldea. Le ofrecieron un lugar entre ellos, sus alimentos, su bebida… Él comía y contemplaba. Sin duda, se hallaba entre los extraños: muy bajos, del color del azafrán, ojos pequeños y profundos, casi ocultos entre unas cejas muy pobladas. Sus palabras fluían como silbos. Usaban gorros puntiagudos y ropas apretadas.
Mientras la luna trepaba por el cosmos y las estrellas titilaban vivarachas, ellos bebían, hablaban y reían, sentados en un corro. A la hora de acostarse todos le abrían sus puertas invitándolo a pasar. Conmovido, eligió la más cercana. Lo acomodaron en un catre perfumado con hierbas olorosas. Por el ventanuco, una pícara luna coqueteaba en su pupila mientras se balanceaba insinuante entre las curvas de los tesos. Disfrutaba de aquel paisaje nocturno, fascinado por tanta amabilidad, por disponer de una agradable cama, porque nadie le preguntaba quién era él, de dónde procedía o qué buscaba. Aquellas gentes no marcaban diferencias entre razas ni culturas.
El fresco tempranero lo espabiló y lo impulsó hacia el exterior, deseaba con vehemencia contemplarlos cuanto antes. Permanecería en esta aldea el tiempo necesario para analizar las diferencias. Poco a poco, y sin remedio, el desconsuelo lo abatió. Con los días, las celebradas diferencias se desvanecían. Aquellos seres trabajaban y sudaban como los labriegos de su pueblo en los tiempos de la mies. En lo alto un pastor miraba anhelante las llanuras, a lo lejos; cuidaba unas ovejas achaparradas, pero que pastaban y se movían en rebaño, como todas. Las mujeres amasaban, cocinaban, lavaban... Algunos hombres picaban piedras y las acarreaban, otros cazaban, otros tallaban... trabajaban para subsistir. Actividades comunes. Cuando los niños jugaban, sus expresiones, sus risas, sus reacciones eran como las de cualquier niño medio mundo más allá. Lamentablemente, lo que buscaba no estaba allí. Aun así, no se arrepentía de su estancia entre personas que lo trataban como se trata al mejor amigo. A la hora de partir, numerosas manos agitaban cuencos con guijarros cantarines, para despedirlo.
Retomó su búsqueda, cruzó marjales, bosques, selvas, pedregales y desiertos. Aurora tras aurora, abundantes alboradas renacieron. Se encontraba en algún punto muy lejano. Ante su incrédula mirada la tierra empezó a trocarse en hielo. La desconfianza se apoderó de él, pero aún tuvo la audacia de avanzar un poco más. Giró en torno suyo y contempló con estupor que solo el hielo lo rodeaba por completo. Debía estar en un lugar tan remoto del mundo, tan inhóspito, en el que, seguramente, ningún ser humano había podido resistir. No tenía elección, la evidencia lo obligaba a volver sobre sus pasos, pero la vista se le nublaba, sus pies ateridos de frío no lo obedecían y, dulcemente, fue dejándose atrapar por un irresistible sueño.
Yacía en una carreta deslizante cuando alzó sus párpados. La blancura resultaba cegadora, perturbada únicamente por sombras que se movían ante él. Cálidas y confortables pieles lo cubrían. El trineo se paró y las sombras se acercaron. Lo miraban sonrientes. Solo podía distinguir unas caras del color de la canela y unos ojos muy rasgados, el resto de sus cuerpos estaba velado por las pieles. Lo alzaron entre cuatro y le metieron en el interior de una vivienda, que también era de hielo, pero habitable; tenía lechos en el suelo y rústicos utensilios de cocina. En poco tiempo la morada se llenó de gente que lo miraba y sonreía. Frotaban su cuerpo, insensible aún, con aceites y ungüentos. Lo alimentaron, lo arroparon y le hicieron compañía hasta que lo creyeron dormido. Intercambiaban entre ellos un lenguaje que parecía una cadencia de susurros.
Juan Pérez García reflexionaba sobre todo aquello, convencido de que ahora sí había conseguido su objetivo: conocer las grandes diferencias. Tan distintos eran que ni siquiera parecían pertenecer al mundo real. ¡¡Qué suerte la suya!! Los extraños lo habían encontrado a él, aunque se sentía tremendamente impresionado por tan esmerados cuidados; lo trataban como si fuera un hermano. Su sorpresa fue en aumento al considerar que nadie le había preguntado qué buscaba en aquel rincón olvidado del mundo ni cómo había llegado hasta allí ni qué esperaba conseguir. Sólo lo cuidaban con ternura. Estas personas no lo habían rechazado por sus pensamientos, opiniones o tendencias, ni se habían preocupado de ellas.
Abrió los ojos embriagado por un delicioso bienestar. Se incorporó en el lecho. Todos los que lo observaban en silencio se aproximaron hasta él. Lo arroparon, lo abrigaron y le indicaron sonrientes que saliera. Así lo hizo y abordó el exterior con frenesí, con ánimos de investigar tan destacadas diferencias. Decidió quedarse entre ellos solo el tiempo suficiente para conocerlos más a fondo.
El tiempo fragmentó su dicha y la frustración lo acometió. Al ahondar en las exóticas costumbres, estas perdían su rareza.  Las madres amamantaban a sus hijos como fue amamantado él, y antes de él, su padre, y su abuelo. Estrechaban a sus retoños en el regazo con un cariño inconfundible. Los hombres pescaban y despellejaban animales para aprovechar la piel y el alimento. Cuidaban de los ancianos como poco antes lo habían cuidado a él. Allí tampoco estaba lo que buscaba, pero saboreó sus delicadas atenciones, descansó un tiempo y conoció mejor a aquellas gentes.
Cuando llegó la hora de partir, lo acompañaron hasta el límite en que la tierra se arrepiente de ser hielo. Muchas manoplas eran agitadas, tras de sí, al despedirlo.
Desanimado y desalentado se encontraba Juan Pérez García, con la certeza de que su búsqueda había terminado. No encontraría la clase de diferencias que salió a buscar.
Transitó por desiertos, estepas, abismos, eriales, desfiladeros, y gargantas. Ocaso tras ocaso, incontables crepúsculos lo mecieron, hasta que chocó con un gigantesco océano que surcó en una barquita. La tempestad se desató y zarandeó la barca sin piedad, manejándola a su antojo. Juan Pérez García se sintió perdido. Se tumbó en el fondo de la barca, bajo el inclemente sol marino, resignado a conocer antes de lo que esperaba el más allá de la otra vida. Interrumpieron su letargo unos cánticos angelicales que enardecían los sentidos. Se incorporó y localizó la procedencia del sonido. La tempestad había amainado. Un desfile de canoas se acercaba a su barca. La estampa era tan bella que debía de encontrarse en el cielo, sin lugar a dudas. Los ocupantes de las canoas, arrastraron la barca a la deriva, aproximándola a una playa tan hermosa y tan exótica que ni en el mejor de sus sueños se habría imaginado. Un inmenso tapiz de arenas blancas y sedosas limitaba por un lado con el océano, por el otro con un oasis de estilizadas palmeras, entre las cuales se distribuían las chozas de los habitantes.
¡Qué diferencia de personas! Tenían el color de la aceituna. Los ojos rutilantes y almendrados. Vestían escuetas ropas de pétalos y plantas, y sus pies se movían libres. Sus palabras sonaban como música, de sus gargantas brotaban acordes, trinos, melodías... Lo lavaron, lo afeitaron, lo perfumaron, lo vistieron de flores a la usanza. Lo pasearon por la aldea sobre un palanquín, desde el que averiguó que el agua los rodeaba por completo; se encontraba en una isla situada en el corazón del océano. Lo posaron; la gente desfilaba ante él, colocando a sus pies cestas repletas de jugosas y exuberantes frutas. Hubo una fiesta en su honor en la que todos, sin excepción, bailaron y cantaron. Aquellas personas en un ritmo trepidante cimbraban sus cinturas como juncos acariciados por el viento. Se sintió perplejo porque lo habían agasajado como si le debieran la vida. Siguió perplejo porque nadie le había preguntado qué quería, qué intenciones lo guiaban, o quién lo enviaba hasta ellos. Su perplejidad fue aún mayor porque lo agasajaban mejor que a un amigo, mejor que a un hermano, como a un hijo pródigo. Cuando el cansancio los rindió se retiraron a sus chozas, alojándolo en la principal. A esas gentes no les importaban la humilde condición, el nivel o la categoría, ni fama ni popularidad.
La brisa salubre lo espabiló y abandonó la choza. Bajo la agradable caricia de los retozones rayos de sol, se dispuso a examinar a fondo las maravillosas diferencias.  Se preparaba una boda. Juan Pérez García se entusiasmó porque tendría la oportunidad irrepetible de presenciar este acontecimiento universal, entre los seres extraños. A su alrededor la gente se afanaba: cocinaban, decoraban apetitosas bandejas de alimentos, ornamentaban el poblado, se acicalaban con esmero y se engalanaban. Al cruzarse, los novios intercambiaron miradas sensuales, apasionadas y rebosantes de complicidad, como cualquier otra pareja de enamorados. En lugar de intercambiar anillos, intercambiaron sus collares. Se celebró un gran festín, entre aclamaciones, cánticos y bailes. Un venerable anciano los unió. La emoción se palpaba en cada ser. ¿¡Qué había de extraño en todo aquello!? Presenciaba la escena más antigua del mundo. ¿Dónde estaban las marcadas diferencias? Una desolación atroz tiró por tierra sus últimas esperanzas.
Le costó dejar aquel lugar donde la dicha lo envolvía, donde era un ser querido y venerado. Pero decidió regresar con la misma determinación que lo impulsó a partir. Los supuestamente extraños lo acompañaron con sus barcas hasta que la suya se borró en el horizonte. Cruzaron sus manos sobre el corazón en señal de despedida, no las agitaron en el aire. Le comunicaban que él ocuparía un lugar en su interior.
El retorno fue agotador. Desanduvo todo un mundo. Se sucedieron soles, lunas, auroras y ocasos. Le pesaba no haber podido entender las diferentes lenguas, pero lo colmaron de comprensión, y hubo un entendimiento natural. Las palabras no fueron obstáculo ni impedimento.
Al fin se hallaba en su tierra, no lejos de su pueblo. La noche lo sorprendió extenuado por los rigores del camino. Las fuerzas le fallaron. Paró en un pueblo desde el que se habría visto el suyo, de no hallarse embozado por montañas. Buscó una casa para pedir cobijo.
—¿Quién va? —preguntaron.
Juan Pérez García, un paisano de aquí al lado —contestó.
El portón se cerró violentamente.
—¡Vete! ¡No te conocemos!
Buscó otra puerta y pidió ayuda.
—¿Qué quieres? —soltaron con aspereza y de mala gana.
—Alojamiento, por favor —rogó.
—¡Lárgate! No recibimos a extraños y menos a estas horas.
Vagó desalentado hasta dar con una tasca, que aún estaba abierta. Entró en ella para guarecerse. Al momento, un grupo de hombres lo rodeó y se burló de su desaliñado aspecto. Le preguntaron qué hacía allí, qué andaba buscando, qué intenciones ocultaba,  a dónde se dirigía....
—Soy un paisano —exclamó—, mi pueblo está ahí al lado, soy de...
No lo dejaron continuar. Esta respuesta los irritó y los enfureció.
—¡Tú! ¿Tú, un paisano? ¡Menuda pinta!
—¡A saber de dónde habrás salido!
—No creemos que te guíen buenas intenciones.
 Juan Pérez García intentó explicarse. No quisieron ni escucharlo. Lo expulsaron del local sin contemplaciones. A empujones.
—Aléjate de aquí y no vuelvas a tentar tu suerte, que hoy ha estado de tu lado. Menudas pintas de bandido tienes.
Se retiró de las casas, rendido y desmoralizado. Se puso a resguardo entre las ruinas de un molino, para esperar pacientemente el día. No lo despertaron los primeros hilos de luz, sino un grupo de personas que lo acorralaba. Fue hostigado y amenazado.
—Estas tierras son nuestras. ¿Qué haces tú en ellas?
—¡Fuera de aquí intruso!
—¡Advenedizo!
 Juan Pérez García sintió una amargura asfixiante. Hablaba el lenguaje de aquella gente, pero no entendía sus expresiones ni su actitud. Le escupían palabras como truenos iracundos. Resultaba incomprensible. Le cerraban sus puertas sin motivo. No le brindaban ni una sola oportunidad. Su amargura y decepción fueron mayores al reconocer que sus aparentemente iguales no lo aceptaban. Comprendió que para ellos él era el extraño. Se alejó de allí mientras un grupo de manos en el aire arrojaban piedras contra él.
Un cálido bienestar lo reanimó con la primera linde que lo situó en su pueblo. Allí todo fueron bienvenidas y atenciones. Disfrutaba, colmando de palabras la sed por escucharlo. Prodigaba los detalles acerca de sus andanzas y aventuras, sin escamotear ni la más pueril mueca. Después volvió a los pastizales a ocuparse del rebaño.
Desde su vuelta, Juan Pérez García miraba las montañas con nostalgia, pero pleno y realizado. El más allá y los extraños estaban a su lado. No hubiera precisado alejarse tanto para descubrirlo; pero conoció, gracias a ello, la tolerancia y la bondad entre las gentes más lejanas.  Se sentía feliz; su viaje había merecido la pena. Siguió soñando, mientras dejaba volar sus pensamientos. Había comprendido que las mayores diferencias solo afectan a los aspectos más banales, en los valores humanos se minimizan; que la diversidades son maravillosas por ennoblecer a cualquier ser, excepto a quien reniega de ellas. Las desemejanzas no nacen en la distancia ni en los condicionantes externos, brotan en el alma; son cualidades con infinitas tinturas. La naturaleza no crea al extraño, lo crea el sentimiento.

Contempló las montañas que se alineaban tras el valle con la sonrisa pintada en su rostro. Sabía que un gran mundo, muy lejos del suyo, le ofrecía su amistad y su hospitalidad.

2 comentarios:

  1. Gracias, Alex. Gracias, Cecilio. Me alegra que os guste. Tengo vuestra opinión en alta estima. Un abrazo.

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