No sabes disimular, ¡robot testarudo! Ese ha sido siempre tu problema. Aunque ni ellos mismos sepan la razón, no te convierten en chatarra por antiguo o inservible. Te desarticulan porque tienen miedo. Captan tu sensibilidad, tus emociones, tus afectos... Les asusta percibir en ti aquello que la humanidad se empeñó en erradicar. Pese al dolor que me causa, me he ofrecido a desmontarte. Es preciso conservar de tu estructura esta pieza única y excepcional, que yo misma protegeré. No se enterarán ni la echarán de menos, porque ya nadie sabe lo que es un corazón ni lo que siente.
martes, 29 de octubre de 2024
LATIDOS - «CUENTOS DE NAVIDAD» - REVISTA DE VALDEMORO
No sabes disimular, ¡robot testarudo! Ese ha sido siempre tu problema. Aunque ni ellos mismos sepan la razón, no te convierten en chatarra por antiguo o inservible. Te desarticulan porque tienen miedo. Captan tu sensibilidad, tus emociones, tus afectos... Les asusta percibir en ti aquello que la humanidad se empeñó en erradicar. Pese al dolor que me causa, me he ofrecido a desmontarte. Es preciso conservar de tu estructura esta pieza única y excepcional, que yo misma protegeré. No se enterarán ni la echarán de menos, porque ya nadie sabe lo que es un corazón ni lo que siente.
domingo, 27 de octubre de 2024
CORAZÓN DE PICO
Atrincherado
en una profunda zanja, esperaba Mario el asalto; convencido de que ocurriría a
lo largo de la noche, cuando las sombras de los bandidos se diluyeran en la negrura.
Tan solo una escopeta, su látigo y su palabra para defenderse. «No me dejaré
matar, se decía, ni es mi sitio ni es mi hora. La suerte la forja uno mismo». A
ratos, un sudor frío le nublaba la visión. «¡Que no se diga, “Corazón de pico”!
—retumbaron las palabras de Pedro en su cabeza—. Siempre le echaste agallas, no
vas a acojonarte ahora. Con la de andanzas y peligros que hemos corrido juntos».
«¡Cuánta razón tiene, padre! No me acobardé en España y no lo haré en México».
Malos
tiempos fueron aquellos de la guerra y los que prosiguieron, pero ni las
adversidades ni lo abrupto del terreno frenaron sus pasos. Se movían por andurriales
y atajos para evitar multas, incautación de los productos, la cárcel y, ante
todo, la muerte. Con un carro y una mula recorría Pedro pueblos, ferias y
mercados. De todo compraba y de todo vendía, o intercambiaba. Cuando estuvo a
su alcance, adquirió una segunda mula en la Plaza de San Agustín de Toro.
Algunas
veces, cuando sus salidas entrañaban poco riesgo, se llevaba a Mario. El chico era
capaz de sacar agua a una piedra y desde el primer momento mostró talento para
comerciar. A los catorce años se convirtió en acompañante habitual. Mario no conocía
el miedo, y viajar junto a su padre le hacía sentirse un hombre. Su primer
viaje largo, a Verín y La Gudiña, era para él como una prueba de madurez. No
cabía en sí de gozo, pese a saber que desde Villagarcía de Campos la distancia amedrentaba;
muchas horas, costosos sacrificios y demasiadas dificultades. El carro disponía
de un doble fondo, en el que escondieron dos sacos de legumbres, tres docenas
de huevos, dos pollos recién sacrificados y despiezados, y algunas de las partes
más sabrosas de la matanza. Lo venderían sobre la marcha. Para los de casa
reservaban lo imprescindible y de menor calidad; más que nada, la manteca. Encima
del doble fondo colocaron varios costales de cal muerta, se vendía muy bien. Y,
por si venían mal dadas, una pequeña saca de garbanzos, otra de harina y cuatro
chorizos. Con esto y dos botellas de vino casero podían salvar situaciones
comprometidas con la autoridad y obtener un «hacer la vista gorda». Colgaron
los látigos en los varales del carro y escondieron la pistola en la trampilla oculta.
Nadie que transitara los caminos viajaba sin un arma, si es que podía
permitírsela. Aparte de prófugos de buen corazón, en las veredas y montes
merodeaban salteadores y maleantes. Tampoco en pueblos y ciudades convenía
bajar la guardia. El hambre, una bestia devoradora, engendraba ladrones
desesperados, que se aferraban a la vida, aun a costa de la de otros. Mario se
había convertido en el guardaespaldas de su padre, siempre atento a cualquier
movimiento sospechoso. Procuraban viajar de noche y descansar de día, a la obrigada
de árboles y matorrales.
A
Mario, con el alma en un hilo, cualquier ruido lo sobresaltaba. Escudriñó la
distancia hasta donde le alcanzaba la vista. Aún no eran ellos, sino un conejo husmeando
en la hierba. Estiró las piernas, respiro hondo y volvió a otro tiempo.
—Nos
detendremos aquí. Es un buen sitio, no nos verá nadie. Mejor no jugársela, si
no queremos que nos agujereen el pellejo.
—Padre,
¿por qué dice algunas veces que, si usted va pal otro barrio, nos
aseguremos de que está bien muerto?
—Por
lo de tu abuela. Apenas lo miento porque me pone mal cuerpo. Se la llevó la gripe
del dieciocho. Dándola por fallecida, la dejaron sobre una camilla de un depósito
improvisao. Al día siguiente la encontraron, acurrucada y muerta de
verdad, en un rincón. Qué terror pasaría al verse viva aún, entre difuntos. Tu
abuelo, a pesar de que caían como moscas, no se apartó de su lado, salvo en ese
penúltimo lugar, donde solo entraban los cadáveres. El entró a los tres días.
—Padre,
en realidad…, ellos no eran mis abuelos. Aunque yo solo tuviera cuatro días,
ustedes me sacaron de la inclusa de Valladolid.
—Ten
esto bien presente: yo soy tu padre y ellos tus abuelos. También yo fui adoptao
por los tíos Paco y Julia y para mí han sido y son auténticos padres.
—¿Ninguno
de los tíos quiso hacerse cargo de los cuatro hermanos para no tener que
separarlos?
—Velay.
Bastante hicieron ya. Cuatro chiguitos, de golpe, no es moco de pavo; nos
repartieron. Los tíos de Urueña, sin hijos y con posibles, acogieron a
los dos menores, los tíos de Villalpando se llevaron a la niña. Y yo, el mayor,
me quedé con mi tío Paco, una gran suerte. Fui un hijo más, ni la menor diferencia
con los propios. Cuando me casé, me dieron una dote muy generosa: un carro, una
mula y cien pesetas. Otros marchan con las manos en los bolsillos. Mi tío ha trajinao
siempre. Yo seguí sus pasos y bien que me enseñó el negocio. En el fondo, son cuatro
reglas: andar a la que salta, aguzar ojos y oídos, mirar en quién confías y
saber dónde feriar. Como, por ejemplo, cal en Carucedo, jabón barato en Aspariegos, aceite en Salamanca y Sierra de
Gata. En Fermosell y la Raya, tabaco, café, azúcar… En Vezdemarbán y
Valladolid, el textil. Tejas de calidad, en Pobladura de Sotiedra. En Toro y en
Benafarces se trapichea con casi todo.
—Padre,
hay quien dice que somos unos ensinvergüenzas, que andamos al
estraperlo.
—¡Hay
que joderse! Malas lenguas y mucha envidia. ¿Pero de qué? Siete bocas que
alimentar: dos abuelos, nosotros, cuatro hijos, otro en camino y uno con
tuberculosis. La medicina para José cuesta cien pesetas al día y un jornal corriente
unas treinta y cinco, así que andamos a tres menos cuartillo y endeudaos.
Pero le voy a sacar adelante como sea. No sientas vergüenza, yo la sentiría por
no ocuparme de mi familia. No buscamos riquezas, solo sobrevivir, y se
beneficia mucha gente humilde, que no encuentra qué llevarse a la boca. El
racionamiento llega tarde, mal y nunca. Abusan los más pudientes, que tienen
buenas aldabas y abultadas las faltriqueras. Esta hambruna engulle la dignidad.
¡Bueno, vamos a lo que importa! Engancha las mulas, que marchamos.
Brillaba
una enorme luna llena y avanzaban rápido. Mario se puso en alerta. «¿Los ha
oído, padre?». Los aullidos se intensificaron.
—Estos
también quieren comer. Enciende las antorchas y coge el látigo. No dejes que se
acerquen. ¡Arre! Mulitas, a correr, que ya habéis descansao.
Pronto
tuvieron encima la manada de lobos. Mario, en la parte de atrás, agitaba las
antorchas sin descanso y descargaba imponentes latigazos. Pedro, además de sujetar
las riendas, manejaba el látigo con maestría. Entre ambos los mantuvieron a
raya, hasta que los fueron dejando atrás. Con las primeras luces llegaron a
Puebla de Sanabria. Llevaron las mulas a un establo de alquiler. Pagaron el
forraje en especie y por anticipado. «Voy a ver si sonsaco información —dijo Pedro—.
No pierdas de vista el carro y las mulas, hay mucho mangante». Mario paseaba la
calle y miraba la cuadra a intervalos. En uno de ellos, descubrió a un hombre
robando la cebada de las mulas. Cogió la tranca del carro y se fue a él. El bribón
le disparó y huyó. La bala hirió a Mario en un brazo. Se vendó con un trapo como
pudo. Se lo calló por temor a demorar el viaje, la penicilina para José urgía. Siguiendo
consejo, en Lubián tuvieron que alquilar dos bueyes. Los puertos de Padornelo y
la Canda estaban helados. Complicado para las mulas.
Mario
se removió en la trinchera. Ahora sí se aproximaban. Se movían con sigilo, pero
él tenía el oído adiestrado. Rosales indicaba a sus hombres, mediante señas, que
rodearan la casa.
—Hey,
compadre, asome y explíqueme por qué sigue difamándome y asegurando que le vacié
el almacén. —Una ráfaga de disparos cortó el aire—. No nos obligue a esto. —Mario
les sorprendió por la retaguardia. Se volvieron.
—Rosales,
di a tus esbirros que arrojen las armas. No cometas la estupidez de matarme o
no verás más a tu hijo. Jamás lo encontrarías.
Uno
de los hombres lo encañonó. Mario hizo saltar el arma con el látigo.
—¿¡Quién
le dio la orden de disparar, pendejo!? —gritó Rosales al tirador y lo golpeó. Luego
se dirigió a Mario—. ¿Se burla de mí, compadre?
—Yo
nunca miento. Si te queda un ápice de inteligencia, escucha con atención. Lo
que te llevaste de mi almacén, y yo mismo lo presencié, ya no me pertenecía. Acababa
de venderlo. El comprador es una persona poderosa y se siente agraviado. Para
él eres insignificante. Tiene a tu vástago, yo mismo se lo llevé, y ha cantado.
Si no devuelves lo robado, su vida no será la única que peligre. Te diré donde
tienes que entregarlo. Allí mismo recuperarás a tu retoño.
Distribuyeron
bien la compra en el doble fondo del carro: las dosis de penicilina, varios
kilos de castañas, dos odres de aceite, equivalentes a unos cien cuartillos; jabón,
queso, azúcar, café, sardinas en salazón y harina de Manitoba, que les
quitarían de las manos. Como siempre, dejaron a la vista una parte poco
comprometedora e iniciaron el regreso. Varios kilómetros antes de Colinas de
Trasmonte, de entre un espeso arbolado, salió un grupo de personas harapientas
y descalzas. Nada más verlas, Pedro metió la pistola en un bolsillo de la
pelliza y echó mano al látigo. Mario cogió el suyo y lo mostró.
—No
teman, somos buena gente. No vamos a hacerles daño, ni a robarles. Nos morimos
de hambre. Por piedad, ¿podrían darnos algo de comer?
Cuando
se les acercaron, a Pedro y a Mario se les erizó el vello. Los ojos hundidos en
las cuencas, los rostros cadavéricos. Pedro les dio un saco mediano de
garbanzos. Se tiraron a él con ansia, se los comían crudos. Las encías les
sangraban. Se conmovió y les dio los dos almuerzos del día, y una parte de la
mercancía. Algunos, de gratitud, lloraban como niños.
—Esto
es muy triste, padre, ¿pero no les ha dao mucho? ¿Y las deudas?
—Nos
las apañaremos, hijo. Acabarán muriendo los desdichaos, pero no haberles
ayudao me hubiera quitao el sueño. Me recuerdan al suegro de
Fausta. Cuando le hicieron la autopsia, tenía el estómago abarrotao de
hierbas.
—Padre,
me gustaría hacer las Américas. Me dolerá irme, pero la mili no me va. Y, si la
hago, tampoco podría acompañarle en mucho tiempo. Mandaré dinero, y, en cuanto junte
para vivir holgaos, volveré. Se lo juro. Les debo todo.
—Claro,
vete a probar suerte. Lo tuyo es luchar y subir. ¿Recuerdas el día que te di el
título de «Corazón de pico»? Urgía la penicilina y te empeñastes en ir
por ella en plena riada. Al cruzar el puente con el caballo, os arrastró la
corriente, pero salistes a flote y volvistes con ella. ¿Te
encuentras mal, hijo?
Mario
se mareó. Su frente ardía. Pedro vio sangre en la camisa. La remangó y descubrió
la herida. «¿Qué ha pasao? ¡Aguanta hasta Villalpando!».
—No,
padre, no arriesgue la carga. Si he aguantao hasta aquí, podré llegar
hasta el pueblo. Don Andrés me atenderá. Pedro Azuzó las mulas.
A
las once de la mañana, Rosales llegaba al puerto de Veracruz con el camión. El
comprador, sus hombres, y agentes de policía lo esperaban. Mario, después de
revisar la carga, le devolvió a su hijo. Un trasatlántico zarpó, Mario iba a
bordo. Comparada con la exaltación de su ánimo, la bravura del mar era leve. Al
divisar las costas españolas, su corazón de pico se ablandó. José venció a la
peste blanca y se liberó de cuatro años de confinamiento, le daría ese abrazo
que tanto se hizo esperar. No edificaría una casona de indiano como la que
tanto le encandiló al contemplarla: Villa María, en La Pola de Gordón; pero tendría
su casa y el calor de una familia. Su padre dejaría de rodar por caminos de
hambre.
lunes, 8 de mayo de 2023
ALMAS DE ABROJO
Relato premiado en el «XXIII CERTAMEN CULTURAL» de la CASA DE LEÓN en La Coruña Web: http://casaleoncorunaccyl.com/noticias-y-eventos/resultados-de-los-certamenes-2022/gmx-niv37-con817.htm
Diversos Medios de prensa publican el evento: https://www.cronicasdelaemigracion.com/articulo/castillaleon/casa-leon-coruna-entrega-premios-certamen-cultural-2022-diferentes-modalidades/20230424130701113976.html
Cecilia
aparcó junto a las primeras eras del pueblo; deseaba reafirmar su entereza. Como
un mal augurio, el lamento agonizante de las campanas sollozó en sus oídos.
—Oiga,
perdone, ¿por quién doblan? —preguntó, temerosa, a un paisano.
—Esta
vez cayó Matías, «el Discreto». Un pobre diablo. Como tos los que aún quedamos
en pie, ¡qué quie usté que la diga! Hallaron al desdichao
espatarrao en mitá la huerta. Jodidas campanas que paice que no
supieran tocar más que a muerto. Barruntan el hoyo que nos tragará diquiá
na. El pueblo ya es viejo, ¡mecágüenla! La carcoma to lo corroe,
hasta los huesos. Los míos entavía se sostienen gracias a esta fiel cacha.
Encogida
el alma, Cecilia ya no escuchaba. Llegaba tarde. Matías fue una de las pocas
personas que la trataron con cariño y ternura. Y la huerta… Aquella que frecuentó
tantas veces. Él la enseñaba a reconocer las frutas y verduras. Le llenaba escriños
de perucos, higos, guindas, fréjoles, bellotas, almendrucos... Ella desgranaba los
guisantes y les quitaba la piel interior a las vainas, tan tierno todo que lo
comía con ansia. Saboreaba el regaliz de palo y extraía, entusiasmada, las
gruesas pipas a los girasoles. «A Matías la tierra lo quiere; acogerá sus
restos con cariño». Cecilia cerró los ojos y aspiró hondo. Un viento con aroma a
parras y a higueras zarandeó sus recuerdos.
Sintió
muy dentro de sí el tañer de otras campanas, amodorradas en el tiempo. Repiqueteaban bulliciosas
y cantarinas, llamando a Misa Mayor. Camino de la iglesia, un crío se le acercó
y, con un agrio «¡rameras!», le pegó tal empujón que se cayó. Su flamante
vestidito blanco, regalo de la Señorita con motivo de la fiesta, se embadurnó. El
llanto bañó su rostro, se aferró a las piernas de su madre y se negó a avanzar.
Su cabecita no alcanzaba a comprender por qué la gente se portaba tan mal con
ellas.
Sus
pensamientos se encaminaron hacia la senda del cerro. Se sentó en el
lindero, hasta escuchar las esquilas. Cuando la polvareda se disipó, el rebaño fue
visible. Corrió y se abrazó al abuelo. Lo acompañó hasta los corrales de la
Señorita, donde encerraba las ovejas. Luego caminaron juntos hasta la humilde casa
de adobe. El abuelo “arroseó” la lumbre, puso sopas de ajo en el puchero y frio
un buen puñado de torreznos. Les supo a gloria bendita. Y cuando el oro de los
trigales se convirtió en polvo de estrellas, sacaron los taburetes a la calle y
contemplaron el firmamento, salpicado de luceros. El abuelo le contaba
historias de antaño y perseguían los sueños prendidos en las perseidas.
A
Cecilia nunca le agradó la Señorita: tan fría, altiva y autoritaria. Cierto que
con ella se volcaba en atenciones, complacía sus caprichos... Incluso en raras ocasiones
le otorgaba, a su manera, algunas muestras de cariño. Amparo la obedecía sin
rechistar, siempre sumisa y dispuesta a servirla. A menudo, Cecilia rabiaba
porque la Señorita mandaba más en ella que su propia madre. No le permitía alejarse
de la casona. «No quiero que andes por ahí como una descarriada», repetía. Por
suerte, viajaba mucho. En su ausencia, Cecilia se sentía libre, como la brisa,
como la lluvia. Con el tiempo, el rencor de la gente se fue debilitando. Lo más
cruel y doloroso, era que los dos hermanos de su madre las desdeñaran. Pese a
todo, Cecilia fue feliz, arropada por sus tres seres queridos.
Había
llegado tarde. Ya no podría hablar con Matías ni mostrarle su cariño. No lo
veía desde que abandonaron el pueblo. ¡Casi una eternidad! El traslado a la
ciudad se debió a que la Señorita emprendió otro de sus extraños viajes, pero en
esta ocasión se demoraba más de la cuenta, dos años llevaba ya sin dar señales
de vida. Los ahorros, en las últimas, no daban ya para vivir. Tuvieron que emigrar
para salir adelante. Amparo se colocó de interna en una casa donde le permitieron
tener a su hija con ella. Cecilia compaginó los estudios con trabajos
eventuales. A base de sacrificios, finalizó con éxito la carrera de Ingeniería Agrícola
y consiguió un buen empleo. Amparo dejó el servicio y se trasladaron a un piso
alquilado. La vida les sonreía, hasta que su madre enfermó. Poco antes de su
muerte, sus revelaciones removieron los cimientos de Cecilia:
—He
sido cobarde, hija mía, una auténtica cobarde. No tuve agallas pa confesarte
lo que ahora escucharás, pero no debo ni quiero morir sin que sepas la verdad. Primero
callé por miedo a las represalias; después, porque el terror a perderte me
paralizaba. Te quiero con toda el alma, gustosa lo he dado todo por ti. Me
considero tu verdadera madre, pero… no soy yo quien te trajo a este mundo.
Cecilia
la miró con incredulidad. Amparo siguió adelante:
—Entré
al servicio de la Señorita con veinticuatro años, soltera y sin compromiso por el
maldito luto, y aún debía guardarlo otros tres meses. ¡Cerca de tres años de
negro riguroso! por tu abuela, por un tío carnal y por una tía segunda. En aquellas
circunstancias, salir a divertirse, andar con muchachos... no estaba bien
visto, era imperdonable. Antes del luto, me tiraba los tejos un mozo que se
cansó de esperarme y se buscó otra novia. Un buen día, la Señorita organizó un viaje
e insistió en que la acompañara. Fue la única vez que se interesó en llevarme. Dos
meses después, por su palidez, su barriga abultada, sus vómitos… me percaté de
que estaba encinta. «De algún señoritingo de esos estiraos», me dije. La
cuidé, me desviví por su estado, que más que de buena esperanza era de pésimos presagios.
El parto tuvo lugar en la casa donde nos alojábamos, cerca de la frontera con
Francia. La asistió una partera, la cual solo contó con mi inexperta ayuda. Días
más tarde, la Señorita se sinceró conmigo:
—Siéntate, Amparo, y escucha
con atención. Lo que tengo que decirte es muy importante. Esta criatura es
inocente, me resisto a que sea una expósita abandonada en la inclusa. No tiene ninguna
culpa ni debe pagar por mi... desliz. La criaremos entre las dos, tú y yo, con
todo el cariño del mundo y las mejores atenciones. ¿Qué me dices?
—Lo
que usté mande, Señorita, una está pa servir.
—Gracias,
Amparo, no esperaba menos de ti. Comprenderás que, en mi posición, es imposible
traer a una niña al mundo sin padre reconocido. Arriesgaría mi reputación y, probablemente,
mi herencia. Por eso he creído lo mejor hacer pasar a esta niña por tuya.
—¡¡Eso
sí que no, Señorita!! Soy una muchacha decente, como Dios manda y no una de
esas… Me traería la deshonra y la de mi familia. Una auténtica desgracia.
—De
no hacerlo así yo perdería mi prestigio, entiéndelo. Me relaciono con gente de
alcurnia y me codeo con personas influyentes. Tengo mucho que perder, en cambio
tú...
—Claro,
yo tengo poco, casi na. Pero la honra y el decoro son lo más grande pa
mí, me permiten caminar con la cabeza bien alta. Cuando una viste de luto, con
solo acercarse a un mozo ya es una desvergonzada. Si apareciera con una
criatura me tomarían por una cualquiera, por una furcia. Hágase cargo. ¿Qué sería
de mi padre? El disgusto le mataría.
—A
tu padre le mataría verse tirado en la calle, desahuciado. Yo te defenderé y te
protegeré. Tú y tu familia viviréis con desahogo por tan pequeño servicio.
—¡No
me haga esto, Señorita! Tenga piedad. Si no en mí, piense en la niña, ¡pobrecica!
La marcaría de por vida: na más la hija de una perdida, y sirvienta.
—¿Y
tú? ¿Sientes tú piedad por ella? No parece importarte demasiado. Di por hecho
que consentirías, que estarías dispuesta a sacrificarte por las dos.
—¡Es
que no es mía! Usté la llevaó en sus entrañas. En esto no consentiré.
—Ya
es tarde para echarse atrás. La he inscrito en el Registro Civil con tus
apellidos.
—Negaré
todo, diré la verdad.
—No
te servirá de nada. ¿A quién de las dos crees tú que le darán más crédito? Si
me
fallas, me pondrás en un gran aprieto. Tu padre perdería el empleo, la casa, ¡todo!
Sin tener donde caeros muertos. No seas necia. Compensaré con creces tan
minúsculo favor.
Amparo
reprimió un embate de dolor y tomó aliento para poder seguir hablando:
—Yo
quería morir, hija mía, desaparecer, pero tragué con ello. Es lo que tienen el
hambre y el miedo: nos enmudecen, nos doblegan. A la vuelta, la noticia corrió como
la pólvora. Me despreciaban, me insultaban, nadie me hablaba. A ti, como aún eras
una criaturica inocente, te toleraban. Según crecías, la gente con mala entraña
también la tomó contigo. Los primeros años fueron un calvario. Los únicos que
nos querían, los únicos que sacaban la cara por nosotras fueron tu abuelo, un
bendito, y Matías, un buen hombre.
A
pesar de las desdichas, cuando te tomaba entre mis brazos, cuando te llamaba
hija, me embargaba tal ternura, tanto amor que llegué a olvidarme de mis penas.
Tú me las borrabas con tu cándida sonrisa, con tu inocencia, con tus caricias. El
falso prójimo y las malas lenguas dejaron de preocuparme siempre que no te
hicieran daño a ti. Me volqué en darte lo que la vida te negaba: el cariño de
una madre. La Señorita, tuuu..., bueno, ¡ya sabes!, siempre fue correcta
contigo y nada te faltó, salvo la dedicación y el amor que te debía. Cuanto más
te ignoraba ella, más empeño ponía yo en quererte. Debía hacerlo por las dos.
Se
tiró a los brazos de su madre y se fusionó con ella en un cariño infinito. Días
más tarde, Amparo falleció.
Llegó
al cementerio al final de los responsos. Las escasas personas asistentes al
sepelio de Matías la miraban recelosas. Cecilia avanzó segura de sí misma, y estas
bajaban la mirada a su paso. Se arrodilló junto al féretro y apoyó en él su
mejilla. Lloró.
En
un afán de ahuyentar los fantasmas del pasado y pese a la repulsa que sentía, Cecilia
se obligó a visitar la mansión. Su aspecto de abandono le produjo escalofríos. ¿Qué había sido de su antiguo esplendor, trocado
ahora en declive? Recorrió las sombrías estancias, redescubriendo recuerdos
agridulces y contradictorios. Una silueta emergió de entre la penumbra. Se
sobresaltó. Apenas la reconocía: lúgubre, decrépita, inánime...
—¿No
vas a abrazarme, hija? —La frase agredió a Cecilia como una cuchillada.
—No
mancille la palabra hija, Señorita. Usted no conoce su significado.
—Por
supuesto que lo conozco, soy tu madre y puedo darte lo que necesites.
—Mi
madre me dio todo cuanto y cuando lo necesitaba. Usted llega demasiado tarde.
Se
dio la vuelta con aplomo y abandonó la casa. Sin ataduras. Sin remordimientos.
Regresó
a la huerta de Matías para cumplir los últimos deseos de Amparo. Tomó sus
cenizas y se las entregó al regazo de la tierra, mientras la escuchaba en su
interior:
No
me entierres, no quiero pudrirme bajo una lápida. Deseo estar junto a él, en la
huerta donde tanto compartimos. Era tan bueno conmigo... Nos enamoramos y nos
sinceramos: Matías es tu padre. Antes de que tú nacieras, fue el jardinero de
la Señorita. Lo sedujo, lo enredó, no supo negarse. Al saberse embarazada, lo
despidió y lo chantajeó. El pobre se avergonzaba de su debilidad; al igual que yo,
en un principio. En secreto, te llevaba a verlo para que disfrutara de su hija.
Siempre te adoró. Soñábamos con el futuro, pero nunca tuvimos el coraje de
casarnos. Aun así, fuimos felices. Cuando abandonamos el pueblo, dejé medio corazón
en él. Le prometí volver. Sin embargo, las circunstancias nos pueden. Por fin regresaré
y me quedaré a su lado. Tú ya no me necesitas, hija mía.
«Aun
así, estaremos siempre unidas, madre, no lo dudes». Cecilia juntó un
buen ramo flores, lo llevó al cementerio y lo depositó junto al nicho de Matías.
«Traigo un mensaje de madre: te espera en la huerta. La he comprado, y la casita
también. En cuanto consiga los permisos, te reunirás con ella. Te quiero, ¡padre!
Con todo mi corazón».
Imágenes: Composiciones con Cuadros de Vincent van Gogh.
martes, 2 de mayo de 2023
CONTRA EL ACOSO ESCOLAR Y EL BULLYING: «EN LA PIEL DEL CORAZÓN»
Aunque se le debería dar la misma relevancia todo el año,
hoy se celebra el Día Internacional CONTRA el BULLYING o el ACOSO Escolar.
Durante mucho tiempo, he aportado mi granito de arena, tratando de prevenirlo y
de concienciar contra él. «En la piel del corazón» se gestó en mi interior
debido al dolor que me causo escuchar en boca de adultos opiniones muy
negativas sobre alumnos/as con dificultades de aprendizaje. Lo ideal es
trabajar la novela en colegios, profundizar en el tema, desarrollarlo y
reforzarlo mediante múltiples actividades.
FRAGMENTO:
En la última hora de clase, poco antes de la salida, una
compañera, llamada Anita, repartió invitaciones para su cumpleaños. Se celebraría
el viernes por la tarde. Para César, el hecho de recibir también una invitación
fue motivo de euforia. Por lo menos, lo invitaban a un cumple. Con lo mal que
andaban las cosas, no le hubiera extrañado nada que se olvidaran de él. Se fue
a casa un poco más animado.
«Seguro que antes o después se resuelve todo. Mis
problemas se deben a una confusión, que no durará demasiado», se animaba a sí mismo.
Su madre lo acompañó hasta la Jugosa
Pamburguesa, establecimiento donde se celebraba la fiesta de cumpleaños de su compañera
Anita. Había tantos juegos que le pareció un lugar de lo más divertido. La
merienda estuvo de lujo, abundaron los aperitivos y las chuches. El «Cumpleaños
Feliz» se cantó cuando sacaron la tarta y Anita sopló las velas. Con el
estómago bien repleto, César se dirigía emocionado al tobogán de espuma, cuando
algunos niños y niñas de un grupo cercano, y de edades muy parecidas a las suyas,
comenzaron a mirar con descaro en su dirección. Observó que se daban codazos y
señalaban a alguien. Uno de ellos, en tono burlón y muy alto para que se oyera
bien, le comentó a otro:
—¿Te
has fijado en ese niño tan raro? Yo creo que es deficiente. Míralo y verás. Tiene
una cara que asusta.
Por instinto, César volvió la cabeza y buscó con la vista
al niño al que se referían. Al no ver a nadie cerca de él, en ese preciso momento,
no le quedó más remedio que convencerse de que «ese niño extraño» era él mismo.
Además, todos los ojos se encontraban clavados fijamente en su cara. Sentirse
el blanco de aquellas maliciosas palabras y miradas le afectó de tal manera que
se le quitaron las ganas de subir al tobogán. Se retiró de los juegos y se
refugió en el lugar más apartado, para que nadie pudiera verlo.
La madre de Anita lo echó de menos y lo buscó, preocupada.
Cuando por fin lo descubrió, solo y triste, le preguntó que si se aburría.
César arrugaba la cara y callaba. Después de mucho insistir, logró convencerlo
de que se incorporase a los juegos. César al fin accedió, en el fondo de su
corazón lo estaba deseando. Fue y se colocó en la fila. Pero... cuando estaba a
punto de tocarle la vez, se acercó por detrás uno de los niños que lo habían
señalado poco antes, le dio un fuerte empujón, lo sacó del sitio y ocupó su
lugar. Al poco, llegó otro, que también se coló con todo el descaro. César se
enfadó y trató de ponerse otra vez delante. Ellos se burlaban descaradamente:
—¿Tú de qué vas, listopán? Nosotros estábamos
delante. ¿Sí o sí?
En ese momento apareció Julio, el chico de su clase que
nunca le había caído bien, se encaró con aquellos dos impresentables y los
obligó a ponerse los últimos. No se atrevieron ni a rechistar.
—¿Has visto, César? —comentó Julio—. En cuanto alguien
les planta cara, se acobardan y salen corriendo. No son más que unos caguetas.
No hay que hacerles ni caso. Anda, ven, ponte a mi lado y verás como no te
vuelven a incordiar.
César no recordaba haber sentido jamás un agradecimiento
mayor que el que inundaba todo su ser en aquel instante. No sabía cómo
responder a Julio. Nada más soltó un «gracias» pequeñito y se pegó a él.
Durante el tiempo restante no surgieron más problemas. César no volvió a
separarse de Julio, y Julio no dio muestras de cansarse de la compañía de César.
El cumpleaños finalizó, su madre lo recogió y César no le
quiso contar nada. En cuanto llegó a casa, se derrumbó, desmoralizado, sobre el
sofá. Sus padres lo abrazaron y preguntaron por la fiesta. César ignoró la
pregunta y soltó como un chorro todas sus dudas:
—¿Qué me ha pasado? ¿Por qué soy distinto ahora?
—Pero, hijo, ¿qué estás diciendo? Eres el mismo de
siempre. No te ha pasado nada —respondió su padre.
—Sí, sí que me ha pasado algo, estoy seguro. Unos niños que
estaban en otro cumple dijeron que yo parecía un deficiente y se rieron de mí.
Yo sé que no soy como antes.
—Mira, cariño, olvida esas fantasías. No has cambiado, te
lo aseguro. Es que hay personas a las que les cuesta entender las diferencias.
…
Pues bien, todos los niños son distintos entre sí y, sean
como sean, están repletos de excelentes sentimientos y de aspectos positivos.
Por desgracia, también existen aspectos negativos, que se deben controlar. Lo
que hay que hacer es sacar al exterior lo mejor de nosotros y enterrar muy
hondo todo lo que pueda dañar. Debemos luchar contra las malas intenciones y
derrotarlas —le explicó su madre.
—¿Y yo tengo aspectos positivos? —siguió preguntando
César.
—Muchos, muchísimos. Más de los que crees: nos quieres,
como nosotros te queremos a ti; eres un buen chico, un buen amigo, comprendes y
respetas a los demás, eres capaz de ayudar y de hacer bien tus deberes…
—¿De verdad hago todo eso, mamá? —le planteó, lleno de incredulidad,
pues no estaba muy convencido de haber sido siempre tan positivo y bueno como
su madre afirmaba.
—¡Claro que lo haces, hijo mío! No lo dudes. Y todas esas
cualidades las debes cultivar y abonar para que den muy buenos frutos. Sobre
todo, no permitas que se vuelva áspera la piel de tu corazón.
—¿La piel de mi corazón? ¿Y cómo es la
piel de los corazones?
—Voy a ver si te lo explico con claridad, para que lo
entiendas —continuó la madre—. Verás, cariño, cada día nos llegan abundantes
sentimientos de quienes nos rodean y hay que saber acogerlos y cuidarlos. Donde
mejor florecen es dentro del corazón, allí dan unos frutos dulces y hermosos.
El corazón nos hace ver la vida con ojos diferentes, con ojos tiernos y
comprensivos; pero algunas veces, hijo mío, la gente se olvida de colocar sus
sentimientos en el corazón, o no desea hacerlo. Los deja fuera, se amontonan y
se resecan, hasta llegar un momento en que son tantos los sentimientos
atascados en el exterior que forman una barrera, una coraza alrededor del
corazón y lo aprisionan. La piel se pone rugosa y rígida. Entonces, el corazón pierde
la ternura, la comprensión, y deja de sentir.
Las palabras de su madre lo dejaron pensativo. No había
entendido casi nada, le resultaba demasiado difícil; sin embargo, se quedó
dándole vueltas a aquellas frases, esforzándose por comprenderlas. Cuando consideró
que no sería capaz de descifrar aquella parrafada, volvió a sus reflexiones
sobre si era o no era el chico de siempre, y se preguntó cómo lo verían
realmente los chicos que se habían burlado de su aspecto. Por segunda vez, le
vino al pensamiento la imagen de Diego.
viernes, 24 de marzo de 2023
LA LUNA ES POESÍA
El sol se fuga, arrastrando
su mantón púrpura ardiente,
mientras inunda de fuego el horizonte
y reverbera su fulgor sobre el ocaso.
La luna asoma, presta e impaciente.
Trata de asir del rey una sonrisa, un agasajo.
El sol, astuto, se retira raudo.
No quiere enamorarse. La elude cada día,
pues se debe a tantos…
Y la luna hechiza. La luna es poesía.
miércoles, 15 de marzo de 2023
LA PRIMAVERA ES VIDA
Todo reseco a su alrededor y, pese a todo, intrépido brota este diente de león.
martes, 26 de julio de 2022
TORTUGA TOZUDA, AVENTURERA Y MARCHOSA - POEMA INFANTIL
Me la encontré en uno de mis paseos; muy graciosa, pero cabezota. Yo la ponía en la hierba, en dirección al lago y ella se volvía hacia la acera. ¿Querría recorrer el mundo?
Haz clic en la imagen, si quieres ver a la tortuga en movimiento.
Temeraria e ilusa,
se empeña y se empeña
en llegar al asfalto.
Interrumpo su marcha,
le indico el camino,
la llevo a la hierba.
Ella, erre que erre,
¿La intuición le falla?
¿Por qué no obedece?
Regresa al asfalto
y se queda ahí plantada.
La pobre no sabe
que las ruedas de un auto
pueden ser muy malvadas.




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