miércoles, 11 de enero de 2017

SECUESTRO EN VÍSPERA DE REYES


Julián pasaba las Navidades en el pueblo, con sus abuelos. Hacía ya mucho tiempo que nunca se quedaba a dormir allí. En los últimos años se limitaba a las “visitas de médico”, como le decían.
Cada día se reunía con sus viejos colegas en uno de los dos bares con los que contaba el pueblo. Se conocían desde pequeños, y desde entonces su amistad se había mantenido firme y fluida. Jugaban a las cartas, a juegos de mesa y, sobre todo, charlaban. Se contaban chistes, comentaban todo tipo de anécdotas, cotilleos, y, por supuesto..., asuntos del corazón. A los veintitantos, dicho tema generaba en todos ellos una corriente continua de hormigueo por todos y cada uno de los recovecos de su cuerpo.
—Vámonos, tíos, que se hace tarde.
—Mucho cuidadito, Julián, Pilarín anda por ahí, preguntando por ti a unos y a otros. No puede apartarte de su cabeza y menos aún… del corazón —dijo Javi—. Un amor contrariado es obstinado y retorcido. Y el de esta…
Todos rieron a carcajada limpia con la ocurrencia.
—Igual te la encuentras en el camino de vuelta; al acecho —se pitorreó Victor.
—¡Joder, machos! Ni se os ocurra volver a mencionarla. Antes que encontrarme a esa de cara, prefiero topar con el `Sacamantecas´.
—No te hagas el valentón, que en este pueblo puede pasar cualquier cosa.
El camino intimidaba por lo sombrío y retirado. No transitaba un alma por él. Cuántas veces lo había recorrido Julián, atemorizado, cuando volvía a casa de sus abuelos, de noche. Ruidos imprevistos y sin identificar lo hacían mirar a los lados y hacia atrás, una y otra vez. De pronto, sin poder evitarlo, se le agolparon en la cabeza todas aquellas historias que los mayores les contaban de pequeños sobre espíritus, endemoniados, lobos hambrientos por el monte, resucitados, apariciones…
Recordó algunas de las favoritas de su abuelo, con las que conseguía que a todos los pequeños se les erizasen los pelos y les castañearan los dientes según las iba contando.

“Vosotros no llegasteis a conocerlo, pero un buen hombre de este pueblo, un paisano llamado Eutiquio, se vio solo en una noche de invierno, rodeado de lobos voraces que aullaban de hambruna. Volvía de Villacaída, donde había ido para cerrar unos trapicheos que se traía entre manos, y de los cuales vivía el pobre hombre. Le dieron plantón y, aun así, decidió esperar dos o tres horas porque necesitaba los cuartos. Cuando se convenció de que aquellos desalmados tipejos no se presentarían, la moral se le derrumbó. Decidió regresar porque no podía pagarse ni un mal jergón de una mala caballeriza de una mala posada. No iba a malgastar las pocas perras disponibles, que apenas alcanzarían ni hasta mitad de mes. Tenía a su cargo diez bocas que alimentar: su mujer y sus nueve hijos.
En medio de una noche cruda y fría, que amagaba cencellada, emprendió la marcha y atajó por el monte. Con deseo estaba el miserable de quitarse el frío de los huesos con unas buenas y calientes sopas de ajo, y descansar de la fatiga.
Avanzaba inquieto, en alerta... Los montes no son de fiar. Entonces los vio. Unos ojos dilatados y brillantes, como dos luceros encendidos. Estos (llevandose la mano a sus atributos) se le pusieron en la garganta. No acabó ahí la cosa. Se dio la vuelta para salir corriendo, que es lo primero que a uno le viene a la cabeza, y al corazón. Cuatro endemoniados ojos lo escudriñaban. Giró hacia un lado: varios ojos más. Y, así, hasta verse totalmente rodeado de lobos. Todas las pupilas clavadas en él, amenazantes. Enseguida la noche se lleno de escalofriantes aullidos. Los animales se compinchaban, midiendo las circunstancias. Comenzaron a acercársele. A pesar de que le temblaban las piernas y de que sus manos estaban agarrotadas, le echó coraje; se negó a ser el puchero de aquellas fieras. Le vino entonces a la cabeza la solución que había oído contar un día a cierto pastor.
Aguantó inmóvil, sacó el mechero de un bolsillo y la petaca de aguardiente del otro. Desgarró un trozo de la bufanda, lo enrolló y ató al bastón que llevaba siempre con él. Le prendió fuego. Los lobos se retiraron entre aullidos resentidos. Momento que él aprovechó para echar a correr, aunque las piernas apenas lo sostenían. Los lobos no pensaban desperdiciar tan buena pieza y lo persiguieron. Se paró en seco, tuvo agallas para acercarse a ellos. Con el orujo que le quedaba roció a los más cercanos. Los tocó con la llama del bastón y chamuscó parte de su pelaje. Emitieron aullidos espantosos. Los demás le clavaban la mirada entre atemorizados y enfurecidos. Volvió a correr. Cuando se le aproximaban se defendía con el bastón, aún encendido. Ya veía el pueblo a lo lejos, cuando la improvisada tea se consumió y se quedó desarmado. Corrió con todas sus fuerzas. Con el resorte que activa el terror de perder la vida. Al final después de tanto esfuerzo y valentía, le saltaron encima. Resguardó la cabeza entre los brazos y se tiró boca abajo. Los afilados colmillos se le clavaban en las carnes, lo desgarraban, le perforaban hasta los huesos. Se dio ya por muerto. Oyó tiros a lo lejos. Los lobos se asustaron y lo soltaron. Se arrastró con los codos unos cuantos metros. Tanto era el dolor que perdió el conocimiento.
Cuando, al cabo de varios días, volvió en sí, en su cama, miraba espantado a su alrededor. Todo él era una auténtica llaga. El pobre Eutiquio había salvado la vida, pero nunca más volvió a hablar”.
"Mi abuelo, desde luego, conseguía hacernos estremecer a todos", pensó.
En el trayecto vio a lo lejos el cementerio y despertó en su memoria, después de muchos años amodorrada, una de las historias más espeluznantes del abuelo.
“En los tiempos de tu bisabuelo, cuando los hombres aún usaban capa para protegerse del frío, existía un grupo de amigos que se entretenía con retos que pusieran de manifiesto su valentía (su necedad, si queremos hacer honor a la verdad): escalar torres de iglesias, caminar sobre muros a punto de derrumbarse o sobre el río helado, juegos de caza de alto riesgo, bromas de mal gusto a personas con muy malas pulgas y poder… Se reían de vivos, muertos y medio muertos…
Cierto día el reto que se impusieron consistía en pasar la Noche de Difuntos, entera, dentro del cementerio, y allí mismo convocar al diablo. Desafiaban, de ese modo, a los supersticiosos, y desprestigiaban sus cuentos y leyendas de terror; las que, ¡desde sabe Dios cuándo!, corrían de boca en boca.
Por si no lo sabes, la Noche de Difuntos se celebra para apaciguar y encarrilar a los muertos más recientes, que aún vagan perdidos entre cielo y tierra, purgando sus culpas, hasta que encuentren su sitio y momento de reposo. Dos de los amigos, no menospreciando las creencias populares, enmascararon su cobardía (en criterio de los más, su sensatez) con la excusa de que alguien tendría que montar vigilancia fuera, por si se necesitaba ayuda. Y se quitaron de encima el peor desafío de su vida. Los otros tres decidieron acometer a la prueba.
Llegó el día…, y la noche de ese día… A medida que los tragos de alcohol caían por su garganta, crecía su euforia, su optimismo y su osadía. Con la noche bien cerrada, se encaminó el grupo al cementerio, entre risotadas, bromas y jactancias. Los tres osados saltaron la verja del camposanto, mientras que los dos desavenidos se dispusieron a montar guardia frente a la puerta del recinto durante toda la noche. Se acomodaron lo mejor posible, a una distancia `prudente y razonable´, la suficiente para divisar la entrada sin problema, pero no al lado. Entre trago y chiste, chiste y trago, se quedaron dormidos como marmotas.
Los "sin miedo" se acomodaron entre las tumbas, encendieron una pequeña fogata y comenzaron a recitar los conjuros que habían preparado para tal fin. De cuando en cuando, le metían buenos meneos a la botella para incentivar los ánimos. Incluso tuvieron la deferencia de llevar una copa para el diablo, por si este se avenía a brindar con ellos.
El amanecer ya despuntaba, cuando los dos vigilantes en el exterior despertaron agitados. Escalofriados, con la piel erizada y una extraña sensación de pesadilla inacabada en su consciencia. Una pesadilla plagada de visiones y sonidos que prefirieron solapar. Se aproximaron con temor y con cautela a la verja del cementerio. Llamaron a sus amigos. Gritaron sus nombres hasta desgañitarse. Solo el silencio respondía. Acudieron a pedir ayuda, y, sin tardanza, un grupo de hombres entró a buscar a los audaces. Lo que allí encontraron difícil es de describir: regueros de sangre, miembros despedazados y esparcidos por entre las losas; en todos los despojos, huellas de garras marcadas a fuego y muestras de dentelladas. Aún olían a carne chamuscada. Las caras distorsionadas, con los ojos colgando de sus órbitas.
Fue algo horrible. Aún se estremecen los mayores con tan solo recordar la expresión, al relatarlo, de quienes lo presenciaron. Los dos amigos supervivientes, acabaron sus días poseídos por la locura, pues nunca más lograron conciliar el sueño”.

“Bonito momento de pensar en esto”, se dijo a sí mismo Julián.
“¿Por qué les gustaría tanto asustarnos? Aunque… nada mejor que el miedo para alejarnos de lo prohibido. Además, pensaban que era un modo de hacernos duros".
Intentó alejar aquellos sobrecogedores recuerdos de su mente.
No hubo tiempo.
Dos sombras negras, grandes, fornidas…; con capuchas negras, tan negras como la noche, le cerraron el paso. Se dio la vuelta como un rayo, pero cayeron sobre él. Se defendió con patadas, puñetazos, mordiscos… Todo en vano, dos a uno, y una fuerza de titanes. Lo sujetaron y lo inmovilizaron. Presionaron contra su nariz y su boca un paño humedecido, que lo dejó fuera de juego en unos instantes. Poco más llegó a percibir.
Cuando volvió en sí, sintió auténtico pavor. Se hallaba amordazado, atado de pies y manos, y con los ojos vendados. Se encorvaba y arqueaba, trataba de estirarse; se desesperaba por soltar las ligaduras; forzaba los labios, pretendiendo despegar la cinta que los sellaba, o cortarla con los dientes.
Llegó hasta él una conversación lejana, de la cual lograba oír, aunque con dificultad, algunos retazos. Sin embargo, le hubiera valido más no escuchar:
—No me agrada nada este trabajito, Roberto. Al fin y al cabo, es víspera de Reyes. Se trata de un ser humano.
—Ya sabes cómo es el jefe. No tienes elección: lo tomas o lo tomas. Ten en cuenta que este es un asunto que tiene pendiente desde hace muchos años. Está deseando zanjarlo de una vez por todas, cueste lo que cueste.
—Pero, joder, tío, en estas fechas… Una pizca de compasión, por favor… Que hasta los más desalmaos la tienen. Que uno conserva aún un trocito de corazón, ¡aunque esté algo mohoso, coño!
—Tú míralo de esta forma: si en el fondo no es más que un asunto de corazón —dijo, soltando una estruendosa carcajada.
—Digas lo que digas, macho, a mí no acaba de convencerme. Esto no me gusta nada. Es un asunto muy feo. Nos vamos a meter en un buen marrón y acabaremos donde no deberíamos acabar.
—Ya estamos metidos en un buen fregao. No hace falta que pienses, solo limítate a obedecer. El jefe ha sido claro y tajante. Si no cumples, entonces sí que vas a saber lo que es pasar apuros. Es capaz de cortarnos las…
Julián se descomponía por momentos. El pánico lo vencía.
El tiempo se le hacía eterno, había perdido toda noción del mismo. Una ráfaga de oscuros pensamientos se atropellaron en su mente:
“¿Qué pretendían hacer con él aquellos dos matones? ¿Cuestión de dinero? ¡Cuánto iban a sacar por él…! ¿Tráfico de órganos? Eso sí daba para mucho. ¿Algún asesino maníaco y perturbado? ¿Un ajuste de cuentas? Seguro que lo confundían con otro. Le había parecido oír que el mandamás ya llevaba mucho tiempo con el asunto metido entre ceja y ceja. ¿Y si se rejuvenecía con baños en sangre fresca?
¿Alguien lo habría echado de menos? ¿Cómo se encontrarían sus abuelos? Ya eran muy mayores, los pobres. ¿Lo estaría buscando la policía? ¡Oh, Dios! Se estaba volviendo loco”.
Salió de sus reflexiones al oír el ruido de la puerta. Entraban.
—Vamos, chico. Ha llegado tu hora. Tenemos que acabar el trabajito. Pórtate bien y todo será mucho más fácil para ti.
—Y para nosotros.
Le quitaron sus ropas, lo vistieron con otras que parecían plastificadas; le untaron la cara con algún potingue… Todo parecía apuntar a los preparativos para alguna especie de ritual. Cuando se cansaron de manipularlo como si fuera un pelele, lo metieron dentro de un saco y ataron el mismo.
—Este ya está listo. Vamos a rematar. Mañana vienen los Reyes Magos y, a pesar de que he sido un chico muy, muy malo, nunca pierdo la esperanza. Algún día se acordarán de mí. Para bien… ¡o para mal!
Sonoras carcajadas.
Entre los dos lo levantaron y lo soltaron dentro de alguna cavidad reducida. Lo apretaron hasta que le crujieron los huesos, como si fuera una mercancía de desecho. Un gran portazo cayó sobre él.
“¡Es un maletero! Me trasladan. Pero... ¿adónde?” Arrancaron.
Su cuerpo estaba muy dolorido; su ánimo, deshecho; su entereza, derrotada.
El vehículo se detuvo. Lo sacaron del maletero. Lo arrastraron a lo largo de un pequeño tramo. Lo cargaron a hombros. Por último, lo dejaron caer de golpe, y aterrizó sobre sus vértebras. Se le cortó la respiración, obligándole a expandir sus pulmones hasta casi reventarlos.
—Aquí te quedas hasta que vengan a buscarte. Nosotros ya hemos cumplido. Procura estarte quietecito. Cuanto más tarden en encontrarte, mucho mejor para ti.
Lo dejaron solo, sumido en la oscuridad. Al principio se quedó como una piedra, sin mover un solo músculo. A la escucha. Luchó nuevamente con sus ligaduras. Le ardían las muñecas y los tobillos de tanto forzarlos.
Medio reptando, logró desplazarse unos cuantos palmos. Se rozó con algo. Un objeto cayó al suelo y sonó al romperse. Contuvo la respiración y escuchó.
Más ruido. Unos pasos acercándose. Se aproximaban precipitadamente.
“¡Maldita sea!”, recriminó a su suerte.
Se enciende una luz. A pesar de la venda, percibe la claridad.
Alguien se acerca a él. Desatan el saco. Es incapaz de mover un solo músculo. Lo apremian a ponerse en pie.
De pronto, un estridente heló la sangre en sus venas:
—¡Papaaaá. Mamaaaá! ¡Los Reyes me han traído el regalo que llevo casi trece años pidiendo!
Nuevo sonido de pasos, no menos precipitados.
A su espalda, alguien le retira la mordaza. Se le acelera el pulso. Es incapaz de articular palabra.
Después le desatan la venda de los ojos. Esta cae al suelo.
Lo primero que ve, con dificultad, es una imagen reflejada en un espejo.
“¿Soy yo?”
Sí, eso parece. Apenas se reconoce: vestido de colorines, la cara embadurnada, en medio de un montón de paquetes... Parece un mamarracho. De su cuello cuelga un cartel, con letras enormes, que dice:
«TU REGALO DE REYES. POR FIN. CON TODO MI CARIÑO.
TU PADRINO»
La persona a su espalda se viene frente a él. Lo contempla. Julián observa con espanto el rostro de sus peores pesadillas: Pilarín. Ella lo acribilla con la mirada, mientras le susurra: «Ya eres mío».
No es capaz de soportar este nuevo horror. Los ojos se le nublan, y, víctima del espanto, cae en los brazos de su exnovia, rendidamente desmayado.

No sin antes mascullar: “¡Maldito bastardo! ¡Cómo me la ha jugado!”.

martes, 10 de enero de 2017

INVIERNO EN CASTILLA

                                     
Fotos de Castroverde, por Petri Villar Herrero.

Publicación de PEDRO G.CUARTANGO.
Enlace: 

Me ha gustado tanto que voy a utilizar mi blog para difundirla un poco más, si eso es posible:
Deja el zorro su rastro sobre la nieve. La tierra duerme un sueño de muerte. Crujen bajo las pisadas los charcos helados del páramo. Tiembla desnudo el roble. Y el cielo se derrumba sobre el sotobosque.
El tiempo se ha parado, pero las agujas del reloj corren. Todo está detenido, en suspenso. Las casas parecen haberse acoplado al paisaje. Un carro abandonado en el camino semeja un esqueleto varado. Sólo el humo gris de las chimeneas revela algún signo de vida.
Preludio de la primavera, el canto del zorzal rompe el silencio espeso mientras las viejas cuchichean en las cocinas y los hombres juegan a la brisca en el bar. La luz se filtra por los ventanucos mientras la larga noche comienza su interminable recorrido.
Piedras heladas, lechos fríos, desvanes y corazones solitarios. Una mujer con velo reza en un rincón del templo mientras los cirios arden en la oscuridad. Hay un ligero olor a incienso y serrín que eleva las almas hacia el paraíso en el momento en el que los vitrales reflejan el último destello de la tarde.
Los bueyes se recogen en la cuadra, los conejos dormitan en sus madrigueras, las serpientes mudan de piel. Y los hombres se acoplan a los ritos de sus padres, que son los mismos que los de sus abuelos. Castilla eterna, callada, invisible, que apenas sobrevive de sus pesares.
Ya no quedan Machados para engrandecerla ni trovadores para ensalzar el amor. Sólo los monjes entonan la salmodia de sus rezos junto a un claustro donde el ciprés enhiesto resiste impávido el curso del tiempo.
Campos yermos, colinas desoladas, altozanos baldíos, plantíos en barbecho. Ya no se escuchan los ecos de un pasado épico donde el acero rebotaba en los yelmos y los escudos. Sólo el susurro del viento evoca aquel tiempo de caballeros y princesas venidas de un lejano país del norte.
Tierra de grandes ríos, de catedrales, de héroes y de mártires, de vanos empeños y de sueños frustrados. Duerme como el invierno en un letargo del que tal vez jamás despertará como esos reyes que descansan en sepulcros de alabastro. Descansa para siempre de un pasado imperial que labró su ruina, pero que proyectó su legado a lo largo del mundo.
Torreones, murallas, castillos, piedras abandonadas que guardan secretos inviolables. Hazañas lejanas, olvidadas, doncellas vírgenes, suspiros congelados en el aire, vanas esperanzas de glorias que nunca llegarán. Aquí hay tanto pasado que se ahoga el presente.
Pero nada puede turbar ese momento pasajero de esplendor de enero en el que el paisaje resplandece cuando brilla el sol sobre el horizonte. Siempre nos quedará un camino por hollar y una ermita en la que elevar nuestras plegarias.
Castilla no empieza ni acaba, no avanza ni retrocede, siempre ha estado ahí, en nuestros sueños y nuestros corazones. Bendita tierra de blasones y monasterios, de hombres indómitos, de cortos estíos y largos inviernos.
Corneja diestra o siniestra, el trigo volverá a brotar en primavera y los campos se cubrirán de amapolas en verano. Será el momento de peregrinar a Santa Casilda y beber las aguas rejuvenecedoras del pozo blanco. En lo alto, en el mirador sobre el valle, esperaremos la última luz del atardecer y escucharemos los tañidos de la campana que nos transporta a la eternidad.

lunes, 9 de enero de 2017

SOBRE EDITORES Y AUTORES

Esta entrada no es de mi autoría; sin embargo, la incluyo en el blog porque me ha resultado muy interesante. Está sacada de esta página Web: 

Kurt Wolff pensaba que había dos clases de escritores: los que se presentaban al editor mediante una carta en la que trataban de defender lo que habían escrito y los que se presentaban directamente en el despacho del editor convencidos de que su presencia era indispensable para que se produjera el encantamiento. Robert Walser pertenecía al primer tipo: sus cartas eran maravillosas descripciones de los libros de relatos que enviaba (y Wolff sabía que aquellos relatos no alcanzarían a más de 100 lectores, pero se convenció de que merecía la pena poner en mano de esos 100 lectores los cuentos de Walser, que hubieron de esperar muchos años, a una reedición de Suhrkamp, para merecer una tirada de 1.000 ejemplares).
Gustav Meyrink era el capitán de los escritores del segundo tipo: se presentó en el despacho del editor y empezó a vender las bondades de su obra y, luego de media hora de monólogo, dio por hecho que Wolff estaría encantado de ocuparse de la edición de sus novelas. Todavía faltaría un tercer tipo de escritor: lo representaba Kafka, también en esto un adelantado, aunque involuntariamente. Sin que tuviera precedente en la experiencia del joven editor Wolff, Kafka les llegó por una tercera persona: Max Brod. Algo así como un agente. Lo que Brod contaba de los textos de Kafka tenía tal convicción que los editores le insistieron en que les llevase al genio o les mostrase sus fantasías. Un genio que, en persona, parecía muy poco seguro de su genialidad, o más bien poco seguro de que su genialidad pudiera despertar el menor interés en nadie, a pesar de lo cual Wolff publicó Contemplación, una brevísima gavilla de textos que necesitó de amplios márgenes para lograr dar el grosor de un delgado volumen.
Wolff -que dio a conocer no sólo a Walser y Kafka sino también a autores como Karl Kraus, Georg Trakl o Heinrich Mann- pensaba que había dos tipos de editores: los que editan los libros que merecían ser leídos y los que editan los libros que la gente quiere leer. Los de la segunda categoría, como nuestra afamada folclórica, «se deben a su público». Los primeros se aventuran en la empresa de crear un público. Naturalmente para Kurt Wolff, los editores de la segunda categoría apenas merecían el nombre de editores.
Pero ¿no podía darse en alguna ocasión la circunstancia, todo lo dichosa que se quiera, de que lo que la gente quisiera leer fuera precisamente aquello que merecía ser leído, por utilizar los dos rangos de Kurt Wolff? Y en cualquier caso, para detectar en la gente ese deseo de leer algo y ofrecérselo, ¿no era necesario asimismo un talento, un olfato, una capacidad que sí que hacía merecedor del nombre de editor a quien lo ostentara? Maxwell Perkins tenía ese olfato y ese talento. Cuando llegó a sus manos la primera versión de la primera novela de Scott Fitzgerald (A este lado del Paraíso, 1920) enseguida vio que aquel muchacho desconocido conseguía captar la atmósfera de la época y que una legión de jóvenes iban a sentirse reflejados en aquellas páginas en las que el cuidado verbal se daba la mano con una asombrosa capacidad para retratar personajes e indagar en ellos a través de sus hechos. La novela lanzó al, acaso, más formidable novelista americano del siglo XX, en cualquier caso a uno de los indispensables («To Maxwell Perkins in apreciation of much literary help and encouragement», se lee en la dedicatoria de Hermosos y malditos, 1922). Perkins venció toda reticencia para que aquella novela viese la luz y para empujar a Scott Fitzgerald a una vida de escritor -de la que sacaría grandes réditos tanto económicos como literarios, pues sus artículos recordando la época en la que pagaban muchos dólares por un relato, escritos cuando el negocio estaba en quiebra y su talento se apagaba, son una delicia: pueden leerse en Mi ciudad perdida, libro del que Scott entregó a Perkins un índice, aunque no llegó a editarse en vida del autor, entre otras cosas porque Perkins consideraba que lo que mejor convenía a Scott era publicar ficción-.
Otro de los autores con los que Perkins trabó una consolidada amistad que fue más allá del negocio literario fue Hemingway, a quien, cuando éste se recluyó en Cuba, le escribía largas cartas pidiéndole que dejara de preocuparse de si sus libros funcionaban o no, de si subían en la tabla de los más vendidos. Tenía la intuición de que Por quién doblan las campanas iba a devolverle a Hemingway la fortaleza y el prestigio que se habían ido diluyendo entre las élites sin que perdiera por ello la atención de los miles de lectores que le tenían por el novelista americano más notable del siglo.

Ahora le han dedicado una película (mediocre) a Perkins. Se interesa en su relación de maestro con el novelista Thomas Wolfe, a quien prácticamente esculpe, disolviendo todas sus dudas, dirigiendo sus pasos, un poco como un director de orquesta que no sabe tocar el violín pero consigue que 10 violinistas saquen al aire la melodía que quiere escuchar. De los dos papeles de Perkins, aunque el más legendario sea el de tallador de escritores, el más útil, para hacernos idea de lo que fue, quizá sea el de amigo de sus autores, el que trata de igual a igual a Scott Fitzgerald y Hemingway, aquel cuyas cartas a sus autores pudieron recopilarse en un volumen lleno de detalles de vida cotidiana y consejos y también muchas dudas, pero, sobre todo, rebosante de una ciega confianza en la eficacia y belleza de lo que escribían sus autores. Naturalmente Kurt Wolff hubiera afeado a Perkins que estuviese tan pendiente del impacto de los libros de sus autores y, naturalmente, Perkins le hubiese respondido que había algo a lo que él, como editor asalariado que era, tenía que responder ante Charles Scribner's Sons & Wolff: la cuenta de resultados.
También T.S. Eliot tenía que responder a la cuenta de resultados: ésta no es un invento de las últimas décadas en las que todo el mundo da por bueno que vivimos en tiempos de literatura comercial, masticable, que necesita rendir beneficios para merecer salir a la luz (seguramente no ha habido otra época como la nuestra en la que tantos libros que salen a la luz sean deficitarios y haya tantos Kurts Wolffs buscando a 100 lectores para sus Roberts Walsers). Ciertamente, las opiniones de grandes editores como Jason Epstein en La industria del libro y Andre Schiffrin en La edición sin editores parecen inclinar la balanza hacia un panorama desastroso en el que «la edición de calidad» fue aniquilada en favor del libro comercial que satisface la demanda del día. Son testimonios tajantes que se proponen de alguna forma como algo más que un síntoma: la transformación del mundo editorial es resultado de los efectos de las doctrinas liberales sobre la difusión de la cultura, para lo cual el libro no puede ser más que una mercancía sobre la que obtener grandes beneficios.
Puede que esos días lleguen -o puede que no-, pero lo cierto es que basta darse un paseo por una librería bien surtida para darse cuenta de que ni el panorama es tan aterrador ni es tan verdad que la edición de calidad ha sido arrasada. Y, aunque sea cierto que la necesidad de producción es enloquecedora y las novedades apenas duran unas semanas en las librerías, también lo es que internet se ha convertido en una librería de fondo como las de los años 60 y 70, en las que era fácil encontrar libros publicados una década antes. Así que acaso el problema no esté en la calidad de las ediciones, ni en las decisiones de los Perkins de hoy, sino más bien en la curiosidad de los lectores, en sus necesidades o quizá en la peligrosa apuesta de la autoridad competente, que rige la educación, que parece empeñada en convencer a quien la padezca de que la literatura no es una necesidad.
Como se sabe, Pound hizo de editor de Eliot -como Kurt Wolff, empezó buscando 100 lectores para obras que creía que los merecían-. Aunque no firmaba con su nombre, sabía aliarse con pequeños editores para producir preciosos volúmenes. Eliot le mostró un largo poema que había escrito después de publicar Prufrock y otras observaciones. Pound aplicó una tijera salvaje sobre el poema. La tijera es la herramienta favorita de los editores americanos, piénsese en lo que hizo Gordon Lish con los cuentos de Carver, que luego salieron en su versión original para que podamos comprobar si acaso no se pasó un poco con aquellos trasquilones que, en efecto, añadían misterio: Barry Hannah llegó a declarar que Gordon Lish era un genio: tachaba de una página quince líneas y dejaba sólo cinco, y por mucho que le doliera al autor, Gordon Lish llevaba razón. "Era un genio", dijo Hanna. Genio es precisamente el título original de la película sobre Perkins.
En el caso de Pound y Eliot, el resultado es La tierra baldía. Las intervenciones de Pound transformaron un poema al que le sobraban datos y explicaciones en un misterioso artefacto que todavía hoy conmueve y pone en pie un mundo -el que empieza tras la Gran Guerra-. Después Eliot asumió labores de editor en la casa Faber & Faber y allí dio cobijo a nuevos poetas que renovarían la poesía inglesa: Auden y Spender, primero, a comienzos de los años 30, y Ted Hughes más tarde. También publicó en el año 39 ese cacao titulado Finnegans Wake con que se cerraba la obra de Joyce. Joyce tuvo también una editora colosal cuando nadie parecía interesado en su producción: Sylvia Beach, librera de la parisina Shakespeare and Company, en cuyas memorias brilla emocionante una página en la que tiene que ir a la estación de tren para recoger los primeros volúmenes del Ulysses, publicado con cubierta de azul griego. En su caso, la obra precede a la editorial: se hizo editora sólo para publicar el Ulysses.
Pero ser editor es también una profesión de riesgo: hay leyendas que todos conocemos acerca de manuscritos de obras colosales arrojadas a la papelera por un editor. Y rechazos famosos como el protagonizado por Proust y Gide -el segundo era editor de la NRF cuando le llegó el primer volumen de la novela de Proust-. En su caso fue la pereza la que le empujó a echar a un lado el tocho que Proust acabó imprimiendo a sus expensas.

domingo, 1 de enero de 2017

FELIZ AÑO 2017


No mires atrás. Sobre todo hacia lo que no puede cambiar. Recuérda aquello que  fue bonito. Recuerda aquello que se pueda mejorar. Pero ante todo: NO TE ESTANQUES. Fluidos estancados se pudren.

PEQUEÑAS REFLEXIONES PARA UNA GRAN NOCHE

Se aproxima... Ya viene... ¿Uvas preparadas?

“FELIZ NOCHEVIEJA Y ESPLÉNDIDO AÑO NUEVO”
       

A la vez me van viniendo algunas ideas (tan viejas como el año) que comento de pasada.
Me pregunto por qué motivo se llama NOCHEVIEJA. Entendería perfectamente que se hablase de NOCHEFINAL o NOCHEÚLTIMA. Supongo que será por contraposición al Año Nuevo/Año Viejo, limitándolo a la última noche de este último. El término Noche Vieja, en sí mismo, no tiene demasiada justificación. La noche más vieja es la noche del día uno de Enero de cualquier año. ¿O no? Nació la primera, luego es la mayor de las hermanas. Y la más joven, la última del año en nacer.

Otro nombre que podríamos aplicar es el de “NOCHELOCA”. “Hoy todo está permitido y hago lo que me da la gana, sin moderación, porque mañana… será otra historia”. A muchos de a quienes esto oyes decir son los que más suelen vivir en un desenfreno total durante los 364 días restantes, y año tras año.

Es la noche de los PROPÓSITOS: “Mañana dejo de…” “Este año ya no volveré a…” “Es la última vez que hago…” Y todo tipo de buenas o malas intenciones. Propósitos que conviven en esta noche con desmedidos despropósitos. A propósito de despropósito, ¿Os habéis preguntado por qué estas dos palabras no son antónimas? Curioso, ¿verdad?
Si propósito significa “ánimo o intención de hacer o de no hacer algo, objetivo que se pretende conseguir”, ¿no debería significar la palabra despropósito “fuera de o carencia de propósitos, intenciones u objetivos?”. O tal vez exceso de ellos. Pues no, despropósito significa: dicho o hecho fuera de razón, de sentido o de conveniencia.
Esto me lleva a recordar ahora otras dos palabras, cuyo significado siempre me ha llamado la atención: obvio y obviar. Si obviar es apartar, ocultar, ¿cómo puede el término “obvio” referirse a algo que está a la vista o que es evidente? ¿No debería significar algo oculto o escondido? (ver definiciones del DRAE al final de la caja).


Para muchas personas un día como hoy es el día de meditar y hacer un balance del año que termina. Meditar es definida así por la RAE:
“Pensar atenta y detenidamente sobre algo”. ¿Por qué motivo, entonces se llama meditación a una actividad o clases, muy de moda hoy en día, en las que el objetivo (si no me han explicado mal) consiste, más bien, en dejar la mente en blanco? ¿Me equivoco? No he asistido a ellas.
Me marcaré un PROPÓSITO (jejeje): investigar a fondo estas pequeñas cuestiones e infinidad más, que llenan mi saco de la curiosidad y del desconocimiento (y para las que nunca encuentro el momento de profundizar).
Otro tema. En la celebración de esta noche conviven, por todo lo largo y ancho de este mundo, abundantes y diversas costumbres, que enriquecen nuestras tradiciones. Estas son algunas de ellas:

•  Quemar ropa, muebles, papelitos con lo negativo y perjudicial, dentro de un muñequito (Perú, Honduras y Ecuador).
•  Vestirse de lunares, por su parecido con monedas (Filipinas).
•  Romper platos (Dinamarca).
•  Fundir un objeto de plomo en una cuchara y echarlo en agua fría para ver la figura que se forma (Alemania).
•  Tomar las uvas que correspondan con el número de la suerte de cada uno, saltar las olas y echar flores al mar (Brasil).

Una muy original, que yo no había oído mencionar:

•  En Japón también despiden el año con campanadas, pero no con doce. La tradición recibe el nombre de ‘Joya no kane’ y obliga a que se toquen hasta 108 veces las campanas de los templos budistas. Con cada campanada creen que se esfuma uno de los 108 pecados que el ser humano tiene por defecto en la mente, evitando así caer en la tentación de llevarlos a cabo.

¿Por qué no aprovechamos para añadir a esta entrada comentarios con las distintas costumbres para esta última noche y comienzo de día? Seguro que descubriremos muchas, simpáticas, curiosas y desconocidas.
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Obviar
1. Evitar, rehuir, apartar y quitar de en medio obstáculos o inconvenientes.
2. Obstar, estorbar, oponerse.
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Obvio
1. Que se encuentra o pone delante de los ojos.
2. Muy claro o que no tiene dificultad.

INSISTO: Es OBVIO que os deseo una Feliz y alocada Nochevieja FINAL, cargada de propósitos, atropelladamente meditados. Y un Año Nuevo repleto de OBRAS, que muy bien podréis crear con vuestras hermosas PALABRAS.

sábado, 10 de diciembre de 2016

NUBES


    Borreguitos de algodón, globitos de sueños.
    Diseño a mi antojo las sombras ...
    que mi mente idea.
    Plastilina esponjosa que obsequia deseos,
    Retazos del alma empapados
    en dulces y besos.

sábado, 3 de diciembre de 2016

DESGRANAR UNA GRANADA



Hace poco vi una técnica, que circulaba por el WhatsApp para quitarle los granos a dicha fruta. Según lo veías, parecía ser la cosa más fácil del mundo y... ¡TAN LIMPIO!
Lo probé al día siguiente, en cuanto compre una granada. Yo intento aplicar los buenos inventos o recetas. Aparentemente todo es fácil, pero, a la hora de la verdad..., tiene su intríngulis. No quedó mal, pero no tardé poco. Sé que de tenerlas que desgranar así, acabaría no haciéndolo.
Luego busqué y busqué en Internet y encontré métodos parecidos, algunos mas y algunos menos complicados. Al final decidí seguir con la técnica que me enseñaron hace un tiempo, y que os muestro en imágenes:

  1.- Se corta al medio.
  2.- Se ahueca la cáscara tirando de los lados, alrededor, estirándola o apretándola. Sin romperla, esto es muy importante.
  3.- Por último, se golpea con la parte plana de una cuchara hasta que se desprendan todos los granos.

   Limpiad un poco los restos. Es una opción bastante aceptable. Si no lo habéis hecho ya de este modo, probad.

 

 



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