La complejidad de la literatura en el panorama actual se debe a la pujante irrupción de factores que la facilitan y la impulsan: la globalización, el impacto de la tecnología, la digitalización, la aparición de nuevos sistemas y modalidades de edición… Unos y otros han potenciado la producción de escritos, que proliferan y se expanden como polen en primavera. En la actualidad, todo el mundo parece querer escribir y, como podemos ver, lo tiene a pedir de boca. Las redes sociales, la inmediatez en la comunicación y la factibilidad de llegar a miles o millones de personas, posibilitan y estimulan, de forma exponencial, el deseo de publicar, de convertirse en autor. Esto me trae a la memoria un chascarrillo (lo que viene a ser un meme) que se contaba hace tiempo, sin intención de ofender, respecto al elevado número de estudiantes de Derecho: «Da uno una patada al suelo y salen abogados de entre las piedras». Bien, pues esta broma podría aplicarse ahora a los escritores; algunos de los cuales, aparte de lanzarse al mundo literario en picado y sin paracaídas, se autoerigen en el Fénix de los ingenios y fabrican febrilmente y en cadena. Como aval de esta tendencia, podemos remitirnos a los datos de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE). En el dos mil veinticuatro se publicaron casi 88.000 títulos: cerca de 60.000 en formato de papel y casi 28.000 en formato digital; con una producción que supera los 210 millones de ejemplares impresos y más de 18 millones de descargas digitales. Me pregunto si en otros momentos de la historia el ansia por escribir era tan desmedida y al mismo tiempo refrenada por la falta de medios para materializarla. Desde una perspectiva distópica, llegaría uno a pensar que tal vez se transmita por contagio. ¿Qué objetivos o metas incitan dicho deseo? ¿La imperiosa necesidad de exteriorizar todo aquello que nos hierve dentro y que pugna por salir? ¿La fama, la popularidad, la complacencia del ego y la autoestima? ¿La viralización en redes? ¿La búsqueda de El Dorado? Desde luego, yo descartaría las razones económicas: salvo un elenco de famosos, o agraciados con la lotería de un best seller, pocos viven exclusivamente de la escritura.
Como aspecto positivo de este maremágnum de producciones, debemos celebrar que la literatura haya dejado de ser privilegio de un grupo relativamente reducido de autores, para abrir sus puertas a escritores excluidos del inaccesible y tradicional engranaje editorial. El inconveniente es que una, nada desdeñable, cantidad de publicaciones salen a la luz sin control alguno ni filtros que determinen su calidad; circulan bodrios, para decepción del lector y desprestigio del buen hacer.
La temática de este, en cierto modo, caos escritural, es reflejo de un mundo globalizado y multicultural. No existe una única línea determinante que lo defina. Podemos hablar de algunas tendencias y características clave, como pluralidad, hibridación, fusión, cruce de géneros en los que las fronteras se difuminan; coexistencia de estilos opuestos: austeridad o desenfreno, maximalismo o minimalismo. En ocasiones el minimalismo se acentúa tanto que deglute el texto.
Llegamos al aspecto más peliagudo y significativo: la belleza en la palabra. Soy de la opinión de que no existe auténtica literatura sin un mínimo de estética. Entre los diversos enfoques y definiciones que se han ido dando a lo largo de la historia, y sintetizando al máximo, la literatura se percibe como el arte del lenguaje que enriquece la experiencia humana. Ciertos elementos se repiten en las interminables definiciones que de la misma se han dado:
- El uso estilizado del lenguaje.
- Valor estético y artístico.
- Función cultural y preservadora.
En los últimos años, la estética, la forma, el arte, la belleza en la escritura han sido relegadas e ignoradas por un amplio sector de autores, llegando a una simplificación extrema. Podríamos hablar, sin temor a equivocarnos, de negacionistas de la estética en la escritura. Cabe pensar que de dicha postura obtienen el beneficio de la facilidad, la simpleza y la comodidad en su uso. Es más, enarbolando tales premisas, consiguen el blanqueo de la ignorancia. Parte de la escritura contemporánea prioriza accesibilidad sobre profundidad; a veces, por el influjo de ciertos talleres de escritura, que cortan las alas a cualquiera que se salga de sus directrices, se estandarizan estilos y se defiende que «lo literario» abarca cuanto se expresa o se inventa, sin importar el cómo. He podido constatar que, en algunos certámenes literarios, se adjudican premios a composiciones insustanciales y vergonzantes, quizás para levantar la moral y el ánimo de los menos agraciados por las musas, o de los desahuciados por la corrección escrita.
He debatido acerca de esta cuestión con opiniones contrarias a las mías, que argumentaban: «Si les gusta a los lectores, el libro es bueno». «¿Entonces creéis que no importan reglas ni corrección ni belleza en el uso de la lengua? ¿Ni siquiera se deben valorar estos aspectos al otorgar un premio literario?», preguntaba yo. La respuesta invariable era un no. Así que, señores, según esto, literario o no, todo escrito es estupendo.
Si nos preguntasen ahora mismo qué entendemos por literatura. ¿Qué responderíamos? Mientras lo meditamos seguiré adelante. El término proviene del latín literatura y significa aprendizaje, escritura o gramática. Subrayo aprendizaje, ya que a través de él se adquiere lo demás. Para mí la lectura supone la fuente madre del aprendizaje de la lengua y de la literatura y me duele que algunos nuevos escritores, de los que llenan páginas como quien hace churros, alardeen de lo poco que han leído. Y así es, algunos publican muchas más obras de las leídas en toda su vida. También he oído comentar a más de un joven: «Yo escribo igual que hablo. Mola, y nos entendemos mejor». En fin, personas que nada tienen en común con este arte y se creen capacitados para ejecutarlo. Es lo que hacen: lo “ejecutan”. Contribuye a ello la accesibilidad a amplios círculos de lectores cómodos, que marcan la tendencia del «que sea fácil, por favor». ¿Estamos llegando a una pérdida de la capacidad de esfuerzo, de concentración, incluso de pensamiento?¿No se tiene en cuenta la belleza por considerarla una trivialidad o, sencillamente, porque se desconoce o trastoca el concepto, encontrándola hasta en lo más estrafalario?
Según la primera acepción del diccionario de la RAE, literatura es «Arte de la expresión verbal» (en esta subrayo arte). ¿Cualquier cosa escrita es arte o literatura? ¿Lo es una copia de otro escrito? ¿Una carta comercial? Se cae en la banalidad de aplicar el término literatura a cualquier texto escrito sin mayores consideraciones. Me siento identificada con Truman Capote en su dicho: «Para mí el mayor placer de la escritura no es el tema que se trate, sino la música que hacen las palabras».
¿Dónde deberíamos establecer la línea o frontera entre lo que es y no es literatura? ¿Existe una literatura buena y una mala o solo una? ¿Conviven hoy múltiples literaturas? ¿Algo así como un multiverso literario? Tanto hemos desplegado el abanico que su significado se diluye como el éter en un frasco destapado. Podríamos hablar, en todo caso, de pseudoliteraturas, o como dice Luis Mateo Díez, con gran acierto, de escrituras y literaturas. Me temo que este galimatías, lejos de aclararse, se complique aún más para futuras generaciones.
Lo clásico, por bello que sea, ya no seduce a un porcentaje considerable de lectores y escritores. Llega un momento en el que, aunque te duela el alma, intentas soslayar lo que te enseñaron, casi “desaprender”, para que no te saquen los colores y te tilden de antigualla. La literatura deconstruida está de moda. Por fortuna, la belleza en las palabras nunca desaparecerá; sus incondicionales son numerosos y grandes.
Por si no fuera suficiente lo anterior, podríamos hablar de la irrupción de la IA, pero… eso es otra historia.
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