miércoles, 11 de marzo de 2026

LOS RETOS DEL ENJAMBRE

                                        

   Relato de Tina de Luis en la revista La Torre del Ojo - Año II - Número 6


La trampilla se abrió, los músculos se me tensaron como las cuerdas de una ballesta a punto de lanzar la saeta. Tras varias horas de espera, afloraba en mí el gladiador que irrumpe en la arena a ciegas, dispuesto a machacar a un rival sin rostro. Y, al igual que en él, la consigna de vencer o perecer luchando pendía de mi aliento. El primer axioma establecía el distanciamiento con la oleada del enjambre. Por suerte, me hallaba muy bien posicionada; una suerte fraguada por mí misma, claro está. A partir de esa premisa, la consecución del éxito dependería de una perspicaz gestión del tiempo, de la agilidad y de la astucia; lo ideal, una acertada combinación de los tres factores. Preferí dejar a un lado el raciocinio y actuar con el instinto y el coraje de un depredador acorralado. Sin apenas darme cuenta, me encontré en el centro de un inmenso círculo, del que arrancaban no pocos caminos. ¿Por cuál de ellos optar? Cabía la posibilidad de que todos condujeran a la meta, pero… ¿y si no era el caso? Pese a que la confusión y la perplejidad me perturbaban, no podía permitirme demoras ni para elegir. Eché un vistazo fugaz a los senderos, buscando un signo, distintivo o señal, que, lamentablemente, no hallé. Me lancé hacia el más cercano y galopé. Nada, absolutamente nada en el trayecto parecía relevante. Mi intuición me reiteraba que por allí no llegaría a los Trofeos.

Los Trofeos lo eran todo, razón más que suficiente por la que inmolarnos. Significaban honra, gloria y laureles. Tenía que conseguir el mayor número de ellos para alcanzar la victoria. Y eso… no resultaría sencillo. Dudé, me detuve, me di la vuelta, casi choqué con otro cazador. Por unos instantes, permanecimos el uno frente al otro: rígidos, expectantes, midiéndonos con la mirada. Me embalé de nuevo, me golpeé con dos ojeadores que corrían en dirección opuesta (la descartada por mí). Nos tambaleamos. Dolió. Retomé la frenética marcha sin mirar atrás. Me introduje como el rayo en un nuevo camino, pero mi inconsciente protestaba, o mi instinto, o mi “Pepito Grillo”… ¡A saber! Tales eran mis ansias de acortar distancias que ignoré sus advertencias. Tres intentos: tres fracasos. Las perspectivas en penumbra, la moral en declive y mi mente obnubilada y errática en un laberinto de desánimo. La intrepidez de mis piernas me llevó a una tercera vía. El reloj, implacable, no daba respiro.

En la nueva senda mi situación no mejoró, me vi atrapada por una avalancha de fanáticos impetuosos. La marabunta me arrastraba, yo me resistía. Me desplazaba, sin remedio, adherida a la desenfrenada horda. Los esfuerzos por zafarme de la masa me desestabilizaron; tuve que aferrarme al cazador más próximo. Me fulminó con la mirada y arrancó, iracundo, mi mano de su ropa. Por primera vez tuve conciencia plena de la impiedad del enjambre. El zarpazo de la depresión me desgarró, y lo más deprimente era que yo misma formaba parte de esa turba, no me diferenciaba de ella en absoluto. Todos, sin excepción, soltamos al monstruo que nos habita cuando las conveniencias nos embaucan. Me atropellaron, me pisotearon, me magullaron… Piernas impasibles y automatizadas deambularon sobre mi cuerpo. Me revolví, busqué un asidero. ¡Me icé!

Puesto que retroceder no era una opción viable, sino peligrosa, decidí avanzar junto a los cazadores. Después de todo, las tendencias populares son muy sabias y, puesto que la tendencia del momento fluía en esa dirección, seguro que era la correcta. No obstante, ¿qué Trofeos quedarían para mí cuando llegase al destino? Demasiada ansiedad, demasiados rivales, demasiada presión… Entre la dificultad de la batalla y mis previsiones mediaba un universo, lo que me obligó a considerar el triunfo pleno una utopía, pero no me hizo renunciar a mi entusiasmo ni a mi empeño.

Llegué a la antesala del Edén; que nadie me pregunte cómo, porque no sé lo que hice (desgarrones, arañazos, contusiones). Los muros de Jericó se derrumbaron ante mis pupilas, al son de trompetas delirantes. Al fondo estaban Ellos. Palpitantes y espléndidos Trofeos, reluciendo en sus anaqueles; enmarcados por rótulos y luces resplandecientes. La tentación en bandeja. Me abalancé hacia el primero en deslumbrarme. Mis manos se volvieron seda para tocarlo. Lo contemplé con embeleso. A punto de estrecharlo contra mi pecho, una garra peluda (que no mano) lo enganchó. Lo apreté con ahínco: «¡Es mío! ¡El me eligió!», grité. Unos ojos hundidos, pérfidos, burlones y amenazantes se clavaron en los míos. Los dos tirábamos con frenesí. El Trofeo se me escurría de las manos, me lo arrebataba. Se lo apropió y corrió más rápido que Usain Bolt en los cien metros lisos, en Berlín. La nada se lo tragó. Enrojecí de ira y aprendí lo que no estaba escrito: el combate desleal. Desterré los lamentos y endurecí mi estrategia. No solo participaba yo, también mi honor y mi reputación formaban parte del juego. Me precipité hacia un nuevo Trofeo. Otra disputa, otra melange de pisotones, patadas en la espinilla, pellizcos y golpes bajos, pero esta vez me lo quedé.

La lucha se desinfló cuando los Trofeos se extinguieron. El gozo me desbordó y sonreí triunfal; me hallaba en posesión de tres. Nadie me tildaría ya de fracasada. Exuberante y con mi orgullo enhiesto, volví a mi hogar. A falta de resuello, me tocó subir a gatas el último tramo de escaleras; no sin antes permitirme un breve descansó para recrearme en mis espléndidos Trofeos:

—Una resistente cuerda de alpinismo, tirada de precio. Todavía no se me había ocurrido una aplicación para ella, habida cuenta de que yo no había practicado la escalada en mi vida, ni creía que a mis cincuenta y siete años me apeteciera iniciarme. Seguro que me venía bien para improvisar algún regalo; conste que no encontrarían otra de calidad superior.

—Un chollo de bañera retro, divina de la muerte —que tendría que camuflar en alguna esquinita del apartamento—, por si algún día decidía remodelar el minicuarto de baño. Es que era tan mona…

—Por último, ¡dos docenas de calzoncillos de algodón! Estaban, nada más y nada menos, al ochenta por ciento de descuento. De la talla XL, eso sí, pero como en mi intención estaba echarme un novio bien fornido…

 Como balance final, fue una inmersión en las rebajas, en plena cuesta de enero, medianamente aprovechada. Lo primordial es que no volví con las manos vacías. Además, aprendí una lección magistral: tengo que entrenar con más método y constancia porque, antes de que queramos darnos cuenta, llegarán las Mid season sales y entonces… Entonces será otra cosa.


Enlace al relato: LOS RETOS DEL ENJAMBRE
Enlace a la revista: La Torre del Ojo

 

 

viernes, 30 de enero de 2026

EL MEJOR REGALO - Cuento Histórico, basado en la vida de Charles Dickens

Cuento publicado en la revista cultural "La Torre del Ojo" por Tina de Luis

***

 Londres, 1824

Llegar a la fábrica cada mañana suponía un auténtico suplicio para Charlie. Aquel trabajo y aquel ambiente, en su opinión inmerecidos, carcomían los cimientos de su mundo. Un mundo que se desmoronaba. La rebeldía contra el infortunio que lo había sumido en la injusticia golpeaba con saña su corazón. En cuanto se acercó a la entrada, algunos de los empleados comenzaron a hostigarlo, como venía siendo habitual.

—¡Eh, tú, caballerito!, que te se va a estropiar el ropaje.

—Mirad qué bombo se da el señoritingo del pimpampum.

Las estruendosas carcajadas lo mortificaban, pero hacía oídos sordos y aguantaba inmutable el chaparrón. Uno de los provocadores se chocó con él a propósito. La paciencia de Charlie reventó y alzó el puño. Con qué ganas habría golpeado al fanfarrón, si otro de los chicos no se hubiera interpuesto. Charlie lo miró con rabia.

—No hagas caso —dijo este—, no vale la pena. Cuanto más te enfades, más te chincharán. Anda, ven conmigo. Me llamo Fran, ¿y tú?

Charlie farfulló su nombre con desgana y pasó al interior. Con apenas doce años, le esperaba una interminable y tediosa jornada de trabajo: diez largas horas de pegar etiquetas en botes de betún. Fran, el mediador en el acoso, se sentó a su lado. Charlie reparó en sus botas desgastadas, con enormes agujeros taponados con cartón. Aunque hasta ese momento no se hubiera percatado de ello, advirtió que el calzado de los demás no se hallaba en mejores condiciones. Le resultaba irónico que los trabajadores del betún fueran justo los que no podían permitirse usarlo. «Tanta crema, tantos botes… ¡Ni que la fábrica Warren’s boot-blacking suministrase betún al mundo entero! Demasiados zapatos por lustrar y demasiada gente sin zapatos», lamentó.

Terminar el trabajo y salir del pequeño taller, mal ventilado y húmedo, con ventanas que daban directamente al Támesis, generaba tal satisfacción que la densa bruma de la calle parecía una caricia. Se alejó deprisa para distanciarse de los demás. Sus pensamientos saltaron del betún a su propia realidad: se sentía solo, muy solo; insignificante y desatendido incluso por su propia familia. Su infancia, hasta entonces medianamente feliz, se había vuelto tan negra como el betún por culpa de su padre, asfixiado por las deudas, al no saber ceñirse a sus posibilidades económicas. A su hermana mayor, Fanny, aun en tan desesperadas circunstancias, le permitieron continuar con sus estudios. A él, en cambio, le habían robado la oportunidad de estudiar, que tanto anhelaba. Sentía envidia del trato preferencial que recibía su hermana. Apretó los puños hasta clavarse las uñas en la carne. El ruido de unos pasos interrumpió sus reflexiones. Fran caminaba detrás de él.

—¿Te importa si te acompaño? —preguntó el chico.

Fran no esperó respuesta, se pegó a Charlie y entabló conversación.

—No estés disgustado con los chicos, solo bromean contigo porque eres diferente, más… distinguido, mejor hablado; pero lo hacen sin mala idea, no se lo tengas en cuenta. Con tan pocas ocasiones para divertirse, no es cuestión de desaprovechar las que se presentan.

Charlie lo observó de reojo: vestía una camisa raída y llena de remiendos, que se adentraba en unos enormes pantalones, sujetos a la cintura con un cordel. Le sorprendió tan poca ropa para un abril más frío de lo debido y una niebla que calaba hasta los huesos. Sin embargo, este se mostraba feliz y satisfecho.

—Gracias por ayudarme —contestó Charlie—, a veces me siento tan humillado que me cuesta controlarme.

—No te preocupes, yo me encargaré de que no te molesten más. ¿Dónde vives?

—En Little College Street.  ¿Tú también vas en esa misma dirección?

—¿Yo? —Fran se echó a reír— ¡Ya me gustaría! Vivo en la zona sur del Támesis, pero te acompañaré un rato; no tengo nada mejor que hacer. Comparto con cuatro camaradas una cabaña abandonada, bastante alejada del río. Ni siquiera conocí a mis padres, me crie en un orfanato hasta que me echaron a la calle. Tenían muchas bocas a las que alimentar y poca manduca. Ya sabes, corren tiempos difíciles. Desde entonces me las arreglo por mi cuenta. Este trabajo es importante para mí, ya no tengo que hurtar ni mendigar, me permite vivir decentemente.

—¡Vaya! ¡Lo siento!

—¡Qué va!, no lo sientas. Si estoy en racha: tengo comida, un techo, y hasta voy ahorrando algunas libras. Tal vez, algún día consiga una vivienda digna. Comparado contigo no es gran cosa, pero cuando se ha vivido en la pobreza más absoluta…

—¿Comparado conmigo? Mi vida es un asco, una horrible pesadilla. ¿Por qué, si no, iba a trabajar en la fábrica? Mi padre está… Bueno, dejémoslo, quizás te cuente mi historia más adelante.

Fran no se atrevió a seguir preguntando y Charlie no añadió nada más. ¡Cómo decirle a ese chico que su padre estaba en la prisión de Marshalsea por deudor! Que su madre y sus hermanos malvivían con él en la cárcel y en la más absoluta miseria, que dependían de sus seis chelines semanales, o de lo que quedaba de ellos después de pagar a la señora Roylance el hospedaje en su pensión. Fran, muy animado, continuó con la plática. El corazón de Charlie se ablandó al darse cuenta de que el chico se conformaba y valoraba lo poco que tenía. Comprendió que bajo aquellos andrajos se escondía un alma noble. A partir de aquel día Fran no se apartaba de su lado, lo trataba casi como a un hermano. Gracias a él las burlas se terminaron.

Hasta en prisión enarbolaba John Dickens su elegancia y distinción ante los otros presos. Ni un solo domingo, en las visitas de su hijo, dejaba de repetirle: «¡Las deudas son solo temporales,  hijo mío! ¡Los caballeros siempre vuelven a levantarse!». Charlie llegó a odiar la frase, porque él iba aprendiendo que los niños pobres pocas veces se levantan. Si su padre no hubiera pretendido equipararse, precisamente, a un caballero y no hubiera despilfarrado el dinero, con el salario de oficinista en la Pagaduría de la Armada habrían vivido al menos, si no como caballeros, con dignidad y la suficiente holgura económica.

Gracias al pequeño legado de la abuela paterna, su padre quedó libre en el mes de mayo. Alquilaron una habitación en Bayham Street (Camden Town), una calle mísera y tomada por las ratas. Charlie no encajaba en aquel lugar descarnado y mísero, en el que la incultura preocupaba poco. A pesar de la herencia y del paso de los meses, la madre de Charlie no le permitió dejar la fábrica. Charlie recibía lecciones de Fran acerca de la vida, y él se las compensaba con clases de lectura y escritura. El invierno, con su frío implacable, con sus copiosas nevadas y sus hielos, endureció las condiciones de vida y de trabajo. Los termómetros se obstinaban en no traspasar los cero grados ni de día ni de noche. El Támesis comenzó a congelarse parcialmente. Las chimeneas exhalaban su denso vaho gris sobre las calles blancas, y el aire lo expandía, silencioso. La nieve había cortado los caminos principales, los carruajes se veían obligados a desviarse por rutas secundarias, el comercio y el transporte fluvial quedaron bloqueados. Si ya en días normales, los dieciséis kilómetros que Charlie recorría entre ida y vuelta suponían toda una odisea para un niño de doce años, con temperaturas tan extremas, el trayecto se volvió infernal. Caminar tantos kilómetros con varios grados bajo cero, con viento del este y nieve hasta las espinillas, con resbalones, caídas y calles cortadas o intransitables que obligaban a dar rodeos y alargaban el itinerario hasta lo imposible, era desmesurado incluso para un chico tan resistente como él. Los que vivían al otro lado del río ni siquiera podían cruzarlo. Ese era el caso de Fran. A Charlie le deprimía la ausencia de su amigo. Algunos días solo se presentaron en la fábrica cuatro o cinco chicos; otros días, incluso tuvieron que cerrarla. El veinticuatro de diciembre, el dueño les permitió trabajar solo hasta el mediodía y les pidió que no volvieran hasta estar bien despejados los caminos y los puentes.

Fueron unas navidades desoladoras: la familia sentada alrededor de una chimenea de brasas, que languidecían tanto como el padre, al presuponer que no le fiarían más carbón. Unos villancicos, que se desvanecían en el filo de los labios porque las voces se quebraban. No hubo árboles ni luces ni regalos. Como único manjar, un pudín con pasas prestadas y sabor a rancio. Charlie se tuvo que quedar en casa, sin paga, sin comida caliente, viendo a su familia hundirse en la miseria, releyendo una y otra vez aquellos libros viejos que consiguió prestados. Solo con un libro entre las manos se evadía de sus penas.

Para regocijo de Charlie, cuando tres días después de Navidad llegó al taller, se encontró a Fran esperándolo. Este lo abrazó, lleno de entusiasmo, y le entregó una libreta de regalo.

—No es gran cosa, pero es lo mejor que ha podido conseguirte Father Christmas. Sé que tú sabrás llenarla.

—No puedo aceptarla, Fran —mientras lo decía, pasaba ya las páginas con diligencia—.

—Por supuesto que la aceptarás. ¿O prefieres romperme el corazón? He volcado en ella todo mi cariño.

—¡Es un libro precioso!

—¡¿Un libro?! Si no es más que una simple libreta en blanco, pero me encanta tu emoción —Charlie la contemplaba extasiado—.

—¡Qué maravilla! Fíjate. Fíjate bien: aquí dentro hay fantasmas, espíritus, familias pobres y ricas, escenas navideñas, hombres codiciosos y egoístas, niños maltratados, indiferencia, amor…

Fran se rascó la cabeza. «A este chico, a veces… se le desboca la inventiva», pensó. Charlie se pasó la tarde entera cavilando sobre algún posible regalo para su amigo. Deseaba corresponder a tan buen gesto de amistad. Cuando por fin encontró algo, Fran no apareció por la fábrica, ni ese día ni los siguientes. Nunca más. Charlie indagó, preguntó… No consiguió ni el menor indicio sobre su paradero. Sin su amigo el taller se volvió más húmedo, más frío, más oscuro… Igual que su propio mundo. Su dolor era tan intenso que amortiguaba el que habitualmente sentía al romper la capa cristalizada del cubo de agua en que se lavaba las manos para seguir pegando etiquetas. Cuando los grandes bloques de hielo pasaban rozando las ventanas de la fábrica, se imaginaba en ellos a Fran, alejándose río abajo para no regresar. Su alma se congelaba. No volvió a saber de él.

Navidad, 1843

Las tenues luces de las farolas y de los hogares, salpicadas por la calle y ganándole el pulso a la niebla, personas que iban y venían animosas, niños corriendo detrás de sus aros… creaban una estampa navideña entrañable. Un hombre contemplaba el exterior desde su butaca, mientras se relajaba con el chisporroteo de las brasas. Qué poco tenía que ver esta navidad con aquella otra, cruda y gélida, que nunca abandonaría sus recuerdos. Su mente rasgó el tiempo y lo transportó a mil ochocientos veinticuatro, un año en que su suerte aún rodaba por el hielo y por el lodo. Sin embargo, como si un azar con albedrío o alguna entidad recóndita y caritativa hubieran puesto su mirada en él,  el mil ochocientos veinticinco lo obsequió con cambios que transformaron e iluminaron su vida; aunque, lamentablemente, también lo alejaron de muy buenos amigos. Tres aldabonazos lo sacaron de su ensimismamiento. Al abrir la puerta, se encontró con un elegante caballero. El hombre se sorprendió.

—Buenas tardes. Usted dirá en qué puedo servirle.

—¡Mucho me ha costado encontrarte!, pero aquí estás. Delante de mis ojos. He venido a traerte un regalo. Un regalo postergado muchos años, ya que no tuve ocasión de corresponder al tuyo en su momento.

—Con todos mis respetos, yo creo que se equivoca de persona, señor.

—No. No me equivoco, Fran. ¿Tanto he cambiado que no me reconoces?

Fran, sin salir aún de su asombro, tomó el libro que le tendía el desconocido y leyó su título: «A Christmas Carol».

—Esta historia —prosiguió el recién llegado—, así como la de Oliver Twist y muchas otras que vendrán, se hallan entre las páginas de la libreta que me regalaste, ¿lo recuerdas?, y en las preciadas lecciones de la vida que aprendí gracias a ti. Lee la dedicatoria, por favor.

A ti, mi buen amigo Fran, la extraordinaria persona que tanto me ayudó. Tú me enseñaste a resistir, me hiciste ver la esencia y los auténticos valores de la vida. Te dedico este libro, junto a mi eterna gratitud, desde el más sincero y profundo cariño. CHARLES DICKENS

—¿Charlie? ¡¡Charlie!! ¡Eres tú! ¡El famoso escritor! Debí suponerlo. Pasa dentro y siéntate, amigo mío. Tenemos tanto de que hablar. Todo nos lo contaremos.

Se fundieron en un caluroso abrazo, mientras las lágrimas que humedecían sus mejillas derretían la distancia.


Enlace a la revista:  El mejor regalo - La Torre del Ojo






 

miércoles, 28 de enero de 2026

EL OTOÑO Y SUS POETAS - POEMA

                                                                                          Tina de Luis

Me contaron del otoño, me inquietaron:

de ocasos, de vejez, de cenizas, de asperezas,

de frío y viento, de sombra y bruma.

Infaustas notas lo tildaron sin clemencia.

Se acordó Manuel Machado en dicha época

de historias tristes, sin poesía...

Extraño parecer, pues el otoño inspira eternas trovas.

Hoy una mano de congoja llena de otoño el horizonte.

Y hasta de mi almael de Neruda, caen hojas.

Caen despojadas frondas, sí, pero los árboles siguen

erguidos, afrontando con orgullo el tiempo ingrato.

Aunque desnudos, volverán a revestirse de paisaje afable.

Miguel Hernández se lamenta: Todo es crepúsculo…

…otro otoño triste ha llegado sin ti.

Y así versa Octavio Paz en singular anhelo:

Busco unas manos, una presencia, un cuerpo…

… un roce, un son, un giro…

Y quien lo halla… ¿puede recibir mejor ofrenda?

Si hay labios que sueñan labios, y manos que sueñan pájaros...,

hay corazones que sueñan, llenos de encanto.

Aún transitan nuestras ansias por las venas.

Carmen Conde concluyó: se deshizo el otoño de sus plumas,

y yo digo que es posible alzar el vuelo con el alma.

El otoño fue remate en mi consciencia. No es verdad,

no todo acaba. Juana de Ibarbourou se sincera:

Nuestro idilio comenzó en un otoño. 

Y él siempre me ponía violetas en las trenzas. 

Tan lejanos concebía los confines que asumí juicios,

confié en letras. Postura ingenua. Cada mortal

experimenta y aprehende a su manera.

Con llaneza, Gloria Fuertes se descubre: En el otoño

 pliso los visillos, estoy como una cabra en primavera.

Gloriosa libertad expresarse sin barreras. Mas, por hablar,

cuánto ajeno a tal edad nos lo cuenta cual versado.

No siempre expone su sentencia del otoño el otoñal.

Incauto, se lo permite aquel que excluye a tientas.

¿Puede cantar al amor quien no lo entiende?

¿Y describir allende el mar quien nunca lo cruzara?

Triste lienzo me pintaron de una estación tan rimada,

la extirpé de mis quimeras, la temí, la relegué…

Ahora, desde la cima misma de la escala, discrepo.

Comparto, en esta aserción, los ánimos de Darío:

¡Aún hay promesas de placeres en los mañanas!

Salgamos a buscarlas mirando hacia delante por

la alameda dorada que Machado nos franquea.

Retorna el fogoso amor en etapa de demérito arbitrario,

cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste,

nos precisa Ángel González en su estrofa.

Por favor, no conviertas el otoño en decadencia:

es ópalo y es granada, ímpetu y calma.

El otoño enciende, el otoño aplaca. Gozad

del sol —como Darío, de la pagana luz de sus fuegos.

Al otoño, Margarita Carreras da sentido:

No eres fin, sino pausa dorada, el corazón se aquieta

para escuchar su propio latido, en palpitar que no cesa.

Como ella, yo no pujo por finales ni vacíos,

reivindico un otoño de vivencias plenas,

de renovación, vendimia y sementera.

Juan Ramón Jiménez, con mesura, muestra su afecto a la tierra:  

…la sencilla mano abierta dejaba la semilla en su entraña... 

Y hace nacer las formas embriagadas, prosigue Octavio Paz.

¡Cuánta belleza suelta!

Me seduce Lugones, cuando afirma:

La… rosa… es más hermosa cuanto más tardía.

Incluso de bosque de oro y duradero habla Brines con acierto.

¿No es muy coquetón el otoño de M. Elena Walsh, ese gran

señor que colorea? También es pintor… y del bolsillo

de su pantalón saca un incendio color de limón.

Dicen que el señor tiene en el cielo un enorme taller

donde hará caramelos de azúcar del atardecer.

Poemas entusiastas, como este, se crearon y perduran.

Yo extrapolo, pues elijo un muestrario de lo hermoso.

Rubén Darío proclama: No obstante, la vida es bella,

lavemos bien de nuestra veste la amarga prosa,

aún siente nuestra lengua el gusto de la manzana.

Apartad el temor que os hiela y que os restringe.

De esa forma gratifico al sentimiento y me complazco,

así me lo pide el corazón y así lo quiero.

Tal vez antaño vistiera el otoño otras prendas.

O quizá se anticiparan consecuencias.

Y acabo —¿o es comienzo?—, con los versos sabios

de J. Ramón Jiménez, donde el Otoño … se lleva al infinito el pensamiento. 

¡Encantamiento de oro! …en que el cuerpo,

hecho alma, se enternece, echado en el verdor de una colina!

La vida se desnuda y resplandece…

Yo lo emulo, me desnudo de aflicción y pesimismo.

Acentúo este periodo y sus cadencias. Me arrellano

en el remanso que, aun nostálgico, se renueva y entreteje. 

El invierno aún queda largo, tras senda gentil y complaciente.

Enlaces:

El otoño y sus poetas - La Torre de Ojo

Revista La Torre del Ojo




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