jueves, 23 de abril de 2015

EL ÚLTIMO LECTOR

   
         
El mundo estaba loco. Leer era un delito.
        Andrés, como empleado de la limpieza, entraba en el museo por la puerta de atrás. Se alegraba de ello porque evitaba el dolor de contemplar el denigrante rótulo de la fachada principal:


«MUSEO DE ELEMENTOS CONDENADOS»
DE ALTO RIESGO PARA LA MENTE

      
En las vitrinas predominaban los libros, las revistas y todo tipo de instrumentos y objetos relacionados con la lectura. Contaba, además, con una vasta colección de materiales y juegos para el desarrollo de la creatividad, del ingenio, del razonamiento... ¡Todo un desvarío!

      
Para trabajar en tan humillante museo tuvo que renunciar a su querida plaza de profesor. A pesar de ello, le mereció la pena, pues se cumplió el sueño de toda su vida: tener libros cerca, tocarlos y, sobre todo, ¡leerlos! Su primer contacto con un libro fue un éxtasis, un vértigo. Pero pronto dejó de conformarse con minúsculas lecturas, fugaces y superficiales, y se las ingenió para llevarse libros a casa —uno cada vez—, que sustituía una vez leídos. Se sentía eufórico por poder leer y conocer obras completas, y se desvivía por sacar el máximo provecho a la situación.

      
Andrés creció en una familia para la que el concepto de lectura era un elemento venerado, una necesidad vital..., un placer prohibido. Su bisabuelo vivió y padeció aquellos infames tiempos en que los Gobiernos, cada vez más poderosos y corruptos, se ensañaron con la lectura hasta su total exterminio. Al mismo tiempo, atiborraron de diversiones triviales al pueblo; de este modo, el pensamiento, el juicio crítico, la opinión, los ideales... se aletargaban y enmudecían. Para gobernar en el más absoluto despotismo, necesitaban esbirros, no mentes pensantes ni opositores molestos.

      
Así fue como se emprendió la campaña más feroz contra los libros. Nada bueno ni positivo se dijo de ellos. Se les tachó de veneno del pensamiento, contaminantes de la razón, virus del intelecto... y de muchos otros detestables calificativos. Lo más triste fue lo sencillo que resultó persuadir a los ciudadanos del terrible perjuicio de leer y del poder de manipulación de los escritores: que invadían y esclavizaban las mentes, que aniquilaban la voluntad... Se gestaba una auténtica tragedia. 


      Por todo el mundo se alzaron y se confederaron los D4L (Defensores de las Cuatro Eles: Letras, Lectura, Literatura y Libertad). Desafiaron a los gobernantes. Se organizaron y lucharon con ahínco por sus creencias, por la verdad, por la libertad, por la escritura como creación artística. En una labor incesante, recopilaron miles de hermosos fragmentos de obras memorables. Los repartían y esparcían por cada rincón, los declamaban en lugares públicos... Acometían lo posible y lo imposible, todo tipo de actividades clandestinas para divulgar la Literatura: radio, podcasting, flashes televisivos, redes sociales, brigadas de enseñantes y aprendientes... Lamentablemente, sus recursos eran ínfimos y sus rivales, depravados. Los Defensores de las Cuatro Eles caían poco a poco. Morían o desaparecían misteriosamente y jamás volvían. Algunos regresaban, descerebrados, y se los ridiculizaba y exhibía como lectores terminales, para atemorizar y disuadir. 
        El bisabuelo de Andrés creció con la Causa. Se entregó a ella en cuerpo y alma; nunca se rindió, nunca descansó... Cuando no estaba en la lucha o buscando partidarios, escribía. Y enseñaba. Compuso la Historia de la Literatura más concisa y depurada de cuantas hayan existido. La memorizó y se dedicó a enseñarla; a su hija, en primer lugar. Se trasmitiría de boca en boca, de generación en generación, hasta que el mundo recuperase la cordura. Por eso Andrés conocía a la perfección la historia de la literatura y a sus autores. La cobijaba en su cabeza. Cada día escribía unas páginas de la obra de su bisabuelo para retenerla en la memoria. Al acabar las destruía.

      Como muchas otras tardes, Andrés salió del museo con un libro escondido. Caminaba apresurado y excitado entre la oscuridad; ser descubierto significaba la muerte. Advirtió que le seguían. Echó a correr con el corazón desbocado; sus perseguidores corrieron tras él. Después de una frenética y agotadora carrera, se escondió en una alcantarilla y logró despistarlos. Allí ocultó el libro. Dejó pasar gran parte de la noche antes de intentar volver a casa. No llegó a entrar.

      
Cayeron sobre él, lo inmovilizaron, lo encapucharon y lo subieron a un vehículo. Preguntó, se quejó, protestó…; recibió golpes por respuestas. Lo llevaron a empujones hasta un cuartucho y lo arrojaron dentro como un bulto.  Maniatado, a ciegas, tiritando…, la impotencia lo consumía. Ningún preso de la Guardia Secreta se salvaba; aún así, mantendría el tipo, como su bisabuelo. Para echar coraje, pensó en él. ¡Fue tan valiente...! Defendió sus ideales y criterios hasta el final. Sabía bien que se enfrentaba al último día de su vida y salió a plantarles cara. 

      
Los D4L se extinguían y su bisabuelo planeó la gran hazaña. Reunió a los supervivientes y organizaron una marcha que jamás se olvidaría. El acto fue apoteósico: salieron a las calles, las inundaron y las sembraron de literatura. El bisabuelo de Andrés encabezaba la comitiva montado en un caballo, con un ejemplar de Don Quijote de la Mancha en las manos. Recorrieron las calles cantando poemas de escritores célebres, con tal fuerza y sentimiento que hasta las piedras vibraron. No hubo ser que se quedara indiferente. Se detenían en las plazas y en cada una el bisabuelo leía, mediante un megáfono, fragmentos de la Obra Maestra. Sobre los insultantes carteles que condenaban la lectura trazaban con enormes brochazos mensajes como estos: DESPIERTA, TIRA LA VENDA, ABRE LOS OJOS, VUELVE, PIENSA, SIENTE, VIVE, VUELA, LEE....

      Fue algo entrañable. Incluso el final, a pesar de las dramáticas consecuencias. Las tropas vinieron y se los llevaron a todos. Casi a todos.

       
Andrés emergió de tan emotivos recuerdos cuando se abrió la puerta y se lo llevaron a rastras. Lo sentaron en una incómoda silla y le quitaron la capucha ante la luz de un potente foco, que lo cegaba.

      Ni una explicación ni una razón, solo un bombardeo de preguntas intercaladas con golpes:

      —¿Por qué amenazaba la bruja malvada del Oeste a Dorothy?

      —¿Salvaron Atreyu y Bastián a la emperatriz de Fantasía?

      — ¿Quién mató al Comendador?

      —¿Acabó el zorro con el Principito o se lo engulló la serpiente?

      —¿Qué caballero combatía por Dulcinea del Toboso?

      —¿Cuánto tiempo retuvo Calipso prisionero a Ulises?

      —¡Confiesa! ¡Cuéntalo todo!

      —No sé de qué me habláis. Jamás he oído esos nombres.

      —No mientas, tenemos pruebas.

      —¿A quién servía Excalibur?

      —¿Mató el que no debe ser nombrado a Harry Potter?

      —¿Quién habita en la Comarca? ¿Esconde Gandalf el anillo?

      —¡No sé nada! ¿De qué se me acusa?

      Del fondo provenían voces, cuchicheos, exclamaciones: ¡Es él! ¡Os lo puedo asegurar!

      —To be or not to be, is that the question?

      —¿A quién pertenece el zapato de cristal perdido?

      —¿Qué reina cortaba las cabezas?

      —Dejadme, por favor. ¡Cómo 
os convenceré de que no entiendo nada!

      —¿Quién envenenó a Romeo y a Julieta?

      —¿Por qué mató Quevedo al Capitán 
Alatriste ?

      —¡No tenéis ni idea! ¡Quevedo no mató a Alatriste! ¡Dejadme de...!

      Calló repentinamente..., se había delatado. Siguió un denso silencio, que para Andrés supuso una eternidad. Después, una voz grave y sonora retumbó:

      —¿Veredicto?

      Un coro de voces exaltadas repetía:

      —¡Lector!, ¡Lector!, ¡Lector!, ¡Lector!, ...

    Andrés no comprendía. El foco se apagó y pudo ir distinguiendo frente a él a numerosas personas, que lo miraban absortas. Luego se aproximaron a él con saludos y muestras de cariño. No salía de su asombro: una gran parte de ellos fueron alumnos suyos.

    —No te librarás de nosotros, profesor, queremos seguir aprendiendo contigo, pero lo realmente importante. Lo que no podías enseñarnos en las aulas y que captábamos en el brillo de tus ojos, en las entrelineas. Sabíamos que nos perdíamos lo mejor.

    A continuación, el dirigente añadió:

    —Eres lector. Un auténtico lector y descendiente del Último Lector. Él lo empezó, tú lo acabarás. Te esperábamos desde hace mucho, y nuestros padres, abuelos y bisabuelos lo hicieron antes. Tu bisabuelo les hizo despertar. Te necesitamos para devolver a la Literatura la gloria que le corresponde. ¿Qué respondes, Maestro?

    —¡Que lo conseguiremos! —contestó emocionado, con lágrimas en los ojos.

   
Evocó de nuevo a su bisabuelo: aquel gran hombre. Su último día fue entrañable. Incluso el final, a pesar de las dramáticas consecuencias. Salió y les plantó cara. Y leyó. Las tropas vinieron y se los llevaron a todos. Casi a todos.

    
Al bisabuelo no pudieron llevárselo. Cuando cayó al suelo sin vida, el gentío comenzó a acercarse. Una interminable multitud lo rodeó. Lo alzaron en brazos y lo aclamaron con el apelativo de “Último Lector”. Las voces se desparramaron como un torrente. Las tropas no se atrevieron a intervenir. Por último, lo subieron al caballo y una marea de corazones exaltados lo escoltó hasta su casa. 

    Él ganó aquella batalla: desde ese día el deseo de lectura arraigó en el pensamiento.

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